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Sueños y espirales

Archive for febrero 2009

Corresponsales de guerra

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Otro día sin esperanza. Dicen que los amigos son los que aparecen cuando se les necesita y envié un mensaje a lo más cercano a la amistad que conocía en esta ciudad. Me respondió que iba a una exposicón con una chica. “¿Qué exposición?” contesté yo a las nueve de la noche de un viernes. No hubo respuesta. El segundo mensaje del día que no recibía contestación, la segunda persona. No podía confiarme en nadie ya. “Otra vez solo”, pensé.

Saqué la guía de conciertos, pero realmente nada me apetecía más que encerrarme en un cuarto oscuro, huir, alejarme una vez más de mí mismo. Volví a la habitación de cien euros al mes. La música estridente de mi vecino salía de su puerta como si no hubiese puerta. Al entrar en mi cuarto, sentía la vibración de sus saltos, sus golpes, sus gritos y sus altavoces. La vibración llegaba a mí a través de mis pies, mis manos y mis oídos.

Caminé por la habitación de paredes deshechas, llena de papel pintado a medio caer, a medio pegar, o arrancado. Dejé mi bufanda y mis llaves sobre la mesa. Solo y sometido al bombardeo vecinal que se alargaría hasta las cuatro de la madrugada. Pensé en un corresponsal de guerra. En como me gustaría saber comportarme como uno de ellos. Porque así podría quitarme la bufanda y dejar las llaves indiferente al caos y a la soledad. Complaciente con la idea de que la jornada ha sido dura y que la próxima no lo sería menos. Satisfecho de sí mismo. Capaz de encontrar a voluntad el reposo, el silencio, dentro de sí aunque el infierno arda fuera. Él, símplemente, no confía más que en él mismo y todo lo que quebrante el egoísmo y la apariencia no será más que la improbable excepción que confirme la regla. Ahora, humanidad y espontaneidad son términos revolucionarios.

Written by ertziano

28 febrero 2009 at 1:43 AM

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Epílogo

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Y, a pesar de todo, el todo no dejaba de parecerme divertido. Curioso. Entretenido. Misterioso. Provocativo. Atractivo. Soberbio. Minúsculo. Mayúsculo. Papel blanco. Papel sucio. Dos puntos y una de mayúscula.

Written by ertziano

22 febrero 2009 at 2:14 AM

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Breves

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No dormía. No reía. No veía la luz. No caminaba. No leía. No aprendía. No disfrutaba. No comía. No respiraba. No pensaba. Y, además, estaba cansado. Mis piernas flaqueaban. Mi ánimo desfallecía.

Written by ertziano

22 febrero 2009 at 2:11 AM

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Sobre sexo y odios

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No podía reprimir ese ácido sentimiento que como un volcán explosionaba en mi mirada. No aguantaba el balanceo de su cabeza al son de su aipod. Tampco podía contener mi repulsión al ver a aquel ser bajito, con un gran gorro de lana multicolor, reír carcojasamente y bailar obtusamente una melodía hip-hop. Mi piel llameabea cuando escuchaba el claquear de sus tacones y veía su cuerpo caminar, estirada como una alfombra. Le hubiese escupido en la cara cuando él la observaba fijamente, como desnudándola sin reparos ante todos los transeúntes. También cuando el otro giró su cabeza y miró a su compañero al pasar ella entre los dos. Hubiese envíado un SMS bomba cuando no me respondieron el mail, ni el mensaje, ni la llamada. Cuando dejó caer mis comentarios en saco roto. Cuando no supo decir nada, ni siquiera la verdad. O porque cuando al fin contestó, ni pensó la respuesta, pulsó el plei del contestador automático. Le odié por reírse de otro al caerse, o por girar la mirada al cojo, o por juzgar sin conocer, por no dudar de sí, de todo. Por ser un ser que no quiere ser más que cartón, piedra o tijera.

Odié a todos por actuar en esa magnífica tragicomedia sobre sobre sexo y odio, dos caras de una misma. Por las escenas de brutalidad invisible y las personalidades desbordadas de imitaciones. Quería decirles a todos que les odiaba, mucho. Que no aguantaba más el monotono y que yo me cambiaba de mundo. Pero no pude.

