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Sueños y espirales

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Luz fluorescente

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Dicen que tengo un corazón de hielo, y es verdad. Soy frío. Siempre he sido muy reticente al contacto y a las muestras excesivas de afecto. Son pocos, muy pocos, los que han podido escuchar de mís labios un “te quiero”. Al contrario que la mayoría, no suelo desconfíar normalmente de nadie, pero en cambio soy muy cauto a la hora de tejer una relación sólida.

Ella me dijo que mi padre de pequeño no quería que me mezclase con otros niños. Ni siquiera fui a la guardería. “Yo le enseño, no quiero que le contaminen”, pensaba él. A decir verdad, no me viene a la memoria una sola imagen de infancia compartienda una mañana de domingo con alguien que no fuese mi padre. Pero, un día, descubrí en el cuarto de baño una maleta llena de revistas pornográficas. Me sentí de algún modo traicionado, por ocultarme todo aquello. Además, mi relación con el sexo se volvió turbia desde entonces. Después, años después, me insultó con profundo desprecio, se burló y llegó a amenazarme con darme un puñetazo en la cara mientras me cogía del cuello. Vi el odio en sus ojos.

De ella era fácil escuchar “te quieros” y “mi niños”, que no eran más que superficie. Yo a ella la recuerdo con terror. De pequeño yo tenía un pelo largo, lacio y rubio, muy bonito. Ahora es corto y muy seco. Ella solía agarrarme y tirarme del pelo, y darme en la cara, fuerte, muy fuerte. Yo me escondía, aterrorizado. Lloraba mucho, y suplicaba a gritos que no me pegase.

Me solía insultar con facilidad. Tonto, idiota, imbécil, gilipollas. Puede que bromease en ocasiones, pero de tanto oírlo me acostumbré a aquellas palabras. A la condición gilipollas, y me volví gordo además. Yo trataba a los otros como ella me trataba a mí. Hasta que un día un amigo me dijo que no le insultase tanto, y me di cuenta entonces de que algo fallaba.

No soporto todo lo que me recuerde a aquellos días gilipollas. La luz fluorescente, el silencio con olor a lejía, la televisión encendida por las tardes.

Lo pienso ahora casi extrañado de pensarlo. Sólo porque una canción me parece una nana, y nadie me cantó una nana de pequeño. Supongo que eso quizás explique por qué soy tan frío, por qué trato tan mal a la gente. A mí me gustaría poder hacer feliz a todo el mundo, pero no puedo demostrarlo, porque entonces pienso que soy gilipollas, que se ríen de mí, que no soy nada y que mi buena intención será mal interpretada, o no se entenderá, o no le importará, o me equivocaré, o me traicionarán tarde o temprano. Que haga lo que haga, saldré perdiendo. Por eso me callo, o digo alguna gilipollez, o alguna mala palabra. Porque así no dejo que nadie me hiera; ya lo hago yo mismo.

A mí gusta como hacen en Marruecos. Los hombres -y las mujeres- cogiéndose entre ellos de la mano, amistosamente. Incluso pasean así agarrados por la calle. Como si se cantasen una nana en silencio. Porque una nana es luz, es calor, es entendimiento. Una bofetada, o un insulto, en cambio, es ignorancia, frío, oscuridad.

Written by ertziano

12 octubre 2009 at 1:59 AM

El peligro viste gafas de pasta

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Ayer fue la segunda vez en menos de tres meses.

La primera, cuando tomando un tren desde Montpellier, ciudad que la prensa suele relacionar con ETA, varios agentes de la policía nacional, cuando cruzábamos la frontera, entraron en el vagón. Uno de ellos, me miró y vino directamente hacia mí. Me pidió el carnet de identidad y tomó su tiempo apuntando mis datos. Sin decir nada, sin explicación alguna. Pensé que era un trámite habitual y que acto seguido harían lo mismo con el resto de pasajeros. Pero no, lo cierto es que fui el único al que pidieron el DNI y registraron. Me señalaron, me convirtieron en garbanzo negro y ya todo el vagón comenzó a mirarme de forma extraña desde entonces, sin razón.

Ayer fue la segunda. En las fiestas en Barcelona y con unos conocidos del país vecino que andaban de visita. Me preguntaron si podían fumar marihuana y yo, que había espacio y no iban a molestar a nadie, acostumbrado además a la ciudad permisiva que siempre he conocido, les dije que sí, que no había problema, aún sin yo fumar.

Pero las leyes no necesariamente obedecen al sentido común. En menos de cinco minutos apareció un grupo de la policía local que comenzó a registarnos de cabo a rabo, como si fuésemos delincuentes, como si hubiésemos robado a punta de navaja. Tierra trágame. Les expliqué la situación, que ellos eran extranjeros y que había sido un error mío. No había razonamiento posible. Me pidieron el DNI y apuntaron mis datos, junto a otros nombres y números anónimos de aquella u otras noches. Sólo a mí, que no tenía nada encima. Otra vez en alguna maldita lista oscura sin razón alguna.

Con socarronería comentaban:

– Si ya se te ve que no fumas, pero los tontos como tú siempre acaban fichados. -y mirándome fijamente- Sí, si hasta tienes pinta de estudiar fuera/ y sorprendido pensé que cómo demonios podía verse algo así

– Tened claro que voy a recurrir. Por favor, ¿podéis darme vuestros nombres? / les exigí con sonrisa áspera

– Epi y Blas.

Y como iba algo bebido, no me había dado cuenta hasta entonces de que tenían los números de agente cosidos en el uniforme. Miré uno de ellos y lo memoricé. Después lo anoté.

Pensé decirles que es una lástima que esas cosas pasasen, que yo hacía un tiempo aún creía en el Estado de Derecho y esa teórica democracia que defienden. Que siempre había votado con orgullo, aunque fuese a partidos minoritarios. Y que sólo faltaban pequeñas incidentes como estos para convencerme completamente de que todo es farsa. Que esa prepotencia en unos teóricos servidores de la sociedad me hace pensar que algo falla, que algo no nos cuentan, que algo ocultan, que algo traman. Que los que de verdad molestan no son los que gritan visceralmente, a favor o en contra, o por supuesto los que viven sumidos en la mudez mental más absoluta, sino los que tranquilamente discrepan e intentan ser coherentes con su discrepancia. Sin alaridos, pero a paso firme. Y que eso, supongo, estos que tratan con todo tipo de gente, lo saben ver de alguna forma. Y esos tontos, com ellos dicen, tarde o temprano, acaban fichados para que se callen de una vez por todas. Al menos, según la versión de la policía.

