fugi tivos

Sueños y espirales

Archive for the ‘paisajes’ Category

Capote y el hombre del metro

with 2 comments


Hay una raza de hombres inadaptados
una raza que no puede detenerse
hombres que destrozan el corazón a quien se les acerca
y vagan por el mundo a su antojo…
Recorren los campos y remontan los ríos
escalan las cimas más altas de las montañas;
Llevan en sí la maldición de la sangre gitana
y no saben cómo descansar.
Si siguieran siempre en el mismo camino
llegarían muy lejos;
son fuertes, valientes y sinceros.
Pero siempre se cansan de las cosas que ya están,
y quieren lo extraño, lo nuevo, siempre.

En A sangre fría, de Truman Capote.

———

La gente del vagón se apartaba, se alejaba de él. Hablaba, comentaba con todo el mundo sin que nadie le hiciese caso. Estaba solo y era viejo, más de setenta. Vestía con elegancia. Los que hablan abiertamente producen siempre recelos. Alguien se levantó y él, raudo, acudió a ocupar el asiento que se vaciaba. “Esto es como en las películas del oeste”, me dijo mirándome por primera vez, buscando complicidad, “hay que ser el más rápido en sacar el revolver” y rió para sí mismo, fuerte. Sonreí sin decir nada, tanteando la situación. Él volvió a la carga. “Brother”, dijo señalando la caja de la impresora que tenía yo apoyada en el suelo. “Hermano en inglés”. “Sí”, contesté yo, alegre. “De joven me gustaba mucho un grupo de swing, las sisters no-sé-qué. Me gusta mucho la música, mucho. Tocaba antes el piano, ahora ya lo hago poco. La música y las mujeres guapas de mi edad” Se le iluminó el rostro pero se apagó rápido de una forma extraña cuando fijó su mirada en los asientos del otro lado del vagón, a un par de metros. Una chica joven, guapa, escuchaba su mp3.

– Mira, esas son las cosas que no me gustan / dijo en voz alta.

No entendía lo que me quería decir.

– La gente apagada, los que siempre están cansados, caídos.

Me fijé mejor. Era verdad. La guapa estropeaba su belleza apoyando su mejilla exhausta en su puño seco. Escuchaba absorta su mp3, con el cable blanco desde la oreja hasta el bolso, intentando eludir la realidad inevitable. Olvidar que dentro de unos minutos tendría que hacer la cena, preparar las cosas, ver la televisón para no sentirse a sí misma, acostarse pronto y madrugar para mañana empezar otra vez, lo mismo. Como cada día, como los últimos diez años. Era guapa y triste, muy triste..

– Hoy en día todo el mundo va así. Todo el mundo está triste, cansado, irritado. Vivir se ha convertido en un drama, en una tortura. Eso no me gusta.

Me bajé justo después, pensando en los que huían de aquel viejo hombre en el vagón de metro. No le temían a él, en realidad, sino a su mirada.

Written by ertziano

1 octubre 2009 at 9:46 PM

Empezar de nuevo

with 2 comments

– ¿Has estado alguna vez en África, Sergio? ; me preguntó mi vecino seis meses atrás, mientras señalaba un mapamundi que tenía colgado en la pared.

– Nunca. No he salido aún de Europa.

– En África hay la miseria ; me dijo serio, con ojos sinceros.

– Tío, tengo la semana próxima libre. ¿Hacemos algún viaje? ; hace quince días en una llamada desde Madrid, de un viejo amigo que conocí en tierras francesas.

– ¡Claro! ¿Adónde quieres ir?

– No lo sé. ¿ A ti dónde te gustaría?

– Vamos a Marruecos.

—-

– No hacía más de 72 horas desde que me habían puesto el sello de salida en mi recién estrenado pasaporte. De vuelta a los limpios metros de Barcelona, a los relucientes autobuses urbanos, a la sociedad laica y sin velos. Pero mi mente no olvidaba las barracas a los lados de las vías del tren. La basura desparramada. Los mendigos. Lo mucho que importaban 10 céntimos de euro. La verdad y la mentira. Los buenos. Hassan, Abdul y compañeros de viajes. El japonés y la inglesa. Los inocentes y los pícaros. Las advertencias. El fin del ayuno de Ramadán a las seis y media de la tarde, hora local. El silencio en las calles. El bullicio en las medinas. La playa de Rabat. Los cantos del alminar. Las mezquitas prohibidas. Los libreros, los pintores y los camareros. Los bares y el te. El ajedrez. Los taxistas que no hablabán francés y todo lo decían con miradas y un boli. Los otros extranjeros, tan distintos entre ellos. Los engreídos y los simpáticos. Los chulos y los humildes. Muchos esperando escribir el relato del viaje espiritual de sus vidas en sus Moleskines recién compradas. La espiritualidad “cool”.

