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Sueños y espirales

Archive for agosto 2009

Badreddin en su espera

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Written by ertziano

30 agosto 2009 at 11:53 PM

Cierra los ojos, tápate los oídos.

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Shhh. Silencio. Deja de gritar. Deja de quejarte. Deja de compadecerte. Shhhh. No escuches las voces. No atiendas los comentarios. Cierra la Biblia, o el Corán, o el Gita. No leas más. No leas nada. No eches cuenta ni de los infiernos ni de los cielos. Deja las vidas soñadas a sus soñadores. Que nadie viva por ti. Huye de las palabras. Huye de la comodidad. Huye del placer y del dolor. De las élites, de las clases, de los grupos, de los estamentos, de las tribus. Huye de todo lo mundano y vuelve a la Tierra. No hay mesías. No sigas a los predicadores, ni a los mensajeros, con o sin túnicas. Olvídalo todo. Olvida. Y vuelve. Vuelve. Vuelve a la esencia. Vuelve al nacimiento. Vuelve a la niñez. Vuelve al mundo. Vuelve al Universo. A la naturaleza. A la pasión, y a la desgracia. Vuelve al dolor. Vuelve a la risa. Vuelve a las estrellas, y a la Luna, y al Sol. Vuelve a sonreír. Vuelve a gritar. Vuelve a llorar. Vuelve a ti. No pienses, y salta. Y corre. Y vuela. Y corre. Y vuela. Y no pienses más porque no hay más. Porque no te queda mucho. Porque ya se acaba. Porque eres todo y nada. No te acobardes, no te asustes, no sufras más, no temas. Porque es absurdo. Porque nada hay que temer. Vuelve a ti, vuelve a la esencia de todas las cosas y deja de buscar. Ríe sin parar hasta que no puedas más.

Written by ertziano

28 agosto 2009 at 4:28 PM

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Los sueños de Badreddin

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Y entonces Jafar le explicó la historia de Badreddin y Sett El-Hosn. Esta bellísima mujer, que vivía en el Cairo, fue condenada a casarse con un criado jorobado. Pero Badreddin, que se había enamorado de la chica y espantó al jorobado con la impagable ayuda de un genio, entró en la habitación nupcial y vivió una maravillosa noche de amor con ella. Durante la madrugada, dos genios se llevaron a Badreddin dormido y lo dejaron, desnudo, delante de la puerta principal de la ciudad de Damasco. Cuando el joven se despertó, se encontró rodeado de curiosos que le observaban. Badreddin les explicó que había pasado la noche en el Cairo con la chica más bella del mundo, pero nadie le creía, y el joven acabó dudando de si todo no había sido más que un sueño. Durante cerca de diez años, Badreddin vivió humildemente en Damasco, y en su interior se hacía más y más intensa la nostalgia por aquella mujer que creía haber querido durante una larga noche de verano. Mientras tanto, Sett El-Hosn no podía dejar de pensar en Badreddin, de manera que acabó pidiendo a su padre que lo buscasen por todas las ciudades del mundo. Después de un largo viaje, encontraron a Badreddin en Damasco, le encadenaron, lo metieron dentro de un baúl y lo llevaron a Egipto después de avisarle de que sería condenado a muerte. Badreddin estaba desconcertado y no sabía de qué le acusaban. Cuando llegaron al Cairo, viendo que se había dormido, lo llevaron directamente a la habitación de Sett El-Hosn, que previamente la había dejado tal y como estaba la noche de bodas, lo desnudaron y lo metieron en la cama. Cuando, al día siguiente, Badreddin se despertó y vio a su lado la mujer de sus sueños, pensó que acababa de despertarse después de la larga noche de amor que habían pasado juntos y se convenció que los años pasados en Damasco no habían sido más que una pesadilla.

Las mil y una noches. Noche 38 . Extracto de la adaptación y selección de Brian Alderson, en la edición en catalán de Anaya, “Les mil i una nits”.

Written by ertziano

27 agosto 2009 at 3:18 PM

No

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Amistad y Amor se sacrifican por compañia, sexo y seguridad. Pero yo no quiero falsificar más la realidad.

Vuelve a ser como empezar desde cero. Como si tras un año, hubiese dejado un castillo de papel que el más ligero soplo del tiempo no dudó en hacerlo desparecer.

De repente no hay nadie. El que fue mi mejor, anda lejos para quedarse. Un hermitaño obsesionado con el sexo y el materialismo que se refugia en tierras nórdicas. Una obsesión que acabó por resultarme vomitiva en las últimas madrugadas juntos y decidiese yo sellar mi cansancio en silencio y ausencia.