Written by ertziano

23 agosto 2009 at 12:47 AM

#85 Amor consumista

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– ¡Maestro! ¿Pero me dice que paciente, que no desfallezca, que siga mi camino, que persiga un ideal? ¡Pero maestro! Sabe usted bien que el mundo no funciona así. No sé maestro si con razón o sin ella, pero el mundo de las grandes ciudades y los grandes edificios recluye en pequeños departamentos. El mundo del miedo, inclina a la desconfianza permamente. Nadie puede vivir así y esperar eternamente sin nadie a su lado.

– Esperar, ¿qué?

– Pues es eso, maestro, un angelito, una media naranja, como quiera usted llamarlo; algo que endulce un poquito la urbe gris.

– Pero pupilo, ¿no te das cuenta de que ellos no buscan amor verdadero? Ellos buscan lo que buscan en todo. Consumir. ¿Y por qué consumen? Por lo que has dicho: Por el miedo, la desconfianza, el aislamiento, la competitividad silenciada que nos vuelve a todos locos, el vacío interior, la debilidad. Tú criticas ese consumismo, lo atacas sin descanso cuando alguien hace uso de él, pero no te das cuenta de que va mucho más allá de las meras transacciones económicas de un supermercado o unos grandes almacenes. Consumismo es una filosofía de vida que lo impregna todo, cada parcela. Consumismo es la permanente búsqueda de tener mucho, tener lo mejor, lo más caro, lo más codiciado, pertenecer a la clase. Que nadie te pueda mirar por encima del hombro. ¿Crees que eso sólo se aplica a un coche o un reloj? ¡Tonterías! ¿Acaso no está codiciada una rubia resultona? Pues todos irán a por ella, porque así mandan los tiempos, sin importar el qué ni el por qué. Todo sea por acallar la angustia de un destino prefijado a base de reglas no escritas. ¿Quieres ser libre? Pues reacciona antes de que lo “normal” acabe con tu vida.

– ¿Y cómo?

– No respetes una sola regla no escrita. No respetes nada excepto tu propia ley.

– ¿Pero maestro? Si todo el mundo hiciese lo mismo, ¡todo sería caótico! ¡anarquía! ¡la ley de la selva!

– Eso es lo que te han hecho creer. ¿Pero no es ya la ley de la selva? ¿No hay constantemente asesinatos y robos impunes?

– Sí, pero van a la cárcel.

– ¡No los grandes, pupilo! Va a la cárcel quien mata a uno, pero no el que mata a miles. Va a la cárcel el que roba un bolso, pero no el que roba millones. A veces hay algún cabeza de turco. Pantomima.

– Maestro, en todo caso, así lo ha decidido la sociedad. Vivimos en democracia.

– Pupilo, ¿te has dado cuenta de que todo gira entorno a dos partidos políticos? ¿de que tú no decides nada del programa de esos partidos? ¿de que la economía es siempre igual de injusta? ¡Alfonso XIII ya tenía un sistema parecido! Jugaban a pelearse entonces, decía mi profesor de historia. Pues a mi me parece que muy poco ha cambiado.

– Puede usted, maestro, integrarse en un partido y cambiar cosas. Puede, igualmente, crear su propio partido.

– Pero pupilo, no seas tan cándido. ¿Has visto las exigencias que hay para formar un partido? ¿Y que conseguir algún diputado en el Parlamento requiere una cantidad de votos desproporcionada respecto a los partidos grandes? Pupilo, el sistema te deja, pero te lo pone tan difícil, que es como si no te dejase. ¿E integrarse en un partido? ¿Crees que es la meritocracia la que impera en los partidos grandes? Nada. Todo es apariencia. El poder, y el amor, están bien cogidos para que los grandes ladrones y asesinos salgan siempre impunes. Mientras unos se enriquecen enormemementes, otros pierden sus casas aquí y sus vidas en rincones lejanos de los que nadie quiere acordarse. Pupilo, no respetes nada excepto a tu propia moral. Esa es la verdadera democracia. No hay otra, por ahora. No estás obligado a respetar un sistema estúpido.

– Pero maestro, no entiendo; le he preguntado por amor y usted me responde con política.

– Piénsalo bien, pupilo. Hablas tú de amor y de fondo ya resuenan contratos y reparticiones de bienes. De fondo suena el cacareo de un supuesto trofeo. Resuena Hollywood y su pop-rock. Y todo, todo eso, lleva siempre la idea de un solo tipo de amor. De una sola idea. Siempre hay una gota de rebeldía al principio, pero el mazo del ideal acaba por imponerse en una família bien. Y comieron perdices, y no un bocata cualquiera. Pupilo, el amor es mucho más que un contrato entre dos personas, el amor que ellos te venden es el contrato entre dos seres y el sistema entero. Se comprometen a servir fielmente, a las duras y a las maduras, porque no han conocido la verdadera libertad, no han conocido el verdadero amor y se rinden ante lo único que les ofrecen.

– Maestro, olvida usted que el amor también tiene mucho de naturaleza.

– Y la naturaleza tiene mucho de carnívora y de egoísta.

– ¿Niega usted la naturaleza o el sistema?

– Pupilo, negar, no niego nada. Sólo te empujo a que seas más libre de lo que te condenaron al nacer. Si deseas encerrarte entre los garrotes de un falso amor, sometido quedarás. Si en cambio decides romper esos barrotes, esas reglas y perseguir tu propio destino, el destino te respetará y te esperará, lejos de sometimientos y servilismos.

– ¿Y si fracaso?

