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Sueños y espirales

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El peligro viste gafas de pasta

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Ayer fue la segunda vez en menos de tres meses.

La primera, cuando tomando un tren desde Montpellier, ciudad que la prensa suele relacionar con ETA, varios agentes de la policía nacional, cuando cruzábamos la frontera, entraron en el vagón. Uno de ellos, me miró y vino directamente hacia mí. Me pidió el carnet de identidad y tomó su tiempo apuntando mis datos. Sin decir nada, sin explicación alguna. Pensé que era un trámite habitual y que acto seguido harían lo mismo con el resto de pasajeros. Pero no, lo cierto es que fui el único al que pidieron el DNI y registraron. Me señalaron, me convirtieron en garbanzo negro y ya todo el vagón comenzó a mirarme de forma extraña desde entonces, sin razón.

Ayer fue la segunda. En las fiestas en Barcelona y con unos conocidos del país vecino que andaban de visita. Me preguntaron si podían fumar marihuana y yo, que había espacio y no iban a molestar a nadie, acostumbrado además a la ciudad permisiva que siempre he conocido, les dije que sí, que no había problema, aún sin yo fumar.

Pero las leyes no necesariamente obedecen al sentido común. En menos de cinco minutos apareció un grupo de la policía local que comenzó a registarnos de cabo a rabo, como si fuésemos delincuentes, como si hubiésemos robado a punta de navaja. Tierra trágame. Les expliqué la situación, que ellos eran extranjeros y que había sido un error mío. No había razonamiento posible. Me pidieron el DNI y apuntaron mis datos, junto a otros nombres y números anónimos de aquella u otras noches. Sólo a mí, que no tenía nada encima. Otra vez en alguna maldita lista oscura sin razón alguna.

Con socarronería comentaban:

– Si ya se te ve que no fumas, pero los tontos como tú siempre acaban fichados. -y mirándome fijamente- Sí, si hasta tienes pinta de estudiar fuera/ y sorprendido pensé que cómo demonios podía verse algo así

– Tened claro que voy a recurrir. Por favor, ¿podéis darme vuestros nombres? / les exigí con sonrisa áspera

– Epi y Blas.

Y como iba algo bebido, no me había dado cuenta hasta entonces de que tenían los números de agente cosidos en el uniforme. Miré uno de ellos y lo memoricé. Después lo anoté.

Pensé decirles que es una lástima que esas cosas pasasen, que yo hacía un tiempo aún creía en el Estado de Derecho y esa teórica democracia que defienden. Que siempre había votado con orgullo, aunque fuese a partidos minoritarios. Y que sólo faltaban pequeñas incidentes como estos para convencerme completamente de que todo es farsa. Que esa prepotencia en unos teóricos servidores de la sociedad me hace pensar que algo falla, que algo no nos cuentan, que algo ocultan, que algo traman. Que los que de verdad molestan no son los que gritan visceralmente, a favor o en contra, o por supuesto los que viven sumidos en la mudez mental más absoluta, sino los que tranquilamente discrepan e intentan ser coherentes con su discrepancia. Sin alaridos, pero a paso firme. Y que eso, supongo, estos que tratan con todo tipo de gente, lo saben ver de alguna forma. Y esos tontos, com ellos dicen, tarde o temprano, acaban fichados para que se callen de una vez por todas. Al menos, según la versión de la policía.

Written by ertziano

23 agosto 2009 at 12:47 AM

Amor fast-food

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– ¿Y a ti te gusta ir de mujeres?

– ¿Cómo?

Sencillo y de buen corazón. Su forma algo tosca de hablar, muy del pueblo, por su acento y expresiones que utilizaba, muchas veces me dificultaba bastante entenderle a la primera. Él era uno de los mejores amigos de mi padre. Uno de los dos. Fue él quién le compró los últimos caballos. Tenía casi 70 años, todos ellos vividos en soltería, algo que irremediablemente había marcado su carácter.

– Muchacho, que si vas de putas por ahí.

La pregunta me golpeó como un puñetazo. Tardé unos instantes en recuperarme y reaccioné como todo un caballero al que hubiesen mancillado su honor.

– ¿Yo de putas? Por Dios, ¡nunca, jamás!

Parecía haberme cogido por sorpresa, pero la pregunta, la cuestión, el dilema, ya me había encontrado varias veces en las esquinas de los últimos meses y yo siempre tenía la sensación de salir herido de todos los duelos.

