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Sueños y espirales

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#85 Amor consumista

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– ¡Maestro! ¿Pero me dice que paciente, que no desfallezca, que siga mi camino, que persiga un ideal? ¡Pero maestro! Sabe usted bien que el mundo no funciona así. No sé maestro si con razón o sin ella, pero el mundo de las grandes ciudades y los grandes edificios recluye en pequeños departamentos. El mundo del miedo, inclina a la desconfianza permamente. Nadie puede vivir así y esperar eternamente sin nadie a su lado.

– Esperar, ¿qué?

– Pues es eso, maestro, un angelito, una media naranja, como quiera usted llamarlo; algo que endulce un poquito la urbe gris.

– Pero pupilo, ¿no te das cuenta de que ellos no buscan amor verdadero? Ellos buscan lo que buscan en todo. Consumir. ¿Y por qué consumen? Por lo que has dicho: Por el miedo, la desconfianza, el aislamiento, la competitividad silenciada que nos vuelve a todos locos, el vacío interior, la debilidad. Tú criticas ese consumismo, lo atacas sin descanso cuando alguien hace uso de él, pero no te das cuenta de que va mucho más allá de las meras transacciones económicas de un supermercado o unos grandes almacenes. Consumismo es una filosofía de vida que lo impregna todo, cada parcela. Consumismo es la permanente búsqueda de tener mucho, tener lo mejor, lo más caro, lo más codiciado, pertenecer a la clase. Que nadie te pueda mirar por encima del hombro. ¿Crees que eso sólo se aplica a un coche o un reloj? ¡Tonterías! ¿Acaso no está codiciada una rubia resultona? Pues todos irán a por ella, porque así mandan los tiempos, sin importar el qué ni el por qué. Todo sea por acallar la angustia de un destino prefijado a base de reglas no escritas. ¿Quieres ser libre? Pues reacciona antes de que lo “normal” acabe con tu vida.

– ¿Y cómo?

– No respetes una sola regla no escrita. No respetes nada excepto tu propia ley.

– ¿Pero maestro? Si todo el mundo hiciese lo mismo, ¡todo sería caótico! ¡anarquía! ¡la ley de la selva!

– Eso es lo que te han hecho creer. ¿Pero no es ya la ley de la selva? ¿No hay constantemente asesinatos y robos impunes?

– Sí, pero van a la cárcel.

– ¡No los grandes, pupilo! Va a la cárcel quien mata a uno, pero no el que mata a miles. Va a la cárcel el que roba un bolso, pero no el que roba millones. A veces hay algún cabeza de turco. Pantomima.

– Maestro, en todo caso, así lo ha decidido la sociedad. Vivimos en democracia.

– Pupilo, ¿te has dado cuenta de que todo gira entorno a dos partidos políticos? ¿de que tú no decides nada del programa de esos partidos? ¿de que la economía es siempre igual de injusta? ¡Alfonso XIII ya tenía un sistema parecido! Jugaban a pelearse entonces, decía mi profesor de historia. Pues a mi me parece que muy poco ha cambiado.

– Puede usted, maestro, integrarse en un partido y cambiar cosas. Puede, igualmente, crear su propio partido.

– Pero pupilo, no seas tan cándido. ¿Has visto las exigencias que hay para formar un partido? ¿Y que conseguir algún diputado en el Parlamento requiere una cantidad de votos desproporcionada respecto a los partidos grandes? Pupilo, el sistema te deja, pero te lo pone tan difícil, que es como si no te dejase. ¿E integrarse en un partido? ¿Crees que es la meritocracia la que impera en los partidos grandes? Nada. Todo es apariencia. El poder, y el amor, están bien cogidos para que los grandes ladrones y asesinos salgan siempre impunes. Mientras unos se enriquecen enormemementes, otros pierden sus casas aquí y sus vidas en rincones lejanos de los que nadie quiere acordarse. Pupilo, no respetes nada excepto a tu propia moral. Esa es la verdadera democracia. No hay otra, por ahora. No estás obligado a respetar un sistema estúpido.

– Pero maestro, no entiendo; le he preguntado por amor y usted me responde con política.

