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Sueños y espirales

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Luz fluorescente

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Dicen que tengo un corazón de hielo, y es verdad. Soy frío. Siempre he sido muy reticente al contacto y a las muestras excesivas de afecto. Son pocos, muy pocos, los que han podido escuchar de mís labios un “te quiero”. Al contrario que la mayoría, no suelo desconfíar normalmente de nadie, pero en cambio soy muy cauto a la hora de tejer una relación sólida.

Ella me dijo que mi padre de pequeño no quería que me mezclase con otros niños. Ni siquiera fui a la guardería. “Yo le enseño, no quiero que le contaminen”, pensaba él. A decir verdad, no me viene a la memoria una sola imagen de infancia compartienda una mañana de domingo con alguien que no fuese mi padre. Pero, un día, descubrí en el cuarto de baño una maleta llena de revistas pornográficas. Me sentí de algún modo traicionado, por ocultarme todo aquello. Además, mi relación con el sexo se volvió turbia desde entonces. Después, años después, me insultó con profundo desprecio, se burló y llegó a amenazarme con darme un puñetazo en la cara mientras me cogía del cuello. Vi el odio en sus ojos.

De ella era fácil escuchar “te quieros” y “mi niños”, que no eran más que superficie. Yo a ella la recuerdo con terror. De pequeño yo tenía un pelo largo, lacio y rubio, muy bonito. Ahora es corto y muy seco. Ella solía agarrarme y tirarme del pelo, y darme en la cara, fuerte, muy fuerte. Yo me escondía, aterrorizado. Lloraba mucho, y suplicaba a gritos que no me pegase.

Me solía insultar con facilidad. Tonto, idiota, imbécil, gilipollas. Puede que bromease en ocasiones, pero de tanto oírlo me acostumbré a aquellas palabras. A la condición gilipollas, y me volví gordo además. Yo trataba a los otros como ella me trataba a mí. Hasta que un día un amigo me dijo que no le insultase tanto, y me di cuenta entonces de que algo fallaba.

No soporto todo lo que me recuerde a aquellos días gilipollas. La luz fluorescente, el silencio con olor a lejía, la televisión encendida por las tardes.

Lo pienso ahora casi extrañado de pensarlo. Sólo porque una canción me parece una nana, y nadie me cantó una nana de pequeño. Supongo que eso quizás explique por qué soy tan frío, por qué trato tan mal a la gente. A mí me gustaría poder hacer feliz a todo el mundo, pero no puedo demostrarlo, porque entonces pienso que soy gilipollas, que se ríen de mí, que no soy nada y que mi buena intención será mal interpretada, o no se entenderá, o no le importará, o me equivocaré, o me traicionarán tarde o temprano. Que haga lo que haga, saldré perdiendo. Por eso me callo, o digo alguna gilipollez, o alguna mala palabra. Porque así no dejo que nadie me hiera; ya lo hago yo mismo.

A mí gusta como hacen en Marruecos. Los hombres -y las mujeres- cogiéndose entre ellos de la mano, amistosamente. Incluso pasean así agarrados por la calle. Como si se cantasen una nana en silencio. Porque una nana es luz, es calor, es entendimiento. Una bofetada, o un insulto, en cambio, es ignorancia, frío, oscuridad.

Written by ertziano

12 octubre 2009 at 1:59 AM

Los sueños de Badreddin

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Y entonces Jafar le explicó la historia de Badreddin y Sett El-Hosn. Esta bellísima mujer, que vivía en el Cairo, fue condenada a casarse con un criado jorobado. Pero Badreddin, que se había enamorado de la chica y espantó al jorobado con la impagable ayuda de un genio, entró en la habitación nupcial y vivió una maravillosa noche de amor con ella. Durante la madrugada, dos genios se llevaron a Badreddin dormido y lo dejaron, desnudo, delante de la puerta principal de la ciudad de Damasco. Cuando el joven se despertó, se encontró rodeado de curiosos que le observaban. Badreddin les explicó que había pasado la noche en el Cairo con la chica más bella del mundo, pero nadie le creía, y el joven acabó dudando de si todo no había sido más que un sueño. Durante cerca de diez años, Badreddin vivió humildemente en Damasco, y en su interior se hacía más y más intensa la nostalgia por aquella mujer que creía haber querido durante una larga noche de verano. Mientras tanto, Sett El-Hosn no podía dejar de pensar en Badreddin, de manera que acabó pidiendo a su padre que lo buscasen por todas las ciudades del mundo. Después de un largo viaje, encontraron a Badreddin en Damasco, le encadenaron, lo metieron dentro de un baúl y lo llevaron a Egipto después de avisarle de que sería condenado a muerte. Badreddin estaba desconcertado y no sabía de qué le acusaban. Cuando llegaron al Cairo, viendo que se había dormido, lo llevaron directamente a la habitación de Sett El-Hosn, que previamente la había dejado tal y como estaba la noche de bodas, lo desnudaron y lo metieron en la cama. Cuando, al día siguiente, Badreddin se despertó y vio a su lado la mujer de sus sueños, pensó que acababa de despertarse después de la larga noche de amor que habían pasado juntos y se convenció que los años pasados en Damasco no habían sido más que una pesadilla.

