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Sueños y espirales

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Oniria – De un sueño entre las 12 y las 13

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Era un niño de unos diez años. Francés. No recuerdo muy bien como le conocí; simplemente apareció un día en mi habitación. Tirado sobre mi cama, hablaba con una mota de displicencia, en un castellano fluido y casi sin acento. Yo le repetía, sin cansarme, que lo hacía como un verdadero español, como todo un Quijote, gritando con firmeza en plena batalla contra molinos de viento. Él asentía orgulloso. Su conversación era interesante, profunda, libre pero sin llegar a petulante. Era un sabio precoz. Él se sentía también a gusto a mi lado y poco a poco nos fuimos haciendo amigos. Él hablándome espatarrado sobre mi colchón y yo escuchándole tranquilo desde la silla de mi escritorio. El último recuerdo que tuve de él es de cuando me invitó a su habitación. Las paredes sufrían de los mismos defectos que la mía, pero todo estaba impecable, y allí charlábamos otra vez mientras nos entreteníamos alrededor de alguno de sus juegos de mesa, desparramados nosotros por el suelo. Después me dijo que me iba a presentar a alguien, y ya no le vi más el pelo.

Por la puerta volvió a aparecer un desconocido. Una chica de una veintena que al parecer también mantenía una amistad con el pequeño de cuerpo y grande de alma. De cabello largo y ondulado muy oscuro, como alquitrán recién hecho, en contraste con su piel blanca como la nieve en el atardecer; como una metáfora de ella misma, viviendo en el filo, en el extremo, en el blanco o negro. Reía y hablaba al mismo tiempo. Pero sus palabras no las dejaba al azar sino que cada frase apuntaba a una diana, banal unas y otras no. Me contaba y explicaba con viveza. Hablaba y hablaba. Y yo no podía parar de preguntarle, porque toda su mente era una mansión barroca, en la que cada detalle estaba cuidado con esmero, con una mezcla de belleza y genialidad que era ella misma. Contestaba a mis preguntas con pasión, como si la vida le fuese en ello. Gritaba y susurraba, todo al mismo tiempo. A ella le faltaban algunos años para alcanzar a los míos y ya enfrentaba algunos de los problemas que yo soportaba desde hacía tiempo, pero los asumía con una tranquilidad confucia, aceptaba que eso tenía que ocurrirle si no quería caer en las redes de lo mediocre y aburrido, y no se preocupaba de más. Y lo envíaba a un punto y aparte; algo saldría. Reía y reía sin parar aunque estuviese hablándome de la mismísima muerte mientras mi admiración y preguntas que quería hacerle se agolpaban en cada rincón de mi cuerpo a punto de explotar por ella, observándola deleitado. Embelesado. Incrédulo de que esa persona existiese de verdad.

Estirados sobre el colchón, mirábamos los dibujos en el techo y su imaginación poderosa convertía mi cuartucho en un escenario más propio de la guerra de las galaxias que de un triste chabolo suburbial. Cada vocal, cada sílaba que ella pronunciaba era un golpe de vida. Y en esas, la lámpara se estropeó como de costumbre, y nos quedamos a oscuras. Y ella reía y reía inundándolo todo con su sonrisa grande y sonora, como una fuente de pociones mágicas. Y situándose ligeramente sobre mi cuerpo, en mitad de la oscuridad, despreocupada, quizás sin ninguna intención; me agarró con fuerza de la camisa, por el cuello, y me dijo “Ya verás, cada día vamos a ir a correr los dos por ahí, a respirar a lo grande, hasta dar la vuelta al mundo como Forrest Gump” Lo de ir a correr, por el parque mismo, era una proposición que ya me habían hecho un millón de veces pero que ahora sonaba como agua de manantial, como maná del cielo de una diosa como ella era, como para comerse el aire a bocados en vez de respirarlo insípidamente. “Pero antes -decía en tono serio de señorita Pepis, con su dedo índice marcando bien los tiempos, pero ocultando malamente su mejilla pícara-, quiero que hagamos juntos ese viaje alocado que planeas, en autostop, andando o como sea”. Y yo ya no cabía en mí de gozo, y le abracé, y la cogí de la cintura y la besé. Pero no lo hice por besarla, eso hubiese enviado todo al garete, lo hice porque realmente quería que supiese que en treinta minutos le había querido más que a nada en toda mi vida, que no encontraba otro modo de decírselo. Que no había palabra alguna para expresarle lo feliz que me sentía teniéndola estirada, allí a mi lado y escuchándole hablar sin parar y yo ya con dolor en las mejillas, de tanto reír. Porque yo sonrío mucho, pero en el fondo soy un ser trágico y hacerme reír a mí, reír de verdad, no es nada sencillo. Y ella lo conseguía con una facilidad de maga, a voluntad, con su varita mágica, y me hechizaba, y moría de risa con ella. Y yo sabía que ya nada nunca nos separaría; a excepción de una cosa que ignoraba en ese momento…

…Cuando abrí los ojos, me inundó el vacío del grisáceo techo suburbial. Las manchas de humedad en el techo volvían derrotadas a las posiciones de lo que siempre fueron. Pero me sentía extrañamente feliz. “Existen; los dos existen en alguna parte, no hay duda, lo sé, no ha sido un sueño cualquiera”, me dije, tranquilizándome, seguro de mí mismo, con voz áspera, mientras palpaba mi pulso acelerado, estirando los brazos en el vano intento de alcanzar la nube del sueño que en ese momento se disipaba. Respiré y sentí el aire recorrer lentamente mis pulmones, como si fuese el último de sus suspiros, de un hasta siempre, y con una lagrima cobarde pensé; “Ahora ya sé a quién busco”.

Written by ertziano

10 abril 2009 at 10:44 PM

Publicado en penículas

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