Y aún con las heridas abiertas que los recuerdos dejan en la mente, me encontraba sentado en una clase distinta a la de siempre. Rodeado de humanistas, de filólogos, de historiadores, de polítologos, de economistas. Y yo polizón del otro lado del río. El bromista profesor de Manchester que habla catalán, puso el primer ejercicio del curso:

– Son las diez y veinte. Tienen cada uno hasta las once y veinte para salir a la calle, encontrar una noticia publicable, volver aquí para escribirla y entregármela antes de las doce menos cuarto. Get out of here and knock on the doors, que dicen los americanos.

Y deambulando en solitario por el asfalto gris topé con la sede de una importante productora de cine y televisión. Pregunté en recepción, hice unas llamadas, insistí, tenía prisa y no podía esperar una cita, volví a llamar, pacienté, me dieron un pase, me preparé las preguntas y entrevisté al responsable de comunicación. Entré en el aula, triunfal, a y media, con diez minutos de retraso que el profesor me perdonaba en esta ocasión, con un titular en la cabeza y una reluciente carpeta merchandising repleta de supuesta información confidencial. “Por diez minutos un artículo puede no publicarse. ¡Las máquinas no esperan!”. Qué duro, pero que adrenalínico.

Cada década, cada año, cada curso, cada día; la misma batalla en tonalidad diferente. Empezar de nuevo, una vez tras otra. Perfilando infinitamente la sombra de un esbozo en el que uno pueda llegar a reconocerse algún día. Remarcándose y borrándose sin cesar. Buscando y perdiendo. Pero al fin, al fin, si miramos desde muy cerca, no hay nada. Todo es fantasía, todo es blanco y sombra, que mirado desde lejos produce ilusión de conocimiento. Ilusión.

Written by ertziano

23 septiembre 2009 at 11:36 PM

Publicado en paisajes

Tagged with , ,

No

with 4 comments

Amistad y Amor se sacrifican por compañia, sexo y seguridad. Pero yo no quiero falsificar más la realidad.

Vuelve a ser como empezar desde cero. Como si tras un año, hubiese dejado un castillo de papel que el más ligero soplo del tiempo no dudó en hacerlo desparecer.

De repente no hay nadie. El que fue mi mejor, anda lejos para quedarse. Un hermitaño obsesionado con el sexo y el materialismo que se refugia en tierras nórdicas. Una obsesión que acabó por resultarme vomitiva en las últimas madrugadas juntos y decidiese yo sellar mi cansancio en silencio y ausencia.

Con mi compañera, a la que conocí en casualidad y después el destino nos situó codo con codo durante años, ya siento tener poco en común. Las conversaciones se tornan livianas y cuantitativas, mesurables, recursivas, estandarizadas. Ella quiere formar parte de la masa, de lo normalizado, de la corriente. Y yo no. Ella se burla, y yo no lo soporto. Ella quiere cenas de bien, quiere hablar en modo profesional. Y yo aún quiere ser aprendiz y experimentar sin fin.

Lo poco que tenía, se ha perdido.

Fui en metro a la playa. Nunca había tomado el metro para ir a la playa; yo siempre a pedal. Me tendí en la noche, a escuchar música y ver las olas romper.

– ¿Cerveza, amigo?

– No, gracias – respondí automático a la repetitiva pregunta.

– Espera. ¿Me la das por un euro?

– Sí

El logo de la famosa marca era de los antiguos. Qué extraño pensé. La abrí y probé. Sabía añeja. Da igual. Subió rápido, y muy rápido. Y comencé a bailar sobre la arena.

“¡Sí! Como en París, cuando no aguanté más y también rompí círculos para volar libre, esperando a que la diosa fortuna acabara por fijarse en mí. Y lo hizo. Porque la fortuna siempre sonríe a los que buscan de verdad.”

Qué hermosa la libertad. Sin el rún-rún de la razón ni la consciencia, la arena en mis pies, y la calma y las risas entremezcladas en el fondo del susurro mediterráneo. Con las notas emepetrés del alma a mis oídos. Bailando, tendido, despreocupado, feliz sin adjetivo.

– ¿Crees en el destino? me preguntaron dos noches atrás.