Las mil y una noches. Noche 38 . Extracto de la adaptación y selección de Brian Alderson, en la edición en catalán de Anaya, “Les mil i una nits”.

Written by ertziano

27 agosto 2009 at 3:18 PM

#85 Amor consumista

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– ¡Maestro! ¿Pero me dice que paciente, que no desfallezca, que siga mi camino, que persiga un ideal? ¡Pero maestro! Sabe usted bien que el mundo no funciona así. No sé maestro si con razón o sin ella, pero el mundo de las grandes ciudades y los grandes edificios recluye en pequeños departamentos. El mundo del miedo, inclina a la desconfianza permamente. Nadie puede vivir así y esperar eternamente sin nadie a su lado.

– Esperar, ¿qué?

– Pues es eso, maestro, un angelito, una media naranja, como quiera usted llamarlo; algo que endulce un poquito la urbe gris.

– Pero pupilo, ¿no te das cuenta de que ellos no buscan amor verdadero? Ellos buscan lo que buscan en todo. Consumir. ¿Y por qué consumen? Por lo que has dicho: Por el miedo, la desconfianza, el aislamiento, la competitividad silenciada que nos vuelve a todos locos, el vacío interior, la debilidad. Tú criticas ese consumismo, lo atacas sin descanso cuando alguien hace uso de él, pero no te das cuenta de que va mucho más allá de las meras transacciones económicas de un supermercado o unos grandes almacenes. Consumismo es una filosofía de vida que lo impregna todo, cada parcela. Consumismo es la permanente búsqueda de tener mucho, tener lo mejor, lo más caro, lo más codiciado, pertenecer a la clase. Que nadie te pueda mirar por encima del hombro. ¿Crees que eso sólo se aplica a un coche o un reloj? ¡Tonterías! ¿Acaso no está codiciada una rubia resultona? Pues todos irán a por ella, porque así mandan los tiempos, sin importar el qué ni el por qué. Todo sea por acallar la angustia de un destino prefijado a base de reglas no escritas. ¿Quieres ser libre? Pues reacciona antes de que lo “normal” acabe con tu vida.

– ¿Y cómo?

– No respetes una sola regla no escrita. No respetes nada excepto tu propia ley.

– ¿Pero maestro? Si todo el mundo hiciese lo mismo, ¡todo sería caótico! ¡anarquía! ¡la ley de la selva!

– Eso es lo que te han hecho creer. ¿Pero no es ya la ley de la selva? ¿No hay constantemente asesinatos y robos impunes?

– Sí, pero van a la cárcel.

– ¡No los grandes, pupilo! Va a la cárcel quien mata a uno, pero no el que mata a miles. Va a la cárcel el que roba un bolso, pero no el que roba millones. A veces hay algún cabeza de turco. Pantomima.

– Maestro, en todo caso, así lo ha decidido la sociedad. Vivimos en democracia.

– Pupilo, ¿te has dado cuenta de que todo gira entorno a dos partidos políticos? ¿de que tú no decides nada del programa de esos partidos? ¿de que la economía es siempre igual de injusta? ¡Alfonso XIII ya tenía un sistema parecido! Jugaban a pelearse entonces, decía mi profesor de historia. Pues a mi me parece que muy poco ha cambiado.

– Puede usted, maestro, integrarse en un partido y cambiar cosas. Puede, igualmente, crear su propio partido.

– Pero pupilo, no seas tan cándido. ¿Has visto las exigencias que hay para formar un partido? ¿Y que conseguir algún diputado en el Parlamento requiere una cantidad de votos desproporcionada respecto a los partidos grandes? Pupilo, el sistema te deja, pero te lo pone tan difícil, que es como si no te dejase. ¿E integrarse en un partido? ¿Crees que es la meritocracia la que impera en los partidos grandes? Nada. Todo es apariencia. El poder, y el amor, están bien cogidos para que los grandes ladrones y asesinos salgan siempre impunes. Mientras unos se enriquecen enormemementes, otros pierden sus casas aquí y sus vidas en rincones lejanos de los que nadie quiere acordarse. Pupilo, no respetes nada excepto a tu propia moral. Esa es la verdadera democracia. No hay otra, por ahora. No estás obligado a respetar un sistema estúpido.

