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Sueños y espirales

Archive for julio 2009

Benedetti – Los formales y el frío

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Mario Benedetti
Los formales y el frío

Quién iba a prever que el amor, ese informal
se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa, la de ella,
era como un augurio o una fábula
su mirada, la de él, tomaba nota
de cómo eran sus ojos, los de ella,
pero sus palabras, las de él,
no se enteraban de esa dulce encuesta

como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios, los de él,
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas

de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella,
después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

En Tortuga.

Written by ertziano

31 julio 2009 at 2:12 AM

Publicado en parafraseando

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Mentira

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Me siento incómodo. Hay algo en estas calles, en estas paredes, que me devuelven a lo que detesto. La mentira. Mis mentiras. Hace muchos, muchos años, que me cansé de mentir, incluso de mentir piadosamente. Desde entonces, cada vez que una gota de hipocresía moja mi frente, algo se revuelve en mi conciencia. Rara es la vez que de entre mis labios nace un embuste, y si ocurre, inmediatamente me desdigo como un padre que calla a un hijo. Miserable, odioso; no soporto escucharme ni en pensamiento cuando me siento pretender, fingir, aparentar, ocultar. Huyo de mí hasta el rincón de alguna nota, hasta el instante de algún fotograma sólo por creerme desaparecido de mi propia existencia.

Y estas calles, estas malditas calles me devuelven a tiempos de mentiras. No sé por qué. Los escenarios son algo más que un mero decorado, eso está claro. Las viejas luces se cuelan por entre las pieles y nublan la mente. Miserable, me inclino ante la cobardía de una mentira. Y yo odio a los cobardes y odio la mentira.

Ten valor, no te ocultes entre vacíos y ficciones.

Written by ertziano

30 julio 2009 at 3:16 AM

La caja

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[Viajes en el tiempo]

Habíamos huído de casa y nos refugiábamos en el piso de los abuelos, y mi tía, y mi tío. El piso era tan pequeño, que el único espacio que me pertenecía era una caja de madera de unos cincuenta centímetros de largo y unos veinte de ancho y alto, bajo mi cama plegable, en la habitación de mi abuela, y mi abuelo, y mi madre. Era toda una suerte; los primeros seis meses fueron peores; durmiendo en el sofá, con dos dedos rotos y sin caja aún.

Y por las noches, en el silencio y fuera de miradas indiscretas porque ya todos dormían, la ilusión de estar en mi propia habitación inundaba la madrugada. Bajaba la mano por el filo del fino colchón y de la pequeña caja sacaba el walkman y algún cassette al azar, de entre libros, revistas y más música. Me ponía los cascos y pulsaba el largo botón plástico del play. Clack! Flufffffff, y Estopa en mis oídos. En otras, la radio me acomapañaba en aquellas noches y yo me recubría de las preocupaciones cotidianas de los oyentes de aquel programa de llamadas, en los 40 Principales. Con mis dedos, separaba un poco el visillo del pequeño balcón que estaba pegado a la cama. Y observaba desde aquel entresuelo del suburbio, hipnotizado, una calle que podría ser cualquiera del cinturón rojo de Barcelona. La gente que pasaba, los coches, la parada de buses nocturnos, la farola pertinaz…

A las ocho, el bullicio de un piso de alta densidad me despertaba sin necesidad de reloj alguno. Las esperas frente a la puerta del lavabo. El tazón de Cola Cao humeante en la mesa. Y paseando frente al parque llegaba al instituto cada mañana, puntual, como si nada. Pocos sabían. Por la tarde haría los deberes en la mesa del comedor, acompañado de la telenovela y el programa de sucesos que luego era uno de chismes. Después, el parte. Tradición en ca l’abuela.

A alguien, en casa, comenzó a preocuparle mi comportamiento. Yo no lloraba, o lo hacía poco, ni parecía demasiado infeliz, ni mis notas bajaban. Eso no era nada normal, así que me hicieron visitar a una especialista de la Seguridad Social. Duró dos sesiones, nada podía hacer conmigo aquella señora. Y es que ellos no sabían del poder de la imaginación; de como una caja puede ser un refugio, y una ventana una bombona de oxígeno cuando la vida ahoga. Y de fondo, sonaba Estopa.

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Written by ertziano

29 julio 2009 at 1:29 AM

La luna llena sobre París

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Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Qué extraña y curiosa es la vida.

Aún recuerdo el momento donde empezó todo. Era invierno. Eso es seguro porque no serían más de las seis de la tarde y la más oscura de las noches recubría los tejados parisinos. Conservo nítida esa imagen en mi memoria. Sería la séptima hora de clase de la jornada y la tercera de la asignatura de tarde. Insoportable. Mi interés serpenteaba por los suelos, arrastrándose, miserable, por alcanzar el fin del camino. No podía. Transitaba un punto de no retorno. Me ahogaba en aquellas lecciones que otrora, al alba, fueron mi pasión, el sentido de todas las cosas; de mi vida. La respuesta a todo. Pero ya no.

En los pasillos de la corte, donde los más grandes habían sentado cátedra, donde algunos secretos del cosmos habían creído ser descubiertos, donde la élite conjuraba, en la Meca por la que siendo más joven suspiré; yo dejé, al fin, cuatro años después, caer mi boli Bic sobre hojas cuadriculadas. “No aguanto más”. Mis ojos, abrumados, elevaron el vuelo en busca de luz por entre la sombría ventana, cual mariposa tímida. Y sumergido en la noche de alquitrán tracé el primero de los axiomas. “Lo dejo”. Y lo dije, lo pensé, con tal aplomo que no podía ya dudar de mi propia palabra, no había marcha atrás, eso era claro. Así, lo sentí como si mi carcelero hubiese venido en aquel mismo instante a liberarme de mis grilletes, de mi celda. “Tú, ¡fuera!” Y justo después el latigazo frío de la libertad; un escalofrío al hacerme la pregunta de todo esclavo recién liberado, de todo nuevo liberto, ¿y ahora qué? Escuché y no oí nada. Mierda. El precio de la libertad es la incertidumbre.

