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Sueños y espirales

El peligro viste gafas de pasta

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Ayer fue la segunda vez en menos de tres meses.

La primera, cuando tomando un tren desde Montpellier, ciudad que la prensa suele relacionar con ETA, varios agentes de la policía nacional, cuando cruzábamos la frontera, entraron en el vagón. Uno de ellos, me miró y vino directamente hacia mí. Me pidió el carnet de identidad y tomó su tiempo apuntando mis datos. Sin decir nada, sin explicación alguna. Pensé que era un trámite habitual y que acto seguido harían lo mismo con el resto de pasajeros. Pero no, lo cierto es que fui el único al que pidieron el DNI y registraron. Me señalaron, me convirtieron en garbanzo negro y ya todo el vagón comenzó a mirarme de forma extraña desde entonces, sin razón.

Ayer fue la segunda. En las fiestas en Barcelona y con unos conocidos del país vecino que andaban de visita. Me preguntaron si podían fumar marihuana y yo, que había espacio y no iban a molestar a nadie, acostumbrado además a la ciudad permisiva que siempre he conocido, les dije que sí, que no había problema, aún sin yo fumar.

Pero las leyes no necesariamente obedecen al sentido común. En menos de cinco minutos apareció un grupo de la policía local que comenzó a registarnos de cabo a rabo, como si fuésemos delincuentes, como si hubiésemos robado a punta de navaja. Tierra trágame. Les expliqué la situación, que ellos eran extranjeros y que había sido un error mío. No había razonamiento posible. Me pidieron el DNI y apuntaron mis datos, junto a otros nombres y números anónimos de aquella u otras noches. Sólo a mí, que no tenía nada encima. Otra vez en alguna maldita lista oscura sin razón alguna.

Con socarronería comentaban:

– Si ya se te ve que no fumas, pero los tontos como tú siempre acaban fichados. -y mirándome fijamente- Sí, si hasta tienes pinta de estudiar fuera/ y sorprendido pensé que cómo demonios podía verse algo así

– Tened claro que voy a recurrir. Por favor, ¿podéis darme vuestros nombres? / les exigí con sonrisa áspera

– Epi y Blas.

Y como iba algo bebido, no me había dado cuenta hasta entonces de que tenían los números de agente cosidos en el uniforme. Miré uno de ellos y lo memoricé. Después lo anoté.

Pensé decirles que es una lástima que esas cosas pasasen, que yo hacía un tiempo aún creía en el Estado de Derecho y esa teórica democracia que defienden. Que siempre había votado con orgullo, aunque fuese a partidos minoritarios. Y que sólo faltaban pequeñas incidentes como estos para convencerme completamente de que todo es farsa. Que esa prepotencia en unos teóricos servidores de la sociedad me hace pensar que algo falla, que algo no nos cuentan, que algo ocultan, que algo traman. Que los que de verdad molestan no son los que gritan visceralmente, a favor o en contra, o por supuesto los que viven sumidos en la mudez mental más absoluta, sino los que tranquilamente discrepan e intentan ser coherentes con su discrepancia. Sin alaridos, pero a paso firme. Y que eso, supongo, estos que tratan con todo tipo de gente, lo saben ver de alguna forma. Y esos tontos, com ellos dicen, tarde o temprano, acaban fichados para que se callen de una vez por todas. Al menos, según la versión de la policía.

Written by ertziano

23 agosto 2009 at 12:47 AM

Ella

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La aleatoriedad de las redes me condujo a sus palabras.

Sentí un pálpito al leer el texto. Veía definido cada milímetro de mí en él. Mi propio retrato. Hablaba de mí. Yo era cada una de sus palabras.

¿Dónde estaba esa persona? Tenía que encontrarla. Tenía que decirle que era yo a quién ella buscaba. Ella; porque ya sabía que era en femenino.

Apuntaba a Londres, vivía allí, pero sus orígenes en España. Había una foto. La abrí.

Quedé sin respiración, sin oxígeno, sin nada. No podía ser. Me había encontrado. O yo la había encontrado. No sé. Era ella. Allí estaba. Tan guapa, tan alegórica con su corazón de Los Amantes. Aparecida de la nada. Entrando en mi vida cuando yo ya me disponía a otras cosas. Y allí de vuelta. Ella. La de siempre. Su aliento, un eco que nunca me abandona y del que yo, a excepción de un paréntesis, siempre he rehuído. Me levanté, frenético, nervioso, caminando en círculos por la habitación vacía. Ella. Otra vez. Otra vez.

Ella.

Maldita sea. La descubro días después de abrir por casualidad una foto suya perdida en mi disco duro, y dudar, una vez más. Si no me había equivocado. Que lo que tenía que encontrar, lo encontré hace tiempo. Que ella lo tenía todo y que yo me lo había negado todo.