– Te diría que la idea del destino es una ilusión. Te diría que esas casualidades que ponen la piel de gallina no son tan extrañas . Te diría que la probabilidad y la estadística obligan a que ocurran cosas así, cada cierto tiempo y que no hay otra magia que la del puro accidente. Te diría todo eso. Pero te digo que sí, que aún con dudas, en mi inconsciente sé que creo en el destino. No sé definírtelo, no sé si es mucha o poca mi creencia, pero en ocasiones me doy cuenta de que algunos hechos no pueden ser sólo casualidad, sólo accidente, sólo estadística. Quizás sea esa la única de las místicas que aún conservo.

Y le dije a ella, a mi compañera, que sí, que soy un idealista, que soy un iluso, y que no sé si el idealismo puede cambiar algo, no lo sé, de verdad. De lo que no tengo ninguna duda es que sin idealismos es seguro que nada cambia.

Written by ertziano

24 agosto 2009 at 6:39 PM

Publicado en paisajes

Tagged with , , , ,

El peligro viste gafas de pasta

with 3 comments

Ayer fue la segunda vez en menos de tres meses.

La primera, cuando tomando un tren desde Montpellier, ciudad que la prensa suele relacionar con ETA, varios agentes de la policía nacional, cuando cruzábamos la frontera, entraron en el vagón. Uno de ellos, me miró y vino directamente hacia mí. Me pidió el carnet de identidad y tomó su tiempo apuntando mis datos. Sin decir nada, sin explicación alguna. Pensé que era un trámite habitual y que acto seguido harían lo mismo con el resto de pasajeros. Pero no, lo cierto es que fui el único al que pidieron el DNI y registraron. Me señalaron, me convirtieron en garbanzo negro y ya todo el vagón comenzó a mirarme de forma extraña desde entonces, sin razón.

Ayer fue la segunda. En las fiestas en Barcelona y con unos conocidos del país vecino que andaban de visita. Me preguntaron si podían fumar marihuana y yo, que había espacio y no iban a molestar a nadie, acostumbrado además a la ciudad permisiva que siempre he conocido, les dije que sí, que no había problema, aún sin yo fumar.

Pero las leyes no necesariamente obedecen al sentido común. En menos de cinco minutos apareció un grupo de la policía local que comenzó a registarnos de cabo a rabo, como si fuésemos delincuentes, como si hubiésemos robado a punta de navaja. Tierra trágame. Les expliqué la situación, que ellos eran extranjeros y que había sido un error mío. No había razonamiento posible. Me pidieron el DNI y apuntaron mis datos, junto a otros nombres y números anónimos de aquella u otras noches. Sólo a mí, que no tenía nada encima. Otra vez en alguna maldita lista oscura sin razón alguna.

Con socarronería comentaban:

– Si ya se te ve que no fumas, pero los tontos como tú siempre acaban fichados. -y mirándome fijamente- Sí, si hasta tienes pinta de estudiar fuera/ y sorprendido pensé que cómo demonios podía verse algo así

– Tened claro que voy a recurrir. Por favor, ¿podéis darme vuestros nombres? / les exigí con sonrisa áspera

– Epi y Blas.

Y como iba algo bebido, no me había dado cuenta hasta entonces de que tenían los números de agente cosidos en el uniforme. Miré uno de ellos y lo memoricé. Después lo anoté.

Pensé decirles que es una lástima que esas cosas pasasen, que yo hacía un tiempo aún creía en el Estado de Derecho y esa teórica democracia que defienden. Que siempre había votado con orgullo, aunque fuese a partidos minoritarios. Y que sólo faltaban pequeñas incidentes como estos para convencerme completamente de que todo es farsa. Que esa prepotencia en unos teóricos servidores de la sociedad me hace pensar que algo falla, que algo no nos cuentan, que algo ocultan, que algo traman. Que los que de verdad molestan no son los que gritan visceralmente, a favor o en contra, o por supuesto los que viven sumidos en la mudez mental más absoluta, sino los que tranquilamente discrepan e intentan ser coherentes con su discrepancia. Sin alaridos, pero a paso firme. Y que eso, supongo, estos que tratan con todo tipo de gente, lo saben ver de alguna forma. Y esos tontos, com ellos dicen, tarde o temprano, acaban fichados para que se callen de una vez por todas. Al menos, según la versión de la policía.

Written by ertziano

23 agosto 2009 at 12:47 AM

Ella

with one comment

La aleatoriedad de las redes me condujo a sus palabras.

Sentí un pálpito al leer el texto. Veía definido cada milímetro de mí en él. Mi propio retrato. Hablaba de mí. Yo era cada una de sus palabras.

¿Dónde estaba esa persona? Tenía que encontrarla. Tenía que decirle que era yo a quién ella buscaba. Ella; porque ya sabía que era en femenino.