La imagen de la confusión lo inundaba todo. Y las caras y las decepciones de los que me conocían o conocieron alguna vez; atónitos, incrédulos, patidifusos. “¿Tú también, Brutus?”, dirían quizás al ver su fe traicionada. “Yo también”, contestaba solemne en mis delirios.

Paseé por aquella ciudad enblanquecida por la fina capa de nieve que en aquel atípico mes de febrero la recubría. Sentía a París como una buena amiga que caminaba silenciosa a mi lado. Sin decirme nada, esperando a que yo encontrase la respuesta de mi vida.

Llegué al chabolo y saqué de debajo de la cama el viejo baúl de sueños. Removiendo entre ilusiones incompletas ahora raídas y llenas de polvo. Navegando entre anhelos y esperanzas abandonadas. Sueños sacrificados por un futuro que ahora me traicionaba. “Comenzar de nuevo”, ¡qué dulce y amargo a un mismo tiempo! Busqué infatigable en un triángulo que unas veces me llevaba a Madrid, otras a París y algunas a Barcelona. Dispuesto a todo; a todo sacrifico, a todo obstáculo que apareciese. Nada importaba con tal de volver a volar como tiempo atrás.

Eran las cuatro de la madrugada de aquel miércoles cuando encontré la pócima que me devolvería al punto cero. Lo haría con elegancia, con dignidad, sin mandar del todo al garete los últimos años de trabajo. Bebí de ella y, en el silencio de la noche, escribí excitado una línea en este mismo diario. Envié también en aquel instante de madrugada un correo electrónico a la secretaria del centro; para preguntar el qué, el cómo, el dónde y el cuándo. Había un requisito, pero. Un examen de selección. Superar a dos tercios de los candidatos. Tanto o mejor preparados y de estudios más relacionados que los míos. Porque, a decir verdad, mi mundo estaba en las antípodas del planeta por el que suspiraba ahora. O eso decían, al menos; aunque yo, secretamente, en herejía, creía que tampoco había tanta diferencia, creando puentes entre universos siempre creídos enemistados.

En España pocos me apoyaban. A excepción de mi madre, casi nadie sabía de mis últimos años de decadencia y desorientación. Mi dolor y mi angustia. Todos veíanme echando a perder un futuro prometedor. Muchos, en realidad, veían torcerse sus propios sueños. Ya no tendrían un sobrino o un hijo con el que presumir con esos estudios tan altisonantes. Algunos, sintiendo cerca mi fracaso, hasta parecían alegrarse, como si secretamente lo hubiesen deseado durante largo tiempo. Se burlaban. El listo se había convertido en tonto. En el viejo camino; muchas miradas de desprecio. Pero mi madre, en cuanto lo supo en la tarde después de la madrugada, me dijo, por teléfono, en la larga y fría distancia: “Sé feliz”. Mi mejor amiga, semanas después, me diría que hacía lo correcto, que aquello iba realmente conmigo. Mi mejor amigo, que no podía abandonar.

Volé a Barcelona sólo por aquel examen. En aquellos días no estudié especialmente; abrumado por la trascendencia del momento. Los últimos años habían sido, empero, una preparación constante; sin yo saber que aquello se convertiría en futuro.

Llegó el día y lo sentí como una nueva selectividad. Las plazas eran muy limitadas y había mucha gente, algunos incluso ya ejerciendo en ilustres casas. Con entusiasmo me batí en tres asaltos, enamorándome aún más del aire de aquel cielo al que aspiraba. El rumor de los teclados, incesantes, febriles, rabiosos. Olía a romántico, a revolucionario, a conservador, a político, a transgresor, a raccionario, a desafío, a progreso. Pero hubo también preguntas a las que no supe responder. Ojos como platos se me quedaron al leer “Alahurín de la Torre” en una de ellas. Salí cabizbajo, en realidad. Todos llevaban hojas llenas de nombres, fechas, datos con las que se habían preparado para las pruebas, yo sólo tenía un boli Bic entre mis dedos. Todos comentaban cuestiones, algunas de las cuales yo había dejado en blanco.

Mantuve alguna esperanza mientras, al mismo tiempo, ya preparaba, por si acaso, otro destino alternativo, lejos de casa: Madrid. El mes de rigor pasó y en un aeropuerto en mitad de la nada, esperando un vuelo con retraso, consulté la nota del examen aprovechándome del wifi gratuito. Cuatro con ocho, 4’8. ¡Ni siquiera llegaba al aprobado! Catástrofe. A la mierda. El tío del Frente de Liberación Nacional de Córcega que en ese momento me hablaba ya me daba igual. Ya me daba igual todo. El jesuita, qué cabrón, sonreía al verme desembarcando en su ciudad, en la capital del Reino. Le envié un sms a mi madre: “Me voy a Madrid”. En Madrid me esperaban cinco años de sacrificios, trabajando para mantenerme, estudiando para sacar una doble licenciatura.