– Piénsalo bien, pupilo. Hablas tú de amor y de fondo ya resuenan contratos y reparticiones de bienes. De fondo suena el cacareo de un supuesto trofeo. Resuena Hollywood y su pop-rock. Y todo, todo eso, lleva siempre la idea de un solo tipo de amor. De una sola idea. Siempre hay una gota de rebeldía al principio, pero el mazo del ideal acaba por imponerse en una família bien. Y comieron perdices, y no un bocata cualquiera. Pupilo, el amor es mucho más que un contrato entre dos personas, el amor que ellos te venden es el contrato entre dos seres y el sistema entero. Se comprometen a servir fielmente, a las duras y a las maduras, porque no han conocido la verdadera libertad, no han conocido el verdadero amor y se rinden ante lo único que les ofrecen.

– Maestro, olvida usted que el amor también tiene mucho de naturaleza.

– Y la naturaleza tiene mucho de carnívora y de egoísta.

– ¿Niega usted la naturaleza o el sistema?

– Pupilo, negar, no niego nada. Sólo te empujo a que seas más libre de lo que te condenaron al nacer. Si deseas encerrarte entre los garrotes de un falso amor, sometido quedarás. Si en cambio decides romper esos barrotes, esas reglas y perseguir tu propio destino, el destino te respetará y te esperará, lejos de sometimientos y servilismos.

– ¿Y si fracaso?

– Fracaso, anarquía… son palabras que el sistema tergiversa y acuña a su manera para atemorizarte, para que ninguna oveja escape del rebaño. No hay mayor fracaso que el de perder tu propia libertad y pisotear tus propios ideales. Empieza a diferenciar qué hay de ti y qué hay de sistema en tu cabeza, empieza a no respetar las reglas sólo porque vienen así, ya que nacen de una democracia que es absurda. Empieza a perseguir tu propio destino y vivir bajo tu propia ley. Todo lo demás te convertirá en un siervo fácilmente manejable. Sé libre y ama con libertad, ama de verdad; tanto a un ideal como a un alma descarriada.

Written by ertziano

19 agosto 2009 at 5:39 PM

Pensamientos de seda

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Eran las 8 de la mañana. Lo sé porque hacía unos minutos, a las siete y media, me había despertado sin previo aviso. Unos picores insoportables por todo el cuerpo unidos al calor sofocante habían obligado a mi cerebro a enviar la orden de abrir párpados. Mierda. Tenía ganas de levantarme porque de ninguna manera podía volver a recuperar el sueño en aquel horror de mañana. Pero el sueño que aún tenía me impedía cualquier movimiento con el fin de iniciar la jornada. Me fui al sofá, desterrado de mi propia habitación por un ejército de insectos voladores. Raudo, en un entorno más fresco y lejos de seres chupasangres, cerré los ojos y volví a un país nuevo de la otra realidad.

Qué extraño me resultaba encontrarla allí. Estábamos en un tren; yo, ella y su madre. No sé por qué. Cuando hablaban entre ellas, yo no comprendía nada; del árabe no había podido aprender más que a escribir y leer unas pocas letras. En cambio, ella se dirigía a mí en francés, a través de su velo y una pudorosa distancia, y entonces era su madre la que no comprendía.

La situación era rara. La conocí en aquel pasadizo universitario, buscando un aula. Ajeno a diferencias culturales, le pregunté rápidamente, sin dudar, pelín hechizado, que de dónde era. Ella pareció sentirse ofendida y un eco a mi espalda dio una explicación. La voz, una mezcla de francés, inglés y mucho árabe, amigablemente me indicaba que aquella joven doncella que rondaba mi edad era su mujer. Pero no lo dijo de una forma agresiva en absoluto, era símplemente una indicación, como la de la presión atmosférica del día. Fue aquella primera reacción la que hizo que yo la desconsiderase desde entonces, por su extrema sumisión que yo casi despreciaba. La relación con la pareja y otro chico, éste de orígen sirio de mi edad y también casado, fue haciéndose cada vez más estrecha. Ella me trataba y hablaba cada vez con más normalidad, como un amigo de la “pandilla”, pero yo no olvidaba aún aquella primera reacción tan desagradable. También en alguna ocsasión, cuando él, su marido, me dejaba solo con ella, algo que yo interpretaba como muestra de la confianza que él tenía en mí; yo, por inercia, tendía a acercarme, y ella siempre reculaba manteniendo exactamente la distancia a la que su marido nos había dejado, si no mayor. Y cuando nos encontrábamos por azar solos en la calle, yo la notaba siempre nerviosa aunque tan radiante como de costumbre.