– Fracaso, anarquía… son palabras que el sistema tergiversa y acuña a su manera para atemorizarte, para que ninguna oveja escape del rebaño. No hay mayor fracaso que el de perder tu propia libertad y pisotear tus propios ideales. Empieza a diferenciar qué hay de ti y qué hay de sistema en tu cabeza, empieza a no respetar las reglas sólo porque vienen así, ya que nacen de una democracia que es absurda. Empieza a perseguir tu propio destino y vivir bajo tu propia ley. Todo lo demás te convertirá en un siervo fácilmente manejable. Sé libre y ama con libertad, ama de verdad; tanto a un ideal como a un alma descarriada.

Written by ertziano

19 agosto 2009 at 5:39 PM

Regreso (y espacio)

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A las once y media de la noche llegué, por primera vez, para no irme una semana después como hasta entonces había hecho. No tenía ya billete de vuelta, a ninguna ciudad, ni pueblo. Sin más, regresaba de Francia, y de España. Regresaba, además, de un último mes que había sido de otro año, de varios de los anteriores, de mi vida y de otras.

Tendido sobre aquel colchón de matrimonio ahora heredado, el balcón abierto, algunos gatos furiosos en la oscuridad peleando como leones, yo aún escuchaba la radio a las 5 de la madrugada, o la mañana, según quién perfile. De la emisora musical andaluza se podía esperar flamenco, oldies, rumba, muchos éxitos veraniegos… Pero no a Carla, Bruni. Un mes antes, hubiese cambiado de emisoria inmediatamente. En tierras vecinas no tienen a bien considerar a esta modelo convertida en cantante y ahora señora del presidente de la República. Por política, por cansancio o por integrarme, Carla ya no me gustaba más. Pero me pilló a traición, cuando mi mente, en pleno vuelo hacia los mundos de Oniria, ya no utilizaba la extenuante razón sino que sólo manejaba los frágiles sentimientos. Mi respiración se detuvo un instante. Me desperté levemente. Aquella canción me trasladaba a un pasado, a un momento donde buena parte de lo que soy y quise ser, comenzó a forjarse. Carla Bruni fue, sin duda, la banda sonora de aquellos días, catalizados por el descubrimiento de una película entonces desconocida que, de tanto verla, memoricé casi fotograma por fotograma: Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. Y recordé que hubo unos tiempos, luego llegaron otros, y más… Fui consciente de la fugacidad de la vida, de sus altibajos, de sus curvas y, sobre todo, de las diferentes influencias que uno recibe y conforman el carácter propio.

Últimamente, con curiosidad, me preguntaba cómo había podido yo tener un carácter que muy poco tiene que ver con mi entorno más inmediato. Realmente, me resultaba de lo más extraño y muy desconcertante. Mis amigos resaltaban a veces ese carácter dual mío casi con espanto: “Joder, ¡estás hablando de Platón como si fuese el Marca!”. Porque desinhibirse del medio es difícil, muy difícil; así que todo se mezcla, Platón y el Marca; como si perteneciesen a la misma categoría. Yo creo que lo son, de hecho, pero eso ya es tema aparte. Así, comencé en aquella noche a sumergirme en mis propios recuerdos casi con actitud arqueológica. Buscando imágenes por aquí, y por allá. Y encontraba momentos, situaciones donde creía ver una línea coherente, lógica señalando a alguna parte. Me preguntaba si crecer, madurar es un proceso de barroquismo, donde se añaden gustos, se adquieren conocimientos, etcétera. O, si en cambio, es un ejercicio de limpieza, de filtro entre lo que nos pertenece genuinamente y lo que nos ha sido impuesto desde fuera. No lo sé.

Así, he dedicado las últimas semanas a charlar con antiguos mejores amigos, antiguos vecinos, antiguos familiares de aquellas tierras de la España profunda. Abrazos, miradas, confesiones. He preguntado sobre abuelos, bisabuelos, la vida de mis padres antes de mi nacimiento. Y ha sido curioso observar como rasgos particulares, pelín extravagantes, de mi personalidad, acaban siempre por aparecer en algún punto del árbol genealógico o hábitos de cuando yo era muy pequeño. Mi abuelo paterno, al que nunca conocí y del que la familia no conserva muy buena opinión, agotó todos sus últimos ahorros durante los años 70. Lo hizo viajando a Las Islas Canarias, Estados Unidos, Filipinas, India, China…¡En aquella época donde casi no había turismo! Él quería dar la vuelta al mundo, ése era su sueño, según le contó el encargado de la agencia de viajes del pueblo a mi padre, pero éste se lo desaconsejó por su estado de salud y acordaron hacerlo en varios vuelos. Mi abuelo moriría pocos años después de realizar esos viajes. Como digo, nunca le conocí. Así, después años de mitología creyendo que era, por méritos propios, un rara avis de un barrio y una familia más bien sedentaria; descubro que todo es mucho más simple; que en realidad no son más que unos genes gastados y circunstancias fortuitas casi olvidadas las que cargan con la mayor parte del mérito de una vida humana.

Llego a la habitación a las once y media; después de un año lleno de presuntas lecciones de humildad. Tras batallas contínuas por aquello que yo considero básico: como unas cortinas, una cocinita para calentar comida, un pequeño frigorífico, una conexión a Internet que nunca llegó a funcionar… Llego tras los meses donde renuncié oficialmente a un falso sueño, convertido en pesadilla, y terminar por aceptar una vocación que yo y otros siempre me habían negado. Tras abandonar la creencia de omnipotencia, de creer poder tocar la perfección con la punta de los dedos, y reconocer mi propia debilidad, mi propia imperfección. Un año deshaciéndome de creencias, mentiras, falsas necesidades que perennes, silenciosas, invisibles habían arraigado en mí…

Y; descubro una habitación abarrotada. Barroca, como ese pasado en el que excavo. Densa. Demasiadas cosas, demasiadas que no necesito. Demasiadas cosas que solo están ahí para ocupar, mostrar, tranquilizar. Indirectamente, me preocupaba tanto de la imagen externa, de la aprobación ajena; que uno se olvida a sí, de lo que uno es de verdad, lo que uno desea y anhela en lo más profundo. Se abandona bajo la ilusión de que la imagen proyectada en el teatro corresponde a la naturaleza íntima del ser. Cree que en realidad es lo que enseña y muestras a los demás y así, oculta y reprime la esencia verdadera. Tenía que vaciar esa habitación. Tenía que sacarlo todo. Tenía que borrar esas mentiras decorativas.