Llegamos a París y pasé dos o tres días fuera del chabolo, en uno de esos aterrizajes raros que a veces tengo. Durmiendo en casas ajenas. Apareció las lista de candidatos ordenados por nota. No veía mi nombre en ninguna parte, ¡terror! Ah, sí, sí, ahí estaba, lo encontré, je. Puesto treinta y ocho, 38. Hmm… ¿Cuántas plazas había? Le pedí a mi madre que se pusiese en contacto con la universidad, que preguntase en qué posición había que quedar. La respuesta vino poco después. Cuarenta y tres plazas, 43. ¡Ostras! ¡Estaba dentro! Pero, espera, espera, no nos emocionemos antes de tiempo; que aún quedaba la revisión del examen y las notas estaban muy, muy ajustadas. Podía quedarme fuera en la revisión. Empecé a preocuparme otra vez, ¡terror! El plazo de revisión terminaba en dos horas. Pedí entonces una revisión de las pruebas donde creía que me habían puntuado demasiado bajo. Otro mes de rigor después y apareció la lista final. Puesto veinticinco, ¡25!.

Aún quedaba, sin embargo, el último de los flecos. El viernes pasado, hace cuatro días, apareció la lista completamente definitiva, la de los admitidos después de verificar que los candidatos cumpliesen todos los requisitos burocráticos, además de la prueba. Sí, yo estaba admitido… Pero la matrícula era el martes, es decir, hoy, y no asistir implicaba perder la plaza. ¡Pero yo no estoy ahora en Barcelona! Llamé, insistí. Nada, había que ir. Mi madre no se atrevía a abandonar el puesto de trabajo, temía un despido fácil en época de crisis, y la responsabilidad era demasiado grande como para delegarla en otra persona. “Llama el lunes, insiste más y, si no hay manera, coge un vuelo, prefiero perder 200 euros al trabajo”. Por fortuna, no fue necesario. Al final fue mi madre, esa mujer que, por su abnegación, a pesar de los pesares, bien merece un monumento.

Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Written by ertziano

28 julio 2009 at 2:57 PM

El viejo y el mar

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En la estación de Lucciana bajamos de aquel pequeño tren, viejo, como de otra época. No iba a vapor pero casi. Funcionaba con gasolina y el estruendo del motor lo inundaba todo. Parecíamos transportarnos en una máquina del tiempo cada vez que nos subíamos a él. De hecho, una de sus vías principales, la que conectaba el norte con el sur de la isla, fue destruída durante la segunda guerra mundial, y aún continuaba en el mismo estado. En los largos viajes que en realidad no eran más que de unos pocos kilómetros, recorriamos el pefil de aquellas montañas enormes y sólo asormarse por la ventanilla producía vértigo, especialmente cuando un rebaño de cabras, o vacas incluso, ocupaban las vías y el tren tenía que detenerse hasta que la salvaje naturaleza decidiese aclarar el camino. Si no fuese porque Napoleón nació en aquella isla, y cuando llegó a París sólo hablaba corso, los corsos encontraban pocas razones para albergar en ellos algún sentimiento francés. A duras penas podía reconocer a Europa en la isla, mucho menos a Francia. Sólo imaginar el contrastre que habría entonces en los “Département d’outre-mer (DOM)”, lad diminutas islas del caribe y del sur de África que, oficialmente también eran Francia, me hacía pensar de lo absurdo de algunas fronteras.

Desde la estación caminamos unos diez kilómetros hasta el aeropuerto, con su altisonante nombre de Aeropuerto Internacional Bastia-Poretta. Habían un máximo de tres o cuatro vuelos diarios y el nuestro no saldría hasta la tarde del día siguiente. Una placa, empero, señalaba que el autor del Principito, Antoine de Saint-Exupéry, había volado desde aquel aeropuerto en uno de sus últimos viajes. Comenzaba a tener la sensación de que la sombra de Saint-Exupéry me preseguía. Llegamos con un día de antelación porque, como digo, los trenes eran muy poco confiables y tomar el único que llegaba antes de nuestro vuelo en el mismo día resultaba demasiado arriesgado. Nos esperaban unas veinte horas en aquel lugar.

En las primeras decidimos preparar bien nuestras mochilas. No íbamos a facturar nada y todo sería equipaje de mano. Todo lo necesario para vivir una semana en una isla, fuera de hoteles y circuitos, iba en aquellas mochilas y parecía imposible que pudiesen caber en dos bultos de 50x40x25 cm. Además, ¿y las navajas? ¿y los clavos larguísimos de la tienda de campaña? En barco, que es como habíamos llegado días antes a la isla, no había problema alguno pero en avión, ya se sabe, todo es distinto. Suerte que, cuando pasé la mochila por el scanner, la vigilante reía mientras flirteaba con su compañero, y no se dio cuenta de nada… Al jesuíta le quitaron la bolsa de los champús -la llevaba en la mano-. Cuando vi que tiraron también mi carísimo dentrífico Bio robado del Carrefour, fui inmediatamente a la papelera y logré salvarlo de la quema.

Sin embargo, fue en la noche anterior cuando lo más interesante sucedió. Desde que llegamos, teníamos claro que, con todas las horas que teníamos por delante, lo mejor sería entablar conversación con algunos de los caminantes del GR20, un bello pero duro sendero de 200kms que atraviesa la isla de arriba a abajo. Sus pieles quemadas les delataban. El primero de ellos fue un alemán de unos 30 años, fanático de los deportes de aventura y que durante la semana trabajaba en una empresa como diseñador de pegatinas publicitarias. Leía un libro sobre un hombre que intentaba enamorar a mujeres con formas estúpidas y absurdas. Parecía divertido. Le ofrecimos unas galletas, que era, en fin, lo único de comida que nos quedaba hasta el día siguiente por la tarde, cuando llegásemos a París. Aceptó y, sabiendo por experiencia propia de la escasez de alimentos en estos viajes, cogió una, la partió por la mitad y nos dio la otra. Nosotros, a su vez, cogimos esa mitad, la volvimos a divir, y nos comimos un cuarto de galleta cada uno. Seguimos hablando un rato más y se fue, estaba muy cansado.