Apuntaba a Londres, vivía allí, pero sus orígenes en España. Había una foto. La abrí.

Quedé sin respiración, sin oxígeno, sin nada. No podía ser. Me había encontrado. O yo la había encontrado. No sé. Era ella. Allí estaba. Tan guapa, tan alegórica con su corazón de Los Amantes. Aparecida de la nada. Entrando en mi vida cuando yo ya me disponía a otras cosas. Y allí de vuelta. Ella. La de siempre. Su aliento, un eco que nunca me abandona y del que yo, a excepción de un paréntesis, siempre he rehuído. Me levanté, frenético, nervioso, caminando en círculos por la habitación vacía. Ella. Otra vez. Otra vez.

Ella.

Maldita sea. La descubro días después de abrir por casualidad una foto suya perdida en mi disco duro, y dudar, una vez más. Si no me había equivocado. Que lo que tenía que encontrar, lo encontré hace tiempo. Que ella lo tenía todo y que yo me lo había negado todo.

Apareció la nostalgia.

Seguí buscando. Los vídeos. Las cartas. Más fotos. Más e-mails.

No me reconocía en aquellas fotos, en aquellos vídeos, en aquellas palabras. Nunca he podido reconocerme lo que fui en ella. ¿Cómo pudo así convertirme? ¿Cómo lo hizo?

Ella.

Recuerdo el primer día, hace ya demasiados años.

Recuerdo el último, no hace tanto.

Recuerdo los medios.

Me enamoré cuando ella no lo sabía.

Desapareció.

Se enamoró cuando yo ya no quería.

La fortuna cruzó nuestros caminos, y vivimos en el cruce, y nos fuimos otra vez cada uno por su lado.

Pero ella nunca desapareció. Nunca guardó rencor y logró colocar su sombra tras la mía.

¿Por qué a mí? Ella lo tiene todo. Lo ha vivido todo. Y aún así, allá donde voy, allá donde el tiempo me manda, siempre me encuentra, siempre hay una palabra suya para decirme que aún me recuerda.

Me pregunto a veces si es la locura del genio lo que la conduce.

Me idealiza, quizás. No me conoce bien, pienso a veces, me conoce demasiado, pienso otras. Siempre sospeché de que no mirase nunca hacia atrás en las despedidas. Como queriendo retener a mi doble imaginado y no al real, que a su espalda la observaba un poco triste. Me desconcertaba con sus llantos inesperados. Me desesperaba con sus cartas perfectamente escritas que tanto me impedían descubrir sus emociones verdaderas. Sin exclamaciones, sin faltas, sin tacos. Me decía “cari”, y yo paciente, me quejaba una vez tras otra que no me gustaba que me llamase así; y no me hacía caso. Nos llevábamos a matar. Nuestros idealismos chocaban. Pero nos unían, precisamente, idealismos en extinción.

¡Está loca! Me han dicho alguna vez al comentar las locuras que llegó a perpetrar por mí. Y yo a veces lo dudo. A veces pienso que es posible, que es la única explicación que encuentro a la abnegación absoluta en alguien que nada necesita, que todo tiene.

Y le temo. Le temo porque sé que es de las pocas personas que han conseguido manejarme, que saben como lidiar conmigo. Porque una vez la encuentre, no le costará mucho abrazarme y hacerme suya. Lo sé, porque siempre lo consigue. Porque lleva mucho tiempo esperando y no se dará por vencida. Porque soy carne débil y podrá dominarme con habilidad.

Y creo que ella es un espejismo. Y no lo sé. Y pienso que ella es la mía, la verdadera, y que acabará por escaparse. Y no lo sé. Y yo sigo soñando en una nube que sólo es vapor. Y de viejo, le llamaré, y me odiará por haber tardado una vida en hacerlo, y me colgará.

Y no lo sé. Sólo que ahora está en Londres, y continúa esperándome. Eso es lo que sé.

y que siento un escalofrío inmenso al escuchar esta canción, en Madrid, aquella misma noche.

Written by ertziano

20 agosto 2009 at 2:35 AM

Publicado en paisajes, personajes

Tagged with , ,

La luna llena sobre París

with 2 comments

Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Qué extraña y curiosa es la vida.

Aún recuerdo el momento donde empezó todo. Era invierno. Eso es seguro porque no serían más de las seis de la tarde y la más oscura de las noches recubría los tejados parisinos. Conservo nítida esa imagen en mi memoria. Sería la séptima hora de clase de la jornada y la tercera de la asignatura de tarde. Insoportable. Mi interés serpenteaba por los suelos, arrastrándose, miserable, por alcanzar el fin del camino. No podía. Transitaba un punto de no retorno. Me ahogaba en aquellas lecciones que otrora, al alba, fueron mi pasión, el sentido de todas las cosas; de mi vida. La respuesta a todo. Pero ya no.