Y allí estábamos: Ella, su madre y yo, en un compartimento particular de un tren. ¿Por qué? ¿Qué hacían una chica palestina y su madre con un español atravesando tierras desconocidas? ¿Adónde íbamos? ¿De dónde veníamos? ¿Por qué hacíamos aquel viaje? No lo sé; todo formaba parte de esa otra realidad que obedece lógicas diferentes. Sólo sé que ella mantenía la vieja distancia, frente a la atenta mirada de su madre, pero su rostro, sus ojos radiaban un sentimiento diferente que yo no me atrevía a interpretar en aquel momento. Sé que hablábamos de un viaje anterior, también en tren, en el que nos acompañaba su madre como entonces y quizás su marido. Ella se acercaba cada vez más, siempre con mucho recato. Yo le decía, con toda la delicadeza y el cariño que podía demostrarle, que no me gustaba esa sumisión que había observado en ella, que se había casado demasiado joven, que tenía aún una vida por vivir y transgredir, que fuese muy consciente de que ella no era menos digna que un hombre, que nadie tenía ningún derecho sobre ella y que debía luchar. Que si legalmente quizás no era posible, que fuese consciente de que el sistema era injusto, en la intimidad al menos. Ella me escuchaba sin, a decir verdad, hacerme mucho caso. Conocía ya muy bien mis ideas, las había rumiado, se notaba… Pero necesitaba tiempo y yo quizás no me daba cuenta de ello. Ambos veníamos de mundos muy distintos y ambos teníamos que aprender cosas el uno del otro. Ambos.

Su madre salió un instante del departamente por una urgencia. Ella inmediatamente tomó mis dos manos en el aire y me miró directamente a los ojos como nunca antes se había atrevido.

– “Me gustó mucho hacer contigo el otro viaje”.

E interpreté entonces su mirada, su sonrisa, el calor de sus manos. Sentí todo lo que ella no podía decirme en palabras o con otras formas que violasen su ley. Lo supe, estaba seguro, no había duda, y para hacérselo saber, que había entendido su mensaje, cubrí yo entonces sus manos y el gesto en mi mirada intentó decírselo todo sin decir nada, sin rozar nada.

Y me vino la idea, la extravangante idea ahora mientras lo recuerdo, de que si era necesario convertirse al Islam y rezar mirando a la Meca todos los días; yo lo haría, si por estar con ella había de hacerlo.

Acompañado de este última promesa, me desperté entonces en el sofá; en la cocina que también era comedor. Había ya cierto ajetreo en aquel instante pero conseguí retener las imágenes en mi cabeza, en mitad de la confusión inicial que conlleva despertarse en un sofá. Y me pregunté si Oniria se había colado en mis sueños a través de una picadura y que, oculta tras un velo, había querido probarme en aquella noche de calor.

04/08

Written by ertziano

5 agosto 2009 at 3:38 AM

El puente de Austerlitz

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– ¡Te dije que no lo hicieses! – le grité

Y me enseñaba sus dientes, burlones, riendo, mientras se alejaba de mí temiendo falsamente mi reacción. Yo ladeaba la cabeza, acariciándome el mentón, con una sonrisa tímida y gigantesca al mismo tiempo. Sin saber bien qué hacer. Comencé a correr, a perseguirla por la orilla del río. Ella se dio la vuelta, rauda, y salió por patas mientras reía a borbotones, histriónica. Los que a aquellas horas paseaban por allí, nos miraban a lo lejos, incrédulos. La alcancé cuando sus carcajadas ya apenas si le dejaban caminar, hablar siquiera.

– Así que eso es lo que habías tramado durante toda la noche…

La cogí entre mis brazos al alcanzarla y le abracé. Como princesa en torre, se resistió un instante, uno solo, para después girarse y apretar su pecho contra el mío. Me agarró por la camisa del cuello. Me besó, un segundo, como la picadura de un mosquito y dejó la huella de su pintalabios Lady Bug sobre los míos. Declaré mi rendición y me convertí en su prisionero. Cogió de mi mano y tiró de mí. Lo sentí como un rescate pirata.

Fue horas antes en aquel minúsculo pub de música francesa donde la encontré. Todos bailábamos, frenéticos, golpeando el suelo, ese arenal, alrededor de las columnas y bajo las vigas de madera. La cerveza, el calor. Poca sangre arribaba a la masa cerebral y cuando una canción de la mujer cantante del presidente francés sonó por los altavoces, la veintena de metros cuadrados del pub se convirtieron en un caótico silbido. Me sentía en el salvaje oeste, y en el caos, la vi a ella. Sentada con una expresión oscilante entre el aburrimiento y la angustia. Benditos sean los descarriados que se nos aparecen en las discotecas. Le invité a bailar y aceptó. Lo hacía yo tan mal, o estaba tan borracho, no sé, que le parecí muy gracioso.