Encuentro libretas antiguas no robadas. Con cinco o más años en sus hojas. Llenas de dolor, barrocas; como la habitación, y el pasado. Llenas de lágrimas, vanidosas y desgarradas. Me doy cuenta del tormento que me ha supuesto vivir por intentar amar a quién no se quiere en realidad, sólo por cobardía y miedo hacia los espectadores del teatro. Sólo por afán estético, perfeccionista. Me manipulaba a mí mismo como un personaje novelesco sin tener en cuenta quién era yo en realidad, qué quería, por qué suspiraba. Yo era mi propio titiritero. Obsesionado por trazar el argumento perfecto y escribir el best-seller de mi vida. Poco importaban los verdaderos sentimientos del personaje.

Vacío la habitación. Quito estanterías. Saco todo hasta encontrar lo que considero imprescidindible y comienzo a ordenar de nuevo. Quedan estantes vacíos. No me importa. Están bien así, vacíos, esperando ser ocupados cuando de verdad llegue el momento.

Written by ertziano

8 agosto 2009 at 3:24 AM

Publicado en pensamientos, pentagrama

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Mentira

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Me siento incómodo. Hay algo en estas calles, en estas paredes, que me devuelven a lo que detesto. La mentira. Mis mentiras. Hace muchos, muchos años, que me cansé de mentir, incluso de mentir piadosamente. Desde entonces, cada vez que una gota de hipocresía moja mi frente, algo se revuelve en mi conciencia. Rara es la vez que de entre mis labios nace un embuste, y si ocurre, inmediatamente me desdigo como un padre que calla a un hijo. Miserable, odioso; no soporto escucharme ni en pensamiento cuando me siento pretender, fingir, aparentar, ocultar. Huyo de mí hasta el rincón de alguna nota, hasta el instante de algún fotograma sólo por creerme desaparecido de mi propia existencia.

Y estas calles, estas malditas calles me devuelven a tiempos de mentiras. No sé por qué. Los escenarios son algo más que un mero decorado, eso está claro. Las viejas luces se cuelan por entre las pieles y nublan la mente. Miserable, me inclino ante la cobardía de una mentira. Y yo odio a los cobardes y odio la mentira.

Ten valor, no te ocultes entre vacíos y ficciones.

Written by ertziano

30 julio 2009 at 3:16 AM

El viejo y el mar

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En la estación de Lucciana bajamos de aquel pequeño tren, viejo, como de otra época. No iba a vapor pero casi. Funcionaba con gasolina y el estruendo del motor lo inundaba todo. Parecíamos transportarnos en una máquina del tiempo cada vez que nos subíamos a él. De hecho, una de sus vías principales, la que conectaba el norte con el sur de la isla, fue destruída durante la segunda guerra mundial, y aún continuaba en el mismo estado. En los largos viajes que en realidad no eran más que de unos pocos kilómetros, recorriamos el pefil de aquellas montañas enormes y sólo asormarse por la ventanilla producía vértigo, especialmente cuando un rebaño de cabras, o vacas incluso, ocupaban las vías y el tren tenía que detenerse hasta que la salvaje naturaleza decidiese aclarar el camino. Si no fuese porque Napoleón nació en aquella isla, y cuando llegó a París sólo hablaba corso, los corsos encontraban pocas razones para albergar en ellos algún sentimiento francés. A duras penas podía reconocer a Europa en la isla, mucho menos a Francia. Sólo imaginar el contrastre que habría entonces en los “Département d’outre-mer (DOM)”, lad diminutas islas del caribe y del sur de África que, oficialmente también eran Francia, me hacía pensar de lo absurdo de algunas fronteras.

Desde la estación caminamos unos diez kilómetros hasta el aeropuerto, con su altisonante nombre de Aeropuerto Internacional Bastia-Poretta. Habían un máximo de tres o cuatro vuelos diarios y el nuestro no saldría hasta la tarde del día siguiente. Una placa, empero, señalaba que el autor del Principito, Antoine de Saint-Exupéry, había volado desde aquel aeropuerto en uno de sus últimos viajes. Comenzaba a tener la sensación de que la sombra de Saint-Exupéry me preseguía. Llegamos con un día de antelación porque, como digo, los trenes eran muy poco confiables y tomar el único que llegaba antes de nuestro vuelo en el mismo día resultaba demasiado arriesgado. Nos esperaban unas veinte horas en aquel lugar.

En las primeras decidimos preparar bien nuestras mochilas. No íbamos a facturar nada y todo sería equipaje de mano. Todo lo necesario para vivir una semana en una isla, fuera de hoteles y circuitos, iba en aquellas mochilas y parecía imposible que pudiesen caber en dos bultos de 50x40x25 cm. Además, ¿y las navajas? ¿y los clavos larguísimos de la tienda de campaña? En barco, que es como habíamos llegado días antes a la isla, no había problema alguno pero en avión, ya se sabe, todo es distinto. Suerte que, cuando pasé la mochila por el scanner, la vigilante reía mientras flirteaba con su compañero, y no se dio cuenta de nada… Al jesuíta le quitaron la bolsa de los champús -la llevaba en la mano-. Cuando vi que tiraron también mi carísimo dentrífico Bio robado del Carrefour, fui inmediatamente a la papelera y logré salvarlo de la quema.

Sin embargo, fue en la noche anterior cuando lo más interesante sucedió. Desde que llegamos, teníamos claro que, con todas las horas que teníamos por delante, lo mejor sería entablar conversación con algunos de los caminantes del GR20, un bello pero duro sendero de 200kms que atraviesa la isla de arriba a abajo. Sus pieles quemadas les delataban. El primero de ellos fue un alemán de unos 30 años, fanático de los deportes de aventura y que durante la semana trabajaba en una empresa como diseñador de pegatinas publicitarias. Leía un libro sobre un hombre que intentaba enamorar a mujeres con formas estúpidas y absurdas. Parecía divertido. Le ofrecimos unas galletas, que era, en fin, lo único de comida que nos quedaba hasta el día siguiente por la tarde, cuando llegásemos a París. Aceptó y, sabiendo por experiencia propia de la escasez de alimentos en estos viajes, cogió una, la partió por la mitad y nos dio la otra. Nosotros, a su vez, cogimos esa mitad, la volvimos a divir, y nos comimos un cuarto de galleta cada uno. Seguimos hablando un rato más y se fue, estaba muy cansado.

