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Sueños y espirales

Archive for the ‘personajes’ Category

Ella

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La aleatoriedad de las redes me condujo a sus palabras.

Sentí un pálpito al leer el texto. Veía definido cada milímetro de mí en él. Mi propio retrato. Hablaba de mí. Yo era cada una de sus palabras.

¿Dónde estaba esa persona? Tenía que encontrarla. Tenía que decirle que era yo a quién ella buscaba. Ella; porque ya sabía que era en femenino.

Apuntaba a Londres, vivía allí, pero sus orígenes en España. Había una foto. La abrí.

Quedé sin respiración, sin oxígeno, sin nada. No podía ser. Me había encontrado. O yo la había encontrado. No sé. Era ella. Allí estaba. Tan guapa, tan alegórica con su corazón de Los Amantes. Aparecida de la nada. Entrando en mi vida cuando yo ya me disponía a otras cosas. Y allí de vuelta. Ella. La de siempre. Su aliento, un eco que nunca me abandona y del que yo, a excepción de un paréntesis, siempre he rehuído. Me levanté, frenético, nervioso, caminando en círculos por la habitación vacía. Ella. Otra vez. Otra vez.

Ella.

Maldita sea. La descubro días después de abrir por casualidad una foto suya perdida en mi disco duro, y dudar, una vez más. Si no me había equivocado. Que lo que tenía que encontrar, lo encontré hace tiempo. Que ella lo tenía todo y que yo me lo había negado todo.

Apareció la nostalgia.

Seguí buscando. Los vídeos. Las cartas. Más fotos. Más e-mails.

No me reconocía en aquellas fotos, en aquellos vídeos, en aquellas palabras. Nunca he podido reconocerme lo que fui en ella. ¿Cómo pudo así convertirme? ¿Cómo lo hizo?

Ella.

Recuerdo el primer día, hace ya demasiados años.

Recuerdo el último, no hace tanto.

Recuerdo los medios.

Me enamoré cuando ella no lo sabía.

Desapareció.

Se enamoró cuando yo ya no quería.

La fortuna cruzó nuestros caminos, y vivimos en el cruce, y nos fuimos otra vez cada uno por su lado.

Pero ella nunca desapareció. Nunca guardó rencor y logró colocar su sombra tras la mía.

¿Por qué a mí? Ella lo tiene todo. Lo ha vivido todo. Y aún así, allá donde voy, allá donde el tiempo me manda, siempre me encuentra, siempre hay una palabra suya para decirme que aún me recuerda.

Me pregunto a veces si es la locura del genio lo que la conduce.

Me idealiza, quizás. No me conoce bien, pienso a veces, me conoce demasiado, pienso otras. Siempre sospeché de que no mirase nunca hacia atrás en las despedidas. Como queriendo retener a mi doble imaginado y no al real, que a su espalda la observaba un poco triste. Me desconcertaba con sus llantos inesperados. Me desesperaba con sus cartas perfectamente escritas que tanto me impedían descubrir sus emociones verdaderas. Sin exclamaciones, sin faltas, sin tacos. Me decía “cari”, y yo paciente, me quejaba una vez tras otra que no me gustaba que me llamase así; y no me hacía caso. Nos llevábamos a matar. Nuestros idealismos chocaban. Pero nos unían, precisamente, idealismos en extinción.

¡Está loca! Me han dicho alguna vez al comentar las locuras que llegó a perpetrar por mí. Y yo a veces lo dudo. A veces pienso que es posible, que es la única explicación que encuentro a la abnegación absoluta en alguien que nada necesita, que todo tiene.

Y le temo. Le temo porque sé que es de las pocas personas que han conseguido manejarme, que saben como lidiar conmigo. Porque una vez la encuentre, no le costará mucho abrazarme y hacerme suya. Lo sé, porque siempre lo consigue. Porque lleva mucho tiempo esperando y no se dará por vencida. Porque soy carne débil y podrá dominarme con habilidad.

Y creo que ella es un espejismo. Y no lo sé. Y pienso que ella es la mía, la verdadera, y que acabará por escaparse. Y no lo sé. Y yo sigo soñando en una nube que sólo es vapor. Y de viejo, le llamaré, y me odiará por haber tardado una vida en hacerlo, y me colgará.

Y no lo sé. Sólo que ahora está en Londres, y continúa esperándome. Eso es lo que sé.

y que siento un escalofrío inmenso al escuchar esta canción, en Madrid, aquella misma noche.

Written by ertziano

20 agosto 2009 at 2:35 AM

Publicado en paisajes, personajes

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#84 La vida es arte

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Caminaba con muletas, y no ocultaba su torpeza. Eran muchos los años que atesoraba pero ya desde su juventud le acompañó el bastón. A pesar, vestía bien y parecía coqueta. No compartía vida con pareja alguna, quizás por viuda, quizás por soltería madurada. Se sentó a mi lado porque esa era la butaca que le habían asignado, “La número sis”, aunque la sala estaba medio vacía. Se dirigió a mí en catalán, y yo hice lo mismo después de un año sin hablarlo .

Cuando acabó la obra, me dijo que le había gustado mucho. Que la había escrito el jefe del teatro.

– Yo es que veo todas las obras. Vengo siempre a este teatro, ¡con lo lejos que vivo!

Le ayudé a subir al bus y me senté a su lado, a escucharle.

– Si me quedase en casa, moriría. Viendo la televisión o haciendo cualquier otra cosa que no me enriqueciese. Casi no puedo caminar pero yo siempre busco donde ir, qué hacer. Aún recuerdo el año pasado cuando subí una de las pirámides de Egipto. Cogí al moro, le dejé las muletas y me dijo así con la mano que yo no podía hacer eso. No le hice caso, me fui y agarradita a la cuerda de las escaleras llegué hasta arriba. Aunque menuda estupidez después. Una tumba y poco más. Pero subí.

Me di cuenta de que en su catalán de muy buen acento intercalaba muchas expresiones castellanas. Es común; pero me parecía que ella lo hacía más de lo habitual.

– Es que yo, hijo, pienso en castellano y luego traduzco. Si, sí; soy castellana; mis padres eran castellanoparlantes y yo aprendí el catalán muy tarde. Pero un día, décadas ya hace, me lancé con el catalán. Desde entonces es con la lengua que hablo, y siempre escucho y veo Catalunya Radio y TV3; aunque pensar, sigo pensando en castellano.