Apareció la nostalgia.

Seguí buscando. Los vídeos. Las cartas. Más fotos. Más e-mails.

No me reconocía en aquellas fotos, en aquellos vídeos, en aquellas palabras. Nunca he podido reconocerme lo que fui en ella. ¿Cómo pudo así convertirme? ¿Cómo lo hizo?

Ella.

Recuerdo el primer día, hace ya demasiados años.

Recuerdo el último, no hace tanto.

Recuerdo los medios.

Me enamoré cuando ella no lo sabía.

Desapareció.

Se enamoró cuando yo ya no quería.

La fortuna cruzó nuestros caminos, y vivimos en el cruce, y nos fuimos otra vez cada uno por su lado.

Pero ella nunca desapareció. Nunca guardó rencor y logró colocar su sombra tras la mía.

¿Por qué a mí? Ella lo tiene todo. Lo ha vivido todo. Y aún así, allá donde voy, allá donde el tiempo me manda, siempre me encuentra, siempre hay una palabra suya para decirme que aún me recuerda.

Me pregunto a veces si es la locura del genio lo que la conduce.

Me idealiza, quizás. No me conoce bien, pienso a veces, me conoce demasiado, pienso otras. Siempre sospeché de que no mirase nunca hacia atrás en las despedidas. Como queriendo retener a mi doble imaginado y no al real, que a su espalda la observaba un poco triste. Me desconcertaba con sus llantos inesperados. Me desesperaba con sus cartas perfectamente escritas que tanto me impedían descubrir sus emociones verdaderas. Sin exclamaciones, sin faltas, sin tacos. Me decía “cari”, y yo paciente, me quejaba una vez tras otra que no me gustaba que me llamase así; y no me hacía caso. Nos llevábamos a matar. Nuestros idealismos chocaban. Pero nos unían, precisamente, idealismos en extinción.

¡Está loca! Me han dicho alguna vez al comentar las locuras que llegó a perpetrar por mí. Y yo a veces lo dudo. A veces pienso que es posible, que es la única explicación que encuentro a la abnegación absoluta en alguien que nada necesita, que todo tiene.

Y le temo. Le temo porque sé que es de las pocas personas que han conseguido manejarme, que saben como lidiar conmigo. Porque una vez la encuentre, no le costará mucho abrazarme y hacerme suya. Lo sé, porque siempre lo consigue. Porque lleva mucho tiempo esperando y no se dará por vencida. Porque soy carne débil y podrá dominarme con habilidad.

Y creo que ella es un espejismo. Y no lo sé. Y pienso que ella es la mía, la verdadera, y que acabará por escaparse. Y no lo sé. Y yo sigo soñando en una nube que sólo es vapor. Y de viejo, le llamaré, y me odiará por haber tardado una vida en hacerlo, y me colgará.

Y no lo sé. Sólo que ahora está en Londres, y continúa esperándome. Eso es lo que sé.

y que siento un escalofrío inmenso al escuchar esta canción, en Madrid, aquella misma noche.

Written by ertziano

20 agosto 2009 at 2:35 AM

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#85 Amor consumista

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– ¡Maestro! ¿Pero me dice que paciente, que no desfallezca, que siga mi camino, que persiga un ideal? ¡Pero maestro! Sabe usted bien que el mundo no funciona así. No sé maestro si con razón o sin ella, pero el mundo de las grandes ciudades y los grandes edificios recluye en pequeños departamentos. El mundo del miedo, inclina a la desconfianza permamente. Nadie puede vivir así y esperar eternamente sin nadie a su lado.

– Esperar, ¿qué?

– Pues es eso, maestro, un angelito, una media naranja, como quiera usted llamarlo; algo que endulce un poquito la urbe gris.

– Pero pupilo, ¿no te das cuenta de que ellos no buscan amor verdadero? Ellos buscan lo que buscan en todo. Consumir. ¿Y por qué consumen? Por lo que has dicho: Por el miedo, la desconfianza, el aislamiento, la competitividad silenciada que nos vuelve a todos locos, el vacío interior, la debilidad. Tú criticas ese consumismo, lo atacas sin descanso cuando alguien hace uso de él, pero no te das cuenta de que va mucho más allá de las meras transacciones económicas de un supermercado o unos grandes almacenes. Consumismo es una filosofía de vida que lo impregna todo, cada parcela. Consumismo es la permanente búsqueda de tener mucho, tener lo mejor, lo más caro, lo más codiciado, pertenecer a la clase. Que nadie te pueda mirar por encima del hombro. ¿Crees que eso sólo se aplica a un coche o un reloj? ¡Tonterías! ¿Acaso no está codiciada una rubia resultona? Pues todos irán a por ella, porque así mandan los tiempos, sin importar el qué ni el por qué. Todo sea por acallar la angustia de un destino prefijado a base de reglas no escritas. ¿Quieres ser libre? Pues reacciona antes de que lo “normal” acabe con tu vida.