Recuerdo aquella noche de mayo, ya de madrugada, caminando por la Rue Saint-Denis acompañado del jesuita. Cuando alcanzábamos el arco de triunfo del boulevard, una chica, bajita de piel negra apareció de entre las brumas de un soportal y nos agarró a ambos por el brazo. Yo cogí su mano cuidadosamente y la devolví a su posición de gravidez, negando cualquier posiblidad de negocio. Aunque no llegase a sentirme incómodo, la situación me desagradaba ligeramente. El jesuita, sin embargo, continuó con el juego de caricias y palabras que, en esta situación, no necesitaban de doble sentido. Mis ojos no daban crédito. El chico, el hombre de la misa ineludible de los domingos, de la COPE, del pecado, del bien y el mal, de Dios, parecía estar comprando sexo en la calle. Me opuse a cualquier mínima posiblidad que pudiese navegar por los pensamientos nocturnos de mi amigo. Viendo la chica que no había negocio posible, nos dejó y nosotros continuamos nuestro camino. Acto seguido vino una de esas conversaciones donde yo inundaba todo el aire con mi voz y él todos los silencios con sus miradas y sus sonrisas que decían más que todas mis palabras juntas, ataqué el comercio del sexo por todos los flancos posibles, desde la mercantilización de la carne humana hasta el propio significado de la palabra sexo. Mis razonamientos, aunque quizás válidos, no eran más que un disfraz. Mi posición íntima no estaba tan sustentada en ningún argumento racional como en la sola repugnancia que me producía la imagen de un teatro de caricias y falso amor con un completo desconocido. Mi amigo no era de la misma opinión o eso, al menos, parecía decirme con uno de sus silencios. Unos silencios que confesaban ya haber jugado algún papel en esas obras.

Fue ése, ese mismo sentimiento de repugnancia, el que sentí en la ciudad con otro viejo amigo, que también alguna vez me había hablado de putas, pero no en esta ocasión. Éramos él, un conocido suyo y yo. Vagábamos por las calles en la madrugada de la ciudad. De chupito en cerveza y de cerveza en cubata. La gente bebe para tener más facilidad en la palabra, y yo también. Pero ellos utilizaban esa palabra para camelar, engatusar, engañar, exagerar y acabar con alguna de aquellas, sí, atractivas chicas del bar en la cama. No era el sexo lo que me molestaba, o no tanto, sino el prólogo que acompañaba. Porque en todo aquello, en aquellos diálogos, en aquellas risas, en aquellas bromas, en aquellos roces, había también una gruesa capa de mentira, de falsedad. Apenas conocían su nombre y ya se creían en el derecho de cogerlas de la cintura o entrometer sus manos entre sus cabellos, con licencia para susurros y caricias de mejillas. Estaba cansado de verlo repetido noche tras noche; mismo Romeo, diferente Julieta. En mi iluso sistema planetario eso sólo podía ocurrir cuando destino y fortuna se conjuraban para traer ante nosotros, de entre la improbabilidad más absoluta, a un imposible, a un sueño que creíamos irreal, inexistente y que de repente sentimos que se encuentra a dos metros de nosotros y ya puede el bar y el mundo desaparecer en ese instante, que no nos damos cuenta mientras estamos sumergidos en la mística de sus pupilas negras. Y entonces, y sólo entonces, a uno le importan un pimiento las licencias y los tiempos. Pero para ellos; los sueños no eran más que rumores lejanos que estaban dispuestos a ser suplantados con la prima bella ragazza que encontrasen el sábado por la noche. Me producía arcadas.

– Pero tío, la vida, la sociedad, funciona así. Si no, no follas.

-¡Que le jodan al sexo joder! ¡Que le jodan también a la sociedad! Lo estás confundiendo todo, los estáis confundiendo todo. Usurpáis las formas de enamorados y no es más que una mentira. Cuando llegue el día de algo verdadero, de algo puro, si logras reconocerlo, no podrás más que repetir las mentiras y artimañas que perpetraste anteriormente. Te condenas a una farsa perpetua. No es más que la cultura del fast-food aplicada al amor. Sacia rápido, pero te deja un sabor de boca de mierda.

Mendigar migajas de falso amor y después mostrarlas en la vitrina de los recuerdos, como trofeos de caza. Entendió bien lo que le dije aunque, otra vez, yo actuaba más por instinto al defender mis ideas que por razonamiento lógico. Pero sé que me entendió porque comenzó a ponerse cada vez más nervioso y tuvimos que dejar de hablar del tema. En verdad, llevábamos más de seis horas bebiendo y deambulando; el alcohol ya pesaba en nuestras cabezas y yo tampoco tenía muchas ganas de discutir. Sólo quería que me dejasen volar entre mis nubes, aunque la vejez o la fatiga me hiciesen, algún día, doblegarme y estamparme contra alguna farola gris anclada en la realidad.

Written by ertziano

24 julio 2009 at 3:51 AM

Publicado en paisajes, pensamientos, pentagrama

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