Resultaba fascinante su filosofía. Sus hábitos activos y su vestimenta muy cuidada contrastaban fuertemente con su paso torpe al arrastrar su pierna. Su mirada, su rostro, reflejaba también algo de ese mal físico. Pero no se rendía ante nada.

– No tengo miedo a la muerte. Ya desde joven lo pensaba. Sí, en cambio, tengo miedo al sufrimiento, al dolor, pero no a la muerte. Cuando uno muere, ya no siente nada, ya no hay nada. Por eso no me dan pena los muertos sino los familiares, los que soportan ese vacío nuevo. Esos sí me dan pena.

– Tiene usted una postura muy epicúrea / dije yo al recordar un texto de Epicuro que precisamente hablaba de la muerte en un tono parecido.

– ¿Epicúrea? La primera vez que alguien me dice algo así. Me habían llamado vitalista, por ejemplo, pero nunca epicúrea. Me ha gustado. Me lo voy a apuntar, chico.

Y se bajó del bus, se apoyó en sus muletas y me dijo adiós con la mano a través del cristal; sonriente, feliz.

Written by ertziano

12 agosto 2009 at 12:42 AM

#83 Justicia alternativa

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Parla italiano? Parlez-vous italien?

Si. Parlo italino e francese. Oui. Je parle italien et français.

Parla francese? Parle-t-il/elle français

Sonaba de fondo Madredeus en uno de aquellos bonitos bares de la costa. Yo, enfrascado en mi sempiterno capítulo uno del métado de italiano, repitiendo como un loro; estirado en la eterna butaca de piedra de la playa de la Barceloneta; la playa que, aunque que le dicen fea, yo la quiero igual por haber dejado fundir mis lágrimas en su Mediterráneo. Por haber estado ahí, durante la última década, con su rumor, a las duras y a las maduras. Además, qué demonios, ¡qué no es fea!

Le vi venir en semejante situación, a pocos metro de mí. Sonriente, mientras sostenía una bandeja de cartón cubierta con un pañuelo de cocina a cuadros verdes. Su paso era extraordinariamente relajado, aunque conservando siempre su atención sobre el objetivo. La destapó, la bandeja, y me mostró un montón de pastelitos de chocolate con nueces. Cuando ya estaba a mi lado.

– ¿Quieres? Seguro que te va bien para el italiano/ me dijo con tono confiado, queriéndome hacer reír. Y lo hice. Reí, aunque no entendía del todo bien su proposición.

– Pero, cómo. ¿Los regalas o algo?/ Pregunté, naïf como de costumbre, con ironía dudosa.

– Bueno… A veces los regalo pero como me lo has preguntado, ya no/ carcajeó sin estridencia/ te doy una por un euro/ Hablaba deprisa, sin dudar demasiado y escogiendo bien, muy bien, el tono y las palabras. Sin ocultar nunca la mirada, ni la sonrisa. Se le veía bien majo al chaval; joven, alto y moreno. De aspecto sencillo. Poco orgulloso aunque, seguramente, muy digno.

– Es que ahora mismo no me apetece/contesté, sin mentir una pizca.

– Bueno, no pasa nada. Otra vez será… ¿Quieres un pastelito de chocolate? Son a un euro/ Preguntó inmeditatamente a un niño que andaba por allí cerca, sin perder un momento. El niño, sin palabra mediante, se alejó poco a poco con paso dubitante, como para preguntar a sus padres. Cuando les alcanzó, él me dijo:

– Será mejor que le acompañe/ y me dejó.

No tuvo éxito con sus pastelitos; ni con los padres del niño ni con el grupo de americanos que se autofotografiaba al lado. Y pasó por mi lado, en busca de clientes potenciales en las butacas traseras.

le dije/ -yo creo que deberías venderlos a cincuenta céntimos o algo así. es que un euro es un poco caro viéndolo tan pequeño.

– ¡pero es que el chocolate que le he puesto es muy bueno!

– ya, pero la gente no tiene ni puta idea de como es el chocolate. casi mejor que pusieses uno menos bueno pero más barato el pastelito.

– pruébalo, y ya verás lo bueno que es el chocolate… y luego me das el euro /sonrió pillo.

– Bah, da igual. es que no me apetece, de verdad, y después voy a cenar.

– Bueeenoo…

Y preguntó a las mujeres mayores, hablando en catalán, que habían en el asiento detrás del mío. Él se dirigió a ellas en catalán con acento.

– (en catalán) Es que chico, ahora no nos lo vamos a comer.

– (también) bueno, no hace falta que se lo coman ahora, señoras. Me lo pueden comprar y se lo comen mañana viendo Ventdelplà.

Yo entonces solté una sonora carcajada. ¡Menuda ocurrencia! Ventdelplà es una célebre serie de televisión de TV3, la televisión de Catalunya, en el horario de sobremesa. Como una telenovela a la catalana. Mucha gente aquí la sigue. Es verdad, aquellas señoras, con aire marujón, tenían toda la pinta de verla. ¡Ventdelplà!

Y entonces vino por sopresa otra vez y me ofreció la bandeja por el costado opuesto al anterior.

– Toma, coge uno, anda.

– ¿Me lo das?

– Sí, cógelo.

– Joder, muchas gracias, tío.

Y lo cogí. Y aún sorprendido, cuando él ya se alejaba, le grité.

– ¡Oye! Si el chocolate es del bueno, la próxima vez que te vea, ¡te doy el euro!

– ¡Vale!

Y el chocolate, es verdad, estaba muy bueno. Además mezclado con un azucar grueso que se notaba con leve crujir, lo hacía perfecto junto con la nuez de la capa superior.

Seguí con mi italiano mientras le observaba. Se detuvo después con una chica. Llevaba ya ¡diez minutos para venderle un pastelito! Buscaba ella algo en su bolso, quizás el monedero. No encontraba. Soltó él la bandeja sobre la arena y buscó algo en la mochila. Quizás también su cartera. Y la encontró, y quizás cogió un euro y quizás se lo dio a ella. Y ella, entonces, quizás le dio ese mismo euro y él el pastelito. Y quizás, ella le escribió el teléfono en la servilleta del pastelito. Y además, y eso sin quizás, él le dio dos besos, y se fue, contento.