– Pero maestro, no entiendo; le he preguntado por amor y usted me responde con política.

– Piénsalo bien, pupilo. Hablas tú de amor y de fondo ya resuenan contratos y reparticiones de bienes. De fondo suena el cacareo de un supuesto trofeo. Resuena Hollywood y su pop-rock. Y todo, todo eso, lleva siempre la idea de un solo tipo de amor. De una sola idea. Siempre hay una gota de rebeldía al principio, pero el mazo del ideal acaba por imponerse en una família bien. Y comieron perdices, y no un bocata cualquiera. Pupilo, el amor es mucho más que un contrato entre dos personas, el amor que ellos te venden es el contrato entre dos seres y el sistema entero. Se comprometen a servir fielmente, a las duras y a las maduras, porque no han conocido la verdadera libertad, no han conocido el verdadero amor y se rinden ante lo único que les ofrecen.

– Maestro, olvida usted que el amor también tiene mucho de naturaleza.

– Y la naturaleza tiene mucho de carnívora y de egoísta.

– ¿Niega usted la naturaleza o el sistema?

– Pupilo, negar, no niego nada. Sólo te empujo a que seas más libre de lo que te condenaron al nacer. Si deseas encerrarte entre los garrotes de un falso amor, sometido quedarás. Si en cambio decides romper esos barrotes, esas reglas y perseguir tu propio destino, el destino te respetará y te esperará, lejos de sometimientos y servilismos.

– ¿Y si fracaso?

– Fracaso, anarquía… son palabras que el sistema tergiversa y acuña a su manera para atemorizarte, para que ninguna oveja escape del rebaño. No hay mayor fracaso que el de perder tu propia libertad y pisotear tus propios ideales. Empieza a diferenciar qué hay de ti y qué hay de sistema en tu cabeza, empieza a no respetar las reglas sólo porque vienen así, ya que nacen de una democracia que es absurda. Empieza a perseguir tu propio destino y vivir bajo tu propia ley. Todo lo demás te convertirá en un siervo fácilmente manejable. Sé libre y ama con libertad, ama de verdad; tanto a un ideal como a un alma descarriada.

Written by ertziano

19 agosto 2009 at 5:39 PM

Pensamientos de seda

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Eran las 8 de la mañana. Lo sé porque hacía unos minutos, a las siete y media, me había despertado sin previo aviso. Unos picores insoportables por todo el cuerpo unidos al calor sofocante habían obligado a mi cerebro a enviar la orden de abrir párpados. Mierda. Tenía ganas de levantarme porque de ninguna manera podía volver a recuperar el sueño en aquel horror de mañana. Pero el sueño que aún tenía me impedía cualquier movimiento con el fin de iniciar la jornada. Me fui al sofá, desterrado de mi propia habitación por un ejército de insectos voladores. Raudo, en un entorno más fresco y lejos de seres chupasangres, cerré los ojos y volví a un país nuevo de la otra realidad.

Qué extraño me resultaba encontrarla allí. Estábamos en un tren; yo, ella y su madre. No sé por qué. Cuando hablaban entre ellas, yo no comprendía nada; del árabe no había podido aprender más que a escribir y leer unas pocas letras. En cambio, ella se dirigía a mí en francés, a través de su velo y una pudorosa distancia, y entonces era su madre la que no comprendía.

La situación era rara. La conocí en aquel pasadizo universitario, buscando un aula. Ajeno a diferencias culturales, le pregunté rápidamente, sin dudar, pelín hechizado, que de dónde era. Ella pareció sentirse ofendida y un eco a mi espalda dio una explicación. La voz, una mezcla de francés, inglés y mucho árabe, amigablemente me indicaba que aquella joven doncella que rondaba mi edad era su mujer. Pero no lo dijo de una forma agresiva en absoluto, era símplemente una indicación, como la de la presión atmosférica del día. Fue aquella primera reacción la que hizo que yo la desconsiderase desde entonces, por su extrema sumisión que yo casi despreciaba. La relación con la pareja y otro chico, éste de orígen sirio de mi edad y también casado, fue haciéndose cada vez más estrecha. Ella me trataba y hablaba cada vez con más normalidad, como un amigo de la “pandilla”, pero yo no olvidaba aún aquella primera reacción tan desagradable. También en alguna ocsasión, cuando él, su marido, me dejaba solo con ella, algo que yo interpretaba como muestra de la confianza que él tenía en mí; yo, por inercia, tendía a acercarme, y ella siempre reculaba manteniendo exactamente la distancia a la que su marido nos había dejado, si no mayor. Y cuando nos encontrábamos por azar solos en la calle, yo la notaba siempre nerviosa aunque tan radiante como de costumbre.