Con mi compañera, a la que conocí en casualidad y después el destino nos situó codo con codo durante años, ya siento tener poco en común. Las conversaciones se tornan livianas y cuantitativas, mesurables, recursivas, estandarizadas. Ella quiere formar parte de la masa, de lo normalizado, de la corriente. Y yo no. Ella se burla, y yo no lo soporto. Ella quiere cenas de bien, quiere hablar en modo profesional. Y yo aún quiere ser aprendiz y experimentar sin fin.

Lo poco que tenía, se ha perdido.

Fui en metro a la playa. Nunca había tomado el metro para ir a la playa; yo siempre a pedal. Me tendí en la noche, a escuchar música y ver las olas romper.

– ¿Cerveza, amigo?

– No, gracias – respondí automático a la repetitiva pregunta.

– Espera. ¿Me la das por un euro?

– Sí

El logo de la famosa marca era de los antiguos. Qué extraño pensé. La abrí y probé. Sabía añeja. Da igual. Subió rápido, y muy rápido. Y comencé a bailar sobre la arena.

“¡Sí! Como en París, cuando no aguanté más y también rompí círculos para volar libre, esperando a que la diosa fortuna acabara por fijarse en mí. Y lo hizo. Porque la fortuna siempre sonríe a los que buscan de verdad.”

Qué hermosa la libertad. Sin el rún-rún de la razón ni la consciencia, la arena en mis pies, y la calma y las risas entremezcladas en el fondo del susurro mediterráneo. Con las notas emepetrés del alma a mis oídos. Bailando, tendido, despreocupado, feliz sin adjetivo.

– ¿Crees en el destino? me preguntaron dos noches atrás.

– Te diría que la idea del destino es una ilusión. Te diría que esas casualidades que ponen la piel de gallina no son tan extrañas . Te diría que la probabilidad y la estadística obligan a que ocurran cosas así, cada cierto tiempo y que no hay otra magia que la del puro accidente. Te diría todo eso. Pero te digo que sí, que aún con dudas, en mi inconsciente sé que creo en el destino. No sé definírtelo, no sé si es mucha o poca mi creencia, pero en ocasiones me doy cuenta de que algunos hechos no pueden ser sólo casualidad, sólo accidente, sólo estadística. Quizás sea esa la única de las místicas que aún conservo.

Y le dije a ella, a mi compañera, que sí, que soy un idealista, que soy un iluso, y que no sé si el idealismo puede cambiar algo, no lo sé, de verdad. De lo que no tengo ninguna duda es que sin idealismos es seguro que nada cambia.

Written by ertziano

24 agosto 2009 at 6:39 PM

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El peligro viste gafas de pasta

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Ayer fue la segunda vez en menos de tres meses.

La primera, cuando tomando un tren desde Montpellier, ciudad que la prensa suele relacionar con ETA, varios agentes de la policía nacional, cuando cruzábamos la frontera, entraron en el vagón. Uno de ellos, me miró y vino directamente hacia mí. Me pidió el carnet de identidad y tomó su tiempo apuntando mis datos. Sin decir nada, sin explicación alguna. Pensé que era un trámite habitual y que acto seguido harían lo mismo con el resto de pasajeros. Pero no, lo cierto es que fui el único al que pidieron el DNI y registraron. Me señalaron, me convirtieron en garbanzo negro y ya todo el vagón comenzó a mirarme de forma extraña desde entonces, sin razón.

Ayer fue la segunda. En las fiestas en Barcelona y con unos conocidos del país vecino que andaban de visita. Me preguntaron si podían fumar marihuana y yo, que había espacio y no iban a molestar a nadie, acostumbrado además a la ciudad permisiva que siempre he conocido, les dije que sí, que no había problema, aún sin yo fumar.

Pero las leyes no necesariamente obedecen al sentido común. En menos de cinco minutos apareció un grupo de la policía local que comenzó a registarnos de cabo a rabo, como si fuésemos delincuentes, como si hubiésemos robado a punta de navaja. Tierra trágame. Les expliqué la situación, que ellos eran extranjeros y que había sido un error mío. No había razonamiento posible. Me pidieron el DNI y apuntaron mis datos, junto a otros nombres y números anónimos de aquella u otras noches. Sólo a mí, que no tenía nada encima. Otra vez en alguna maldita lista oscura sin razón alguna.

Con socarronería comentaban:

– Si ya se te ve que no fumas, pero los tontos como tú siempre acaban fichados. -y mirándome fijamente- Sí, si hasta tienes pinta de estudiar fuera/ y sorprendido pensé que cómo demonios podía verse algo así

– Tened claro que voy a recurrir. Por favor, ¿podéis darme vuestros nombres? / les exigí con sonrisa áspera

– Epi y Blas.

Y como iba algo bebido, no me había dado cuenta hasta entonces de que tenían los números de agente cosidos en el uniforme. Miré uno de ellos y lo memoricé. Después lo anoté.