Después tocó a un grupo, con el que habló también largo tiempo. No pareció vender pastelito alguno. Llamó por teléfono a alguien, habló media hora lo menos. Y pensé que quizás ya se habría podido gastar lo que había ganado en la tarde con aquella llamada. Desarapareció luego en el horizonte.

Acabé con el primer capítulo del método. Si volvía a coger el libro en menos de cuarenta y ocho horas, es posible que por fin comenzase con el capítulo dos. Si no, tendría que volver a repasar el primer capítulo como había hecho ya mil veces. Miré el reloj y ya era un poco tarde. Recogí las cosas y me fui paseando por la orilla.

Le vi, hablando de grupo en grupo. Me paré ante él cuando practicaba su persuasión.

– Toma, el euro. Estaba muy bueno y te lo prometí.

– ¡Muchas gracias!/ sorprendido y sonriente, muy sonriente.

– La gente buena merece su recompensa/dije yo casi inaudible; y pensé divertido que aquel euro estaba justamente compensado con los libros que el día antes tomé prestados de El Corte Inglés. Imaginé que era una forma, a mi manera, de hacer justicia con el sistema éste que resulta un poco injusto.

El grupo cobaya rió; mi llegada les había parecido muy extraña.

– Venga tíos… estáis compinchados, ¿no?

– No, no, de verdad/ y les expliqué por qué le daba entonces un euro.

Me fui, y él, a lo lejos, me gritó.

– ¡Mañana te doy otro sin que me pagues!

– ¡Hasta mañana entonces!

Written by ertziano

10 agosto 2009 at 12:54 AM

Pensamientos de seda

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Eran las 8 de la mañana. Lo sé porque hacía unos minutos, a las siete y media, me había despertado sin previo aviso. Unos picores insoportables por todo el cuerpo unidos al calor sofocante habían obligado a mi cerebro a enviar la orden de abrir párpados. Mierda. Tenía ganas de levantarme porque de ninguna manera podía volver a recuperar el sueño en aquel horror de mañana. Pero el sueño que aún tenía me impedía cualquier movimiento con el fin de iniciar la jornada. Me fui al sofá, desterrado de mi propia habitación por un ejército de insectos voladores. Raudo, en un entorno más fresco y lejos de seres chupasangres, cerré los ojos y volví a un país nuevo de la otra realidad.

Qué extraño me resultaba encontrarla allí. Estábamos en un tren; yo, ella y su madre. No sé por qué. Cuando hablaban entre ellas, yo no comprendía nada; del árabe no había podido aprender más que a escribir y leer unas pocas letras. En cambio, ella se dirigía a mí en francés, a través de su velo y una pudorosa distancia, y entonces era su madre la que no comprendía.

La situación era rara. La conocí en aquel pasadizo universitario, buscando un aula. Ajeno a diferencias culturales, le pregunté rápidamente, sin dudar, pelín hechizado, que de dónde era. Ella pareció sentirse ofendida y un eco a mi espalda dio una explicación. La voz, una mezcla de francés, inglés y mucho árabe, amigablemente me indicaba que aquella joven doncella que rondaba mi edad era su mujer. Pero no lo dijo de una forma agresiva en absoluto, era símplemente una indicación, como la de la presión atmosférica del día. Fue aquella primera reacción la que hizo que yo la desconsiderase desde entonces, por su extrema sumisión que yo casi despreciaba. La relación con la pareja y otro chico, éste de orígen sirio de mi edad y también casado, fue haciéndose cada vez más estrecha. Ella me trataba y hablaba cada vez con más normalidad, como un amigo de la “pandilla”, pero yo no olvidaba aún aquella primera reacción tan desagradable. También en alguna ocsasión, cuando él, su marido, me dejaba solo con ella, algo que yo interpretaba como muestra de la confianza que él tenía en mí; yo, por inercia, tendía a acercarme, y ella siempre reculaba manteniendo exactamente la distancia a la que su marido nos había dejado, si no mayor. Y cuando nos encontrábamos por azar solos en la calle, yo la notaba siempre nerviosa aunque tan radiante como de costumbre.

Y allí estábamos: Ella, su madre y yo, en un compartimento particular de un tren. ¿Por qué? ¿Qué hacían una chica palestina y su madre con un español atravesando tierras desconocidas? ¿Adónde íbamos? ¿De dónde veníamos? ¿Por qué hacíamos aquel viaje? No lo sé; todo formaba parte de esa otra realidad que obedece lógicas diferentes. Sólo sé que ella mantenía la vieja distancia, frente a la atenta mirada de su madre, pero su rostro, sus ojos radiaban un sentimiento diferente que yo no me atrevía a interpretar en aquel momento. Sé que hablábamos de un viaje anterior, también en tren, en el que nos acompañaba su madre como entonces y quizás su marido. Ella se acercaba cada vez más, siempre con mucho recato. Yo le decía, con toda la delicadeza y el cariño que podía demostrarle, que no me gustaba esa sumisión que había observado en ella, que se había casado demasiado joven, que tenía aún una vida por vivir y transgredir, que fuese muy consciente de que ella no era menos digna que un hombre, que nadie tenía ningún derecho sobre ella y que debía luchar. Que si legalmente quizás no era posible, que fuese consciente de que el sistema era injusto, en la intimidad al menos. Ella me escuchaba sin, a decir verdad, hacerme mucho caso. Conocía ya muy bien mis ideas, las había rumiado, se notaba… Pero necesitaba tiempo y yo quizás no me daba cuenta de ello. Ambos veníamos de mundos muy distintos y ambos teníamos que aprender cosas el uno del otro. Ambos.

Su madre salió un instante del departamente por una urgencia. Ella inmediatamente tomó mis dos manos en el aire y me miró directamente a los ojos como nunca antes se había atrevido.

– “Me gustó mucho hacer contigo el otro viaje”.

E interpreté entonces su mirada, su sonrisa, el calor de sus manos. Sentí todo lo que ella no podía decirme en palabras o con otras formas que violasen su ley. Lo supe, estaba seguro, no había duda, y para hacérselo saber, que había entendido su mensaje, cubrí yo entonces sus manos y el gesto en mi mirada intentó decírselo todo sin decir nada, sin rozar nada.