Volvimos al campamento base que conformaban una de aquellas hileras de cuatro o cinco asientos del interior del aeropuerto. Sobre ellos teníamos nuestras mochilas, botellas de agua, ropa sucia, algunos libros. Me senté y volví a mi italiano, repasando la primera lección. Por encima del libro observé que un hombre, de entre 40 y 50, pelo blanco y largo recogido con una coleta y con aspecto eminentemente alemán me miraba fijamente. Quería hablar. Me producía curiosidad pero yo, en ese momento, necesitaba un descanso y bajé la mirada. Una pareja que estaba frente a nosotros ya dormía sobre otra hilera de asientos. Yo, rendido, hice lo mismo y me tendí sobre la mía. Unos diez minutos después alguien se dirigió a mí con un “mesier” y sentí unos golpecitos sobre mi hombro. Abrí los ojos. “¿Habla usted francés?” “Oui, ¿por qué?” El señor, uniformado en negro, pareció suspirar cuando respondí que sí hablaba su lengua. “Disculpe señor, buenas noches. El aeropuerto cierra a medianoche y deben desalojar la sala. Por favor, ¿podría comunicárselo a las otras personas?”. Me quedé pensativo, insistí en alguna excepción, alguna posibilidad para no tener que dormir otra vez a la intemperie. No había manera. El jesuita fue a hablar con el alemán de antes y yo me dirigí al señor de enfrente. Quizás por cansancio o quizás porque dormir en los alrededores de un aeropuerto es muy diferente a hacerlo en mitad del monte, pocos fueron los que no respondieron con aspereza al guardia del aeropuerto.

Aquel hombre de coleta blanca, sin embargo, sonreía con inmensa tranquilidad. Yo incluso creía que no había entendido bien la situación. Se la volví a explicar y sólo alcanzaba a decir “¿y qué podríamos hacer?” Barajamos varias posibilidades. Desde caminar algunas decenas de kilómetros y encontrar alguna playa o adentrarnos en algún bosque para plantar nuestra tienda, hasta la posibilidad de pasarnos por un hostal que nos cruzamos en la carretera. Pero no lo habíamos hecho en una semana así que tampoco lo haríamos en el último día.

Casi todo el mundo pareció decidir que lo más sensato era pasar la noche en el parking del aeropuerto. Así, los bancos que estaban fuera, se fueron ocupando paulatinamente con alemanes embutidos en sacos de dormir . Me di una vuelta y encontré dos más algo alejados de la puerta principal, frente a una entrada que parecía ser de personal. El hombre satisfecho se sentó en uno y el jesuita en el otro. Yo dormiría en el suelo sobre una colchoneta inflable. Todos contentos. Fue entonces cuando entablamos conversación con aquel maestro de la paz interior mientras intercambiábamos nuestros últimos restos de comida. Nos ofreció, además, una Corsica Cola, la competencia directísima de Coca-Cola en la isla. Él estaba casado y trabajaba con un grupo de chicos con Síndrome de Down. Les ayudaba a tratar con situaciones normales de la vida diaria. Caímos en el tópico de comentar que a veces la inocencia y la pureza de estas personas son verdaderas lecciones para los “normales”. Observé que, cada vez que preguntábamos o comentábamos algo, él callaba unos segundos, unos largos segundos, como masticando bien la pregunta o esperando a encontrar la respuesta adecuada. A veces, incluso, creía que no me había escuchado o que estaba, sencillamente, desconectado. Pero entonces, comenzaba a hablar con una voz muy baja, como un murmullo, con una calma absoluta, sin querer llamar la atención de ningún modo posible. “Puede ser, pero lo cierto es que en ocasiones te gritan sin tú entender por qué y parecen convertirse en completos desconocidos”. ¿Pero crees que les entiendes de una forma especial y por eso trabajas con ellos? . Silencio. “No lo sé, creo que no, pero disfruto haciéndolo. Antes me dedicaba a algo totalmente distinto, a la finanzas, pero estaba cansado de la vida que llevaba. Mi mujer me animó a imprimir un cambio en mi vida y encontramos este empleo. Ahora me siento bien.”

Me gustaba porque el hombre decía lo que pensaba él de verdad, su discurso era sincero, no se guiaba por pautas, era su propia voz la que oíamos, no la de lo que le debía a su posición. Quizás por eso tardaba tanto en responder, porque tenía que navegar entre un mar de respuestas prefabricadas para encontrar la suya, la verdadera, la buena.

Hablamos más sobre sus viajes. Resultaba extraño que, estando casado y con hijos, la mayoría de ellos los hacía solo. Además, llevaba únicamente lo más estrictamente necesario; ropa y algún útil. Ni siquiera un móvil. Ésto me llamó mucho la atención cuando lo comentó y le pregunté sobre ello.

– ¿Pero ni siquiera un libro, música? ¡¿un teléfono?!

– No, nada – decía tranquilo, sin inmutarse.

– Pero yo no podría. Hay momentos en los que te sientes muy solo, o muy lejos de todo y necesitas un refugio, ya sea un libro, una canción on una libreta que te transporte a algún hogar imaginario por algunos minutos.