Volvimos al campamento base que conformaban una de aquellas hileras de cuatro o cinco asientos del interior del aeropuerto. Sobre ellos teníamos nuestras mochilas, botellas de agua, ropa sucia, algunos libros. Me senté y volví a mi italiano, repasando la primera lección. Por encima del libro observé que un hombre, de entre 40 y 50, pelo blanco y largo recogido con una coleta y con aspecto eminentemente alemán me miraba fijamente. Quería hablar. Me producía curiosidad pero yo, en ese momento, necesitaba un descanso y bajé la mirada. Una pareja que estaba frente a nosotros ya dormía sobre otra hilera de asientos. Yo, rendido, hice lo mismo y me tendí sobre la mía. Unos diez minutos después alguien se dirigió a mí con un “mesier” y sentí unos golpecitos sobre mi hombro. Abrí los ojos. “¿Habla usted francés?” “Oui, ¿por qué?” El señor, uniformado en negro, pareció suspirar cuando respondí que sí hablaba su lengua. “Disculpe señor, buenas noches. El aeropuerto cierra a medianoche y deben desalojar la sala. Por favor, ¿podría comunicárselo a las otras personas?”. Me quedé pensativo, insistí en alguna excepción, alguna posibilidad para no tener que dormir otra vez a la intemperie. No había manera. El jesuita fue a hablar con el alemán de antes y yo me dirigí al señor de enfrente. Quizás por cansancio o quizás porque dormir en los alrededores de un aeropuerto es muy diferente a hacerlo en mitad del monte, pocos fueron los que no respondieron con aspereza al guardia del aeropuerto.

Aquel hombre de coleta blanca, sin embargo, sonreía con inmensa tranquilidad. Yo incluso creía que no había entendido bien la situación. Se la volví a explicar y sólo alcanzaba a decir “¿y qué podríamos hacer?” Barajamos varias posibilidades. Desde caminar algunas decenas de kilómetros y encontrar alguna playa o adentrarnos en algún bosque para plantar nuestra tienda, hasta la posibilidad de pasarnos por un hostal que nos cruzamos en la carretera. Pero no lo habíamos hecho en una semana así que tampoco lo haríamos en el último día.

Casi todo el mundo pareció decidir que lo más sensato era pasar la noche en el parking del aeropuerto. Así, los bancos que estaban fuera, se fueron ocupando paulatinamente con alemanes embutidos en sacos de dormir . Me di una vuelta y encontré dos más algo alejados de la puerta principal, frente a una entrada que parecía ser de personal. El hombre satisfecho se sentó en uno y el jesuita en el otro. Yo dormiría en el suelo sobre una colchoneta inflable. Todos contentos. Fue entonces cuando entablamos conversación con aquel maestro de la paz interior mientras intercambiábamos nuestros últimos restos de comida. Nos ofreció, además, una Corsica Cola, la competencia directísima de Coca-Cola en la isla. Él estaba casado y trabajaba con un grupo de chicos con Síndrome de Down. Les ayudaba a tratar con situaciones normales de la vida diaria. Caímos en el tópico de comentar que a veces la inocencia y la pureza de estas personas son verdaderas lecciones para los “normales”. Observé que, cada vez que preguntábamos o comentábamos algo, él callaba unos segundos, unos largos segundos, como masticando bien la pregunta o esperando a encontrar la respuesta adecuada. A veces, incluso, creía que no me había escuchado o que estaba, sencillamente, desconectado. Pero entonces, comenzaba a hablar con una voz muy baja, como un murmullo, con una calma absoluta, sin querer llamar la atención de ningún modo posible. “Puede ser, pero lo cierto es que en ocasiones te gritan sin tú entender por qué y parecen convertirse en completos desconocidos”. ¿Pero crees que les entiendes de una forma especial y por eso trabajas con ellos? . Silencio. “No lo sé, creo que no, pero disfruto haciéndolo. Antes me dedicaba a algo totalmente distinto, a la finanzas, pero estaba cansado de la vida que llevaba. Mi mujer me animó a imprimir un cambio en mi vida y encontramos este empleo. Ahora me siento bien.”

Me gustaba porque el hombre decía lo que pensaba él de verdad, su discurso era sincero, no se guiaba por pautas, era su propia voz la que oíamos, no la de lo que le debía a su posición. Quizás por eso tardaba tanto en responder, porque tenía que navegar entre un mar de respuestas prefabricadas para encontrar la suya, la verdadera, la buena.

Hablamos más sobre sus viajes. Resultaba extraño que, estando casado y con hijos, la mayoría de ellos los hacía solo. Además, llevaba únicamente lo más estrictamente necesario; ropa y algún útil. Ni siquiera un móvil. Ésto me llamó mucho la atención cuando lo comentó y le pregunté sobre ello.

– ¿Pero ni siquiera un libro, música? ¡¿un teléfono?!

– No, nada – decía tranquilo, sin inmutarse.

– Pero yo no podría. Hay momentos en los que te sientes muy solo, o muy lejos de todo y necesitas un refugio, ya sea un libro, una canción on una libreta que te transporte a algún hogar imaginario por algunos minutos.

– [silencio] A mí me parecen distracciones. [silencio]. Cuando voy a otro sitio, quiero olvidar todo lo que dejo atrás y sumergirme allá donde estoy. Quiero estar solamente ahí. [silencio]. [fin].

– Pero entonces, a veces puedes pasarlo bastante mal. Solo, en mitad de un lugar desconocido, sin nada en lo que refugiarte.

– [silencio] [silencio] … yo ya no viajo para pasármelo bien (literalmente, enjoy). [silencio]. Para mí viajar es una forma de ver, descubrir, aprender y eso, a veces, está muy reñido con lo de pasárselo bien. Hay que gente que viaja para confirmar sus prejuicios. Yo quiero evitar, precisamente, que eso me ocurra a mí. Quiero observar, mirar, sin pensar nada más, sin juzgar. Por curiosidad.