Y me vino la idea, la extravangante idea ahora mientras lo recuerdo, de que si era necesario convertirse al Islam y rezar mirando a la Meca todos los días; yo lo haría, si por estar con ella había de hacerlo.

Acompañado de este última promesa, me desperté entonces en el sofá; en la cocina que también era comedor. Había ya cierto ajetreo en aquel instante pero conseguí retener las imágenes en mi cabeza, en mitad de la confusión inicial que conlleva despertarse en un sofá. Y me pregunté si Oniria se había colado en mis sueños a través de una picadura y que, oculta tras un velo, había querido probarme en aquella noche de calor.

04/08

Written by ertziano

5 agosto 2009 at 3:38 AM

El viejo y el mar

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En la estación de Lucciana bajamos de aquel pequeño tren, viejo, como de otra época. No iba a vapor pero casi. Funcionaba con gasolina y el estruendo del motor lo inundaba todo. Parecíamos transportarnos en una máquina del tiempo cada vez que nos subíamos a él. De hecho, una de sus vías principales, la que conectaba el norte con el sur de la isla, fue destruída durante la segunda guerra mundial, y aún continuaba en el mismo estado. En los largos viajes que en realidad no eran más que de unos pocos kilómetros, recorriamos el pefil de aquellas montañas enormes y sólo asormarse por la ventanilla producía vértigo, especialmente cuando un rebaño de cabras, o vacas incluso, ocupaban las vías y el tren tenía que detenerse hasta que la salvaje naturaleza decidiese aclarar el camino. Si no fuese porque Napoleón nació en aquella isla, y cuando llegó a París sólo hablaba corso, los corsos encontraban pocas razones para albergar en ellos algún sentimiento francés. A duras penas podía reconocer a Europa en la isla, mucho menos a Francia. Sólo imaginar el contrastre que habría entonces en los “Département d’outre-mer (DOM)”, lad diminutas islas del caribe y del sur de África que, oficialmente también eran Francia, me hacía pensar de lo absurdo de algunas fronteras.

Desde la estación caminamos unos diez kilómetros hasta el aeropuerto, con su altisonante nombre de Aeropuerto Internacional Bastia-Poretta. Habían un máximo de tres o cuatro vuelos diarios y el nuestro no saldría hasta la tarde del día siguiente. Una placa, empero, señalaba que el autor del Principito, Antoine de Saint-Exupéry, había volado desde aquel aeropuerto en uno de sus últimos viajes. Comenzaba a tener la sensación de que la sombra de Saint-Exupéry me preseguía. Llegamos con un día de antelación porque, como digo, los trenes eran muy poco confiables y tomar el único que llegaba antes de nuestro vuelo en el mismo día resultaba demasiado arriesgado. Nos esperaban unas veinte horas en aquel lugar.

En las primeras decidimos preparar bien nuestras mochilas. No íbamos a facturar nada y todo sería equipaje de mano. Todo lo necesario para vivir una semana en una isla, fuera de hoteles y circuitos, iba en aquellas mochilas y parecía imposible que pudiesen caber en dos bultos de 50x40x25 cm. Además, ¿y las navajas? ¿y los clavos larguísimos de la tienda de campaña? En barco, que es como habíamos llegado días antes a la isla, no había problema alguno pero en avión, ya se sabe, todo es distinto. Suerte que, cuando pasé la mochila por el scanner, la vigilante reía mientras flirteaba con su compañero, y no se dio cuenta de nada… Al jesuíta le quitaron la bolsa de los champús -la llevaba en la mano-. Cuando vi que tiraron también mi carísimo dentrífico Bio robado del Carrefour, fui inmediatamente a la papelera y logré salvarlo de la quema.

Sin embargo, fue en la noche anterior cuando lo más interesante sucedió. Desde que llegamos, teníamos claro que, con todas las horas que teníamos por delante, lo mejor sería entablar conversación con algunos de los caminantes del GR20, un bello pero duro sendero de 200kms que atraviesa la isla de arriba a abajo. Sus pieles quemadas les delataban. El primero de ellos fue un alemán de unos 30 años, fanático de los deportes de aventura y que durante la semana trabajaba en una empresa como diseñador de pegatinas publicitarias. Leía un libro sobre un hombre que intentaba enamorar a mujeres con formas estúpidas y absurdas. Parecía divertido. Le ofrecimos unas galletas, que era, en fin, lo único de comida que nos quedaba hasta el día siguiente por la tarde, cuando llegásemos a París. Aceptó y, sabiendo por experiencia propia de la escasez de alimentos en estos viajes, cogió una, la partió por la mitad y nos dio la otra. Nosotros, a su vez, cogimos esa mitad, la volvimos a divir, y nos comimos un cuarto de galleta cada uno. Seguimos hablando un rato más y se fue, estaba muy cansado.

Volvimos al campamento base que conformaban una de aquellas hileras de cuatro o cinco asientos del interior del aeropuerto. Sobre ellos teníamos nuestras mochilas, botellas de agua, ropa sucia, algunos libros. Me senté y volví a mi italiano, repasando la primera lección. Por encima del libro observé que un hombre, de entre 40 y 50, pelo blanco y largo recogido con una coleta y con aspecto eminentemente alemán me miraba fijamente. Quería hablar. Me producía curiosidad pero yo, en ese momento, necesitaba un descanso y bajé la mirada. Una pareja que estaba frente a nosotros ya dormía sobre otra hilera de asientos. Yo, rendido, hice lo mismo y me tendí sobre la mía. Unos diez minutos después alguien se dirigió a mí con un “mesier” y sentí unos golpecitos sobre mi hombro. Abrí los ojos. “¿Habla usted francés?” “Oui, ¿por qué?” El señor, uniformado en negro, pareció suspirar cuando respondí que sí hablaba su lengua. “Disculpe señor, buenas noches. El aeropuerto cierra a medianoche y deben desalojar la sala. Por favor, ¿podría comunicárselo a las otras personas?”. Me quedé pensativo, insistí en alguna excepción, alguna posibilidad para no tener que dormir otra vez a la intemperie. No había manera. El jesuita fue a hablar con el alemán de antes y yo me dirigí al señor de enfrente. Quizás por cansancio o quizás porque dormir en los alrededores de un aeropuerto es muy diferente a hacerlo en mitad del monte, pocos fueron los que no respondieron con aspereza al guardia del aeropuerto.