– ¿Y cómo?

– No respetes una sola regla no escrita. No respetes nada excepto tu propia ley.

– ¿Pero maestro? Si todo el mundo hiciese lo mismo, ¡todo sería caótico! ¡anarquía! ¡la ley de la selva!

– Eso es lo que te han hecho creer. ¿Pero no es ya la ley de la selva? ¿No hay constantemente asesinatos y robos impunes?

– Sí, pero van a la cárcel.

– ¡No los grandes, pupilo! Va a la cárcel quien mata a uno, pero no el que mata a miles. Va a la cárcel el que roba un bolso, pero no el que roba millones. A veces hay algún cabeza de turco. Pantomima.

– Maestro, en todo caso, así lo ha decidido la sociedad. Vivimos en democracia.

– Pupilo, ¿te has dado cuenta de que todo gira entorno a dos partidos políticos? ¿de que tú no decides nada del programa de esos partidos? ¿de que la economía es siempre igual de injusta? ¡Alfonso XIII ya tenía un sistema parecido! Jugaban a pelearse entonces, decía mi profesor de historia. Pues a mi me parece que muy poco ha cambiado.

– Puede usted, maestro, integrarse en un partido y cambiar cosas. Puede, igualmente, crear su propio partido.

– Pero pupilo, no seas tan cándido. ¿Has visto las exigencias que hay para formar un partido? ¿Y que conseguir algún diputado en el Parlamento requiere una cantidad de votos desproporcionada respecto a los partidos grandes? Pupilo, el sistema te deja, pero te lo pone tan difícil, que es como si no te dejase. ¿E integrarse en un partido? ¿Crees que es la meritocracia la que impera en los partidos grandes? Nada. Todo es apariencia. El poder, y el amor, están bien cogidos para que los grandes ladrones y asesinos salgan siempre impunes. Mientras unos se enriquecen enormemementes, otros pierden sus casas aquí y sus vidas en rincones lejanos de los que nadie quiere acordarse. Pupilo, no respetes nada excepto a tu propia moral. Esa es la verdadera democracia. No hay otra, por ahora. No estás obligado a respetar un sistema estúpido.

– Pero maestro, no entiendo; le he preguntado por amor y usted me responde con política.

– Piénsalo bien, pupilo. Hablas tú de amor y de fondo ya resuenan contratos y reparticiones de bienes. De fondo suena el cacareo de un supuesto trofeo. Resuena Hollywood y su pop-rock. Y todo, todo eso, lleva siempre la idea de un solo tipo de amor. De una sola idea. Siempre hay una gota de rebeldía al principio, pero el mazo del ideal acaba por imponerse en una família bien. Y comieron perdices, y no un bocata cualquiera. Pupilo, el amor es mucho más que un contrato entre dos personas, el amor que ellos te venden es el contrato entre dos seres y el sistema entero. Se comprometen a servir fielmente, a las duras y a las maduras, porque no han conocido la verdadera libertad, no han conocido el verdadero amor y se rinden ante lo único que les ofrecen.

– Maestro, olvida usted que el amor también tiene mucho de naturaleza.

– Y la naturaleza tiene mucho de carnívora y de egoísta.

– ¿Niega usted la naturaleza o el sistema?

– Pupilo, negar, no niego nada. Sólo te empujo a que seas más libre de lo que te condenaron al nacer. Si deseas encerrarte entre los garrotes de un falso amor, sometido quedarás. Si en cambio decides romper esos barrotes, esas reglas y perseguir tu propio destino, el destino te respetará y te esperará, lejos de sometimientos y servilismos.

– ¿Y si fracaso?

– Fracaso, anarquía… son palabras que el sistema tergiversa y acuña a su manera para atemorizarte, para que ninguna oveja escape del rebaño. No hay mayor fracaso que el de perder tu propia libertad y pisotear tus propios ideales. Empieza a diferenciar qué hay de ti y qué hay de sistema en tu cabeza, empieza a no respetar las reglas sólo porque vienen así, ya que nacen de una democracia que es absurda. Empieza a perseguir tu propio destino y vivir bajo tu propia ley. Todo lo demás te convertirá en un siervo fácilmente manejable. Sé libre y ama con libertad, ama de verdad; tanto a un ideal como a un alma descarriada.