Abrí los ojos a las seis de la mañana y le vi sentado en el banco, sin la mochila, que él ya había facturado mientras dormíamos a pleno sol. “Sólo quería deciros good morning and… goodbye”. Le di la mano, intentando expresarle con aquel gesto que había merecido la pena conocerle, que le estaba agradecido al destino por ello.

En aquella mañana, hasta que cogimos el avión, pasaron aún cosas interesantes (¡incluso conocimos a un miembo del Frente Nacional de Liberación Corso -FNLC-, una especie de ETA corsa en pequeño!). Pero las últimas palabras de aquel hombre se me habían quedado grabadas en la memoria y no podía dejar de pensar en ellas: Maldita sea, acuñamos con tanta facilidad expresiones como “viaje de placer” que hasta ahora no había sido consciente de que, en su sentido más puro, la expresión podría ser hasta contradictoria en sí misma. Y es que pretendemos llevar nuestra burbuja a todas partes, nuestros prejuicios, nuestras lecciones viejas y observar la realidad a través de esos clichés. Filtrando y seleccionando, incluso, para encontrar ejemplos aislados de aquello que nos hacemos creer a nosotros mismos que lo es todo. ¡Cuántos científicos han falseado insconscientemente experimentos porque no se ajustaban a sus cálculcos! ¡Han negado la realidad porque no se ajustaba a la idea que tenían de ella! Pues imaginemos entonces la distorsión que debe sufrir en nuestras mentes, en nuestras percepciones acientíficas.

En cierto modo, la idea del hombre, de aquel sabio alemán, podría aplicarse más allá del sentido estricto del viaje, y estoy seguro de que él ya lo sabía. Podría tratar la relación misma del hombre con el mundo. De como nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros gustos conforman diariamente una idea de realidad que poco puede tener que ver con la verdadera. De como, a veces, tomamos la foto antes incluso de observar el cuadro o de deleitarnos con el paisaje. Impacientes por llegar a la meta sin saborear el camino, sin conocerlo en realidad.

William Blake – Auguries of Innocence

To see a world in a grain of sand,
And a heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand,
And eternity in an hour.

[…]

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el cielo en una flor silvestre,
Sostener el infinito en la palma de tu mano,
Y la eternidad en una hora.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 8:34 PM

Amor fast-food

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– ¿Y a ti te gusta ir de mujeres?

– ¿Cómo?

Sencillo y de buen corazón. Su forma algo tosca de hablar, muy del pueblo, por su acento y expresiones que utilizaba, muchas veces me dificultaba bastante entenderle a la primera. Él era uno de los mejores amigos de mi padre. Uno de los dos. Fue él quién le compró los últimos caballos. Tenía casi 70 años, todos ellos vividos en soltería, algo que irremediablemente había marcado su carácter.

– Muchacho, que si vas de putas por ahí.

La pregunta me golpeó como un puñetazo. Tardé unos instantes en recuperarme y reaccioné como todo un caballero al que hubiesen mancillado su honor.

– ¿Yo de putas? Por Dios, ¡nunca, jamás!

Parecía haberme cogido por sorpresa, pero la pregunta, la cuestión, el dilema, ya me había encontrado varias veces en las esquinas de los últimos meses y yo siempre tenía la sensación de salir herido de todos los duelos.

Recuerdo aquella noche de mayo, ya de madrugada, caminando por la Rue Saint-Denis acompañado del jesuita. Cuando alcanzábamos el arco de triunfo del boulevard, una chica, bajita de piel negra apareció de entre las brumas de un soportal y nos agarró a ambos por el brazo. Yo cogí su mano cuidadosamente y la devolví a su posición de gravidez, negando cualquier posiblidad de negocio. Aunque no llegase a sentirme incómodo, la situación me desagradaba ligeramente. El jesuita, sin embargo, continuó con el juego de caricias y palabras que, en esta situación, no necesitaban de doble sentido. Mis ojos no daban crédito. El chico, el hombre de la misa ineludible de los domingos, de la COPE, del pecado, del bien y el mal, de Dios, parecía estar comprando sexo en la calle. Me opuse a cualquier mínima posiblidad que pudiese navegar por los pensamientos nocturnos de mi amigo. Viendo la chica que no había negocio posible, nos dejó y nosotros continuamos nuestro camino. Acto seguido vino una de esas conversaciones donde yo inundaba todo el aire con mi voz y él todos los silencios con sus miradas y sus sonrisas que decían más que todas mis palabras juntas, ataqué el comercio del sexo por todos los flancos posibles, desde la mercantilización de la carne humana hasta el propio significado de la palabra sexo. Mis razonamientos, aunque quizás válidos, no eran más que un disfraz. Mi posición íntima no estaba tan sustentada en ningún argumento racional como en la sola repugnancia que me producía la imagen de un teatro de caricias y falso amor con un completo desconocido. Mi amigo no era de la misma opinión o eso, al menos, parecía decirme con uno de sus silencios. Unos silencios que confesaban ya haber jugado algún papel en esas obras.

Fue ése, ese mismo sentimiento de repugnancia, el que sentí en la ciudad con otro viejo amigo, que también alguna vez me había hablado de putas, pero no en esta ocasión. Éramos él, un conocido suyo y yo. Vagábamos por las calles en la madrugada de la ciudad. De chupito en cerveza y de cerveza en cubata. La gente bebe para tener más facilidad en la palabra, y yo también. Pero ellos utilizaban esa palabra para camelar, engatusar, engañar, exagerar y acabar con alguna de aquellas, sí, atractivas chicas del bar en la cama. No era el sexo lo que me molestaba, o no tanto, sino el prólogo que acompañaba. Porque en todo aquello, en aquellos diálogos, en aquellas risas, en aquellas bromas, en aquellos roces, había también una gruesa capa de mentira, de falsedad. Apenas conocían su nombre y ya se creían en el derecho de cogerlas de la cintura o entrometer sus manos entre sus cabellos, con licencia para susurros y caricias de mejillas. Estaba cansado de verlo repetido noche tras noche; mismo Romeo, diferente Julieta. En mi iluso sistema planetario eso sólo podía ocurrir cuando destino y fortuna se conjuraban para traer ante nosotros, de entre la improbabilidad más absoluta, a un imposible, a un sueño que creíamos irreal, inexistente y que de repente sentimos que se encuentra a dos metros de nosotros y ya puede el bar y el mundo desaparecer en ese instante, que no nos damos cuenta mientras estamos sumergidos en la mística de sus pupilas negras. Y entonces, y sólo entonces, a uno le importan un pimiento las licencias y los tiempos. Pero para ellos; los sueños no eran más que rumores lejanos que estaban dispuestos a ser suplantados con la prima bella ragazza que encontrasen el sábado por la noche. Me producía arcadas.