Aquel hombre de coleta blanca, sin embargo, sonreía con inmensa tranquilidad. Yo incluso creía que no había entendido bien la situación. Se la volví a explicar y sólo alcanzaba a decir “¿y qué podríamos hacer?” Barajamos varias posibilidades. Desde caminar algunas decenas de kilómetros y encontrar alguna playa o adentrarnos en algún bosque para plantar nuestra tienda, hasta la posibilidad de pasarnos por un hostal que nos cruzamos en la carretera. Pero no lo habíamos hecho en una semana así que tampoco lo haríamos en el último día.

Casi todo el mundo pareció decidir que lo más sensato era pasar la noche en el parking del aeropuerto. Así, los bancos que estaban fuera, se fueron ocupando paulatinamente con alemanes embutidos en sacos de dormir . Me di una vuelta y encontré dos más algo alejados de la puerta principal, frente a una entrada que parecía ser de personal. El hombre satisfecho se sentó en uno y el jesuita en el otro. Yo dormiría en el suelo sobre una colchoneta inflable. Todos contentos. Fue entonces cuando entablamos conversación con aquel maestro de la paz interior mientras intercambiábamos nuestros últimos restos de comida. Nos ofreció, además, una Corsica Cola, la competencia directísima de Coca-Cola en la isla. Él estaba casado y trabajaba con un grupo de chicos con Síndrome de Down. Les ayudaba a tratar con situaciones normales de la vida diaria. Caímos en el tópico de comentar que a veces la inocencia y la pureza de estas personas son verdaderas lecciones para los “normales”. Observé que, cada vez que preguntábamos o comentábamos algo, él callaba unos segundos, unos largos segundos, como masticando bien la pregunta o esperando a encontrar la respuesta adecuada. A veces, incluso, creía que no me había escuchado o que estaba, sencillamente, desconectado. Pero entonces, comenzaba a hablar con una voz muy baja, como un murmullo, con una calma absoluta, sin querer llamar la atención de ningún modo posible. “Puede ser, pero lo cierto es que en ocasiones te gritan sin tú entender por qué y parecen convertirse en completos desconocidos”. ¿Pero crees que les entiendes de una forma especial y por eso trabajas con ellos? . Silencio. “No lo sé, creo que no, pero disfruto haciéndolo. Antes me dedicaba a algo totalmente distinto, a la finanzas, pero estaba cansado de la vida que llevaba. Mi mujer me animó a imprimir un cambio en mi vida y encontramos este empleo. Ahora me siento bien.”

Me gustaba porque el hombre decía lo que pensaba él de verdad, su discurso era sincero, no se guiaba por pautas, era su propia voz la que oíamos, no la de lo que le debía a su posición. Quizás por eso tardaba tanto en responder, porque tenía que navegar entre un mar de respuestas prefabricadas para encontrar la suya, la verdadera, la buena.

Hablamos más sobre sus viajes. Resultaba extraño que, estando casado y con hijos, la mayoría de ellos los hacía solo. Además, llevaba únicamente lo más estrictamente necesario; ropa y algún útil. Ni siquiera un móvil. Ésto me llamó mucho la atención cuando lo comentó y le pregunté sobre ello.

– ¿Pero ni siquiera un libro, música? ¡¿un teléfono?!

– No, nada – decía tranquilo, sin inmutarse.

– Pero yo no podría. Hay momentos en los que te sientes muy solo, o muy lejos de todo y necesitas un refugio, ya sea un libro, una canción on una libreta que te transporte a algún hogar imaginario por algunos minutos.

– [silencio] A mí me parecen distracciones. [silencio]. Cuando voy a otro sitio, quiero olvidar todo lo que dejo atrás y sumergirme allá donde estoy. Quiero estar solamente ahí. [silencio]. [fin].

– Pero entonces, a veces puedes pasarlo bastante mal. Solo, en mitad de un lugar desconocido, sin nada en lo que refugiarte.

– [silencio] [silencio] … yo ya no viajo para pasármelo bien (literalmente, enjoy). [silencio]. Para mí viajar es una forma de ver, descubrir, aprender y eso, a veces, está muy reñido con lo de pasárselo bien. Hay que gente que viaja para confirmar sus prejuicios. Yo quiero evitar, precisamente, que eso me ocurra a mí. Quiero observar, mirar, sin pensar nada más, sin juzgar. Por curiosidad.

Abrí los ojos a las seis de la mañana y le vi sentado en el banco, sin la mochila, que él ya había facturado mientras dormíamos a pleno sol. “Sólo quería deciros good morning and… goodbye”. Le di la mano, intentando expresarle con aquel gesto que había merecido la pena conocerle, que le estaba agradecido al destino por ello.

En aquella mañana, hasta que cogimos el avión, pasaron aún cosas interesantes (¡incluso conocimos a un miembo del Frente Nacional de Liberación Corso -FNLC-, una especie de ETA corsa en pequeño!). Pero las últimas palabras de aquel hombre se me habían quedado grabadas en la memoria y no podía dejar de pensar en ellas: Maldita sea, acuñamos con tanta facilidad expresiones como “viaje de placer” que hasta ahora no había sido consciente de que, en su sentido más puro, la expresión podría ser hasta contradictoria en sí misma. Y es que pretendemos llevar nuestra burbuja a todas partes, nuestros prejuicios, nuestras lecciones viejas y observar la realidad a través de esos clichés. Filtrando y seleccionando, incluso, para encontrar ejemplos aislados de aquello que nos hacemos creer a nosotros mismos que lo es todo. ¡Cuántos científicos han falseado insconscientemente experimentos porque no se ajustaban a sus cálculcos! ¡Han negado la realidad porque no se ajustaba a la idea que tenían de ella! Pues imaginemos entonces la distorsión que debe sufrir en nuestras mentes, en nuestras percepciones acientíficas.

En cierto modo, la idea del hombre, de aquel sabio alemán, podría aplicarse más allá del sentido estricto del viaje, y estoy seguro de que él ya lo sabía. Podría tratar la relación misma del hombre con el mundo. De como nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros gustos conforman diariamente una idea de realidad que poco puede tener que ver con la verdadera. De como, a veces, tomamos la foto antes incluso de observar el cuadro o de deleitarnos con el paisaje. Impacientes por llegar a la meta sin saborear el camino, sin conocerlo en realidad.