Pensé decirles que es una lástima que esas cosas pasasen, que yo hacía un tiempo aún creía en el Estado de Derecho y esa teórica democracia que defienden. Que siempre había votado con orgullo, aunque fuese a partidos minoritarios. Y que sólo faltaban pequeñas incidentes como estos para convencerme completamente de que todo es farsa. Que esa prepotencia en unos teóricos servidores de la sociedad me hace pensar que algo falla, que algo no nos cuentan, que algo ocultan, que algo traman. Que los que de verdad molestan no son los que gritan visceralmente, a favor o en contra, o por supuesto los que viven sumidos en la mudez mental más absoluta, sino los que tranquilamente discrepan e intentan ser coherentes con su discrepancia. Sin alaridos, pero a paso firme. Y que eso, supongo, estos que tratan con todo tipo de gente, lo saben ver de alguna forma. Y esos tontos, com ellos dicen, tarde o temprano, acaban fichados para que se callen de una vez por todas. Al menos, según la versión de la policía.

Written by ertziano

23 agosto 2009 at 12:47 AM

Ella

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La aleatoriedad de las redes me condujo a sus palabras.

Sentí un pálpito al leer el texto. Veía definido cada milímetro de mí en él. Mi propio retrato. Hablaba de mí. Yo era cada una de sus palabras.

¿Dónde estaba esa persona? Tenía que encontrarla. Tenía que decirle que era yo a quién ella buscaba. Ella; porque ya sabía que era en femenino.

Apuntaba a Londres, vivía allí, pero sus orígenes en España. Había una foto. La abrí.

Quedé sin respiración, sin oxígeno, sin nada. No podía ser. Me había encontrado. O yo la había encontrado. No sé. Era ella. Allí estaba. Tan guapa, tan alegórica con su corazón de Los Amantes. Aparecida de la nada. Entrando en mi vida cuando yo ya me disponía a otras cosas. Y allí de vuelta. Ella. La de siempre. Su aliento, un eco que nunca me abandona y del que yo, a excepción de un paréntesis, siempre he rehuído. Me levanté, frenético, nervioso, caminando en círculos por la habitación vacía. Ella. Otra vez. Otra vez.

Ella.

Maldita sea. La descubro días después de abrir por casualidad una foto suya perdida en mi disco duro, y dudar, una vez más. Si no me había equivocado. Que lo que tenía que encontrar, lo encontré hace tiempo. Que ella lo tenía todo y que yo me lo había negado todo.

Apareció la nostalgia.

Seguí buscando. Los vídeos. Las cartas. Más fotos. Más e-mails.

No me reconocía en aquellas fotos, en aquellos vídeos, en aquellas palabras. Nunca he podido reconocerme lo que fui en ella. ¿Cómo pudo así convertirme? ¿Cómo lo hizo?

Ella.

Recuerdo el primer día, hace ya demasiados años.

Recuerdo el último, no hace tanto.

Recuerdo los medios.

Me enamoré cuando ella no lo sabía.

Desapareció.

Se enamoró cuando yo ya no quería.

La fortuna cruzó nuestros caminos, y vivimos en el cruce, y nos fuimos otra vez cada uno por su lado.

Pero ella nunca desapareció. Nunca guardó rencor y logró colocar su sombra tras la mía.

¿Por qué a mí? Ella lo tiene todo. Lo ha vivido todo. Y aún así, allá donde voy, allá donde el tiempo me manda, siempre me encuentra, siempre hay una palabra suya para decirme que aún me recuerda.

Me pregunto a veces si es la locura del genio lo que la conduce.

Me idealiza, quizás. No me conoce bien, pienso a veces, me conoce demasiado, pienso otras. Siempre sospeché de que no mirase nunca hacia atrás en las despedidas. Como queriendo retener a mi doble imaginado y no al real, que a su espalda la observaba un poco triste. Me desconcertaba con sus llantos inesperados. Me desesperaba con sus cartas perfectamente escritas que tanto me impedían descubrir sus emociones verdaderas. Sin exclamaciones, sin faltas, sin tacos. Me decía “cari”, y yo paciente, me quejaba una vez tras otra que no me gustaba que me llamase así; y no me hacía caso. Nos llevábamos a matar. Nuestros idealismos chocaban. Pero nos unían, precisamente, idealismos en extinción.

¡Está loca! Me han dicho alguna vez al comentar las locuras que llegó a perpetrar por mí. Y yo a veces lo dudo. A veces pienso que es posible, que es la única explicación que encuentro a la abnegación absoluta en alguien que nada necesita, que todo tiene.