En los pasillos de la corte, donde los más grandes habían sentado cátedra, donde algunos secretos del cosmos habían creído ser descubiertos, donde la élite conjuraba, en la Meca por la que siendo más joven suspiré; yo dejé, al fin, cuatro años después, caer mi boli Bic sobre hojas cuadriculadas. “No aguanto más”. Mis ojos, abrumados, elevaron el vuelo en busca de luz por entre la sombría ventana, cual mariposa tímida. Y sumergido en la noche de alquitrán tracé el primero de los axiomas. “Lo dejo”. Y lo dije, lo pensé, con tal aplomo que no podía ya dudar de mi propia palabra, no había marcha atrás, eso era claro. Así, lo sentí como si mi carcelero hubiese venido en aquel mismo instante a liberarme de mis grilletes, de mi celda. “Tú, ¡fuera!” Y justo después el latigazo frío de la libertad; un escalofrío al hacerme la pregunta de todo esclavo recién liberado, de todo nuevo liberto, ¿y ahora qué? Escuché y no oí nada. Mierda. El precio de la libertad es la incertidumbre.

La imagen de la confusión lo inundaba todo. Y las caras y las decepciones de los que me conocían o conocieron alguna vez; atónitos, incrédulos, patidifusos. “¿Tú también, Brutus?”, dirían quizás al ver su fe traicionada. “Yo también”, contestaba solemne en mis delirios.

Paseé por aquella ciudad enblanquecida por la fina capa de nieve que en aquel atípico mes de febrero la recubría. Sentía a París como una buena amiga que caminaba silenciosa a mi lado. Sin decirme nada, esperando a que yo encontrase la respuesta de mi vida.

Llegué al chabolo y saqué de debajo de la cama el viejo baúl de sueños. Removiendo entre ilusiones incompletas ahora raídas y llenas de polvo. Navegando entre anhelos y esperanzas abandonadas. Sueños sacrificados por un futuro que ahora me traicionaba. “Comenzar de nuevo”, ¡qué dulce y amargo a un mismo tiempo! Busqué infatigable en un triángulo que unas veces me llevaba a Madrid, otras a París y algunas a Barcelona. Dispuesto a todo; a todo sacrifico, a todo obstáculo que apareciese. Nada importaba con tal de volver a volar como tiempo atrás.

Eran las cuatro de la madrugada de aquel miércoles cuando encontré la pócima que me devolvería al punto cero. Lo haría con elegancia, con dignidad, sin mandar del todo al garete los últimos años de trabajo. Bebí de ella y, en el silencio de la noche, escribí excitado una línea en este mismo diario. Envié también en aquel instante de madrugada un correo electrónico a la secretaria del centro; para preguntar el qué, el cómo, el dónde y el cuándo. Había un requisito, pero. Un examen de selección. Superar a dos tercios de los candidatos. Tanto o mejor preparados y de estudios más relacionados que los míos. Porque, a decir verdad, mi mundo estaba en las antípodas del planeta por el que suspiraba ahora. O eso decían, al menos; aunque yo, secretamente, en herejía, creía que tampoco había tanta diferencia, creando puentes entre universos siempre creídos enemistados.

En España pocos me apoyaban. A excepción de mi madre, casi nadie sabía de mis últimos años de decadencia y desorientación. Mi dolor y mi angustia. Todos veíanme echando a perder un futuro prometedor. Muchos, en realidad, veían torcerse sus propios sueños. Ya no tendrían un sobrino o un hijo con el que presumir con esos estudios tan altisonantes. Algunos, sintiendo cerca mi fracaso, hasta parecían alegrarse, como si secretamente lo hubiesen deseado durante largo tiempo. Se burlaban. El listo se había convertido en tonto. En el viejo camino; muchas miradas de desprecio. Pero mi madre, en cuanto lo supo en la tarde después de la madrugada, me dijo, por teléfono, en la larga y fría distancia: “Sé feliz”. Mi mejor amiga, semanas después, me diría que hacía lo correcto, que aquello iba realmente conmigo. Mi mejor amigo, que no podía abandonar.

Volé a Barcelona sólo por aquel examen. En aquellos días no estudié especialmente; abrumado por la trascendencia del momento. Los últimos años habían sido, empero, una preparación constante; sin yo saber que aquello se convertiría en futuro.