William Blake – Auguries of Innocence

To see a world in a grain of sand,
And a heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand,
And eternity in an hour.

[…]

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el cielo en una flor silvestre,
Sostener el infinito en la palma de tu mano,
Y la eternidad en una hora.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 8:34 PM

Al otro lado del río

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“Satán está en mí” me dijo no sin tener que repetirme la palabra “Satán” una segunda vez, era la primera vez que la escuchaba en francés y quizás también la primera en cualquier idioma dentro de semejante contexto. “Nosotros, los árabes, no podemos beber alcohol. Perdemos la cabeza, hacemos cosas que no deberíamos”.

Había llegado tarde, por encima de la medianoche, algo poco habitual en él. Salí al pasillo y enseguida me saludó, más efusivo de lo habitual. Yo me iba, pero me retuvo. ¿No has ido a la fiesta? La que había abajo. Oh, mierda, lo había olvidado, contesté. Normalmente, cuando nos cruzamos, él siempre me saluda serio, indiferente, con ojos neutros y a veces con mirada algo huraña. No en aquel momento. Su aliento desprendía los aromas de la noche. Fue entonces, cuando la prueba llegó a mi nariz, que entendí que todo era distinto.

“Ven, ven, ¿quieres un plato marroquí que he preparado?” Dudé. “Sí, he hecho demasiado y si no lo tendré que tirar.” Me convenció. Entré sin descalzarme y algo titubeante a su habitación por primera vez en medio año. Y entonces, llegó la confesión: “Esta noche he bebido demasiado… Yo soy una persona tímida y no tengo muchos amigos. Por eso también muchas veces a penas si te saludo. Normalmente soltaría un “Salut! Ça va?” y sería todo. Pero cuando bebo… Es diferente. Voy a ir al infierno por esto, los musulmanes no podemos beber alcohol”. Sin embargo, yo siempre había sospechado que él lo hacía habitualmente.”No, la última vez fue hace un mes. Cuando el porno”. Lo del porno fue un extraño episodio. Otra noche rara, en la que él llegó sobre las dos de la madrugada, entró a su habitación dejando la puerta abierta. Cinco minutos después, comencé a escuchar fuertes gemidos desde mi habitación que venían de la suya, inconfundiblemente se trataba de una película porno, estadounidense me atrevería a decir. El sonido era fuerte y yo estaba a punto de irme a dormir. Salí al pasillo y me planté frente a la puerta abierta de su habitación. Él estaba a oscuras, sentado a medias con los pantalones subidos y las manos sobre la mesa, frente al ordenador portátil, viendo la película X. “Mohamed, ¿puedes bajar el volumen, por favor?” Y entonces él respondió de la forma más extraña posible en una situación como esa. Tranquilamente y con voz clara, “Sí, por supuesto”. Unas palabras que, en ese contexto, resultaban del todo chocantes. Ahora sabía que estaba borracho y que él también era consciente de que la situación no era normal, prueba de ello es que aún se acordaba. Y quizás avergonzaba.

“Pero Mohamed, ¿tú de verdad crees que vas a ir al infierno?” Sí, claro. “¿Y entonces por qué bebes si sabes seguro que arderás entre llamas?”. Se quedó pensativo, mirando la cacerola y el extraño cocido con trocitos de carne de oveja halal, hirviendo. Lo miró fijamente hasta que volvió a mí y comenzó a sonreír, casi riendo. “Si te digo la verdad… ¡no lo sé! Soy muy tímido, y si no bebo me cuesta mucho hablar con la gente. Tu ya lo sabes, normalmente no soy demasiado amable”. Su sinceridad resultaba sorprendente. Cuando sobrio, era presuntuoso, chulesco, renegaba a medias de sus orígenes y aceptaba también a medias el país que le acogía. Él era marroquí o francés según lo que conviniese a cada momento, lo que le engrandeciese más a ojos de los demás en cada situación. Nunca, así, aceptaría su timidez ni su fracaso. Ahora lo hacía, asumía sus miserias y se ganaba mi respeto. Sentenció: “Pero ahora, por beber, Satán está en mí”. Pues yo me quedo con Satán, le contesté acordándome de alguien que dijo una vez que uno de sus mayores miedos era que Dios pudiera existir. Propuso que cenásemos juntos, lógico si me estaba invitando pero no tan evidente por la distribución de nuestras habitaciones. Como tendríamos que reorganizar el mobiliario, era tarde, yo estaba cansado y no borracho, dije que mejor lo dejásemos para otro día. Cerré la puerta no sin algún remordimiento. Al poco rato, tocó otra vez sobre mi puerta. Abrí. “¿Tú crees que debo afeitarme la barba?” Estás bien así, le contesté algo inseguro. “Vale, sólo era eso”. Y volvió a marcharse satisfecho.

Algo perturbado por la idea de que Satán fuese un tipo amable y simpático, recordando que lo que él consideraba normal era el Mohamed prepotente, asustado y huraño, tenía la sensación de haber recibido una lección en treinta minutos. Yo, que ya difícilmente podía ocultarle mi aversión por una infinidad de desencuentros, me daba cuenta de que en el fondo, tras las capas culturales, bajo las reglas sociales, bajo chándals Adidas y zapatillas Nike, había un hombre bueno que parecía sólo ser capaz de salir la luz cuando esas capas se mojaban de alcohol.

En la tarde siguiente, en el supermercado, tres chavales jóvenes, que gritaban, que jaleaban, tres chavales de peinados engominados y chándal de salir los domingos, se situaron en el final de la cola al mismo tiempo que yo lo hacía. Aunque, para que negarlo, se intentaban colar. Uno de ellos se preguntaba en voz alta si no había una cola menos “descargada”. Una incoherencia semántica que, tal y como la dijo, yo no pude reprimir una carcajada. Me miraron sorprendidos. La cola avanzó y uno de ellos me hizo un amable gesto de brazo acompañado de un “adelante”. No, no, respondí yo viendo que sólo llevaban una bolsa de patatas. “Merci”, ellos. Pagaron la bolsa de patatas y tres pequeños zumos de naranja que no había visto. Unas semanas antes, chavales de aspecto parecido intentaron robarme infructuosamente. Estoy seguro de que, borrachos, ellos también me hubiesen invitado a cocido marroquí. Reglas, apariencias, pieles de lobo, talones de Aquiles…

Written by ertziano

5 abril 2009 at 2:42 AM

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La italiana llevaba esperando treinta minutos (se adelantó, yo me retrasé diez) y, cuando le dije que aún había alguien que venía, su rostro no reflejó excesivo entusiasmo. Llegó entonces ella, la sempiterna irregular y fantasmal eslovena, con su compatriota amiga visitante. En un solo instante me di cuenta de que aquello no iba a funcionar. Se saludaron entre ellas, fríamente. A penas un escaso hola en idioma indefinido. Con cierta ironía, les volví a presentar, intentando distender y que fuesen algo más efusivas. En vano. Como si ambas partes se declarasen mutuamente, en dos o tres miradas, que hubiesen preferido que la otra no estuviese allí.

