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Sueños y espirales

Archive for abril 2009

Víspera de una fuga

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De los viajeros imaginarios:

– ¿Preparado? ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

– No

– Pero los vas a hacer

– Sí, claro.

– ¿Por qué?

– Porque la libertad ya no se compra con plata, ahora se hace con valor. Porque estoy cansado de temer, de temer a la vida, a los demás, a caminar en direcciones fueras de plano. Porque viajar no puede ser sólo convertir el mundo en un museo gigantesco, vuelos directos de cincuenta euros tasas excluídas. Eso es turismo de masas, una industria como cualquier otra, una visita al parque temático en el que han convertido el mundo. Pero ahora no tengo ganas de subirme a la montaña rusa de los monumentos y los buses sightseeing. A la seguridad del hotel y el guía turístico con su ridícula banderita señalizadora. Ahora quiero viajar en el sentido más primario de la palabra. Yo solo, entregado a la incertidumbre y a la sorpresa. Con la mirada inocente del que descubre y aún se asombra. Con la curiosidad que siempre he luchado ferozmente por conservar y que por poco me la roban los anuncios y los cursos de adiestramiento. Oh, Dios. Viajar es ver una mujer en burka y no parar hasta saber como luce su sonrisa. No es hacerse una foto con ella e irse.

– Sin embargo, creo que hay algo más que me escondes. Que no es sólo el sentido del viaje lo que te empuja a la carretera. Creo que también es un viaje hacia ti mismo. Creo que buscas tu propio reflejo en rostros ajenos. Tu viaje es, por encima de todo, un viaje al más inaccesible de los lugares. A ti mismo.

El viajero calló. No sabía nada. No podía aceptar ni negar. Estaba confuso.

– No lo sé.

Terminó de hacer la maleta, abrazó al compañero, cerró la puerta y se fue. Sin entender aún por qué hacía lo que hacía, sin saber a dónde se dirigía.

Written by ertziano

12 abril 2009 at 8:16 PM

Oniria – De un sueño entre las 12 y las 13

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Era un niño de unos diez años. Francés. No recuerdo muy bien como le conocí; simplemente apareció un día en mi habitación. Tirado sobre mi cama, hablaba con una mota de displicencia, en un castellano fluido y casi sin acento. Yo le repetía, sin cansarme, que lo hacía como un verdadero español, como todo un Quijote, gritando con firmeza en plena batalla contra molinos de viento. Él asentía orgulloso. Su conversación era interesante, profunda, libre pero sin llegar a petulante. Era un sabio precoz. Él se sentía también a gusto a mi lado y poco a poco nos fuimos haciendo amigos. Él hablándome espatarrado sobre mi colchón y yo escuchándole tranquilo desde la silla de mi escritorio. El último recuerdo que tuve de él es de cuando me invitó a su habitación. Las paredes sufrían de los mismos defectos que la mía, pero todo estaba impecable, y allí charlábamos otra vez mientras nos entreteníamos alrededor de alguno de sus juegos de mesa, desparramados nosotros por el suelo. Después me dijo que me iba a presentar a alguien, y ya no le vi más el pelo.

Por la puerta volvió a aparecer un desconocido. Una chica de una veintena que al parecer también mantenía una amistad con el pequeño de cuerpo y grande de alma. De cabello largo y ondulado muy oscuro, como alquitrán recién hecho, en contraste con su piel blanca como la nieve en el atardecer; como una metáfora de ella misma, viviendo en el filo, en el extremo, en el blanco o negro. Reía y hablaba al mismo tiempo. Pero sus palabras no las dejaba al azar sino que cada frase apuntaba a una diana, banal unas y otras no. Me contaba y explicaba con viveza. Hablaba y hablaba. Y yo no podía parar de preguntarle, porque toda su mente era una mansión barroca, en la que cada detalle estaba cuidado con esmero, con una mezcla de belleza y genialidad que era ella misma. Contestaba a mis preguntas con pasión, como si la vida le fuese en ello. Gritaba y susurraba, todo al mismo tiempo. A ella le faltaban algunos años para alcanzar a los míos y ya enfrentaba algunos de los problemas que yo soportaba desde hacía tiempo, pero los asumía con una tranquilidad confucia, aceptaba que eso tenía que ocurrirle si no quería caer en las redes de lo mediocre y aburrido, y no se preocupaba de más. Y lo envíaba a un punto y aparte; algo saldría. Reía y reía sin parar aunque estuviese hablándome de la mismísima muerte mientras mi admiración y preguntas que quería hacerle se agolpaban en cada rincón de mi cuerpo a punto de explotar por ella, observándola deleitado. Embelesado. Incrédulo de que esa persona existiese de verdad.