Llegó el día y lo sentí como una nueva selectividad. Las plazas eran muy limitadas y había mucha gente, algunos incluso ya ejerciendo en ilustres casas. Con entusiasmo me batí en tres asaltos, enamorándome aún más del aire de aquel cielo al que aspiraba. El rumor de los teclados, incesantes, febriles, rabiosos. Olía a romántico, a revolucionario, a conservador, a político, a transgresor, a raccionario, a desafío, a progreso. Pero hubo también preguntas a las que no supe responder. Ojos como platos se me quedaron al leer “Alahurín de la Torre” en una de ellas. Salí cabizbajo, en realidad. Todos llevaban hojas llenas de nombres, fechas, datos con las que se habían preparado para las pruebas, yo sólo tenía un boli Bic entre mis dedos. Todos comentaban cuestiones, algunas de las cuales yo había dejado en blanco.

Mantuve alguna esperanza mientras, al mismo tiempo, ya preparaba, por si acaso, otro destino alternativo, lejos de casa: Madrid. El mes de rigor pasó y en un aeropuerto en mitad de la nada, esperando un vuelo con retraso, consulté la nota del examen aprovechándome del wifi gratuito. Cuatro con ocho, 4’8. ¡Ni siquiera llegaba al aprobado! Catástrofe. A la mierda. El tío del Frente de Liberación Nacional de Córcega que en ese momento me hablaba ya me daba igual. Ya me daba igual todo. El jesuita, qué cabrón, sonreía al verme desembarcando en su ciudad, en la capital del Reino. Le envié un sms a mi madre: “Me voy a Madrid”. En Madrid me esperaban cinco años de sacrificios, trabajando para mantenerme, estudiando para sacar una doble licenciatura.

Llegamos a París y pasé dos o tres días fuera del chabolo, en uno de esos aterrizajes raros que a veces tengo. Durmiendo en casas ajenas. Apareció las lista de candidatos ordenados por nota. No veía mi nombre en ninguna parte, ¡terror! Ah, sí, sí, ahí estaba, lo encontré, je. Puesto treinta y ocho, 38. Hmm… ¿Cuántas plazas había? Le pedí a mi madre que se pusiese en contacto con la universidad, que preguntase en qué posición había que quedar. La respuesta vino poco después. Cuarenta y tres plazas, 43. ¡Ostras! ¡Estaba dentro! Pero, espera, espera, no nos emocionemos antes de tiempo; que aún quedaba la revisión del examen y las notas estaban muy, muy ajustadas. Podía quedarme fuera en la revisión. Empecé a preocuparme otra vez, ¡terror! El plazo de revisión terminaba en dos horas. Pedí entonces una revisión de las pruebas donde creía que me habían puntuado demasiado bajo. Otro mes de rigor después y apareció la lista final. Puesto veinticinco, ¡25!.

Aún quedaba, sin embargo, el último de los flecos. El viernes pasado, hace cuatro días, apareció la lista completamente definitiva, la de los admitidos después de verificar que los candidatos cumpliesen todos los requisitos burocráticos, además de la prueba. Sí, yo estaba admitido… Pero la matrícula era el martes, es decir, hoy, y no asistir implicaba perder la plaza. ¡Pero yo no estoy ahora en Barcelona! Llamé, insistí. Nada, había que ir. Mi madre no se atrevía a abandonar el puesto de trabajo, temía un despido fácil en época de crisis, y la responsabilidad era demasiado grande como para delegarla en otra persona. “Llama el lunes, insiste más y, si no hay manera, coge un vuelo, prefiero perder 200 euros al trabajo”. Por fortuna, no fue necesario. Al final fue mi madre, esa mujer que, por su abnegación, a pesar de los pesares, bien merece un monumento.

Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Written by ertziano

28 julio 2009 at 2:57 PM

Amor fast-food

with 2 comments

– ¿Y a ti te gusta ir de mujeres?

– ¿Cómo?

Sencillo y de buen corazón. Su forma algo tosca de hablar, muy del pueblo, por su acento y expresiones que utilizaba, muchas veces me dificultaba bastante entenderle a la primera. Él era uno de los mejores amigos de mi padre. Uno de los dos. Fue él quién le compró los últimos caballos. Tenía casi 70 años, todos ellos vividos en soltería, algo que irremediablemente había marcado su carácter.

– Muchacho, que si vas de putas por ahí.

La pregunta me golpeó como un puñetazo. Tardé unos instantes en recuperarme y reaccioné como todo un caballero al que hubiesen mancillado su honor.

– ¿Yo de putas? Por Dios, ¡nunca, jamás!