Entramos a la galería. La eslovena y su compatriota avanzaban independientes, adelantadas. La italiana junto a mí. De todas formas, todas marcaban paso rápido. A penas si se detenían a observar las fotografías y a mí, que había propuesto la visita, no me gustaba aquel ritmo. La fotografía es un arte tan digno como la pintura, y como éste, merece cierta contemplación, cierto sumergimiento. Nada. Dejé a todas a su libre paso y yo continué con el mío. En pocos minutos las perdí de vista. Cuando acabé con la primera parte de la exposición, me dí cuenta de que ni siquiera estábamos en la misma planta del edificio.

Con un punto de desasosiego, continué mi visita. Observé que habían otros, quizás los menos, que recorrían solos también la exposición. Muchos de ellos llevaban un cuaderno (Moleskine casi siempre) con el que hacían algunos esbozos a lápiz de algunas de las fotos. No pocos. Me pregunté por qué lo hacían. Si no sería más interesante acudir a la propia fuente, a la calle, y dejar que sus propios ojos y su cerebro fuesen los que interpretasen la realidad. Y no reinterpretar la muy subjetiva de otro con su cámara. Y digo que me preguntaba, no juzgaba, ya que al mismo tiempo me parecía interesante y no me faltaron ganas de ponerme a hacer lo mismo, si no fuese por el sentido del absurdo antes mencionado. También me apetecía tener una Moleskine y no una de mis libretas robadas.

La encontré a ella, a la italiana. Ya había visitado todas las salas, me acompañó igualmente a las que a mí me faltaban. La comunicación era, en ocasiones, bien complicada, ya que a ella le costaba enormemente construir una frase y a mí no siempre me entendía (culpa mía muchas veces también, claro). Sin embargo, después de haber yo vivido episodios similares cuando llegué aquí (ella había aterrizado hacía no más de una semana), sabía que lo peor respuesta era un rictus extraño de incomprensión. La sonrisa es un gran sofá sobre el que sentarse, descansar, y hablar sin tapujos. Y yo sonreía cuando veía que la comunicación no avanzaba. Y ella entonces encadenaba, y continuaba.

Recibí un SMS. La eslovena y su compatriota ya estaban fuera. Me preguntaba ella en el mensaje si quería que nos esperasen. Sí, le contesté. Salimos y le pregunté a la sempiterna sobre la exposición. “Esperaba más para la reputación de esta galería. Sólo había uno o dos fotografías que me gustaban de verdad”. Su respuesta no me cogía por sopresa. Intransigente y cerrada sobre sí misma, bien podía haber dicho eso como todo lo contrario. Poco importaba. En el fondo siempre sería una respuesta con objeto de llamar la atención, de resaltarse, de subrayarse, de automarginarse voluntariamente. Que no pareciese preguionizada. Y estaba bien. Pero a veces se echaba en falta cierto grado de normalidad, o humanidad, o humildad. Sin embargo, su amiga parecía más de mi opinión. A ella también le gustó mucho la fotografía que, como de casualidad, parecía evocar una famosa pintura de Monet en un charco vulgar.

Fuimos a una tienda de ropa de segunda mano que querían visitar la irregular y su amiga. La italiana fue algo reticente pero finalmente acabó por ceder. Una decepción, caro y antiestético. Un timo, como todo lo que tiende al alternativisimo. Después de esperarlas cuarenta y cinco minutos, decidí por probarme unas camisas de cinco euros. La italiana se ofreció para cogerme el abrigo mientras lo hacía. En medio de todo esto, la eslovena y su amiga, desde la calle, dijeron, a bote pronto, que se iban, sin más. Pues adiós, hija mía.

¿Qué te han parecido las chicas estas? Le pregunté a ella. “Pues… Muy frías. No son como los italianos, o los españoles. El carácter latino”. No sé por qué pero noté que a la chica estaba le estaba cayendo bien, a pesar de saber yo que vivíamos en las antípodas intelectuales. Pero qué poco importa el intelecto a veces… Me dijo ella que mañana iría a la discoteca y, sin yo negarme en rotundo, dejé ver que probablemente no iría. Ella me dijo que ya había comprado la entrada. Pero yo igualmente no iría porque no me apetecía en absoluto acostarme más a las seis de la mañana y levantarme a las tres del mediodía y, además, resultaba un poco cara.

Así acabó el día a las siete y media de la tarde, como una suave brisa que no deja huella, y si la deja, el regusto amargo vendría después, al tener la certeza de que, al día siguiente, no me quedaría otro remedio que ir solo a visitar la exposición que quería ver. Joder, qué malditamente antagonista es la gente. Parece uno siempre obligado a pertenecer a un solo bando infranqueable, asumiendo siempre sus ritos y sus enemigos.

Written by ertziano

12 febrero 2009 at 1:44 AM

Polyglot

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Vincent Plyglot, así se hacía llamar. Los que allí se encontraban pasaban ante él como si fuese uno más pero aquel hombre, de unos 30 y con apariencia de estar acostumbrado a charlar durante horas sobre la barra de una bar, aquel, digo, era el culpable de que más de cien personas de multitud de nacionalides diferentes estuviesen reunidas en aquel local.