Y le temo. Le temo porque sé que es de las pocas personas que han conseguido manejarme, que saben como lidiar conmigo. Porque una vez la encuentre, no le costará mucho abrazarme y hacerme suya. Lo sé, porque siempre lo consigue. Porque lleva mucho tiempo esperando y no se dará por vencida. Porque soy carne débil y podrá dominarme con habilidad.

Y creo que ella es un espejismo. Y no lo sé. Y pienso que ella es la mía, la verdadera, y que acabará por escaparse. Y no lo sé. Y yo sigo soñando en una nube que sólo es vapor. Y de viejo, le llamaré, y me odiará por haber tardado una vida en hacerlo, y me colgará.

Y no lo sé. Sólo que ahora está en Londres, y continúa esperándome. Eso es lo que sé.

y que siento un escalofrío inmenso al escuchar esta canción, en Madrid, aquella misma noche.

Written by ertziano

20 agosto 2009 at 2:35 AM

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#85 Amor consumista

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– ¡Maestro! ¿Pero me dice que paciente, que no desfallezca, que siga mi camino, que persiga un ideal? ¡Pero maestro! Sabe usted bien que el mundo no funciona así. No sé maestro si con razón o sin ella, pero el mundo de las grandes ciudades y los grandes edificios recluye en pequeños departamentos. El mundo del miedo, inclina a la desconfianza permamente. Nadie puede vivir así y esperar eternamente sin nadie a su lado.

– Esperar, ¿qué?

– Pues es eso, maestro, un angelito, una media naranja, como quiera usted llamarlo; algo que endulce un poquito la urbe gris.

– Pero pupilo, ¿no te das cuenta de que ellos no buscan amor verdadero? Ellos buscan lo que buscan en todo. Consumir. ¿Y por qué consumen? Por lo que has dicho: Por el miedo, la desconfianza, el aislamiento, la competitividad silenciada que nos vuelve a todos locos, el vacío interior, la debilidad. Tú criticas ese consumismo, lo atacas sin descanso cuando alguien hace uso de él, pero no te das cuenta de que va mucho más allá de las meras transacciones económicas de un supermercado o unos grandes almacenes. Consumismo es una filosofía de vida que lo impregna todo, cada parcela. Consumismo es la permanente búsqueda de tener mucho, tener lo mejor, lo más caro, lo más codiciado, pertenecer a la clase. Que nadie te pueda mirar por encima del hombro. ¿Crees que eso sólo se aplica a un coche o un reloj? ¡Tonterías! ¿Acaso no está codiciada una rubia resultona? Pues todos irán a por ella, porque así mandan los tiempos, sin importar el qué ni el por qué. Todo sea por acallar la angustia de un destino prefijado a base de reglas no escritas. ¿Quieres ser libre? Pues reacciona antes de que lo “normal” acabe con tu vida.

– ¿Y cómo?

– No respetes una sola regla no escrita. No respetes nada excepto tu propia ley.

– ¿Pero maestro? Si todo el mundo hiciese lo mismo, ¡todo sería caótico! ¡anarquía! ¡la ley de la selva!

– Eso es lo que te han hecho creer. ¿Pero no es ya la ley de la selva? ¿No hay constantemente asesinatos y robos impunes?

– Sí, pero van a la cárcel.

– ¡No los grandes, pupilo! Va a la cárcel quien mata a uno, pero no el que mata a miles. Va a la cárcel el que roba un bolso, pero no el que roba millones. A veces hay algún cabeza de turco. Pantomima.

– Maestro, en todo caso, así lo ha decidido la sociedad. Vivimos en democracia.

– Pupilo, ¿te has dado cuenta de que todo gira entorno a dos partidos políticos? ¿de que tú no decides nada del programa de esos partidos? ¿de que la economía es siempre igual de injusta? ¡Alfonso XIII ya tenía un sistema parecido! Jugaban a pelearse entonces, decía mi profesor de historia. Pues a mi me parece que muy poco ha cambiado.

– Puede usted, maestro, integrarse en un partido y cambiar cosas. Puede, igualmente, crear su propio partido.

– Pero pupilo, no seas tan cándido. ¿Has visto las exigencias que hay para formar un partido? ¿Y que conseguir algún diputado en el Parlamento requiere una cantidad de votos desproporcionada respecto a los partidos grandes? Pupilo, el sistema te deja, pero te lo pone tan difícil, que es como si no te dejase. ¿E integrarse en un partido? ¿Crees que es la meritocracia la que impera en los partidos grandes? Nada. Todo es apariencia. El poder, y el amor, están bien cogidos para que los grandes ladrones y asesinos salgan siempre impunes. Mientras unos se enriquecen enormemementes, otros pierden sus casas aquí y sus vidas en rincones lejanos de los que nadie quiere acordarse. Pupilo, no respetes nada excepto a tu propia moral. Esa es la verdadera democracia. No hay otra, por ahora. No estás obligado a respetar un sistema estúpido.