Seguía tirando ella de mi mano sin yo saber a dónde me llevaba. Paró frente a una moto, una Vespa clásica.

– ¿Es tuya?

Situó su índice frente a sus labios, indicándome silencio. Acercó su mano a mi cintura y la introdujo en mi bolsillo izquierdo, sacó el pañuelo que, junto con la cartera, el móvil y el reloj, llevo siempre encima para limpiar mis gafas. Me tapó los ojos con él, atándolo a mi nunca. Me ayudó a subirme a la Vespa, tras ella, y tomando mis brazos, los situó alrededor de su cintura: “Agárrame bien fuerte”. ¡Cómo no hacerlo! Arrancó la moto y salimos.

– ¡¿A dónde vamos?! ; grité yo, batiéndome contra el viento

– ¡Tú me salvaste antes! ¡Ahora te voy a salvar yo!

Me acordé de aquella novela titulada “Dios vuelve en una Harley Davidson”, sólo que lo nuestro era una Vespa. ¿Qué demonios quería decir con que me iba a salvar? ¿Era todo aquello real? Demonios, ¡si no sabía ni cómo se llamaba!

– Oye, ¡no sé tu nombre!

– ¡Sí que lo sabes! ¡En realidad!, ¡ya nos conocemos!

– Mí no entender – respondí perplejo, atónito, algo asustado.

– ¡Me llamo Oniria!

– ¿¡Oniria!? ¿¡De entre las 12 y las 13?!

– ¡Sí! ¡La misma!

No pude reprimirme e inmediatamente tiré del nudo del pañuelo . Contemplé su larga melena castaña durante diez segundos, sin entender, sin comprender. Vi la luz roja de un semáforo; paramos. Puso ella y después yo el pie izquierdo en el asfalto. Se giró, me miró, sonrió y me besó por tercera vez en aquella noche. Algo había de familiar en aquel beso. Sí, quizás… Pero, no, no podía ser. El semáforo cambió a verde. Cogió el pañuelo de mi mano y volvió a colocármelo.Se había convertido en mi marionetista, pero yo me revolvía entre sus hilos.

– ¡Pero eso es imposible! ¡Oniria fue un sueño! ¡Ni siquiera recuerdo su apariencia!

– ¡Es normal! ¡Hay detalles de los sueños que siempre se nos escapan!

– ¡Pero! ¡Si es un sueño! ¿¡ Qué haces aquí?!

– ¡Espera un momento!

Paramos al fin, y apagó el motor. Me ayudó a bajar de la moto, aún con los ojos vendados,y me condujo por algo que parecía ser una pequeña cuesta. Nos detuvimos. Noté el calor de su presencia frente a mí, me abrazó y acto seguido deshizo el nudo muy suavemente, quitó el pañuelo y me lo entregó. Estaba frente a ella, a muy escasos centímetros. Sus ojos oscuros, los míos, su mirada, la mía, parecían el reflejo infinito de una sola mirada, de unos solos ojos. Me cogió de la cintura y giró mi cuerpo entre sus brazos, dándole yo mi espalda. Y allí estábamos en el más bello de los puentes sobre el río, que diviidía la ciudad en dos partes, y frente a nosotros, la isla, que conectaba ambos lados, ambos mundos.

– ¡El puente d’Austerlitz!

Me giré. Ella sonreía como si me observara abrir un regalo, como si hubiese esperado este momento durante meses.

– Oniria, Oniria… No, no puede ser. No puedes ser tú.

Ella, impasible, continuaba observándome fíjamente, sonriente, como esperando que lo inevitable acabase por convencerme.

– La realidad, Oniria, yo vivo en la realidad, y tú vives en los sueños. Yo nací en la realidad, y tú naciste en un sueño. ¡Si hasta escribí un post sobre ti!

– Tú y tu blog… ¿Y ahora, dónde estamos, en un sueño o en tu querida re-a-li-dad?

Mierda. Esa era una maldita buena pregunta, ¿qué demonios era todo aquello? ¿había tomado algo raro aquella noche? ¡No!.