“La muerte del club seran los propios franceses”, me decía él. Se trataba de un encuentro enfocado al intercambio de idiomas. “En Francia no debes promocionarte para los franceses porque estos ya vienen solos. Yo, lo que hago es colgar carteles con la pregunta -¿Quieres mejorar tu francés?- Y así te aseguras a los extranjeros”. ¿Y cómo pagas la impresión de anuncios, flyers y demás si la entrada es gratuita? “Pues organizamos fiestas de pago, body language”, apuntillaba con sonrisa socarrona. Más tarde me comentaría que el bar les daba cierto porcentaje de las consumiciones. Primero me habló de un 10%, luego, sin darse cuenta cambió la cifra a un 30%. ¿Eso cuanto es en euros? “Cincuenta y como los repartimos entre dos, pues para pagarte un café casi… En Madrid (Metro Opera – Bar España) sí que ganan bien. Cien euros por noche. Allí se pueden juntar quinientas personas. De hecho, fue de mi viaje a la capital de donde saqué la idea”. Volvió a París y comenzó él solo a montar el club. ¿Y cuantas personas acudieron el primer día? “Una, yo” ¿Y el segundo? Dos. “Después cinco y así fue creciendo hasta lo que ahora es. Un día te das cuenta de que ya puedes negociar un porcentaje con el bar”

Hoy era un día especialmente concurrido. “Nos llamaron del canal cultural franco-alemán Arte, dijimos que sí, y ayer hablaron de nosotros” El club funciona en China (allí me presentaron a su promotor que me confesó que no había tenido mucho éxito. Admitía también que tampoco le había puesto mucho interés), Rusia, Argentina… Pero sin duda alguna París y, sobre todo, Madrid se llevan la palma con tres encuentros semanales y fiestas adicionales. “Lo que a mí me extraña es que en Barcelona no haya nada montado, con la fama de cosmopolita que tiene la ciudad”. Entonces sacó una tarjeta personal de su cartera y me la entregó a la vez que me decía: “Cuando vuelvas a España, avísame”.

Written by ertziano

18 enero 2009 at 2:38 AM

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Besos para todos

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RERB: Antony – Luxembourg. 13/01/09

Estaba leyendo el audiolibro cuando, repentinamente, escuché una voz a mi espalda: “Madams y messiers, buenos días a todos. Por favor, les pido unas monedas para poder vivir…” La murga de siempre y ahora más molesta que nunca en plena audiolectura. Intenté ignorar y seguir leyendo pero resultaba imposible. Su voz martilleante a la vez que mi mala conciencia por ignorar a un necesitado me detuvieron de mi actividad durante los cinco minutos que duró el sermón.

Acabó. Continué. Inútilmente; tres minutos después un hombre joven, de unos 30, esta vez de piel negra, entró en el tren y comenzó nuevamente a hablar en voz alta a la audiencia allí presente. Sin embargo, éste se detuvo inmediatamente, antes siquiera de pronunciar sílaba completa. Justo en ese momento irrumpía en la estación el tren de la vía contraria. El ruido ensordecedor de los motores le impedía escuchar su propia voz. Pacientemente esperó con una sonrisa en sus labios. Se le notaba tímido y algo le delataba bondadoso. Sonó el aviso y finalmente se cerraron automáticamente las puertas del tren, comenzó éste a acelerar lentamente.

Empezó la función: “Madames, monsieurs, mademoiselles… Para combatir el frío que hace afuera, ¡les envío besos a todos! Besos a todos, decía mientras realizaba un expresivo gesto, algo tosco, dándose con sus dedos pulgar, índice y anular sobre sus labios, impregnados de sonrisa, cerrados como un piñón. “Besos para los señores, las señoras, en especial las señoritas, para todo el tren y besos también para el Monsieur presidente” rubricó con cierta ironía. Y ahí ya fue cuando yo ya no pude reprimir una sonora carcajada. “Sin embargo, debido a mi situación de necesidad, me veo obligado a pedirles unas monedas, unos tickets de restaurante o lo que sea. Gracias y ¡besos a todos”, finalizó él, pirotécnico.

Lancé mi mano rauda sobre mi cartera (¡Este tío es un cachondo!, seguro que con un poco de dinero sabe salir adelante) pero los pasajeros que estaban a su lado le dieron inmediata y alegremente unos euros (ambas cosas poco habituales). Entonces fue cuando yo retiré la mano de mi bolsillo. Si todos los pasajeros le daban dinero de esa manera, este tío iba a hacerse rico, tampoco era eso. Continuó caminado, con una evidente cojera, y pasó por mi lado, mientras se disculpaba con la sonrisa ya entrecortada: “Je suis desolé, normalmente no hago esto”.

Al final, los dos del principio fueron los únicos que le dieron algunas monedas y yo acabé arrepentido de haber retirado la mano de mi bolsillo.

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13 enero 2009 at 5:13 PM

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En la biblioteca

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20:45 , centro Pompidou, mesas de estudio.

Mayor, de unos 50 años, cano, gafas metálicas, vestimenta clásica. Expresión severa. Escribía a pluma y su trozo de mesa estaba repleto de papeles. Sin embargo, la experiencia no podía concentrarse ante la llamada salvaje de la bullente sangre joven que revoloteaba a su alrededor. Allá donde su vista se posase, más allá de sus papeles, encontraba sin dificultad una joven estudiante bella y delicada.

Cada vez que la quinceañera que se sentaba tras él realizaba un movimiento perceptible, él, reo, levantaba su mirada encadenada para deleitarse con el hermoso caer del vestido azul océano de la bella muchacha de piel pálida. A su izquierda también, una joven escribía concentrada sobre su ordenador portátil a la moda. Vestía discretamente, suéter negro sobre una visible camiseta color granate de cuello alto. El conjunto proporcionaba una reposada elegancia que no podía reprimir atraer a las pupilas de cuantos hombres mayores y jóvenes se sentasen a su alrededor. Delante, detrás, cien metros más allá, el patrón se repetía incesantemente.

El hombre mayor secaba el sudor de su frente con su fino pañuelo de lino. Exasperado con su propio comportamiento, reconociendo que la tarea que tenía entre manos avanzaba a paso fúnebre, se dio por vencido. Puso su mano sobre su frente y decidió no mirar otra cosa que no fuesen sus propios papeles… Al menos, durante los próximos diez minutos.

Coda: Ella se agachó, mostrando abiertamente su trasero. Él, inmediatamente, giró su cabeza. El escribano miró al hombre y él, al descubrir a éste observándole, le envió una sonrisa cómplice que el escribano supo responder de igual manera.

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Written by ertziano

12 enero 2009 at 7:48 PM

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