– Pero maestro, no entiendo; le he preguntado por amor y usted me responde con política.

– Piénsalo bien, pupilo. Hablas tú de amor y de fondo ya resuenan contratos y reparticiones de bienes. De fondo suena el cacareo de un supuesto trofeo. Resuena Hollywood y su pop-rock. Y todo, todo eso, lleva siempre la idea de un solo tipo de amor. De una sola idea. Siempre hay una gota de rebeldía al principio, pero el mazo del ideal acaba por imponerse en una família bien. Y comieron perdices, y no un bocata cualquiera. Pupilo, el amor es mucho más que un contrato entre dos personas, el amor que ellos te venden es el contrato entre dos seres y el sistema entero. Se comprometen a servir fielmente, a las duras y a las maduras, porque no han conocido la verdadera libertad, no han conocido el verdadero amor y se rinden ante lo único que les ofrecen.

– Maestro, olvida usted que el amor también tiene mucho de naturaleza.

– Y la naturaleza tiene mucho de carnívora y de egoísta.

– ¿Niega usted la naturaleza o el sistema?

– Pupilo, negar, no niego nada. Sólo te empujo a que seas más libre de lo que te condenaron al nacer. Si deseas encerrarte entre los garrotes de un falso amor, sometido quedarás. Si en cambio decides romper esos barrotes, esas reglas y perseguir tu propio destino, el destino te respetará y te esperará, lejos de sometimientos y servilismos.

– ¿Y si fracaso?

– Fracaso, anarquía… son palabras que el sistema tergiversa y acuña a su manera para atemorizarte, para que ninguna oveja escape del rebaño. No hay mayor fracaso que el de perder tu propia libertad y pisotear tus propios ideales. Empieza a diferenciar qué hay de ti y qué hay de sistema en tu cabeza, empieza a no respetar las reglas sólo porque vienen así, ya que nacen de una democracia que es absurda. Empieza a perseguir tu propio destino y vivir bajo tu propia ley. Todo lo demás te convertirá en un siervo fácilmente manejable. Sé libre y ama con libertad, ama de verdad; tanto a un ideal como a un alma descarriada.

Written by ertziano

19 agosto 2009 at 5:39 PM

#84 La vida es arte

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Caminaba con muletas, y no ocultaba su torpeza. Eran muchos los años que atesoraba pero ya desde su juventud le acompañó el bastón. A pesar, vestía bien y parecía coqueta. No compartía vida con pareja alguna, quizás por viuda, quizás por soltería madurada. Se sentó a mi lado porque esa era la butaca que le habían asignado, “La número sis”, aunque la sala estaba medio vacía. Se dirigió a mí en catalán, y yo hice lo mismo después de un año sin hablarlo .

Cuando acabó la obra, me dijo que le había gustado mucho. Que la había escrito el jefe del teatro.

– Yo es que veo todas las obras. Vengo siempre a este teatro, ¡con lo lejos que vivo!

Le ayudé a subir al bus y me senté a su lado, a escucharle.

– Si me quedase en casa, moriría. Viendo la televisión o haciendo cualquier otra cosa que no me enriqueciese. Casi no puedo caminar pero yo siempre busco donde ir, qué hacer. Aún recuerdo el año pasado cuando subí una de las pirámides de Egipto. Cogí al moro, le dejé las muletas y me dijo así con la mano que yo no podía hacer eso. No le hice caso, me fui y agarradita a la cuerda de las escaleras llegué hasta arriba. Aunque menuda estupidez después. Una tumba y poco más. Pero subí.

Me di cuenta de que en su catalán de muy buen acento intercalaba muchas expresiones castellanas. Es común; pero me parecía que ella lo hacía más de lo habitual.

– Es que yo, hijo, pienso en castellano y luego traduzco. Si, sí; soy castellana; mis padres eran castellanoparlantes y yo aprendí el catalán muy tarde. Pero un día, décadas ya hace, me lancé con el catalán. Desde entonces es con la lengua que hablo, y siempre escucho y veo Catalunya Radio y TV3; aunque pensar, sigo pensando en castellano.

Resultaba fascinante su filosofía. Sus hábitos activos y su vestimenta muy cuidada contrastaban fuertemente con su paso torpe al arrastrar su pierna. Su mirada, su rostro, reflejaba también algo de ese mal físico. Pero no se rendía ante nada.

– No tengo miedo a la muerte. Ya desde joven lo pensaba. Sí, en cambio, tengo miedo al sufrimiento, al dolor, pero no a la muerte. Cuando uno muere, ya no siente nada, ya no hay nada. Por eso no me dan pena los muertos sino los familiares, los que soportan ese vacío nuevo. Esos sí me dan pena.