– [silencio] A mí me parecen distracciones. [silencio]. Cuando voy a otro sitio, quiero olvidar todo lo que dejo atrás y sumergirme allá donde estoy. Quiero estar solamente ahí. [silencio]. [fin].

– Pero entonces, a veces puedes pasarlo bastante mal. Solo, en mitad de un lugar desconocido, sin nada en lo que refugiarte.

– [silencio] [silencio] … yo ya no viajo para pasármelo bien (literalmente, enjoy). [silencio]. Para mí viajar es una forma de ver, descubrir, aprender y eso, a veces, está muy reñido con lo de pasárselo bien. Hay que gente que viaja para confirmar sus prejuicios. Yo quiero evitar, precisamente, que eso me ocurra a mí. Quiero observar, mirar, sin pensar nada más, sin juzgar. Por curiosidad.

Abrí los ojos a las seis de la mañana y le vi sentado en el banco, sin la mochila, que él ya había facturado mientras dormíamos a pleno sol. “Sólo quería deciros good morning and… goodbye”. Le di la mano, intentando expresarle con aquel gesto que había merecido la pena conocerle, que le estaba agradecido al destino por ello.

En aquella mañana, hasta que cogimos el avión, pasaron aún cosas interesantes (¡incluso conocimos a un miembo del Frente Nacional de Liberación Corso -FNLC-, una especie de ETA corsa en pequeño!). Pero las últimas palabras de aquel hombre se me habían quedado grabadas en la memoria y no podía dejar de pensar en ellas: Maldita sea, acuñamos con tanta facilidad expresiones como “viaje de placer” que hasta ahora no había sido consciente de que, en su sentido más puro, la expresión podría ser hasta contradictoria en sí misma. Y es que pretendemos llevar nuestra burbuja a todas partes, nuestros prejuicios, nuestras lecciones viejas y observar la realidad a través de esos clichés. Filtrando y seleccionando, incluso, para encontrar ejemplos aislados de aquello que nos hacemos creer a nosotros mismos que lo es todo. ¡Cuántos científicos han falseado insconscientemente experimentos porque no se ajustaban a sus cálculcos! ¡Han negado la realidad porque no se ajustaba a la idea que tenían de ella! Pues imaginemos entonces la distorsión que debe sufrir en nuestras mentes, en nuestras percepciones acientíficas.

En cierto modo, la idea del hombre, de aquel sabio alemán, podría aplicarse más allá del sentido estricto del viaje, y estoy seguro de que él ya lo sabía. Podría tratar la relación misma del hombre con el mundo. De como nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros gustos conforman diariamente una idea de realidad que poco puede tener que ver con la verdadera. De como, a veces, tomamos la foto antes incluso de observar el cuadro o de deleitarnos con el paisaje. Impacientes por llegar a la meta sin saborear el camino, sin conocerlo en realidad.

William Blake – Auguries of Innocence

To see a world in a grain of sand,
And a heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand,
And eternity in an hour.

[…]

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el cielo en una flor silvestre,
Sostener el infinito en la palma de tu mano,
Y la eternidad en una hora.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 8:34 PM

El puente de Austerlitz

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– ¡Te dije que no lo hicieses! – le grité

Y me enseñaba sus dientes, burlones, riendo, mientras se alejaba de mí temiendo falsamente mi reacción. Yo ladeaba la cabeza, acariciándome el mentón, con una sonrisa tímida y gigantesca al mismo tiempo. Sin saber bien qué hacer. Comencé a correr, a perseguirla por la orilla del río. Ella se dio la vuelta, rauda, y salió por patas mientras reía a borbotones, histriónica. Los que a aquellas horas paseaban por allí, nos miraban a lo lejos, incrédulos. La alcancé cuando sus carcajadas ya apenas si le dejaban caminar, hablar siquiera.

– Así que eso es lo que habías tramado durante toda la noche…

La cogí entre mis brazos al alcanzarla y le abracé. Como princesa en torre, se resistió un instante, uno solo, para después girarse y apretar su pecho contra el mío. Me agarró por la camisa del cuello. Me besó, un segundo, como la picadura de un mosquito y dejó la huella de su pintalabios Lady Bug sobre los míos. Declaré mi rendición y me convertí en su prisionero. Cogió de mi mano y tiró de mí. Lo sentí como un rescate pirata.

Fue horas antes en aquel minúsculo pub de música francesa donde la encontré. Todos bailábamos, frenéticos, golpeando el suelo, ese arenal, alrededor de las columnas y bajo las vigas de madera. La cerveza, el calor. Poca sangre arribaba a la masa cerebral y cuando una canción de la mujer cantante del presidente francés sonó por los altavoces, la veintena de metros cuadrados del pub se convirtieron en un caótico silbido. Me sentía en el salvaje oeste, y en el caos, la vi a ella. Sentada con una expresión oscilante entre el aburrimiento y la angustia. Benditos sean los descarriados que se nos aparecen en las discotecas. Le invité a bailar y aceptó. Lo hacía yo tan mal, o estaba tan borracho, no sé, que le parecí muy gracioso.

Seguía tirando ella de mi mano sin yo saber a dónde me llevaba. Paró frente a una moto, una Vespa clásica.

– ¿Es tuya?

Situó su índice frente a sus labios, indicándome silencio. Acercó su mano a mi cintura y la introdujo en mi bolsillo izquierdo, sacó el pañuelo que, junto con la cartera, el móvil y el reloj, llevo siempre encima para limpiar mis gafas. Me tapó los ojos con él, atándolo a mi nunca. Me ayudó a subirme a la Vespa, tras ella, y tomando mis brazos, los situó alrededor de su cintura: “Agárrame bien fuerte”. ¡Cómo no hacerlo! Arrancó la moto y salimos.