– Pero tío, la vida, la sociedad, funciona así. Si no, no follas.

-¡Que le jodan al sexo joder! ¡Que le jodan también a la sociedad! Lo estás confundiendo todo, los estáis confundiendo todo. Usurpáis las formas de enamorados y no es más que una mentira. Cuando llegue el día de algo verdadero, de algo puro, si logras reconocerlo, no podrás más que repetir las mentiras y artimañas que perpetraste anteriormente. Te condenas a una farsa perpetua. No es más que la cultura del fast-food aplicada al amor. Sacia rápido, pero te deja un sabor de boca de mierda.

Mendigar migajas de falso amor y después mostrarlas en la vitrina de los recuerdos, como trofeos de caza. Entendió bien lo que le dije aunque, otra vez, yo actuaba más por instinto al defender mis ideas que por razonamiento lógico. Pero sé que me entendió porque comenzó a ponerse cada vez más nervioso y tuvimos que dejar de hablar del tema. En verdad, llevábamos más de seis horas bebiendo y deambulando; el alcohol ya pesaba en nuestras cabezas y yo tampoco tenía muchas ganas de discutir. Sólo quería que me dejasen volar entre mis nubes, aunque la vejez o la fatiga me hiciesen, algún día, doblegarme y estamparme contra alguna farola gris anclada en la realidad.

Written by ertziano

24 julio 2009 at 3:51 AM

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Vivir en círculos

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El viaje comienza exactamente en el momento en el que la idea aparece repentinamente en nuestra cabeza por primera vez. Puede ser una idea idea robada de alguien que en ese momento nos habla o puede ser una semilla enterrada tiempo atrás que ahora aparece en forma de pequeño tallo sobre la superficie de nuestra vida. No importa. Si está de verdad en nosotros, se quedará allí para siempre, aún cuando en ocasiones creamos olvidarla. Y aunque no la miremos, ella, ajena a nosotros, se hará más y más grande hasta que un día se cuele detrás de nuestro nombre, o de nuestros apellidos. Nos toparemos con ella en mitad de un bosque cuando el perfume de las margaritas nos transporta a nuestra infancia. Cuando sentados en la silla de un McDonald’s, percibimos el particular aroma del lugar y recordamos lo que ya desde muy jóvenes empezábamos a aborrecer. De repente un día llega para quedarse, silenciosa, sin hacerse notar. No importa que un mes después ya ni sepamos como se llamaba, veinte años más tarde, sentados en el banco verde de un parque cualquiera, giraremos la cabeza y nos la encontraremos allí, a nuestro lado.

Por eso es tan difícil saber lo que realmente uno es, porque la mayor parte de lo que nos hace, nos moldea, permanece invisible incluso a nuestros propios ojos, como la materia en el universo, y luego quizás en un día al azar, caminando por un pasillo cualquiera de metro, reconocemos, entre el tumulto, unos ojos familiares, y allí en la nada nos vemos reflejados en un pasado que nunca nos llegó a abandonar.

¿Qué me trajo a Francia? ¿Un viaje? ¿Una película? ¿Una canción? ¿Un cuadro? ¿Un filósofo convertido a científico? Todo y nada, y es que hace un año yo me imaginaba a mí mismo vagando por Finlandia, por su nombre y por otra película. Pero un sueño añejo me dio un golpe brusco en el timón y hasta aquí me condujo. Y ahora escribo esto, en el asiento de un vagón que cruza el corazón de París.

En una película muy mala dicen que los sueños nacen de los traumas. No lo sé, podría, ¿pero y qué importa, mientras soñemos?

Written by ertziano

6 abril 2009 at 9:59 PM

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Al otro lado del río

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“Satán está en mí” me dijo no sin tener que repetirme la palabra “Satán” una segunda vez, era la primera vez que la escuchaba en francés y quizás también la primera en cualquier idioma dentro de semejante contexto. “Nosotros, los árabes, no podemos beber alcohol. Perdemos la cabeza, hacemos cosas que no deberíamos”.

Había llegado tarde, por encima de la medianoche, algo poco habitual en él. Salí al pasillo y enseguida me saludó, más efusivo de lo habitual. Yo me iba, pero me retuvo. ¿No has ido a la fiesta? La que había abajo. Oh, mierda, lo había olvidado, contesté. Normalmente, cuando nos cruzamos, él siempre me saluda serio, indiferente, con ojos neutros y a veces con mirada algo huraña. No en aquel momento. Su aliento desprendía los aromas de la noche. Fue entonces, cuando la prueba llegó a mi nariz, que entendí que todo era distinto.