Estirados sobre el colchón, mirábamos los dibujos en el techo y su imaginación poderosa convertía mi cuartucho en un escenario más propio de la guerra de las galaxias que de un triste chabolo suburbial. Cada vocal, cada sílaba que ella pronunciaba era un golpe de vida. Y en esas, la lámpara se estropeó como de costumbre, y nos quedamos a oscuras. Y ella reía y reía inundándolo todo con su sonrisa grande y sonora, como una fuente de pociones mágicas. Y situándose ligeramente sobre mi cuerpo, en mitad de la oscuridad, despreocupada, quizás sin ninguna intención; me agarró con fuerza de la camisa, por el cuello, y me dijo “Ya verás, cada día vamos a ir a correr los dos por ahí, a respirar a lo grande, hasta dar la vuelta al mundo como Forrest Gump” Lo de ir a correr, por el parque mismo, era una proposición que ya me habían hecho un millón de veces pero que ahora sonaba como agua de manantial, como maná del cielo de una diosa como ella era, como para comerse el aire a bocados en vez de respirarlo insípidamente. “Pero antes -decía en tono serio de señorita Pepis, con su dedo índice marcando bien los tiempos, pero ocultando malamente su mejilla pícara-, quiero que hagamos juntos ese viaje alocado que planeas, en autostop, andando o como sea”. Y yo ya no cabía en mí de gozo, y le abracé, y la cogí de la cintura y la besé. Pero no lo hice por besarla, eso hubiese enviado todo al garete, lo hice porque realmente quería que supiese que en treinta minutos le había querido más que a nada en toda mi vida, que no encontraba otro modo de decírselo. Que no había palabra alguna para expresarle lo feliz que me sentía teniéndola estirada, allí a mi lado y escuchándole hablar sin parar y yo ya con dolor en las mejillas, de tanto reír. Porque yo sonrío mucho, pero en el fondo soy un ser trágico y hacerme reír a mí, reír de verdad, no es nada sencillo. Y ella lo conseguía con una facilidad de maga, a voluntad, con su varita mágica, y me hechizaba, y moría de risa con ella. Y yo sabía que ya nada nunca nos separaría; a excepción de una cosa que ignoraba en ese momento…

…Cuando abrí los ojos, me inundó el vacío del grisáceo techo suburbial. Las manchas de humedad en el techo volvían derrotadas a las posiciones de lo que siempre fueron. Pero me sentía extrañamente feliz. “Existen; los dos existen en alguna parte, no hay duda, lo sé, no ha sido un sueño cualquiera”, me dije, tranquilizándome, seguro de mí mismo, con voz áspera, mientras palpaba mi pulso acelerado, estirando los brazos en el vano intento de alcanzar la nube del sueño que en ese momento se disipaba. Respiré y sentí el aire recorrer lentamente mis pulmones, como si fuese el último de sus suspiros, de un hasta siempre, y con una lagrima cobarde pensé; “Ahora ya sé a quién busco”.

Written by ertziano

10 abril 2009 at 10:44 PM

Publicado en penículas

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Una casa de tortuga sin hipotécas

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En dos bolsas grandes de plástico toda una casa cabía. Crear un hogar me había costado ochenta y cinco euros: Una mochila de cincuenta litros, un impermeable, una tienda de campaña para dos personas (hay que estar preparado para todo, me dice el costado pervertido de mi cerebro) y un colchón hinchable que aún no sabía cómo iba a inflar. El chico me recomendó un saco de dormir con una esterilla debajo; pero yo, cabezón como nadie, aún siendo vagamundo, no estaba dispuesto a renunciar a despertarme por la mañana a pierna suelta y bien soñado. Las estrecheces de un saco de dormir no son para mí. Le contaba al dependiente lo que quería y para qué y éste me miraba y reía como yo lo haría si mi mejor amigo me dijese repentinamente que se iba a tirar de un puente atado a una cuerda.