Porque soy la misma mierda que ellos. Porque mi carne no es mucho menos débil que la de ellos.. Porque desnudé a otros en público. Porque yo alguna vez también moví la cabeza. Porque yo alguna vez no respondí o puse el piloto automático. Porque también contesté sin pensar. Porqué alguna vez afirmé con rotundidad y alcé la voz. Porque giré la mirada al cojo y al pobre. Porque alguna vez también me reí de ellos.

Les odiaba profundamente pero no menos a mí mismo.

Eran las ocho de la mañana, lunes. Hora punta. Tenía clase. Los rezagados corrían por el andén. Vino el tren y cuando estaba a un metro de mí, salté a la vía. Morí al instante. Ese día la línea B del cercanías parisino se paralizó durante treinta minutos.

A las siete del martes, los rezagados corrieron, los pasajeros subieron, las cabezas se movieron, las voces se alzaron, los tacones sonaron, los ombros se levantaron, los ojos se cerraron, las palabras se vaciaron. Otra vez.

Written by ertziano

22 febrero 2009 at 2:02 AM

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El sentido último de la libertad

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El pensamiento me abordó a traición en un descuido. Me encontraba recorriendo la perifiera parisina en un tranvía, dirigiéndome a un mercado de libros de ocasión. En estos lugares vedados al turismo me sentía verdaderamente como un intruso. ¿Qué hacía un norteamericano caminando por las calles de Hospitalet de Llobregat? ¿Y un español en los suburbios que no aparecían ni en el callejero? Una vez abandoné el mercado, recuerdo que me pasee entre edificios de alta densidad. Tomé unas fotos y después, sobre una de ellas, escribí “París”. Aquello también era la “ciudad del amor” pero vista desde otras calles menos románticas, menos bohemias, menos burguesas.

Así, mirando a la gente normal. Al señor Manolo, a la señora Carmen, a los andaluces y a los latinos en su vertiente francesa, un “¿Qué hago yo aquí?” me sacudió. Sentía tener el derecho a pisar aquellas calles grises y opacas a la cámara. Yo vivía en aquella ciudad y eso me otorgaba el derecho a símplemente pasear por no importa donde.

Y así, en este flujo de sentires y palabras, me di cuenta que me encontraba en mitad de ninguna parte, en otro país, solo, sin nadie a quien asir en búsqueda de auxilio . Me daba cuenta que sólo había una persona que me había empujado a ello y que en el camino hasta aquí nadie más celebró mi peregrinación. No sabiendo otra cosa más que no acababa de encontrar mi lugar en el mundo, decidí por propia voluntad aprender un idioma más desde cero y salir del agujero en el que siempre me había cobijado. Vagaba ahora por otros asfaltos extraños y familiares a un mismo tiempo. Sin nadie más a quien poder mirar diez segundos a los ojos sin pestañear ni sonreir. Pero a diferencia de hace un año, cuando salté al vacío sin confiar verdaderamente en nadie, esta vez, en ese tranvía encontré a una persona con quien sentirme seguro. Yo mismo. El sentimiento de que, sin depender de nada más, podía hacer lo que me apeteciese. En mejores o peores condiciones. A las cuatro de la tarde de un domingo, sentí el Sol secar mi piel.

Written by ertziano

16 febrero 2009 at 4:09 PM

Un rinconcito

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Me había cansado de bailar. Lo hacía porque todos lo hacían pero ni siquiera la música me gustaba. Después de quince minutos parecía una solo ritmo repetido en bucle. Abandoné a unos y a otros con la excusa de ir al lavabo. ¿Otra vez? Me preguntaban. Sí, sonreía y me iba. Después de beber un poco de agua y hacer verdaderos esfuerzos por orinar con una ristra de tíos a cada lado mirándome la polla y una hilera de chicas a mi espalda, volví a la pista con desánimo, sin alcanzar el lugar donde estaba antes. Me quedé de pie justo antes de cruzar las cuerdas del cuadrilátero. Observaba la fauna y me preguntaba que qué demonios hacía yo allí, que qué hacía todo el mundo allí.

Veía chicas jóvenes, muy jóvenes -incluso diría que menores- acercarse a los machos más llamativos, éstos a toda hembra viviente, e intentar besarles unas, tocarles las tetas otros… Las veía pasar ante mí con indiferencia. El objeto de los actores era follar, eso nadie lo duda. Sin música, en la calle y a plena luz del día, cada una de las escenas rozarían seguramente el delito. Sin embargo, eran las tres o cuatro de la madrugada, y aquel garito se encontraba bajo tierra y por encima de todo código.