– Mira allí, en donde aquellos edificios, eso es a lo que tú llamas realidad. Mira al otro lado, a aquello le llamas sueños, de ahí vengo yo. Pero ahora ahora no estamos ni allí, ni tampoco al otro lado. ¿Así, que venga, valiente, dime dónde estamos?

La chiquilla ésta me retaba, y se reía porque ella sabía que yo estaba perdido del todo. En toda mi vida, sólo había conocido a una sola persona que pudiese manejar mis hilos de aquella manera, que pudiese contagiarme la risa de esa forma.

– Oniria… ¡No entiendo nada!; espeté en una carcajada, echándome las manos a la cabeza.

– Cariño, los sueños y la realidad nos son más que las dos orillas del mismo río. ¿Sueño y realidad? ¿Realidad y sueño? Nunca puedes estar seguro de si caminas por una orilla o por la otra. Cuando estás a un lado, lo otro es una visión lejana, ¿pero cuál de ellas?

– Hay continuación en la realidad. Si hoy me das un beso, dejarás tu Lady Bug marcado en mi mejilla hasta mañana, y quizás pasado.

– ¿No planeas lavarte? – pregunta pícara.

– Un beso tuyo, ¡jamás!

– No vale querido, recuerda que no estamos del todo en tu realidad, aunque tampoco en la mía. Así que aquí las cosas no funcinan necesariamente cómo tú crees. Touché. – y me sacó la lengua.

– Yo no me resisto. Dame uno, uno fuerte en la mejilla y déjalo bien grabado.

– Ya está -satisfecha, trás fundir sus labios sobre mi mejilla izquierda.

– Dame un espejo, quiero verlo ahora mismo.

Y sacó de su bolsito uno pequeño, lo cogí y me miré. Cuando observé el cristal, la manó me tembló ante una imagen que no esperaba. Había el reflejo del río, del lado izquierdo de la ciudad y de la isla. Pero el puente y mi cara se confundían con el fondo. Apenas si atisbaba las líneas de mis rostro en el reflejo. El espejo se deslizó por entre mís dedos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

– ¡Mi espejo! – se quejó en un lloriqueo ahogado.

– Oniria, no aparecía el reflejo de mi cara en el espejo -le dije serio, aún en trance.

– ¿Qué? – su ruiseño rostro cambió por otro confuso, preocupado – ¿Qué hora es? – me preguntó nerviosa-

Miré el reloj, pero me sentía incapaz de leer la hora.

– ¿Qué está pasando Oniria? No sé qué hora es, la agujas, el reloj parece deshacerse sobre mi muñeca.

– Recuerda- y comenzó a hablarme muy seriamente- recuerda bien. Esta noche, en el puente de Austerlitz. Recuerda, esta noche en el puente de Austerlitz. Me besó una carta y última vez, con cariño, con mucha delicadeza, como si fuese una despedida y quisiese que le recordase mañana. Era ella, era Oniria, ya no tenía ninguna duda. Esta noche en el puente de Austerlitz, continuó repitiendo. Esta noche en el puente de Austerlitz. Esta noche en el puente de Austerlitz… Yo le miraba, sin entender…

El móvil sonó, y me despertó brúscamente. Ya eran las ocho de la mañana, debía levantarme. Desactivé la alarma. Tenía un terrible dolor de cabeza. Ayer había bebido demasiado, me dolía también el estómago. Me levanté y fui al lávabo a refrescarme la cara. Encendí la luz y entonces lo vi. En mi mejilla, en mi mejilla izquierda había la marca de unos labios, aún en letargo pensé: “Parece que he tenido una buena noche”, fanfarrón, orgulloso. ¿Sería guapa la chica? Me fijé más y me di cuenta de que era una marca extraña. Era una sola mitad, la marca de medio beso. Qué extraño. Y entonces, como si fuese el eco de un sueño, lo recordé: “Esta noche en el puente de Austerlitz”.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 7:06 AM

Publicado en pornografías

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Víspera de una fuga

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De los viajeros imaginarios:

– ¿Preparado? ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

– No

– Pero los vas a hacer

– Sí, claro.

– ¿Por qué?