Parecía haberme cogido por sorpresa, pero la pregunta, la cuestión, el dilema, ya me había encontrado varias veces en las esquinas de los últimos meses y yo siempre tenía la sensación de salir herido de todos los duelos.

Recuerdo aquella noche de mayo, ya de madrugada, caminando por la Rue Saint-Denis acompañado del jesuita. Cuando alcanzábamos el arco de triunfo del boulevard, una chica, bajita de piel negra apareció de entre las brumas de un soportal y nos agarró a ambos por el brazo. Yo cogí su mano cuidadosamente y la devolví a su posición de gravidez, negando cualquier posiblidad de negocio. Aunque no llegase a sentirme incómodo, la situación me desagradaba ligeramente. El jesuita, sin embargo, continuó con el juego de caricias y palabras que, en esta situación, no necesitaban de doble sentido. Mis ojos no daban crédito. El chico, el hombre de la misa ineludible de los domingos, de la COPE, del pecado, del bien y el mal, de Dios, parecía estar comprando sexo en la calle. Me opuse a cualquier mínima posiblidad que pudiese navegar por los pensamientos nocturnos de mi amigo. Viendo la chica que no había negocio posible, nos dejó y nosotros continuamos nuestro camino. Acto seguido vino una de esas conversaciones donde yo inundaba todo el aire con mi voz y él todos los silencios con sus miradas y sus sonrisas que decían más que todas mis palabras juntas, ataqué el comercio del sexo por todos los flancos posibles, desde la mercantilización de la carne humana hasta el propio significado de la palabra sexo. Mis razonamientos, aunque quizás válidos, no eran más que un disfraz. Mi posición íntima no estaba tan sustentada en ningún argumento racional como en la sola repugnancia que me producía la imagen de un teatro de caricias y falso amor con un completo desconocido. Mi amigo no era de la misma opinión o eso, al menos, parecía decirme con uno de sus silencios. Unos silencios que confesaban ya haber jugado algún papel en esas obras.

Fue ése, ese mismo sentimiento de repugnancia, el que sentí en la ciudad con otro viejo amigo, que también alguna vez me había hablado de putas, pero no en esta ocasión. Éramos él, un conocido suyo y yo. Vagábamos por las calles en la madrugada de la ciudad. De chupito en cerveza y de cerveza en cubata. La gente bebe para tener más facilidad en la palabra, y yo también. Pero ellos utilizaban esa palabra para camelar, engatusar, engañar, exagerar y acabar con alguna de aquellas, sí, atractivas chicas del bar en la cama. No era el sexo lo que me molestaba, o no tanto, sino el prólogo que acompañaba. Porque en todo aquello, en aquellos diálogos, en aquellas risas, en aquellas bromas, en aquellos roces, había también una gruesa capa de mentira, de falsedad. Apenas conocían su nombre y ya se creían en el derecho de cogerlas de la cintura o entrometer sus manos entre sus cabellos, con licencia para susurros y caricias de mejillas. Estaba cansado de verlo repetido noche tras noche; mismo Romeo, diferente Julieta. En mi iluso sistema planetario eso sólo podía ocurrir cuando destino y fortuna se conjuraban para traer ante nosotros, de entre la improbabilidad más absoluta, a un imposible, a un sueño que creíamos irreal, inexistente y que de repente sentimos que se encuentra a dos metros de nosotros y ya puede el bar y el mundo desaparecer en ese instante, que no nos damos cuenta mientras estamos sumergidos en la mística de sus pupilas negras. Y entonces, y sólo entonces, a uno le importan un pimiento las licencias y los tiempos. Pero para ellos; los sueños no eran más que rumores lejanos que estaban dispuestos a ser suplantados con la prima bella ragazza que encontrasen el sábado por la noche. Me producía arcadas.

– Pero tío, la vida, la sociedad, funciona así. Si no, no follas.

-¡Que le jodan al sexo joder! ¡Que le jodan también a la sociedad! Lo estás confundiendo todo, los estáis confundiendo todo. Usurpáis las formas de enamorados y no es más que una mentira. Cuando llegue el día de algo verdadero, de algo puro, si logras reconocerlo, no podrás más que repetir las mentiras y artimañas que perpetraste anteriormente. Te condenas a una farsa perpetua. No es más que la cultura del fast-food aplicada al amor. Sacia rápido, pero te deja un sabor de boca de mierda.