Written by ertziano

19 agosto 2009 at 5:39 PM

#84 La vida es arte

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Caminaba con muletas, y no ocultaba su torpeza. Eran muchos los años que atesoraba pero ya desde su juventud le acompañó el bastón. A pesar, vestía bien y parecía coqueta. No compartía vida con pareja alguna, quizás por viuda, quizás por soltería madurada. Se sentó a mi lado porque esa era la butaca que le habían asignado, “La número sis”, aunque la sala estaba medio vacía. Se dirigió a mí en catalán, y yo hice lo mismo después de un año sin hablarlo .

Cuando acabó la obra, me dijo que le había gustado mucho. Que la había escrito el jefe del teatro.

– Yo es que veo todas las obras. Vengo siempre a este teatro, ¡con lo lejos que vivo!

Le ayudé a subir al bus y me senté a su lado, a escucharle.

– Si me quedase en casa, moriría. Viendo la televisión o haciendo cualquier otra cosa que no me enriqueciese. Casi no puedo caminar pero yo siempre busco donde ir, qué hacer. Aún recuerdo el año pasado cuando subí una de las pirámides de Egipto. Cogí al moro, le dejé las muletas y me dijo así con la mano que yo no podía hacer eso. No le hice caso, me fui y agarradita a la cuerda de las escaleras llegué hasta arriba. Aunque menuda estupidez después. Una tumba y poco más. Pero subí.

Me di cuenta de que en su catalán de muy buen acento intercalaba muchas expresiones castellanas. Es común; pero me parecía que ella lo hacía más de lo habitual.

– Es que yo, hijo, pienso en castellano y luego traduzco. Si, sí; soy castellana; mis padres eran castellanoparlantes y yo aprendí el catalán muy tarde. Pero un día, décadas ya hace, me lancé con el catalán. Desde entonces es con la lengua que hablo, y siempre escucho y veo Catalunya Radio y TV3; aunque pensar, sigo pensando en castellano.

Resultaba fascinante su filosofía. Sus hábitos activos y su vestimenta muy cuidada contrastaban fuertemente con su paso torpe al arrastrar su pierna. Su mirada, su rostro, reflejaba también algo de ese mal físico. Pero no se rendía ante nada.

– No tengo miedo a la muerte. Ya desde joven lo pensaba. Sí, en cambio, tengo miedo al sufrimiento, al dolor, pero no a la muerte. Cuando uno muere, ya no siente nada, ya no hay nada. Por eso no me dan pena los muertos sino los familiares, los que soportan ese vacío nuevo. Esos sí me dan pena.

– Tiene usted una postura muy epicúrea / dije yo al recordar un texto de Epicuro que precisamente hablaba de la muerte en un tono parecido.

– ¿Epicúrea? La primera vez que alguien me dice algo así. Me habían llamado vitalista, por ejemplo, pero nunca epicúrea. Me ha gustado. Me lo voy a apuntar, chico.

Y se bajó del bus, se apoyó en sus muletas y me dijo adiós con la mano a través del cristal; sonriente, feliz.

Written by ertziano

12 agosto 2009 at 12:42 AM

#83 Justicia alternativa

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Parla italiano? Parlez-vous italien?

Si. Parlo italino e francese. Oui. Je parle italien et français.

Parla francese? Parle-t-il/elle français

Sonaba de fondo Madredeus en uno de aquellos bonitos bares de la costa. Yo, enfrascado en mi sempiterno capítulo uno del métado de italiano, repitiendo como un loro; estirado en la eterna butaca de piedra de la playa de la Barceloneta; la playa que, aunque que le dicen fea, yo la quiero igual por haber dejado fundir mis lágrimas en su Mediterráneo. Por haber estado ahí, durante la última década, con su rumor, a las duras y a las maduras. Además, qué demonios, ¡qué no es fea!

Le vi venir en semejante situación, a pocos metro de mí. Sonriente, mientras sostenía una bandeja de cartón cubierta con un pañuelo de cocina a cuadros verdes. Su paso era extraordinariamente relajado, aunque conservando siempre su atención sobre el objetivo. La destapó, la bandeja, y me mostró un montón de pastelitos de chocolate con nueces. Cuando ya estaba a mi lado.

– ¿Quieres? Seguro que te va bien para el italiano/ me dijo con tono confiado, queriéndome hacer reír. Y lo hice. Reí, aunque no entendía del todo bien su proposición.

– Pero, cómo. ¿Los regalas o algo?/ Pregunté, naïf como de costumbre, con ironía dudosa.

– Bueno… A veces los regalo pero como me lo has preguntado, ya no/ carcajeó sin estridencia/ te doy una por un euro/ Hablaba deprisa, sin dudar demasiado y escogiendo bien, muy bien, el tono y las palabras. Sin ocultar nunca la mirada, ni la sonrisa. Se le veía bien majo al chaval; joven, alto y moreno. De aspecto sencillo. Poco orgulloso aunque, seguramente, muy digno.

– Es que ahora mismo no me apetece/contesté, sin mentir una pizca.