Yo no, sin embargo. Por muchas ganas que tuviese de violar a una chica, no podía ni dejar caer la sombra de un roce o una mirada agresiva. Una fuerza, quizás llamada dignidad, me impedía degradar o degradarme. Ante semejante situación, no quedaba otra que sentarme. Lo hice en el reborde de la pista y observé. Pensé que sería buen momento para escribir, pero recordé que había dejado la libreta en la otra chaqueta.

Por mi cabeza se volvía a cruzar un antiguo miedo. Que me tomen por aburrido. Que a todas las personas del mundo les resulte amable, simpático pero, al mismo tiempo, gris y neutro, sin atractivo alguno. Pensaba, indagándome, en cual era mi idea de fiesta y a la cabeza se me venían cosas como una revolución del proletariado, un debate filosófico con algunas copas de más -por aquello de aflojar la lengua y el pensamiento con mayor facilidad- o un teatro improvisado en plena calle. Ideas de fiesta improbables, porque una fiesta no puede hacerse con una sola persona. En tal caso, le tacharían de loco.

Me maldije cien veces. Por vivir siempre entre dos aguas, por ser siempre mezcla indefinida. Sin cabida en unos círculos ni en otros. Para unos demasiado inculto y vulgar, para otros demasiado reflexivo y estudioso. Ni uno ni otro. Diferente, en todo caso. Diferente en el sentido inatractivo del palabro.

Abandoné el antro, subí al bus nocturno entre gritos y empujones y me acosté aún sin saber donde carajo está mi sitio en el mundo y cagándome en todos los seres del mundo, por ser unos a la luz del día, y otros en las madrugadas de las bodegas.

Written by ertziano

15 febrero 2009 at 6:21 AM

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Se acabaron las vacaciones

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Mi vida cambia de aguas y vuelve a comenzar hoy en vísperas de una nueva travesía.

Vamos allá!

Written by ertziano

12 febrero 2009 at 3:55 AM

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La italiana llevaba esperando treinta minutos (se adelantó, yo me retrasé diez) y, cuando le dije que aún había alguien que venía, su rostro no reflejó excesivo entusiasmo. Llegó entonces ella, la sempiterna irregular y fantasmal eslovena, con su compatriota amiga visitante. En un solo instante me di cuenta de que aquello no iba a funcionar. Se saludaron entre ellas, fríamente. A penas un escaso hola en idioma indefinido. Con cierta ironía, les volví a presentar, intentando distender y que fuesen algo más efusivas. En vano. Como si ambas partes se declarasen mutuamente, en dos o tres miradas, que hubiesen preferido que la otra no estuviese allí.

Entramos a la galería. La eslovena y su compatriota avanzaban independientes, adelantadas. La italiana junto a mí. De todas formas, todas marcaban paso rápido. A penas si se detenían a observar las fotografías y a mí, que había propuesto la visita, no me gustaba aquel ritmo. La fotografía es un arte tan digno como la pintura, y como éste, merece cierta contemplación, cierto sumergimiento. Nada. Dejé a todas a su libre paso y yo continué con el mío. En pocos minutos las perdí de vista. Cuando acabé con la primera parte de la exposición, me dí cuenta de que ni siquiera estábamos en la misma planta del edificio.

Con un punto de desasosiego, continué mi visita. Observé que habían otros, quizás los menos, que recorrían solos también la exposición. Muchos de ellos llevaban un cuaderno (Moleskine casi siempre) con el que hacían algunos esbozos a lápiz de algunas de las fotos. No pocos. Me pregunté por qué lo hacían. Si no sería más interesante acudir a la propia fuente, a la calle, y dejar que sus propios ojos y su cerebro fuesen los que interpretasen la realidad. Y no reinterpretar la muy subjetiva de otro con su cámara. Y digo que me preguntaba, no juzgaba, ya que al mismo tiempo me parecía interesante y no me faltaron ganas de ponerme a hacer lo mismo, si no fuese por el sentido del absurdo antes mencionado. También me apetecía tener una Moleskine y no una de mis libretas robadas.