– Tiene usted una postura muy epicúrea / dije yo al recordar un texto de Epicuro que precisamente hablaba de la muerte en un tono parecido.

– ¿Epicúrea? La primera vez que alguien me dice algo así. Me habían llamado vitalista, por ejemplo, pero nunca epicúrea. Me ha gustado. Me lo voy a apuntar, chico.

Y se bajó del bus, se apoyó en sus muletas y me dijo adiós con la mano a través del cristal; sonriente, feliz.

Written by ertziano

12 agosto 2009 at 12:42 AM

#83 Justicia alternativa

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Parla italiano? Parlez-vous italien?

Si. Parlo italino e francese. Oui. Je parle italien et français.

Parla francese? Parle-t-il/elle français

Sonaba de fondo Madredeus en uno de aquellos bonitos bares de la costa. Yo, enfrascado en mi sempiterno capítulo uno del métado de italiano, repitiendo como un loro; estirado en la eterna butaca de piedra de la playa de la Barceloneta; la playa que, aunque que le dicen fea, yo la quiero igual por haber dejado fundir mis lágrimas en su Mediterráneo. Por haber estado ahí, durante la última década, con su rumor, a las duras y a las maduras. Además, qué demonios, ¡qué no es fea!

Le vi venir en semejante situación, a pocos metro de mí. Sonriente, mientras sostenía una bandeja de cartón cubierta con un pañuelo de cocina a cuadros verdes. Su paso era extraordinariamente relajado, aunque conservando siempre su atención sobre el objetivo. La destapó, la bandeja, y me mostró un montón de pastelitos de chocolate con nueces. Cuando ya estaba a mi lado.

– ¿Quieres? Seguro que te va bien para el italiano/ me dijo con tono confiado, queriéndome hacer reír. Y lo hice. Reí, aunque no entendía del todo bien su proposición.

– Pero, cómo. ¿Los regalas o algo?/ Pregunté, naïf como de costumbre, con ironía dudosa.

– Bueno… A veces los regalo pero como me lo has preguntado, ya no/ carcajeó sin estridencia/ te doy una por un euro/ Hablaba deprisa, sin dudar demasiado y escogiendo bien, muy bien, el tono y las palabras. Sin ocultar nunca la mirada, ni la sonrisa. Se le veía bien majo al chaval; joven, alto y moreno. De aspecto sencillo. Poco orgulloso aunque, seguramente, muy digno.

– Es que ahora mismo no me apetece/contesté, sin mentir una pizca.

– Bueno, no pasa nada. Otra vez será… ¿Quieres un pastelito de chocolate? Son a un euro/ Preguntó inmeditatamente a un niño que andaba por allí cerca, sin perder un momento. El niño, sin palabra mediante, se alejó poco a poco con paso dubitante, como para preguntar a sus padres. Cuando les alcanzó, él me dijo:

– Será mejor que le acompañe/ y me dejó.

No tuvo éxito con sus pastelitos; ni con los padres del niño ni con el grupo de americanos que se autofotografiaba al lado. Y pasó por mi lado, en busca de clientes potenciales en las butacas traseras.

le dije/ -yo creo que deberías venderlos a cincuenta céntimos o algo así. es que un euro es un poco caro viéndolo tan pequeño.

– ¡pero es que el chocolate que le he puesto es muy bueno!

– ya, pero la gente no tiene ni puta idea de como es el chocolate. casi mejor que pusieses uno menos bueno pero más barato el pastelito.

– pruébalo, y ya verás lo bueno que es el chocolate… y luego me das el euro /sonrió pillo.

– Bah, da igual. es que no me apetece, de verdad, y después voy a cenar.

– Bueeenoo…

Y preguntó a las mujeres mayores, hablando en catalán, que habían en el asiento detrás del mío. Él se dirigió a ellas en catalán con acento.

– (en catalán) Es que chico, ahora no nos lo vamos a comer.

– (también) bueno, no hace falta que se lo coman ahora, señoras. Me lo pueden comprar y se lo comen mañana viendo Ventdelplà.

Yo entonces solté una sonora carcajada. ¡Menuda ocurrencia! Ventdelplà es una célebre serie de televisión de TV3, la televisión de Catalunya, en el horario de sobremesa. Como una telenovela a la catalana. Mucha gente aquí la sigue. Es verdad, aquellas señoras, con aire marujón, tenían toda la pinta de verla. ¡Ventdelplà!

Y entonces vino por sopresa otra vez y me ofreció la bandeja por el costado opuesto al anterior.

– Toma, coge uno, anda.

– ¿Me lo das?

– Sí, cógelo.

– Joder, muchas gracias, tío.

Y lo cogí. Y aún sorprendido, cuando él ya se alejaba, le grité.