– Bueno, no pasa nada. Otra vez será… ¿Quieres un pastelito de chocolate? Son a un euro/ Preguntó inmeditatamente a un niño que andaba por allí cerca, sin perder un momento. El niño, sin palabra mediante, se alejó poco a poco con paso dubitante, como para preguntar a sus padres. Cuando les alcanzó, él me dijo:

– Será mejor que le acompañe/ y me dejó.

No tuvo éxito con sus pastelitos; ni con los padres del niño ni con el grupo de americanos que se autofotografiaba al lado. Y pasó por mi lado, en busca de clientes potenciales en las butacas traseras.

le dije/ -yo creo que deberías venderlos a cincuenta céntimos o algo así. es que un euro es un poco caro viéndolo tan pequeño.

– ¡pero es que el chocolate que le he puesto es muy bueno!

– ya, pero la gente no tiene ni puta idea de como es el chocolate. casi mejor que pusieses uno menos bueno pero más barato el pastelito.

– pruébalo, y ya verás lo bueno que es el chocolate… y luego me das el euro /sonrió pillo.

– Bah, da igual. es que no me apetece, de verdad, y después voy a cenar.

– Bueeenoo…

Y preguntó a las mujeres mayores, hablando en catalán, que habían en el asiento detrás del mío. Él se dirigió a ellas en catalán con acento.

– (en catalán) Es que chico, ahora no nos lo vamos a comer.

– (también) bueno, no hace falta que se lo coman ahora, señoras. Me lo pueden comprar y se lo comen mañana viendo Ventdelplà.

Yo entonces solté una sonora carcajada. ¡Menuda ocurrencia! Ventdelplà es una célebre serie de televisión de TV3, la televisión de Catalunya, en el horario de sobremesa. Como una telenovela a la catalana. Mucha gente aquí la sigue. Es verdad, aquellas señoras, con aire marujón, tenían toda la pinta de verla. ¡Ventdelplà!

Y entonces vino por sopresa otra vez y me ofreció la bandeja por el costado opuesto al anterior.

– Toma, coge uno, anda.

– ¿Me lo das?

– Sí, cógelo.

– Joder, muchas gracias, tío.

Y lo cogí. Y aún sorprendido, cuando él ya se alejaba, le grité.

– ¡Oye! Si el chocolate es del bueno, la próxima vez que te vea, ¡te doy el euro!

– ¡Vale!

Y el chocolate, es verdad, estaba muy bueno. Además mezclado con un azucar grueso que se notaba con leve crujir, lo hacía perfecto junto con la nuez de la capa superior.

Seguí con mi italiano mientras le observaba. Se detuvo después con una chica. Llevaba ya ¡diez minutos para venderle un pastelito! Buscaba ella algo en su bolso, quizás el monedero. No encontraba. Soltó él la bandeja sobre la arena y buscó algo en la mochila. Quizás también su cartera. Y la encontró, y quizás cogió un euro y quizás se lo dio a ella. Y ella, entonces, quizás le dio ese mismo euro y él el pastelito. Y quizás, ella le escribió el teléfono en la servilleta del pastelito. Y además, y eso sin quizás, él le dio dos besos, y se fue, contento.

Después tocó a un grupo, con el que habló también largo tiempo. No pareció vender pastelito alguno. Llamó por teléfono a alguien, habló media hora lo menos. Y pensé que quizás ya se habría podido gastar lo que había ganado en la tarde con aquella llamada. Desarapareció luego en el horizonte.

Acabé con el primer capítulo del método. Si volvía a coger el libro en menos de cuarenta y ocho horas, es posible que por fin comenzase con el capítulo dos. Si no, tendría que volver a repasar el primer capítulo como había hecho ya mil veces. Miré el reloj y ya era un poco tarde. Recogí las cosas y me fui paseando por la orilla.

Le vi, hablando de grupo en grupo. Me paré ante él cuando practicaba su persuasión.

– Toma, el euro. Estaba muy bueno y te lo prometí.

– ¡Muchas gracias!/ sorprendido y sonriente, muy sonriente.

– La gente buena merece su recompensa/dije yo casi inaudible; y pensé divertido que aquel euro estaba justamente compensado con los libros que el día antes tomé prestados de El Corte Inglés. Imaginé que era una forma, a mi manera, de hacer justicia con el sistema éste que resulta un poco injusto.

El grupo cobaya rió; mi llegada les había parecido muy extraña.

– Venga tíos… estáis compinchados, ¿no?

– No, no, de verdad/ y les expliqué por qué le daba entonces un euro.

Me fui, y él, a lo lejos, me gritó.

– ¡Mañana te doy otro sin que me pagues!

– ¡Hasta mañana entonces!