– ¡¿A dónde vamos?! ; grité yo, batiéndome contra el viento

– ¡Tú me salvaste antes! ¡Ahora te voy a salvar yo!

Me acordé de aquella novela titulada “Dios vuelve en una Harley Davidson”, sólo que lo nuestro era una Vespa. ¿Qué demonios quería decir con que me iba a salvar? ¿Era todo aquello real? Demonios, ¡si no sabía ni cómo se llamaba!

– Oye, ¡no sé tu nombre!

– ¡Sí que lo sabes! ¡En realidad!, ¡ya nos conocemos!

– Mí no entender – respondí perplejo, atónito, algo asustado.

– ¡Me llamo Oniria!

– ¿¡Oniria!? ¿¡De entre las 12 y las 13?!

– ¡Sí! ¡La misma!

No pude reprimirme e inmediatamente tiré del nudo del pañuelo . Contemplé su larga melena castaña durante diez segundos, sin entender, sin comprender. Vi la luz roja de un semáforo; paramos. Puso ella y después yo el pie izquierdo en el asfalto. Se giró, me miró, sonrió y me besó por tercera vez en aquella noche. Algo había de familiar en aquel beso. Sí, quizás… Pero, no, no podía ser. El semáforo cambió a verde. Cogió el pañuelo de mi mano y volvió a colocármelo.Se había convertido en mi marionetista, pero yo me revolvía entre sus hilos.

– ¡Pero eso es imposible! ¡Oniria fue un sueño! ¡Ni siquiera recuerdo su apariencia!

– ¡Es normal! ¡Hay detalles de los sueños que siempre se nos escapan!

– ¡Pero! ¡Si es un sueño! ¿¡ Qué haces aquí?!

– ¡Espera un momento!

Paramos al fin, y apagó el motor. Me ayudó a bajar de la moto, aún con los ojos vendados,y me condujo por algo que parecía ser una pequeña cuesta. Nos detuvimos. Noté el calor de su presencia frente a mí, me abrazó y acto seguido deshizo el nudo muy suavemente, quitó el pañuelo y me lo entregó. Estaba frente a ella, a muy escasos centímetros. Sus ojos oscuros, los míos, su mirada, la mía, parecían el reflejo infinito de una sola mirada, de unos solos ojos. Me cogió de la cintura y giró mi cuerpo entre sus brazos, dándole yo mi espalda. Y allí estábamos en el más bello de los puentes sobre el río, que diviidía la ciudad en dos partes, y frente a nosotros, la isla, que conectaba ambos lados, ambos mundos.

– ¡El puente d’Austerlitz!

Me giré. Ella sonreía como si me observara abrir un regalo, como si hubiese esperado este momento durante meses.

– Oniria, Oniria… No, no puede ser. No puedes ser tú.

Ella, impasible, continuaba observándome fíjamente, sonriente, como esperando que lo inevitable acabase por convencerme.

– La realidad, Oniria, yo vivo en la realidad, y tú vives en los sueños. Yo nací en la realidad, y tú naciste en un sueño. ¡Si hasta escribí un post sobre ti!

– Tú y tu blog… ¿Y ahora, dónde estamos, en un sueño o en tu querida re-a-li-dad?

Mierda. Esa era una maldita buena pregunta, ¿qué demonios era todo aquello? ¿había tomado algo raro aquella noche? ¡No!.

– Mira allí, en donde aquellos edificios, eso es a lo que tú llamas realidad. Mira al otro lado, a aquello le llamas sueños, de ahí vengo yo. Pero ahora ahora no estamos ni allí, ni tampoco al otro lado. ¿Así, que venga, valiente, dime dónde estamos?

La chiquilla ésta me retaba, y se reía porque ella sabía que yo estaba perdido del todo. En toda mi vida, sólo había conocido a una sola persona que pudiese manejar mis hilos de aquella manera, que pudiese contagiarme la risa de esa forma.

– Oniria… ¡No entiendo nada!; espeté en una carcajada, echándome las manos a la cabeza.

– Cariño, los sueños y la realidad nos son más que las dos orillas del mismo río. ¿Sueño y realidad? ¿Realidad y sueño? Nunca puedes estar seguro de si caminas por una orilla o por la otra. Cuando estás a un lado, lo otro es una visión lejana, ¿pero cuál de ellas?

– Hay continuación en la realidad. Si hoy me das un beso, dejarás tu Lady Bug marcado en mi mejilla hasta mañana, y quizás pasado.

– ¿No planeas lavarte? – pregunta pícara.

– Un beso tuyo, ¡jamás!

– No vale querido, recuerda que no estamos del todo en tu realidad, aunque tampoco en la mía. Así que aquí las cosas no funcinan necesariamente cómo tú crees. Touché. – y me sacó la lengua.

– Yo no me resisto. Dame uno, uno fuerte en la mejilla y déjalo bien grabado.

– Ya está -satisfecha, trás fundir sus labios sobre mi mejilla izquierda.

– Dame un espejo, quiero verlo ahora mismo.

Y sacó de su bolsito uno pequeño, lo cogí y me miré. Cuando observé el cristal, la manó me tembló ante una imagen que no esperaba. Había el reflejo del río, del lado izquierdo de la ciudad y de la isla. Pero el puente y mi cara se confundían con el fondo. Apenas si atisbaba las líneas de mis rostro en el reflejo. El espejo se deslizó por entre mís dedos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

– ¡Mi espejo! – se quejó en un lloriqueo ahogado.