La encontré a ella, a la italiana. Ya había visitado todas las salas, me acompañó igualmente a las que a mí me faltaban. La comunicación era, en ocasiones, bien complicada, ya que a ella le costaba enormemente construir una frase y a mí no siempre me entendía (culpa mía muchas veces también, claro). Sin embargo, después de haber yo vivido episodios similares cuando llegué aquí (ella había aterrizado hacía no más de una semana), sabía que lo peor respuesta era un rictus extraño de incomprensión. La sonrisa es un gran sofá sobre el que sentarse, descansar, y hablar sin tapujos. Y yo sonreía cuando veía que la comunicación no avanzaba. Y ella entonces encadenaba, y continuaba.

Recibí un SMS. La eslovena y su compatriota ya estaban fuera. Me preguntaba ella en el mensaje si quería que nos esperasen. Sí, le contesté. Salimos y le pregunté a la sempiterna sobre la exposición. “Esperaba más para la reputación de esta galería. Sólo había uno o dos fotografías que me gustaban de verdad”. Su respuesta no me cogía por sopresa. Intransigente y cerrada sobre sí misma, bien podía haber dicho eso como todo lo contrario. Poco importaba. En el fondo siempre sería una respuesta con objeto de llamar la atención, de resaltarse, de subrayarse, de automarginarse voluntariamente. Que no pareciese preguionizada. Y estaba bien. Pero a veces se echaba en falta cierto grado de normalidad, o humanidad, o humildad. Sin embargo, su amiga parecía más de mi opinión. A ella también le gustó mucho la fotografía que, como de casualidad, parecía evocar una famosa pintura de Monet en un charco vulgar.

Fuimos a una tienda de ropa de segunda mano que querían visitar la irregular y su amiga. La italiana fue algo reticente pero finalmente acabó por ceder. Una decepción, caro y antiestético. Un timo, como todo lo que tiende al alternativisimo. Después de esperarlas cuarenta y cinco minutos, decidí por probarme unas camisas de cinco euros. La italiana se ofreció para cogerme el abrigo mientras lo hacía. En medio de todo esto, la eslovena y su amiga, desde la calle, dijeron, a bote pronto, que se iban, sin más. Pues adiós, hija mía.

¿Qué te han parecido las chicas estas? Le pregunté a ella. “Pues… Muy frías. No son como los italianos, o los españoles. El carácter latino”. No sé por qué pero noté que a la chica estaba le estaba cayendo bien, a pesar de saber yo que vivíamos en las antípodas intelectuales. Pero qué poco importa el intelecto a veces… Me dijo ella que mañana iría a la discoteca y, sin yo negarme en rotundo, dejé ver que probablemente no iría. Ella me dijo que ya había comprado la entrada. Pero yo igualmente no iría porque no me apetecía en absoluto acostarme más a las seis de la mañana y levantarme a las tres del mediodía y, además, resultaba un poco cara.

Así acabó el día a las siete y media de la tarde, como una suave brisa que no deja huella, y si la deja, el regusto amargo vendría después, al tener la certeza de que, al día siguiente, no me quedaría otro remedio que ir solo a visitar la exposición que quería ver. Joder, qué malditamente antagonista es la gente. Parece uno siempre obligado a pertenecer a un solo bando infranqueable, asumiendo siempre sus ritos y sus enemigos.

Written by ertziano

12 febrero 2009 at 1:44 AM

Clemátide

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CLEMÁTIDE – Indiferencia. (Clematis vitalba).

El remedio contra todos los estados de somnolencia, obnubilación y desgana. Cuando el paciente pierde el interés y no hace ningún esfuerzo para volver a sanar. Parece indiferente a todo lo que pasa. Ya no puede entusiasmarse por nada. Cuando se habla con estas personas, sólo escuchan a medias. A menudo son personas absortas en meditaciones, ausentes, apáticas y abismadas en sus ideas. Tal vez piensen demasiado en una persona que han perdido o sueñan con objetivos que, sin embargo, no llegan a realizar. Parecen contentos, pero no despiertos del todo, y viven felices en sus sueños e ideales. En general, son tranquilos y delicados, pero en su vida no pueden encontrar suficiente alegría. No viven en el presente. Se desmayan con frecuencia y, cuando están inconscientes, es suficiente con humedecerles los labios con el remedio.

Written by ertziano

6 febrero 2009 at 3:35 PM

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