Written by ertziano

10 agosto 2009 at 12:54 AM

Regreso (y espacio)

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A las once y media de la noche llegué, por primera vez, para no irme una semana después como hasta entonces había hecho. No tenía ya billete de vuelta, a ninguna ciudad, ni pueblo. Sin más, regresaba de Francia, y de España. Regresaba, además, de un último mes que había sido de otro año, de varios de los anteriores, de mi vida y de otras.

Tendido sobre aquel colchón de matrimonio ahora heredado, el balcón abierto, algunos gatos furiosos en la oscuridad peleando como leones, yo aún escuchaba la radio a las 5 de la madrugada, o la mañana, según quién perfile. De la emisora musical andaluza se podía esperar flamenco, oldies, rumba, muchos éxitos veraniegos… Pero no a Carla, Bruni. Un mes antes, hubiese cambiado de emisoria inmediatamente. En tierras vecinas no tienen a bien considerar a esta modelo convertida en cantante y ahora señora del presidente de la República. Por política, por cansancio o por integrarme, Carla ya no me gustaba más. Pero me pilló a traición, cuando mi mente, en pleno vuelo hacia los mundos de Oniria, ya no utilizaba la extenuante razón sino que sólo manejaba los frágiles sentimientos. Mi respiración se detuvo un instante. Me desperté levemente. Aquella canción me trasladaba a un pasado, a un momento donde buena parte de lo que soy y quise ser, comenzó a forjarse. Carla Bruni fue, sin duda, la banda sonora de aquellos días, catalizados por el descubrimiento de una película entonces desconocida que, de tanto verla, memoricé casi fotograma por fotograma: Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. Y recordé que hubo unos tiempos, luego llegaron otros, y más… Fui consciente de la fugacidad de la vida, de sus altibajos, de sus curvas y, sobre todo, de las diferentes influencias que uno recibe y conforman el carácter propio.

Últimamente, con curiosidad, me preguntaba cómo había podido yo tener un carácter que muy poco tiene que ver con mi entorno más inmediato. Realmente, me resultaba de lo más extraño y muy desconcertante. Mis amigos resaltaban a veces ese carácter dual mío casi con espanto: “Joder, ¡estás hablando de Platón como si fuese el Marca!”. Porque desinhibirse del medio es difícil, muy difícil; así que todo se mezcla, Platón y el Marca; como si perteneciesen a la misma categoría. Yo creo que lo son, de hecho, pero eso ya es tema aparte. Así, comencé en aquella noche a sumergirme en mis propios recuerdos casi con actitud arqueológica. Buscando imágenes por aquí, y por allá. Y encontraba momentos, situaciones donde creía ver una línea coherente, lógica señalando a alguna parte. Me preguntaba si crecer, madurar es un proceso de barroquismo, donde se añaden gustos, se adquieren conocimientos, etcétera. O, si en cambio, es un ejercicio de limpieza, de filtro entre lo que nos pertenece genuinamente y lo que nos ha sido impuesto desde fuera. No lo sé.

Así, he dedicado las últimas semanas a charlar con antiguos mejores amigos, antiguos vecinos, antiguos familiares de aquellas tierras de la España profunda. Abrazos, miradas, confesiones. He preguntado sobre abuelos, bisabuelos, la vida de mis padres antes de mi nacimiento. Y ha sido curioso observar como rasgos particulares, pelín extravagantes, de mi personalidad, acaban siempre por aparecer en algún punto del árbol genealógico o hábitos de cuando yo era muy pequeño. Mi abuelo paterno, al que nunca conocí y del que la familia no conserva muy buena opinión, agotó todos sus últimos ahorros durante los años 70. Lo hizo viajando a Las Islas Canarias, Estados Unidos, Filipinas, India, China…¡En aquella época donde casi no había turismo! Él quería dar la vuelta al mundo, ése era su sueño, según le contó el encargado de la agencia de viajes del pueblo a mi padre, pero éste se lo desaconsejó por su estado de salud y acordaron hacerlo en varios vuelos. Mi abuelo moriría pocos años después de realizar esos viajes. Como digo, nunca le conocí. Así, después años de mitología creyendo que era, por méritos propios, un rara avis de un barrio y una familia más bien sedentaria; descubro que todo es mucho más simple; que en realidad no son más que unos genes gastados y circunstancias fortuitas casi olvidadas las que cargan con la mayor parte del mérito de una vida humana.