“Ven, ven, ¿quieres un plato marroquí que he preparado?” Dudé. “Sí, he hecho demasiado y si no lo tendré que tirar.” Me convenció. Entré sin descalzarme y algo titubeante a su habitación por primera vez en medio año. Y entonces, llegó la confesión: “Esta noche he bebido demasiado… Yo soy una persona tímida y no tengo muchos amigos. Por eso también muchas veces a penas si te saludo. Normalmente soltaría un “Salut! Ça va?” y sería todo. Pero cuando bebo… Es diferente. Voy a ir al infierno por esto, los musulmanes no podemos beber alcohol”. Sin embargo, yo siempre había sospechado que él lo hacía habitualmente.”No, la última vez fue hace un mes. Cuando el porno”. Lo del porno fue un extraño episodio. Otra noche rara, en la que él llegó sobre las dos de la madrugada, entró a su habitación dejando la puerta abierta. Cinco minutos después, comencé a escuchar fuertes gemidos desde mi habitación que venían de la suya, inconfundiblemente se trataba de una película porno, estadounidense me atrevería a decir. El sonido era fuerte y yo estaba a punto de irme a dormir. Salí al pasillo y me planté frente a la puerta abierta de su habitación. Él estaba a oscuras, sentado a medias con los pantalones subidos y las manos sobre la mesa, frente al ordenador portátil, viendo la película X. “Mohamed, ¿puedes bajar el volumen, por favor?” Y entonces él respondió de la forma más extraña posible en una situación como esa. Tranquilamente y con voz clara, “Sí, por supuesto”. Unas palabras que, en ese contexto, resultaban del todo chocantes. Ahora sabía que estaba borracho y que él también era consciente de que la situación no era normal, prueba de ello es que aún se acordaba. Y quizás avergonzaba.

“Pero Mohamed, ¿tú de verdad crees que vas a ir al infierno?” Sí, claro. “¿Y entonces por qué bebes si sabes seguro que arderás entre llamas?”. Se quedó pensativo, mirando la cacerola y el extraño cocido con trocitos de carne de oveja halal, hirviendo. Lo miró fijamente hasta que volvió a mí y comenzó a sonreír, casi riendo. “Si te digo la verdad… ¡no lo sé! Soy muy tímido, y si no bebo me cuesta mucho hablar con la gente. Tu ya lo sabes, normalmente no soy demasiado amable”. Su sinceridad resultaba sorprendente. Cuando sobrio, era presuntuoso, chulesco, renegaba a medias de sus orígenes y aceptaba también a medias el país que le acogía. Él era marroquí o francés según lo que conviniese a cada momento, lo que le engrandeciese más a ojos de los demás en cada situación. Nunca, así, aceptaría su timidez ni su fracaso. Ahora lo hacía, asumía sus miserias y se ganaba mi respeto. Sentenció: “Pero ahora, por beber, Satán está en mí”. Pues yo me quedo con Satán, le contesté acordándome de alguien que dijo una vez que uno de sus mayores miedos era que Dios pudiera existir. Propuso que cenásemos juntos, lógico si me estaba invitando pero no tan evidente por la distribución de nuestras habitaciones. Como tendríamos que reorganizar el mobiliario, era tarde, yo estaba cansado y no borracho, dije que mejor lo dejásemos para otro día. Cerré la puerta no sin algún remordimiento. Al poco rato, tocó otra vez sobre mi puerta. Abrí. “¿Tú crees que debo afeitarme la barba?” Estás bien así, le contesté algo inseguro. “Vale, sólo era eso”. Y volvió a marcharse satisfecho.

Algo perturbado por la idea de que Satán fuese un tipo amable y simpático, recordando que lo que él consideraba normal era el Mohamed prepotente, asustado y huraño, tenía la sensación de haber recibido una lección en treinta minutos. Yo, que ya difícilmente podía ocultarle mi aversión por una infinidad de desencuentros, me daba cuenta de que en el fondo, tras las capas culturales, bajo las reglas sociales, bajo chándals Adidas y zapatillas Nike, había un hombre bueno que parecía sólo ser capaz de salir la luz cuando esas capas se mojaban de alcohol.

En la tarde siguiente, en el supermercado, tres chavales jóvenes, que gritaban, que jaleaban, tres chavales de peinados engominados y chándal de salir los domingos, se situaron en el final de la cola al mismo tiempo que yo lo hacía. Aunque, para que negarlo, se intentaban colar. Uno de ellos se preguntaba en voz alta si no había una cola menos “descargada”. Una incoherencia semántica que, tal y como la dijo, yo no pude reprimir una carcajada. Me miraron sorprendidos. La cola avanzó y uno de ellos me hizo un amable gesto de brazo acompañado de un “adelante”. No, no, respondí yo viendo que sólo llevaban una bolsa de patatas. “Merci”, ellos. Pagaron la bolsa de patatas y tres pequeños zumos de naranja que no había visto. Unas semanas antes, chavales de aspecto parecido intentaron robarme infructuosamente. Estoy seguro de que, borrachos, ellos también me hubiesen invitado a cocido marroquí. Reglas, apariencias, pieles de lobo, talones de Aquiles…

Written by ertziano

5 abril 2009 at 2:42 AM

Compañeros de viaje

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Sólo hablábamos para calmar el tedio del viaje. Chachareábamos como quien juega al fútbol, toma una siesta o ve la televisión. Sería una insensatez pensar que el televisor se jugaría la vida por nosotros, pero no por ello dejamos de pasar horas ante él, escuchándolo, observándolo. Al calor de sus imágenes . Ellos estaban allí. En el autocar, el avión o el tren. En el asiento de al lado, de enfrente o de atrás. Eran simpáticos, y comenzamos a hablar. Así llegaríamos antes a nuestro destino. No hablaríamos de nada importante, como la televisión tampoco lo hace, pero se haría de noche sin darnos cuenta, al menos. Al final del viaje quizás intercambiaríamos nuestros teléfonos, o nuestros correos, pero, seamos honestos, nunca volveremos a hablar. Y si sucede, muy probablemente será por cortesía.

No son amigos.Son compañeros de viaje. Accidentales. Prefieren estar al calor de unas palabras conocidas que permanecer en el frío del silencio entre la multitud. Pero no son amigos. Porque este es un término grande. Utilizado en balde, a menudo. Amistad y amor son gemelos confundidos con compañía. Novios que son compañeros. Amigos que son compañeros. Compañeros de viaje.

Cometía él a menudo el error de confundir también. Así primero descubrió que el amor no es una pareja que se besa, ni camina de la mano, o abrazada. No. Luego que la amistad no son dos personas que cada viernes por la noche quedan para salir, o la persona con la que comes cada día. No. Son compañeros, compañeros de viaje.

Cuando comprendió, la herida ya no sangró más.

Written by ertziano

14 marzo 2009 at 6:13 PM

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