No quería recorrer carreteras, pueblos y ciudades llamando la atención. Sólo la justa para que un coche se parase y me subiese. Pero sin que nadie en la ciudad supiese de inmediato que vengo de lejos, a dedo y sin un lugar donde dormir esta noche. Discreto, anónimo, sin crear raras sospechas al entrar en un bar o un supermercado. Que no me prejuzgasen, ya daría yo las explicaciones que fuesen necesarias en el momento oportuno, en la lengua que buenamente pudiese utilizar en cada lugar. Quería desplazarme por el mundo sin gritarlo a los cuatro vientos. Quería sólo caminar tranquilo, mirar las gentes, hablar con ellas, sentir el lugar y las lunas por la noche acampando en la nada. Y quería hacerlo con una palabra vieja; dignidad.

Podía haberme ido al Tibet, pero dicen que está lleno de turistas autobuscándose. Yo me voy a la carretera, a la caverna, a pie. A autobuscarme, a sentirme más libre o no sé muy bien aún a qué.

————

De un viajero imaginario:

– Yo, de los monumentos, no hago fotos sino dibujos. No es que dibuje bien, qué va, todo lo contrario, lo hago muy mal. Pero son más personales, porque postales hay en todas partes; si lo dibujo, me obligo a fijarme más en los detalles, tengo que mirarlos más de dos segundos, y sin pestañear. Además, así también me puedo pintar a mí mismo con los ojos abiertos y sonriente. Yo -dice el viajero, honestamente, sin predicar- las fotos las dejo para lo importante. El plato de arroz de los jueves; la cocinera que me sonríe al mediodía y me gasta bromas; la de la chica joven que friega los platos, a la que le guiño siempre un ojo; el buen hombre de la recepción, que me da los buenos días cada mañana; la del eterno pasillo en el transbordo de los viernes y los sábados por la noche; la del examen que aprobé; del que suspendí; del contrato de trabajo; la de la chica que me visita todos los días; la del chico de nombre inpronunciable; la de la ducha, como siempre, atascada… Ahí, en esos momentos, hay detalles que son un instante; y hay que capturarlos rápido como un obturador.

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Written by ertziano

9 abril 2009 at 10:45 PM

Quemar la hoja

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No quiero que seas lo que esperan de ti.
Ni tu camisa color beige estampado de flores, ni tus medidos movimientos de manos, ni tus gafas de varilla fina, ni tu labio estricto.
Ni tu boli bic naranja, ni tu hoja cuadriculada.
Por favor, dime que no eres eso sino tu gesto a veces dubitante, tu mirada al infinito y tu meñique estirado.
Déjame magnificarte en las fronteras confusas de tu apariencia.
Dime que vives allí porque te ahoga la cuadrícula de tu papel. Dime que muerdes el tapón porque te abruma el resultado de una operación. Porque las ecuaciones te dejan sin incógnitas ni misterios y que mientras elevas y descargas logaritmos, tu mente vuela más allá de los ceros y los infinitos.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 9:11 PM

Publicado en paisajes

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¿Por qué me voy?

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¿Por qué te vas? Cuatro versiones:

La de Jeannette en español más, en el 1:40, una versión muy buena de un tal Gabriel Ríos (vía FIP Radio).

La de Jeannette en francés (Pourquoi tu vis?), que tiene una letra preciosa, poco que ver con la española.

La española, otra vez, pero en la versión que hicieron en “Los dos lados de la cama”. Aquí la imagen tiene, como mínimo, el mismo peso que la canción. Los subtítulos son especialmente importantes.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 9:00 PM

Publicado en pentagrama

Triángulo miratorio

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Ella era francesa y panki, lo demostaba en su peinado, sus piercings y sus botas imponentes. La otra era estadounidense, delicada y fina. Turista, lo más probable. Ambas parecían quererse decir que procedían de mundos distintos. En sus colores y sus formas. Pero la americana miraba a la panki. Algo había entre ellas dos. La americana era ajena a la conversación que sus amigas mantenían, sentadas una frente a la otra. Ella estaba a un lado y parecía no tener motivos para desear una mayor ortogonalidad con sus amigas. De vez en cuando sorprendía hablando como un robot, para recordar a sus compatriotas que aún existía, pero después retrocedía al standby.

Yo, libretilla en mano y boli en boca, las observaba atentamente cuando me di cuenta de que el observador estaba siendo observado. De espaldas a la panki, había una buena doncella, quizás rozando la cuarentena, que me miraba sonriente. No la apercibí al entrar, o quizás es que símplemente la ignoré. Sus gafas y su traje me la hacían una buena obrera del tejido empresarial, a años luz de un paria como yo. Pero me miraba sin flaquear. Continué observando a la panki y a la americana, dejando a un lado a la hormiguita. Bajo los asientos de la conversación gringa, un vaso acartonado de Coca-Cola estilo McDonald’s derramaba las últimas gotas de un batido sintético importado del imperio. Las americanas continuaban hablabando ajenas al derrame.