Y allí estábamos: Ella, su madre y yo, en un compartimento particular de un tren. ¿Por qué? ¿Qué hacían una chica palestina y su madre con un español atravesando tierras desconocidas? ¿Adónde íbamos? ¿De dónde veníamos? ¿Por qué hacíamos aquel viaje? No lo sé; todo formaba parte de esa otra realidad que obedece lógicas diferentes. Sólo sé que ella mantenía la vieja distancia, frente a la atenta mirada de su madre, pero su rostro, sus ojos radiaban un sentimiento diferente que yo no me atrevía a interpretar en aquel momento. Sé que hablábamos de un viaje anterior, también en tren, en el que nos acompañaba su madre como entonces y quizás su marido. Ella se acercaba cada vez más, siempre con mucho recato. Yo le decía, con toda la delicadeza y el cariño que podía demostrarle, que no me gustaba esa sumisión que había observado en ella, que se había casado demasiado joven, que tenía aún una vida por vivir y transgredir, que fuese muy consciente de que ella no era menos digna que un hombre, que nadie tenía ningún derecho sobre ella y que debía luchar. Que si legalmente quizás no era posible, que fuese consciente de que el sistema era injusto, en la intimidad al menos. Ella me escuchaba sin, a decir verdad, hacerme mucho caso. Conocía ya muy bien mis ideas, las había rumiado, se notaba… Pero necesitaba tiempo y yo quizás no me daba cuenta de ello. Ambos veníamos de mundos muy distintos y ambos teníamos que aprender cosas el uno del otro. Ambos.

Su madre salió un instante del departamente por una urgencia. Ella inmediatamente tomó mis dos manos en el aire y me miró directamente a los ojos como nunca antes se había atrevido.

– “Me gustó mucho hacer contigo el otro viaje”.

E interpreté entonces su mirada, su sonrisa, el calor de sus manos. Sentí todo lo que ella no podía decirme en palabras o con otras formas que violasen su ley. Lo supe, estaba seguro, no había duda, y para hacérselo saber, que había entendido su mensaje, cubrí yo entonces sus manos y el gesto en mi mirada intentó decírselo todo sin decir nada, sin rozar nada.

Y me vino la idea, la extravangante idea ahora mientras lo recuerdo, de que si era necesario convertirse al Islam y rezar mirando a la Meca todos los días; yo lo haría, si por estar con ella había de hacerlo.

Acompañado de este última promesa, me desperté entonces en el sofá; en la cocina que también era comedor. Había ya cierto ajetreo en aquel instante pero conseguí retener las imágenes en mi cabeza, en mitad de la confusión inicial que conlleva despertarse en un sofá. Y me pregunté si Oniria se había colado en mis sueños a través de una picadura y que, oculta tras un velo, había querido probarme en aquella noche de calor.

04/08

Written by ertziano

5 agosto 2009 at 3:38 AM

Benedetti – Los formales y el frío

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Mario Benedetti
Los formales y el frío

Quién iba a prever que el amor, ese informal
se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa, la de ella,
era como un augurio o una fábula
su mirada, la de él, tomaba nota
de cómo eran sus ojos, los de ella,
pero sus palabras, las de él,
no se enteraban de esa dulce encuesta

como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios, los de él,
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas

de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella,
después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

En Tortuga.

Written by ertziano

31 julio 2009 at 2:12 AM

Publicado en parafraseando

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El puente de Austerlitz

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– ¡Te dije que no lo hicieses! – le grité

Y me enseñaba sus dientes, burlones, riendo, mientras se alejaba de mí temiendo falsamente mi reacción. Yo ladeaba la cabeza, acariciándome el mentón, con una sonrisa tímida y gigantesca al mismo tiempo. Sin saber bien qué hacer. Comencé a correr, a perseguirla por la orilla del río. Ella se dio la vuelta, rauda, y salió por patas mientras reía a borbotones, histriónica. Los que a aquellas horas paseaban por allí, nos miraban a lo lejos, incrédulos. La alcancé cuando sus carcajadas ya apenas si le dejaban caminar, hablar siquiera.

– Así que eso es lo que habías tramado durante toda la noche…

La cogí entre mis brazos al alcanzarla y le abracé. Como princesa en torre, se resistió un instante, uno solo, para después girarse y apretar su pecho contra el mío. Me agarró por la camisa del cuello. Me besó, un segundo, como la picadura de un mosquito y dejó la huella de su pintalabios Lady Bug sobre los míos. Declaré mi rendición y me convertí en su prisionero. Cogió de mi mano y tiró de mí. Lo sentí como un rescate pirata.