– ¡Oye! Si el chocolate es del bueno, la próxima vez que te vea, ¡te doy el euro!

– ¡Vale!

Y el chocolate, es verdad, estaba muy bueno. Además mezclado con un azucar grueso que se notaba con leve crujir, lo hacía perfecto junto con la nuez de la capa superior.

Seguí con mi italiano mientras le observaba. Se detuvo después con una chica. Llevaba ya ¡diez minutos para venderle un pastelito! Buscaba ella algo en su bolso, quizás el monedero. No encontraba. Soltó él la bandeja sobre la arena y buscó algo en la mochila. Quizás también su cartera. Y la encontró, y quizás cogió un euro y quizás se lo dio a ella. Y ella, entonces, quizás le dio ese mismo euro y él el pastelito. Y quizás, ella le escribió el teléfono en la servilleta del pastelito. Y además, y eso sin quizás, él le dio dos besos, y se fue, contento.

Después tocó a un grupo, con el que habló también largo tiempo. No pareció vender pastelito alguno. Llamó por teléfono a alguien, habló media hora lo menos. Y pensé que quizás ya se habría podido gastar lo que había ganado en la tarde con aquella llamada. Desarapareció luego en el horizonte.

Acabé con el primer capítulo del método. Si volvía a coger el libro en menos de cuarenta y ocho horas, es posible que por fin comenzase con el capítulo dos. Si no, tendría que volver a repasar el primer capítulo como había hecho ya mil veces. Miré el reloj y ya era un poco tarde. Recogí las cosas y me fui paseando por la orilla.

Le vi, hablando de grupo en grupo. Me paré ante él cuando practicaba su persuasión.

– Toma, el euro. Estaba muy bueno y te lo prometí.

– ¡Muchas gracias!/ sorprendido y sonriente, muy sonriente.

– La gente buena merece su recompensa/dije yo casi inaudible; y pensé divertido que aquel euro estaba justamente compensado con los libros que el día antes tomé prestados de El Corte Inglés. Imaginé que era una forma, a mi manera, de hacer justicia con el sistema éste que resulta un poco injusto.

El grupo cobaya rió; mi llegada les había parecido muy extraña.

– Venga tíos… estáis compinchados, ¿no?

– No, no, de verdad/ y les expliqué por qué le daba entonces un euro.

Me fui, y él, a lo lejos, me gritó.

– ¡Mañana te doy otro sin que me pagues!

– ¡Hasta mañana entonces!

Written by ertziano

10 agosto 2009 at 12:54 AM

Regreso (y espacio)

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A las once y media de la noche llegué, por primera vez, para no irme una semana después como hasta entonces había hecho. No tenía ya billete de vuelta, a ninguna ciudad, ni pueblo. Sin más, regresaba de Francia, y de España. Regresaba, además, de un último mes que había sido de otro año, de varios de los anteriores, de mi vida y de otras.

Tendido sobre aquel colchón de matrimonio ahora heredado, el balcón abierto, algunos gatos furiosos en la oscuridad peleando como leones, yo aún escuchaba la radio a las 5 de la madrugada, o la mañana, según quién perfile. De la emisora musical andaluza se podía esperar flamenco, oldies, rumba, muchos éxitos veraniegos… Pero no a Carla, Bruni. Un mes antes, hubiese cambiado de emisoria inmediatamente. En tierras vecinas no tienen a bien considerar a esta modelo convertida en cantante y ahora señora del presidente de la República. Por política, por cansancio o por integrarme, Carla ya no me gustaba más. Pero me pilló a traición, cuando mi mente, en pleno vuelo hacia los mundos de Oniria, ya no utilizaba la extenuante razón sino que sólo manejaba los frágiles sentimientos. Mi respiración se detuvo un instante. Me desperté levemente. Aquella canción me trasladaba a un pasado, a un momento donde buena parte de lo que soy y quise ser, comenzó a forjarse. Carla Bruni fue, sin duda, la banda sonora de aquellos días, catalizados por el descubrimiento de una película entonces desconocida que, de tanto verla, memoricé casi fotograma por fotograma: Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. Y recordé que hubo unos tiempos, luego llegaron otros, y más… Fui consciente de la fugacidad de la vida, de sus altibajos, de sus curvas y, sobre todo, de las diferentes influencias que uno recibe y conforman el carácter propio.