Llego a la habitación a las once y media; después de un año lleno de presuntas lecciones de humildad. Tras batallas contínuas por aquello que yo considero básico: como unas cortinas, una cocinita para calentar comida, un pequeño frigorífico, una conexión a Internet que nunca llegó a funcionar… Llego tras los meses donde renuncié oficialmente a un falso sueño, convertido en pesadilla, y terminar por aceptar una vocación que yo y otros siempre me habían negado. Tras abandonar la creencia de omnipotencia, de creer poder tocar la perfección con la punta de los dedos, y reconocer mi propia debilidad, mi propia imperfección. Un año deshaciéndome de creencias, mentiras, falsas necesidades que perennes, silenciosas, invisibles habían arraigado en mí…

Y; descubro una habitación abarrotada. Barroca, como ese pasado en el que excavo. Densa. Demasiadas cosas, demasiadas que no necesito. Demasiadas cosas que solo están ahí para ocupar, mostrar, tranquilizar. Indirectamente, me preocupaba tanto de la imagen externa, de la aprobación ajena; que uno se olvida a sí, de lo que uno es de verdad, lo que uno desea y anhela en lo más profundo. Se abandona bajo la ilusión de que la imagen proyectada en el teatro corresponde a la naturaleza íntima del ser. Cree que en realidad es lo que enseña y muestras a los demás y así, oculta y reprime la esencia verdadera. Tenía que vaciar esa habitación. Tenía que sacarlo todo. Tenía que borrar esas mentiras decorativas.

Encuentro libretas antiguas no robadas. Con cinco o más años en sus hojas. Llenas de dolor, barrocas; como la habitación, y el pasado. Llenas de lágrimas, vanidosas y desgarradas. Me doy cuenta del tormento que me ha supuesto vivir por intentar amar a quién no se quiere en realidad, sólo por cobardía y miedo hacia los espectadores del teatro. Sólo por afán estético, perfeccionista. Me manipulaba a mí mismo como un personaje novelesco sin tener en cuenta quién era yo en realidad, qué quería, por qué suspiraba. Yo era mi propio titiritero. Obsesionado por trazar el argumento perfecto y escribir el best-seller de mi vida. Poco importaban los verdaderos sentimientos del personaje.

Vacío la habitación. Quito estanterías. Saco todo hasta encontrar lo que considero imprescidindible y comienzo a ordenar de nuevo. Quedan estantes vacíos. No me importa. Están bien así, vacíos, esperando ser ocupados cuando de verdad llegue el momento.

Written by ertziano

8 agosto 2009 at 3:24 AM

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Pensamientos de seda

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Eran las 8 de la mañana. Lo sé porque hacía unos minutos, a las siete y media, me había despertado sin previo aviso. Unos picores insoportables por todo el cuerpo unidos al calor sofocante habían obligado a mi cerebro a enviar la orden de abrir párpados. Mierda. Tenía ganas de levantarme porque de ninguna manera podía volver a recuperar el sueño en aquel horror de mañana. Pero el sueño que aún tenía me impedía cualquier movimiento con el fin de iniciar la jornada. Me fui al sofá, desterrado de mi propia habitación por un ejército de insectos voladores. Raudo, en un entorno más fresco y lejos de seres chupasangres, cerré los ojos y volví a un país nuevo de la otra realidad.

Qué extraño me resultaba encontrarla allí. Estábamos en un tren; yo, ella y su madre. No sé por qué. Cuando hablaban entre ellas, yo no comprendía nada; del árabe no había podido aprender más que a escribir y leer unas pocas letras. En cambio, ella se dirigía a mí en francés, a través de su velo y una pudorosa distancia, y entonces era su madre la que no comprendía.

La situación era rara. La conocí en aquel pasadizo universitario, buscando un aula. Ajeno a diferencias culturales, le pregunté rápidamente, sin dudar, pelín hechizado, que de dónde era. Ella pareció sentirse ofendida y un eco a mi espalda dio una explicación. La voz, una mezcla de francés, inglés y mucho árabe, amigablemente me indicaba que aquella joven doncella que rondaba mi edad era su mujer. Pero no lo dijo de una forma agresiva en absoluto, era símplemente una indicación, como la de la presión atmosférica del día. Fue aquella primera reacción la que hizo que yo la desconsiderase desde entonces, por su extrema sumisión que yo casi despreciaba. La relación con la pareja y otro chico, éste de orígen sirio de mi edad y también casado, fue haciéndose cada vez más estrecha. Ella me trataba y hablaba cada vez con más normalidad, como un amigo de la “pandilla”, pero yo no olvidaba aún aquella primera reacción tan desagradable. También en alguna ocsasión, cuando él, su marido, me dejaba solo con ella, algo que yo interpretaba como muestra de la confianza que él tenía en mí; yo, por inercia, tendía a acercarme, y ella siempre reculaba manteniendo exactamente la distancia a la que su marido nos había dejado, si no mayor. Y cuando nos encontrábamos por azar solos en la calle, yo la notaba siempre nerviosa aunque tan radiante como de costumbre.