Fue horas antes en aquel minúsculo pub de música francesa donde la encontré. Todos bailábamos, frenéticos, golpeando el suelo, ese arenal, alrededor de las columnas y bajo las vigas de madera. La cerveza, el calor. Poca sangre arribaba a la masa cerebral y cuando una canción de la mujer cantante del presidente francés sonó por los altavoces, la veintena de metros cuadrados del pub se convirtieron en un caótico silbido. Me sentía en el salvaje oeste, y en el caos, la vi a ella. Sentada con una expresión oscilante entre el aburrimiento y la angustia. Benditos sean los descarriados que se nos aparecen en las discotecas. Le invité a bailar y aceptó. Lo hacía yo tan mal, o estaba tan borracho, no sé, que le parecí muy gracioso.

Seguía tirando ella de mi mano sin yo saber a dónde me llevaba. Paró frente a una moto, una Vespa clásica.

– ¿Es tuya?

Situó su índice frente a sus labios, indicándome silencio. Acercó su mano a mi cintura y la introdujo en mi bolsillo izquierdo, sacó el pañuelo que, junto con la cartera, el móvil y el reloj, llevo siempre encima para limpiar mis gafas. Me tapó los ojos con él, atándolo a mi nunca. Me ayudó a subirme a la Vespa, tras ella, y tomando mis brazos, los situó alrededor de su cintura: “Agárrame bien fuerte”. ¡Cómo no hacerlo! Arrancó la moto y salimos.

– ¡¿A dónde vamos?! ; grité yo, batiéndome contra el viento

– ¡Tú me salvaste antes! ¡Ahora te voy a salvar yo!

Me acordé de aquella novela titulada “Dios vuelve en una Harley Davidson”, sólo que lo nuestro era una Vespa. ¿Qué demonios quería decir con que me iba a salvar? ¿Era todo aquello real? Demonios, ¡si no sabía ni cómo se llamaba!

– Oye, ¡no sé tu nombre!

– ¡Sí que lo sabes! ¡En realidad!, ¡ya nos conocemos!

– Mí no entender – respondí perplejo, atónito, algo asustado.

– ¡Me llamo Oniria!

– ¿¡Oniria!? ¿¡De entre las 12 y las 13?!

– ¡Sí! ¡La misma!

No pude reprimirme e inmediatamente tiré del nudo del pañuelo . Contemplé su larga melena castaña durante diez segundos, sin entender, sin comprender. Vi la luz roja de un semáforo; paramos. Puso ella y después yo el pie izquierdo en el asfalto. Se giró, me miró, sonrió y me besó por tercera vez en aquella noche. Algo había de familiar en aquel beso. Sí, quizás… Pero, no, no podía ser. El semáforo cambió a verde. Cogió el pañuelo de mi mano y volvió a colocármelo.Se había convertido en mi marionetista, pero yo me revolvía entre sus hilos.

– ¡Pero eso es imposible! ¡Oniria fue un sueño! ¡Ni siquiera recuerdo su apariencia!

– ¡Es normal! ¡Hay detalles de los sueños que siempre se nos escapan!

– ¡Pero! ¡Si es un sueño! ¿¡ Qué haces aquí?!

– ¡Espera un momento!

Paramos al fin, y apagó el motor. Me ayudó a bajar de la moto, aún con los ojos vendados,y me condujo por algo que parecía ser una pequeña cuesta. Nos detuvimos. Noté el calor de su presencia frente a mí, me abrazó y acto seguido deshizo el nudo muy suavemente, quitó el pañuelo y me lo entregó. Estaba frente a ella, a muy escasos centímetros. Sus ojos oscuros, los míos, su mirada, la mía, parecían el reflejo infinito de una sola mirada, de unos solos ojos. Me cogió de la cintura y giró mi cuerpo entre sus brazos, dándole yo mi espalda. Y allí estábamos en el más bello de los puentes sobre el río, que diviidía la ciudad en dos partes, y frente a nosotros, la isla, que conectaba ambos lados, ambos mundos.

– ¡El puente d’Austerlitz!

Me giré. Ella sonreía como si me observara abrir un regalo, como si hubiese esperado este momento durante meses.

– Oniria, Oniria… No, no puede ser. No puedes ser tú.

Ella, impasible, continuaba observándome fíjamente, sonriente, como esperando que lo inevitable acabase por convencerme.

– La realidad, Oniria, yo vivo en la realidad, y tú vives en los sueños. Yo nací en la realidad, y tú naciste en un sueño. ¡Si hasta escribí un post sobre ti!

– Tú y tu blog… ¿Y ahora, dónde estamos, en un sueño o en tu querida re-a-li-dad?