Últimamente, con curiosidad, me preguntaba cómo había podido yo tener un carácter que muy poco tiene que ver con mi entorno más inmediato. Realmente, me resultaba de lo más extraño y muy desconcertante. Mis amigos resaltaban a veces ese carácter dual mío casi con espanto: “Joder, ¡estás hablando de Platón como si fuese el Marca!”. Porque desinhibirse del medio es difícil, muy difícil; así que todo se mezcla, Platón y el Marca; como si perteneciesen a la misma categoría. Yo creo que lo son, de hecho, pero eso ya es tema aparte. Así, comencé en aquella noche a sumergirme en mis propios recuerdos casi con actitud arqueológica. Buscando imágenes por aquí, y por allá. Y encontraba momentos, situaciones donde creía ver una línea coherente, lógica señalando a alguna parte. Me preguntaba si crecer, madurar es un proceso de barroquismo, donde se añaden gustos, se adquieren conocimientos, etcétera. O, si en cambio, es un ejercicio de limpieza, de filtro entre lo que nos pertenece genuinamente y lo que nos ha sido impuesto desde fuera. No lo sé.

Así, he dedicado las últimas semanas a charlar con antiguos mejores amigos, antiguos vecinos, antiguos familiares de aquellas tierras de la España profunda. Abrazos, miradas, confesiones. He preguntado sobre abuelos, bisabuelos, la vida de mis padres antes de mi nacimiento. Y ha sido curioso observar como rasgos particulares, pelín extravagantes, de mi personalidad, acaban siempre por aparecer en algún punto del árbol genealógico o hábitos de cuando yo era muy pequeño. Mi abuelo paterno, al que nunca conocí y del que la familia no conserva muy buena opinión, agotó todos sus últimos ahorros durante los años 70. Lo hizo viajando a Las Islas Canarias, Estados Unidos, Filipinas, India, China…¡En aquella época donde casi no había turismo! Él quería dar la vuelta al mundo, ése era su sueño, según le contó el encargado de la agencia de viajes del pueblo a mi padre, pero éste se lo desaconsejó por su estado de salud y acordaron hacerlo en varios vuelos. Mi abuelo moriría pocos años después de realizar esos viajes. Como digo, nunca le conocí. Así, después años de mitología creyendo que era, por méritos propios, un rara avis de un barrio y una familia más bien sedentaria; descubro que todo es mucho más simple; que en realidad no son más que unos genes gastados y circunstancias fortuitas casi olvidadas las que cargan con la mayor parte del mérito de una vida humana.

Llego a la habitación a las once y media; después de un año lleno de presuntas lecciones de humildad. Tras batallas contínuas por aquello que yo considero básico: como unas cortinas, una cocinita para calentar comida, un pequeño frigorífico, una conexión a Internet que nunca llegó a funcionar… Llego tras los meses donde renuncié oficialmente a un falso sueño, convertido en pesadilla, y terminar por aceptar una vocación que yo y otros siempre me habían negado. Tras abandonar la creencia de omnipotencia, de creer poder tocar la perfección con la punta de los dedos, y reconocer mi propia debilidad, mi propia imperfección. Un año deshaciéndome de creencias, mentiras, falsas necesidades que perennes, silenciosas, invisibles habían arraigado en mí…

Y; descubro una habitación abarrotada. Barroca, como ese pasado en el que excavo. Densa. Demasiadas cosas, demasiadas que no necesito. Demasiadas cosas que solo están ahí para ocupar, mostrar, tranquilizar. Indirectamente, me preocupaba tanto de la imagen externa, de la aprobación ajena; que uno se olvida a sí, de lo que uno es de verdad, lo que uno desea y anhela en lo más profundo. Se abandona bajo la ilusión de que la imagen proyectada en el teatro corresponde a la naturaleza íntima del ser. Cree que en realidad es lo que enseña y muestras a los demás y así, oculta y reprime la esencia verdadera. Tenía que vaciar esa habitación. Tenía que sacarlo todo. Tenía que borrar esas mentiras decorativas.

Encuentro libretas antiguas no robadas. Con cinco o más años en sus hojas. Llenas de dolor, barrocas; como la habitación, y el pasado. Llenas de lágrimas, vanidosas y desgarradas. Me doy cuenta del tormento que me ha supuesto vivir por intentar amar a quién no se quiere en realidad, sólo por cobardía y miedo hacia los espectadores del teatro. Sólo por afán estético, perfeccionista. Me manipulaba a mí mismo como un personaje novelesco sin tener en cuenta quién era yo en realidad, qué quería, por qué suspiraba. Yo era mi propio titiritero. Obsesionado por trazar el argumento perfecto y escribir el best-seller de mi vida. Poco importaban los verdaderos sentimientos del personaje.

Vacío la habitación. Quito estanterías. Saco todo hasta encontrar lo que considero imprescidindible y comienzo a ordenar de nuevo. Quedan estantes vacíos. No me importa. Están bien así, vacíos, esperando ser ocupados cuando de verdad llegue el momento.

Written by ertziano

8 agosto 2009 at 3:24 AM

Publicado en pensamientos, pentagrama

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