Mendigar migajas de falso amor y después mostrarlas en la vitrina de los recuerdos, como trofeos de caza. Entendió bien lo que le dije aunque, otra vez, yo actuaba más por instinto al defender mis ideas que por razonamiento lógico. Pero sé que me entendió porque comenzó a ponerse cada vez más nervioso y tuvimos que dejar de hablar del tema. En verdad, llevábamos más de seis horas bebiendo y deambulando; el alcohol ya pesaba en nuestras cabezas y yo tampoco tenía muchas ganas de discutir. Sólo quería que me dejasen volar entre mis nubes, aunque la vejez o la fatiga me hiciesen, algún día, doblegarme y estamparme contra alguna farola gris anclada en la realidad.

Written by ertziano

24 julio 2009 at 3:51 AM

Publicado en paisajes, pensamientos, pentagrama

Tagged with , , ,

Quemar la hoja

leave a comment »

No quiero que seas lo que esperan de ti.
Ni tu camisa color beige estampado de flores, ni tus medidos movimientos de manos, ni tus gafas de varilla fina, ni tu labio estricto.
Ni tu boli bic naranja, ni tu hoja cuadriculada.
Por favor, dime que no eres eso sino tu gesto a veces dubitante, tu mirada al infinito y tu meñique estirado.
Déjame magnificarte en las fronteras confusas de tu apariencia.
Dime que vives allí porque te ahoga la cuadrícula de tu papel. Dime que muerdes el tapón porque te abruma el resultado de una operación. Porque las ecuaciones te dejan sin incógnitas ni misterios y que mientras elevas y descargas logaritmos, tu mente vuela más allá de los ceros y los infinitos.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 9:11 PM

Publicado en paisajes

Tagged with , , , ,

Triángulo miratorio

with 11 comments

Ella era francesa y panki, lo demostaba en su peinado, sus piercings y sus botas imponentes. La otra era estadounidense, delicada y fina. Turista, lo más probable. Ambas parecían quererse decir que procedían de mundos distintos. En sus colores y sus formas. Pero la americana miraba a la panki. Algo había entre ellas dos. La americana era ajena a la conversación que sus amigas mantenían, sentadas una frente a la otra. Ella estaba a un lado y parecía no tener motivos para desear una mayor ortogonalidad con sus amigas. De vez en cuando sorprendía hablando como un robot, para recordar a sus compatriotas que aún existía, pero después retrocedía al standby.

Yo, libretilla en mano y boli en boca, las observaba atentamente cuando me di cuenta de que el observador estaba siendo observado. De espaldas a la panki, había una buena doncella, quizás rozando la cuarentena, que me miraba sonriente. No la apercibí al entrar, o quizás es que símplemente la ignoré. Sus gafas y su traje me la hacían una buena obrera del tejido empresarial, a años luz de un paria como yo. Pero me miraba sin flaquear. Continué observando a la panki y a la americana, dejando a un lado a la hormiguita. Bajo los asientos de la conversación gringa, un vaso acartonado de Coca-Cola estilo McDonald’s derramaba las últimas gotas de un batido sintético importado del imperio. Las americanas continuaban hablabando ajenas al derrame.

Hotel de Ville, penúltima parada de la línea. La buena doncella se levanta y se sitúa frente a la puerta, a un paso de mí, sentado yo en los abatibles Me mira otra vez mientras espera el frenazo final. La miro y compungido le sonrío. Responde de igual manera aunque nos separen diez años o más. El tren para, las puertas abren y ella baja. Da dos pasos y gira la cabeza y me vuelve a mirar, a mí, a un paria de libretilla en mano y boli en boca. Y me vuelve a sonreír. Como dudando un instante, sus pies basculan. Las puertas se cierran y la estación desaparece.

La panki y la americana callada siguen inmersas en el zumbido de sus miradas.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 3:43 AM

Publicado en paisajes

Tagged with , , ,

Una sombra de mala talla

with 2 comments

Preguntadme por una palabra que me defina y os la daré; decepción. Esa siempre ha sido la cruz de mi otra cara. Y es que la vida, la mía, me viene grande.
Quitadme las medallas y los galones, no me vistáis con las mentiras de unas sedas.
A ti tampoco te merezco; suerte. Tú que llamas siempre a mi puerta, como por equivocación.
Las segundas, ni las terceras oportunidades no tenéis nada que hacer conmigo. Adiós.
Idea preciosa, idea genial; busca otro cerebro que te aprecie y te convierta en realidad. Vete con otro porque conmigo sólo harás que ahogarte en mi tormento.
Vosotros, los que aún me confiáis, iros también, huid lejos de mí antes de que os decepcione y os traicione.
¡Fuera todos! Dejadme morir solo entre lágrimas secas y convertirme en polvo roto. Podré así estar orgulloso de ser al fin lo que merezco; nada.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 12:16 AM

Publicado en paisajes

Tagged with , , ,