– Oniria, no aparecía el reflejo de mi cara en el espejo -le dije serio, aún en trance.

– ¿Qué? – su ruiseño rostro cambió por otro confuso, preocupado – ¿Qué hora es? – me preguntó nerviosa-

Miré el reloj, pero me sentía incapaz de leer la hora.

– ¿Qué está pasando Oniria? No sé qué hora es, la agujas, el reloj parece deshacerse sobre mi muñeca.

– Recuerda- y comenzó a hablarme muy seriamente- recuerda bien. Esta noche, en el puente de Austerlitz. Recuerda, esta noche en el puente de Austerlitz. Me besó una carta y última vez, con cariño, con mucha delicadeza, como si fuese una despedida y quisiese que le recordase mañana. Era ella, era Oniria, ya no tenía ninguna duda. Esta noche en el puente de Austerlitz, continuó repitiendo. Esta noche en el puente de Austerlitz. Esta noche en el puente de Austerlitz… Yo le miraba, sin entender…

El móvil sonó, y me despertó brúscamente. Ya eran las ocho de la mañana, debía levantarme. Desactivé la alarma. Tenía un terrible dolor de cabeza. Ayer había bebido demasiado, me dolía también el estómago. Me levanté y fui al lávabo a refrescarme la cara. Encendí la luz y entonces lo vi. En mi mejilla, en mi mejilla izquierda había la marca de unos labios, aún en letargo pensé: “Parece que he tenido una buena noche”, fanfarrón, orgulloso. ¿Sería guapa la chica? Me fijé más y me di cuenta de que era una marca extraña. Era una sola mitad, la marca de medio beso. Qué extraño. Y entonces, como si fuese el eco de un sueño, lo recordé: “Esta noche en el puente de Austerlitz”.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 7:06 AM

Publicado en pornografías

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Un punto

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Written by ertziano

25 julio 2009 at 3:09 AM

Amor fast-food

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– ¿Y a ti te gusta ir de mujeres?

– ¿Cómo?

Sencillo y de buen corazón. Su forma algo tosca de hablar, muy del pueblo, por su acento y expresiones que utilizaba, muchas veces me dificultaba bastante entenderle a la primera. Él era uno de los mejores amigos de mi padre. Uno de los dos. Fue él quién le compró los últimos caballos. Tenía casi 70 años, todos ellos vividos en soltería, algo que irremediablemente había marcado su carácter.

– Muchacho, que si vas de putas por ahí.

La pregunta me golpeó como un puñetazo. Tardé unos instantes en recuperarme y reaccioné como todo un caballero al que hubiesen mancillado su honor.

– ¿Yo de putas? Por Dios, ¡nunca, jamás!

Parecía haberme cogido por sorpresa, pero la pregunta, la cuestión, el dilema, ya me había encontrado varias veces en las esquinas de los últimos meses y yo siempre tenía la sensación de salir herido de todos los duelos.

Recuerdo aquella noche de mayo, ya de madrugada, caminando por la Rue Saint-Denis acompañado del jesuita. Cuando alcanzábamos el arco de triunfo del boulevard, una chica, bajita de piel negra apareció de entre las brumas de un soportal y nos agarró a ambos por el brazo. Yo cogí su mano cuidadosamente y la devolví a su posición de gravidez, negando cualquier posiblidad de negocio. Aunque no llegase a sentirme incómodo, la situación me desagradaba ligeramente. El jesuita, sin embargo, continuó con el juego de caricias y palabras que, en esta situación, no necesitaban de doble sentido. Mis ojos no daban crédito. El chico, el hombre de la misa ineludible de los domingos, de la COPE, del pecado, del bien y el mal, de Dios, parecía estar comprando sexo en la calle. Me opuse a cualquier mínima posiblidad que pudiese navegar por los pensamientos nocturnos de mi amigo. Viendo la chica que no había negocio posible, nos dejó y nosotros continuamos nuestro camino. Acto seguido vino una de esas conversaciones donde yo inundaba todo el aire con mi voz y él todos los silencios con sus miradas y sus sonrisas que decían más que todas mis palabras juntas, ataqué el comercio del sexo por todos los flancos posibles, desde la mercantilización de la carne humana hasta el propio significado de la palabra sexo. Mis razonamientos, aunque quizás válidos, no eran más que un disfraz. Mi posición íntima no estaba tan sustentada en ningún argumento racional como en la sola repugnancia que me producía la imagen de un teatro de caricias y falso amor con un completo desconocido. Mi amigo no era de la misma opinión o eso, al menos, parecía decirme con uno de sus silencios. Unos silencios que confesaban ya haber jugado algún papel en esas obras.

Fue ése, ese mismo sentimiento de repugnancia, el que sentí en la ciudad con otro viejo amigo, que también alguna vez me había hablado de putas, pero no en esta ocasión. Éramos él, un conocido suyo y yo. Vagábamos por las calles en la madrugada de la ciudad. De chupito en cerveza y de cerveza en cubata. La gente bebe para tener más facilidad en la palabra, y yo también. Pero ellos utilizaban esa palabra para camelar, engatusar, engañar, exagerar y acabar con alguna de aquellas, sí, atractivas chicas del bar en la cama. No era el sexo lo que me molestaba, o no tanto, sino el prólogo que acompañaba. Porque en todo aquello, en aquellos diálogos, en aquellas risas, en aquellas bromas, en aquellos roces, había también una gruesa capa de mentira, de falsedad. Apenas conocían su nombre y ya se creían en el derecho de cogerlas de la cintura o entrometer sus manos entre sus cabellos, con licencia para susurros y caricias de mejillas. Estaba cansado de verlo repetido noche tras noche; mismo Romeo, diferente Julieta. En mi iluso sistema planetario eso sólo podía ocurrir cuando destino y fortuna se conjuraban para traer ante nosotros, de entre la improbabilidad más absoluta, a un imposible, a un sueño que creíamos irreal, inexistente y que de repente sentimos que se encuentra a dos metros de nosotros y ya puede el bar y el mundo desaparecer en ese instante, que no nos damos cuenta mientras estamos sumergidos en la mística de sus pupilas negras. Y entonces, y sólo entonces, a uno le importan un pimiento las licencias y los tiempos. Pero para ellos; los sueños no eran más que rumores lejanos que estaban dispuestos a ser suplantados con la prima bella ragazza que encontrasen el sábado por la noche. Me producía arcadas.