Mierda. Esa era una maldita buena pregunta, ¿qué demonios era todo aquello? ¿había tomado algo raro aquella noche? ¡No!.

– Mira allí, en donde aquellos edificios, eso es a lo que tú llamas realidad. Mira al otro lado, a aquello le llamas sueños, de ahí vengo yo. Pero ahora ahora no estamos ni allí, ni tampoco al otro lado. ¿Así, que venga, valiente, dime dónde estamos?

La chiquilla ésta me retaba, y se reía porque ella sabía que yo estaba perdido del todo. En toda mi vida, sólo había conocido a una sola persona que pudiese manejar mis hilos de aquella manera, que pudiese contagiarme la risa de esa forma.

– Oniria… ¡No entiendo nada!; espeté en una carcajada, echándome las manos a la cabeza.

– Cariño, los sueños y la realidad nos son más que las dos orillas del mismo río. ¿Sueño y realidad? ¿Realidad y sueño? Nunca puedes estar seguro de si caminas por una orilla o por la otra. Cuando estás a un lado, lo otro es una visión lejana, ¿pero cuál de ellas?

– Hay continuación en la realidad. Si hoy me das un beso, dejarás tu Lady Bug marcado en mi mejilla hasta mañana, y quizás pasado.

– ¿No planeas lavarte? – pregunta pícara.

– Un beso tuyo, ¡jamás!

– No vale querido, recuerda que no estamos del todo en tu realidad, aunque tampoco en la mía. Así que aquí las cosas no funcinan necesariamente cómo tú crees. Touché. – y me sacó la lengua.

– Yo no me resisto. Dame uno, uno fuerte en la mejilla y déjalo bien grabado.

– Ya está -satisfecha, trás fundir sus labios sobre mi mejilla izquierda.

– Dame un espejo, quiero verlo ahora mismo.

Y sacó de su bolsito uno pequeño, lo cogí y me miré. Cuando observé el cristal, la manó me tembló ante una imagen que no esperaba. Había el reflejo del río, del lado izquierdo de la ciudad y de la isla. Pero el puente y mi cara se confundían con el fondo. Apenas si atisbaba las líneas de mis rostro en el reflejo. El espejo se deslizó por entre mís dedos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

– ¡Mi espejo! – se quejó en un lloriqueo ahogado.

– Oniria, no aparecía el reflejo de mi cara en el espejo -le dije serio, aún en trance.

– ¿Qué? – su ruiseño rostro cambió por otro confuso, preocupado – ¿Qué hora es? – me preguntó nerviosa-

Miré el reloj, pero me sentía incapaz de leer la hora.

– ¿Qué está pasando Oniria? No sé qué hora es, la agujas, el reloj parece deshacerse sobre mi muñeca.

– Recuerda- y comenzó a hablarme muy seriamente- recuerda bien. Esta noche, en el puente de Austerlitz. Recuerda, esta noche en el puente de Austerlitz. Me besó una carta y última vez, con cariño, con mucha delicadeza, como si fuese una despedida y quisiese que le recordase mañana. Era ella, era Oniria, ya no tenía ninguna duda. Esta noche en el puente de Austerlitz, continuó repitiendo. Esta noche en el puente de Austerlitz. Esta noche en el puente de Austerlitz… Yo le miraba, sin entender…

El móvil sonó, y me despertó brúscamente. Ya eran las ocho de la mañana, debía levantarme. Desactivé la alarma. Tenía un terrible dolor de cabeza. Ayer había bebido demasiado, me dolía también el estómago. Me levanté y fui al lávabo a refrescarme la cara. Encendí la luz y entonces lo vi. En mi mejilla, en mi mejilla izquierda había la marca de unos labios, aún en letargo pensé: “Parece que he tenido una buena noche”, fanfarrón, orgulloso. ¿Sería guapa la chica? Me fijé más y me di cuenta de que era una marca extraña. Era una sola mitad, la marca de medio beso. Qué extraño. Y entonces, como si fuese el eco de un sueño, lo recordé: “Esta noche en el puente de Austerlitz”.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 7:06 AM

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Amor fast-food

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– ¿Y a ti te gusta ir de mujeres?

– ¿Cómo?

Sencillo y de buen corazón. Su forma algo tosca de hablar, muy del pueblo, por su acento y expresiones que utilizaba, muchas veces me dificultaba bastante entenderle a la primera. Él era uno de los mejores amigos de mi padre. Uno de los dos. Fue él quién le compró los últimos caballos. Tenía casi 70 años, todos ellos vividos en soltería, algo que irremediablemente había marcado su carácter.

– Muchacho, que si vas de putas por ahí.

La pregunta me golpeó como un puñetazo. Tardé unos instantes en recuperarme y reaccioné como todo un caballero al que hubiesen mancillado su honor.