Y allí estábamos: Ella, su madre y yo, en un compartimento particular de un tren. ¿Por qué? ¿Qué hacían una chica palestina y su madre con un español atravesando tierras desconocidas? ¿Adónde íbamos? ¿De dónde veníamos? ¿Por qué hacíamos aquel viaje? No lo sé; todo formaba parte de esa otra realidad que obedece lógicas diferentes. Sólo sé que ella mantenía la vieja distancia, frente a la atenta mirada de su madre, pero su rostro, sus ojos radiaban un sentimiento diferente que yo no me atrevía a interpretar en aquel momento. Sé que hablábamos de un viaje anterior, también en tren, en el que nos acompañaba su madre como entonces y quizás su marido. Ella se acercaba cada vez más, siempre con mucho recato. Yo le decía, con toda la delicadeza y el cariño que podía demostrarle, que no me gustaba esa sumisión que había observado en ella, que se había casado demasiado joven, que tenía aún una vida por vivir y transgredir, que fuese muy consciente de que ella no era menos digna que un hombre, que nadie tenía ningún derecho sobre ella y que debía luchar. Que si legalmente quizás no era posible, que fuese consciente de que el sistema era injusto, en la intimidad al menos. Ella me escuchaba sin, a decir verdad, hacerme mucho caso. Conocía ya muy bien mis ideas, las había rumiado, se notaba… Pero necesitaba tiempo y yo quizás no me daba cuenta de ello. Ambos veníamos de mundos muy distintos y ambos teníamos que aprender cosas el uno del otro. Ambos.

Su madre salió un instante del departamente por una urgencia. Ella inmediatamente tomó mis dos manos en el aire y me miró directamente a los ojos como nunca antes se había atrevido.

– “Me gustó mucho hacer contigo el otro viaje”.

E interpreté entonces su mirada, su sonrisa, el calor de sus manos. Sentí todo lo que ella no podía decirme en palabras o con otras formas que violasen su ley. Lo supe, estaba seguro, no había duda, y para hacérselo saber, que había entendido su mensaje, cubrí yo entonces sus manos y el gesto en mi mirada intentó decírselo todo sin decir nada, sin rozar nada.

Y me vino la idea, la extravangante idea ahora mientras lo recuerdo, de que si era necesario convertirse al Islam y rezar mirando a la Meca todos los días; yo lo haría, si por estar con ella había de hacerlo.

Acompañado de este última promesa, me desperté entonces en el sofá; en la cocina que también era comedor. Había ya cierto ajetreo en aquel instante pero conseguí retener las imágenes en mi cabeza, en mitad de la confusión inicial que conlleva despertarse en un sofá. Y me pregunté si Oniria se había colado en mis sueños a través de una picadura y que, oculta tras un velo, había querido probarme en aquella noche de calor.

04/08

Written by ertziano

5 agosto 2009 at 3:38 AM

Respeto es

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reconocer que aunque anhelemos la perfección, somos todos humanos y muy imperfectos. Que caminamos con un saco a nuestra espalda lleno de debilidades, preocupaciones y rancios miedos. Que tenemos todos un pasado aliñado de frustraciones y heridas mal curadas que, en silencio, de susurrar no cejan en nuestros oidos viejos. Que para juzgar, sólo una piel tenemos, la nuestra; y que el mundo puede lucir muy distinto a través del ojo ajeno. Que quién nos abraza de verdad cuando frío tenemos, funde su armadura por nosotros entregando un tesoro entero.

Written by ertziano

2 agosto 2009 at 2:38 AM

Publicado en palabras

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Lunes en verso

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Written by ertziano

1 agosto 2009 at 6:02 PM

Publicado en parafraseando

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Un paseo

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moon.jpg

– La Luna, ¡qué bella!
– Y qué bello imaginarte a ti iluminada por ella.
– ¡Qué tonto eres!
– Escucha; mírala bien.
– Vale
– Obsérvala, medio encendida. Silenciosa. Callada.
– Ajá
– Recorre su perfil luminoso, y quédate arriba. Allá donde la oculta y ensombrecida superficie, las tierras alumbradas por el rey Sol y las infinitas tinieblas del cosmos coinciden, los tres, en un punto. ¿Lo ves? Justo arriba.
– Sí
– Yo estoy también mirando hacia ese mismo punto. Ahora nuestras miradas pasean juntas allá en aquella esquina, en un mundo hecho sólo para nosotros.
– ¡Qué cosas tienes!
– ¿No te gustan los paseos lunares?
– Bueno, no están mal… ¿Quieres que tomemos un helado mientras damos una vuelta por el cráter de Platón?
– Vayamos a los montes de Jura, que están muy cerca y dicen que son muy bonitos.

Written by ertziano

1 agosto 2009 at 1:51 AM

Publicado en palabras

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