Hotel de Ville, penúltima parada de la línea. La buena doncella se levanta y se sitúa frente a la puerta, a un paso de mí, sentado yo en los abatibles Me mira otra vez mientras espera el frenazo final. La miro y compungido le sonrío. Responde de igual manera aunque nos separen diez años o más. El tren para, las puertas abren y ella baja. Da dos pasos y gira la cabeza y me vuelve a mirar, a mí, a un paria de libretilla en mano y boli en boca. Y me vuelve a sonreír. Como dudando un instante, sus pies basculan. Las puertas se cierran y la estación desaparece.

La panki y la americana callada siguen inmersas en el zumbido de sus miradas.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 3:43 AM

Publicado en paisajes

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Una bonita amistad

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Ya no dudo de que eres un hijo de puta. Lo que aún no he decidido es si eres de los hijos de puta con los que hablo y tomo cervezas, aunque de vez en cuando les odie; o si, en cambio, eres de los hijos de puta a los que odio sin más.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 12:22 AM

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Una sombra de mala talla

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Preguntadme por una palabra que me defina y os la daré; decepción. Esa siempre ha sido la cruz de mi otra cara. Y es que la vida, la mía, me viene grande.
Quitadme las medallas y los galones, no me vistáis con las mentiras de unas sedas.
A ti tampoco te merezco; suerte. Tú que llamas siempre a mi puerta, como por equivocación.
Las segundas, ni las terceras oportunidades no tenéis nada que hacer conmigo. Adiós.
Idea preciosa, idea genial; busca otro cerebro que te aprecie y te convierta en realidad. Vete con otro porque conmigo sólo harás que ahogarte en mi tormento.
Vosotros, los que aún me confiáis, iros también, huid lejos de mí antes de que os decepcione y os traicione.
¡Fuera todos! Dejadme morir solo entre lágrimas secas y convertirme en polvo roto. Podré así estar orgulloso de ser al fin lo que merezco; nada.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 12:16 AM

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La vieja Europa

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– Hoy no; hoy no me hables en gringo que hoy estoy muy europeo.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 12:03 AM

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Vivir en círculos

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El viaje comienza exactamente en el momento en el que la idea aparece repentinamente en nuestra cabeza por primera vez. Puede ser una idea idea robada de alguien que en ese momento nos habla o puede ser una semilla enterrada tiempo atrás que ahora aparece en forma de pequeño tallo sobre la superficie de nuestra vida. No importa. Si está de verdad en nosotros, se quedará allí para siempre, aún cuando en ocasiones creamos olvidarla. Y aunque no la miremos, ella, ajena a nosotros, se hará más y más grande hasta que un día se cuele detrás de nuestro nombre, o de nuestros apellidos. Nos toparemos con ella en mitad de un bosque cuando el perfume de las margaritas nos transporta a nuestra infancia. Cuando sentados en la silla de un McDonald’s, percibimos el particular aroma del lugar y recordamos lo que ya desde muy jóvenes empezábamos a aborrecer. De repente un día llega para quedarse, silenciosa, sin hacerse notar. No importa que un mes después ya ni sepamos como se llamaba, veinte años más tarde, sentados en el banco verde de un parque cualquiera, giraremos la cabeza y nos la encontraremos allí, a nuestro lado.

Por eso es tan difícil saber lo que realmente uno es, porque la mayor parte de lo que nos hace, nos moldea, permanece invisible incluso a nuestros propios ojos, como la materia en el universo, y luego quizás en un día al azar, caminando por un pasillo cualquiera de metro, reconocemos, entre el tumulto, unos ojos familiares, y allí en la nada nos vemos reflejados en un pasado que nunca nos llegó a abandonar.

¿Qué me trajo a Francia? ¿Un viaje? ¿Una película? ¿Una canción? ¿Un cuadro? ¿Un filósofo convertido a científico? Todo y nada, y es que hace un año yo me imaginaba a mí mismo vagando por Finlandia, por su nombre y por otra película. Pero un sueño añejo me dio un golpe brusco en el timón y hasta aquí me condujo. Y ahora escribo esto, en el asiento de un vagón que cruza el corazón de París.

En una película muy mala dicen que los sueños nacen de los traumas. No lo sé, podría, ¿pero y qué importa, mientras soñemos?

Written by ertziano

6 abril 2009 at 9:59 PM

Publicado en pensamientos

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