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Sueños y espirales

Archive for octubre 2009

Luz fluorescente

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Dicen que tengo un corazón de hielo, y es verdad. Soy frío. Siempre he sido muy reticente al contacto y a las muestras excesivas de afecto. Son pocos, muy pocos, los que han podido escuchar de mís labios un “te quiero”. Al contrario que la mayoría, no suelo desconfíar normalmente de nadie, pero en cambio soy muy cauto a la hora de tejer una relación sólida.

Ella me dijo que mi padre de pequeño no quería que me mezclase con otros niños. Ni siquiera fui a la guardería. “Yo le enseño, no quiero que le contaminen”, pensaba él. A decir verdad, no me viene a la memoria una sola imagen de infancia compartienda una mañana de domingo con alguien que no fuese mi padre. Pero, un día, descubrí en el cuarto de baño una maleta llena de revistas pornográficas. Me sentí de algún modo traicionado, por ocultarme todo aquello. Además, mi relación con el sexo se volvió turbia desde entonces. Después, años después, me insultó con profundo desprecio, se burló y llegó a amenazarme con darme un puñetazo en la cara mientras me cogía del cuello. Vi el odio en sus ojos.

De ella era fácil escuchar “te quieros” y “mi niños”, que no eran más que superficie. Yo a ella la recuerdo con terror. De pequeño yo tenía un pelo largo, lacio y rubio, muy bonito. Ahora es corto y muy seco. Ella solía agarrarme y tirarme del pelo, y darme en la cara, fuerte, muy fuerte. Yo me escondía, aterrorizado. Lloraba mucho, y suplicaba a gritos que no me pegase.

Me solía insultar con facilidad. Tonto, idiota, imbécil, gilipollas. Puede que bromease en ocasiones, pero de tanto oírlo me acostumbré a aquellas palabras. A la condición gilipollas, y me volví gordo además. Yo trataba a los otros como ella me trataba a mí. Hasta que un día un amigo me dijo que no le insultase tanto, y me di cuenta entonces de que algo fallaba.

No soporto todo lo que me recuerde a aquellos días gilipollas. La luz fluorescente, el silencio con olor a lejía, la televisión encendida por las tardes.

Lo pienso ahora casi extrañado de pensarlo. Sólo porque una canción me parece una nana, y nadie me cantó una nana de pequeño. Supongo que eso quizás explique por qué soy tan frío, por qué trato tan mal a la gente. A mí me gustaría poder hacer feliz a todo el mundo, pero no puedo demostrarlo, porque entonces pienso que soy gilipollas, que se ríen de mí, que no soy nada y que mi buena intención será mal interpretada, o no se entenderá, o no le importará, o me equivocaré, o me traicionarán tarde o temprano. Que haga lo que haga, saldré perdiendo. Por eso me callo, o digo alguna gilipollez, o alguna mala palabra. Porque así no dejo que nadie me hiera; ya lo hago yo mismo.

A mí gusta como hacen en Marruecos. Los hombres -y las mujeres- cogiéndose entre ellos de la mano, amistosamente. Incluso pasean así agarrados por la calle. Como si se cantasen una nana en silencio. Porque una nana es luz, es calor, es entendimiento. Una bofetada, o un insulto, en cambio, es ignorancia, frío, oscuridad.

Written by ertziano

12 octubre 2009 at 1:59 AM

Capote y el hombre del metro

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Hay una raza de hombres inadaptados
una raza que no puede detenerse
hombres que destrozan el corazón a quien se les acerca
y vagan por el mundo a su antojo…
Recorren los campos y remontan los ríos
escalan las cimas más altas de las montañas;
Llevan en sí la maldición de la sangre gitana
y no saben cómo descansar.
Si siguieran siempre en el mismo camino
llegarían muy lejos;
son fuertes, valientes y sinceros.
Pero siempre se cansan de las cosas que ya están,
y quieren lo extraño, lo nuevo, siempre.

En A sangre fría, de Truman Capote.

———

La gente del vagón se apartaba, se alejaba de él. Hablaba, comentaba con todo el mundo sin que nadie le hiciese caso. Estaba solo y era viejo, más de setenta. Vestía con elegancia. Los que hablan abiertamente producen siempre recelos. Alguien se levantó y él, raudo, acudió a ocupar el asiento que se vaciaba. “Esto es como en las películas del oeste”, me dijo mirándome por primera vez, buscando complicidad, “hay que ser el más rápido en sacar el revolver” y rió para sí mismo, fuerte. Sonreí sin decir nada, tanteando la situación. Él volvió a la carga. “Brother”, dijo señalando la caja de la impresora que tenía yo apoyada en el suelo. “Hermano en inglés”. “Sí”, contesté yo, alegre. “De joven me gustaba mucho un grupo de swing, las sisters no-sé-qué. Me gusta mucho la música, mucho. Tocaba antes el piano, ahora ya lo hago poco. La música y las mujeres guapas de mi edad” Se le iluminó el rostro pero se apagó rápido de una forma extraña cuando fijó su mirada en los asientos del otro lado del vagón, a un par de metros. Una chica joven, guapa, escuchaba su mp3.

– Mira, esas son las cosas que no me gustan / dijo en voz alta.

No entendía lo que me quería decir.

– La gente apagada, los que siempre están cansados, caídos.

Me fijé mejor. Era verdad. La guapa estropeaba su belleza apoyando su mejilla exhausta en su puño seco. Escuchaba absorta su mp3, con el cable blanco desde la oreja hasta el bolso, intentando eludir la realidad inevitable. Olvidar que dentro de unos minutos tendría que hacer la cena, preparar las cosas, ver la televisón para no sentirse a sí misma, acostarse pronto y madrugar para mañana empezar otra vez, lo mismo. Como cada día, como los últimos diez años. Era guapa y triste, muy triste..

– Hoy en día todo el mundo va así. Todo el mundo está triste, cansado, irritado. Vivir se ha convertido en un drama, en una tortura. Eso no me gusta.

Me bajé justo después, pensando en los que huían de aquel viejo hombre en el vagón de metro. No le temían a él, en realidad, sino a su mirada.

Written by ertziano

1 octubre 2009 at 9:46 PM