– ¿Yo de putas? Por Dios, ¡nunca, jamás!

Parecía haberme cogido por sorpresa, pero la pregunta, la cuestión, el dilema, ya me había encontrado varias veces en las esquinas de los últimos meses y yo siempre tenía la sensación de salir herido de todos los duelos.

Recuerdo aquella noche de mayo, ya de madrugada, caminando por la Rue Saint-Denis acompañado del jesuita. Cuando alcanzábamos el arco de triunfo del boulevard, una chica, bajita de piel negra apareció de entre las brumas de un soportal y nos agarró a ambos por el brazo. Yo cogí su mano cuidadosamente y la devolví a su posición de gravidez, negando cualquier posiblidad de negocio. Aunque no llegase a sentirme incómodo, la situación me desagradaba ligeramente. El jesuita, sin embargo, continuó con el juego de caricias y palabras que, en esta situación, no necesitaban de doble sentido. Mis ojos no daban crédito. El chico, el hombre de la misa ineludible de los domingos, de la COPE, del pecado, del bien y el mal, de Dios, parecía estar comprando sexo en la calle. Me opuse a cualquier mínima posiblidad que pudiese navegar por los pensamientos nocturnos de mi amigo. Viendo la chica que no había negocio posible, nos dejó y nosotros continuamos nuestro camino. Acto seguido vino una de esas conversaciones donde yo inundaba todo el aire con mi voz y él todos los silencios con sus miradas y sus sonrisas que decían más que todas mis palabras juntas, ataqué el comercio del sexo por todos los flancos posibles, desde la mercantilización de la carne humana hasta el propio significado de la palabra sexo. Mis razonamientos, aunque quizás válidos, no eran más que un disfraz. Mi posición íntima no estaba tan sustentada en ningún argumento racional como en la sola repugnancia que me producía la imagen de un teatro de caricias y falso amor con un completo desconocido. Mi amigo no era de la misma opinión o eso, al menos, parecía decirme con uno de sus silencios. Unos silencios que confesaban ya haber jugado algún papel en esas obras.

Fue ése, ese mismo sentimiento de repugnancia, el que sentí en la ciudad con otro viejo amigo, que también alguna vez me había hablado de putas, pero no en esta ocasión. Éramos él, un conocido suyo y yo. Vagábamos por las calles en la madrugada de la ciudad. De chupito en cerveza y de cerveza en cubata. La gente bebe para tener más facilidad en la palabra, y yo también. Pero ellos utilizaban esa palabra para camelar, engatusar, engañar, exagerar y acabar con alguna de aquellas, sí, atractivas chicas del bar en la cama. No era el sexo lo que me molestaba, o no tanto, sino el prólogo que acompañaba. Porque en todo aquello, en aquellos diálogos, en aquellas risas, en aquellas bromas, en aquellos roces, había también una gruesa capa de mentira, de falsedad. Apenas conocían su nombre y ya se creían en el derecho de cogerlas de la cintura o entrometer sus manos entre sus cabellos, con licencia para susurros y caricias de mejillas. Estaba cansado de verlo repetido noche tras noche; mismo Romeo, diferente Julieta. En mi iluso sistema planetario eso sólo podía ocurrir cuando destino y fortuna se conjuraban para traer ante nosotros, de entre la improbabilidad más absoluta, a un imposible, a un sueño que creíamos irreal, inexistente y que de repente sentimos que se encuentra a dos metros de nosotros y ya puede el bar y el mundo desaparecer en ese instante, que no nos damos cuenta mientras estamos sumergidos en la mística de sus pupilas negras. Y entonces, y sólo entonces, a uno le importan un pimiento las licencias y los tiempos. Pero para ellos; los sueños no eran más que rumores lejanos que estaban dispuestos a ser suplantados con la prima bella ragazza que encontrasen el sábado por la noche. Me producía arcadas.

– Pero tío, la vida, la sociedad, funciona así. Si no, no follas.

-¡Que le jodan al sexo joder! ¡Que le jodan también a la sociedad! Lo estás confundiendo todo, los estáis confundiendo todo. Usurpáis las formas de enamorados y no es más que una mentira. Cuando llegue el día de algo verdadero, de algo puro, si logras reconocerlo, no podrás más que repetir las mentiras y artimañas que perpetraste anteriormente. Te condenas a una farsa perpetua. No es más que la cultura del fast-food aplicada al amor. Sacia rápido, pero te deja un sabor de boca de mierda.