– Porque la libertad ya no se compra con plata, ahora se hace con valor. Porque estoy cansado de temer, de temer a la vida, a los demás, a caminar en direcciones fueras de plano. Porque viajar no puede ser sólo convertir el mundo en un museo gigantesco, vuelos directos de cincuenta euros tasas excluídas. Eso es turismo de masas, una industria como cualquier otra, una visita al parque temático en el que han convertido el mundo. Pero ahora no tengo ganas de subirme a la montaña rusa de los monumentos y los buses sightseeing. A la seguridad del hotel y el guía turístico con su ridícula banderita señalizadora. Ahora quiero viajar en el sentido más primario de la palabra. Yo solo, entregado a la incertidumbre y a la sorpresa. Con la mirada inocente del que descubre y aún se asombra. Con la curiosidad que siempre he luchado ferozmente por conservar y que por poco me la roban los anuncios y los cursos de adiestramiento. Oh, Dios. Viajar es ver una mujer en burka y no parar hasta saber como luce su sonrisa. No es hacerse una foto con ella e irse.

– Sin embargo, creo que hay algo más que me escondes. Que no es sólo el sentido del viaje lo que te empuja a la carretera. Creo que también es un viaje hacia ti mismo. Creo que buscas tu propio reflejo en rostros ajenos. Tu viaje es, por encima de todo, un viaje al más inaccesible de los lugares. A ti mismo.

El viajero calló. No sabía nada. No podía aceptar ni negar. Estaba confuso.

– No lo sé.

Terminó de hacer la maleta, abrazó al compañero, cerró la puerta y se fue. Sin entender aún por qué hacía lo que hacía, sin saber a dónde se dirigía.

Written by ertziano

12 abril 2009 at 8:16 PM

Una casa de tortuga sin hipotécas

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En dos bolsas grandes de plástico toda una casa cabía. Crear un hogar me había costado ochenta y cinco euros: Una mochila de cincuenta litros, un impermeable, una tienda de campaña para dos personas (hay que estar preparado para todo, me dice el costado pervertido de mi cerebro) y un colchón hinchable que aún no sabía cómo iba a inflar. El chico me recomendó un saco de dormir con una esterilla debajo; pero yo, cabezón como nadie, aún siendo vagamundo, no estaba dispuesto a renunciar a despertarme por la mañana a pierna suelta y bien soñado. Las estrecheces de un saco de dormir no son para mí. Le contaba al dependiente lo que quería y para qué y éste me miraba y reía como yo lo haría si mi mejor amigo me dijese repentinamente que se iba a tirar de un puente atado a una cuerda.

No quería recorrer carreteras, pueblos y ciudades llamando la atención. Sólo la justa para que un coche se parase y me subiese. Pero sin que nadie en la ciudad supiese de inmediato que vengo de lejos, a dedo y sin un lugar donde dormir esta noche. Discreto, anónimo, sin crear raras sospechas al entrar en un bar o un supermercado. Que no me prejuzgasen, ya daría yo las explicaciones que fuesen necesarias en el momento oportuno, en la lengua que buenamente pudiese utilizar en cada lugar. Quería desplazarme por el mundo sin gritarlo a los cuatro vientos. Quería sólo caminar tranquilo, mirar las gentes, hablar con ellas, sentir el lugar y las lunas por la noche acampando en la nada. Y quería hacerlo con una palabra vieja; dignidad.

Podía haberme ido al Tibet, pero dicen que está lleno de turistas autobuscándose. Yo me voy a la carretera, a la caverna, a pie. A autobuscarme, a sentirme más libre o no sé muy bien aún a qué.

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De un viajero imaginario:

– Yo, de los monumentos, no hago fotos sino dibujos. No es que dibuje bien, qué va, todo lo contrario, lo hago muy mal. Pero son más personales, porque postales hay en todas partes; si lo dibujo, me obligo a fijarme más en los detalles, tengo que mirarlos más de dos segundos, y sin pestañear. Además, así también me puedo pintar a mí mismo con los ojos abiertos y sonriente. Yo -dice el viajero, honestamente, sin predicar- las fotos las dejo para lo importante. El plato de arroz de los jueves; la cocinera que me sonríe al mediodía y me gasta bromas; la de la chica joven que friega los platos, a la que le guiño siempre un ojo; el buen hombre de la recepción, que me da los buenos días cada mañana; la del eterno pasillo en el transbordo de los viernes y los sábados por la noche; la del examen que aprobé; del que suspendí; del contrato de trabajo; la de la chica que me visita todos los días; la del chico de nombre inpronunciable; la de la ducha, como siempre, atascada… Ahí, en esos momentos, hay detalles que son un instante; y hay que capturarlos rápido como un obturador.

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Written by ertziano

9 abril 2009 at 10:45 PM