– Pero tío, la vida, la sociedad, funciona así. Si no, no follas.

-¡Que le jodan al sexo joder! ¡Que le jodan también a la sociedad! Lo estás confundiendo todo, los estáis confundiendo todo. Usurpáis las formas de enamorados y no es más que una mentira. Cuando llegue el día de algo verdadero, de algo puro, si logras reconocerlo, no podrás más que repetir las mentiras y artimañas que perpetraste anteriormente. Te condenas a una farsa perpetua. No es más que la cultura del fast-food aplicada al amor. Sacia rápido, pero te deja un sabor de boca de mierda.

Mendigar migajas de falso amor y después mostrarlas en la vitrina de los recuerdos, como trofeos de caza. Entendió bien lo que le dije aunque, otra vez, yo actuaba más por instinto al defender mis ideas que por razonamiento lógico. Pero sé que me entendió porque comenzó a ponerse cada vez más nervioso y tuvimos que dejar de hablar del tema. En verdad, llevábamos más de seis horas bebiendo y deambulando; el alcohol ya pesaba en nuestras cabezas y yo tampoco tenía muchas ganas de discutir. Sólo quería que me dejasen volar entre mis nubes, aunque la vejez o la fatiga me hiciesen, algún día, doblegarme y estamparme contra alguna farola gris anclada en la realidad.

Written by ertziano

24 julio 2009 at 3:51 AM

Publicado en paisajes, pensamientos, pentagrama

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Desarraigos turbados

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Recorro las calles con una gota de angustia. Mis pies no pisan una tierra desconocida sino las calles de otra vida, de otro pasado, de otro mundo.

Siento sus miradas hurañas clavadas en mi espalda. Para ellos no soy más que un “forastero”. Mi acento, mis gestos, mis maneras; éste no es de aquí. Pero sí lo fui, aunque ellos no lo sepan, o no lo reconozcan.

No importa, aún teniendo un mote heredado, yo ahora soy un forastero. El hijo De. Acompaño a mi padre con la vergüenza humillante de ser poco menos que un turista mal bienvenido. El hijo del tartalla.

En la fachada de “mi casa” alguien ha escrito “TARTA”, así, en letras mayúsculas. Y cuando paseo con él, cazo risas y susurros indiscretos.

Siento vergüenza cuando los del tunning comentan socarronamente las copas de más de mi padre, y como les acompañó “aquella vez” a unas fiestas. Mi padre cree que son buena gente, yo creo que todos, o casi todos, se ríen de él. Yo creo que mi padre es “el loco del pueblo”. Él no lo sabe.

Mis pies pesan. Aunque mi carácter es más de esta tierra que de cualquier otro sitio, yo no soy de aquí. Y cada paso me recuerda al principio del fin, y al final del principio.

Siento más que nunca mis pasos huidizos. No puedo estar aquí porque es mirar a mis pies de barro desde demasiado cerca. Aquí vuelvo a ser nada. Vuelvo a ser un pasado oscuro. Vuelvo a ser el niño decepcionado. El niño frustrado. El niño impotente. El niño torpe. El hijo De.

Aquí, vuelvo a mis raíces, y mis raíces se retuercen. Me oculto, me escondo a veces, olvidando los últimos quinces años, temeroso ante la imagen de lo que aquí dejé. La imagen ma aterroriza, porque la percibo como una incertidumbre, una frustración disfrazada de bienestar lineal. Y me asusto. Ahora, mi discurso serio se entrecorta con mi voz quebrada. Cuando alguien me pregunta, apenas si alcanzo a responder con coherencia. Les tengo un miedo irracional. Y entonces, con voz ahogada, leo tartalla en sus ojos, como si el pasado, como si la historia y las leyendas de los pueblos se transmitiese en el ADN.

No soy de esta tierra ni de ninguna otra. Crecí en todas partes y en ninguna. Fui hijo De e hijo de Nadie.
Fue aquí donde todo empezó. Y fue aquí también donde una vida se truncó para dar nacimiento a otra.

Recorro las calles y lo siento todo sin entender nada. Y me siento extranjero. Y cuando pienso de dónde soy, algo me dice que tampoco soy de allí. Y me quiero ir, aunque no sé a dónde. A la patria de los sin patria.

Sigo caminando y me doy cuenta de que piso las huellas que quince años atrás dejé. Me pregunto si puedo dibujar otro camino por estas mismas tierras, diferente a los anteriores. O si, por lo contrario, un actor está condenado a interpretar un solo papel por escenario. Y que entonces para cambiar de personaje, no hay más remedio que cambiar también de escenario.

Y siento otra vez miedo, al pensar que eso podría ser verdad.

Written by ertziano

18 julio 2009 at 7:10 AM

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