Mendigar migajas de falso amor y después mostrarlas en la vitrina de los recuerdos, como trofeos de caza. Entendió bien lo que le dije aunque, otra vez, yo actuaba más por instinto al defender mis ideas que por razonamiento lógico. Pero sé que me entendió porque comenzó a ponerse cada vez más nervioso y tuvimos que dejar de hablar del tema. En verdad, llevábamos más de seis horas bebiendo y deambulando; el alcohol ya pesaba en nuestras cabezas y yo tampoco tenía muchas ganas de discutir. Sólo quería que me dejasen volar entre mis nubes, aunque la vejez o la fatiga me hiciesen, algún día, doblegarme y estamparme contra alguna farola gris anclada en la realidad.

Written by ertziano

24 julio 2009 at 3:51 AM

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Las horas bajas

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Mis labios no estaban a más que unos centrimetos de los suyos. ¿La excusa? Una foto juntos. Le dije que se acercase. “Mírame”. Yo hice lo mismo. Unos centímetros. Un ligero gesto de cabeza, un roce de labios, y ahí estaría la respuesta, en forma de reacción, a la pregunta que desde hacía media hora, o una entera, me rondaba por la cabeza. Me apetecía besarla. Me apetecía como a veces me apetece tomar una coca-cola, que otras odio. Mi mano le cogía por la cintura. Mi cuerpo reclinado sobre el de ella en la noche. Me miraba. Yo también. Ardía yo entre brasas. Había poco que perder. Probablemente no la vería muchas veces más. Habíamos pasado todo el día juntos. Un centímetro. Pulsé el botón de la cámara. El obturador abrió y cerró en el mismo instante que yo decidí separar mi cuerpo del suyo.

– Mira la foto. Es perfecta – le dije.

– ¿Por qué?

– No he fotografiado una pose sino un instante, he capturado un pedazo de realidad.

Su cara, ahora vista desde otro ángulo, sonreía con cierta incredulidad en el momento congelado. Pero era una sonrisa pétrea. Extraña. Era la sonrisa de los quince días después. Era la sonrisa de la complicidad tranquila. Pero antes, quince días antes, ¿era un sí? ¿un no?

Caminamos. Caminamos en la noche. Igualmente, me sentía rechazado. No sabía si por ella o por el mundo. Me habló de un novio anterior, otro más de la lista. La observé caminar con sus tacones. Con su cabello fino, negro, muy negro. Con su bolso. Con su abrigo ancho. Y pensé que si mis labios hubiesen tocados los suyos, y estos no hubiesen huído, seguramente me habría encadenado al más-de-lo-mismo otra vez. La misma puta historia repetida sin fin. Los mismos malditos paseos abrazados. Las mismas conversaciones absurdas. Los mismos por-favores. Las mismas voces a bajo tono, o silenciadas. La misma eterna normalidad. La misma línea del amor de cartón. Eso sí, besos con lengua, polvos y compañía incluídos. Pero el precio a pagar volvía a resultarme excesivo.

Maldita sea. Caminaba yo despacio. Pensativo. Algo enojado. Como cuando otra chica, de orígenes vecinos, si que apartó sus labios meses atrás. Sentía el mismo resquemor interior. Esta vez, sin embago, el rechazo ahora no lo sentía de ella sino de algo que se encontraba un paso por delante. Esta vez, era el derecho a una vida normal el que me daba un portazo en las narices. Porque con pocas personas había mantenido últimamente un contacto tan agradable como con ella. Pero, a mis ojos, sobrepasar esa línea significaba la muerte de una parte de mí. Incluso con el fin único de la búsqueda del placer sexual.

Llegué a mi cochambrosa habitación. Encendí el ordenador. Descargué las fotos de la cámara. Puse la última, la del pedazo de realidad, a pantalla completa. Me masturbé mientras un vídeo suyo se reproducía en una esquina, una película porno en otra y la foto a tamaño completo, que estaba centrada en sus pechos, visibles en su escote y con el relieve de uno de sus pezones en la tela. Me masturbé durante diez o quince minutos. Intentando alargar el placer. Mis ojos saltaban de sus pechos, al porno, y del porno a su vídeo. En el audio, su voz superpuesta a los gemidos de la actriz.

Me corrí. Y el semen salió disparado con una fuerza temenda. Durante unos ocho segundos, en tres o cuatro tandas.

Miré al suelo. Con ese sentimiento que siempre tengo después de una paja, que es mezcla de libertad, claridad, descanso y, en un rincón, un latigo de la vergüenza. Como un yonki que recurre invariablemente a sus drogas en busca de redención, una rendención envuelta de pecado. No pecado católico. Pecado ético. Decepción.

Cerré el enjambre de imágenes y sonidos, tan insoportable en ese momento y me limpié. Esuché a Brahms y gocé de mis dos minutos de claridad mental. Disfruté de mi única verdadera droga. La que no te juzga, pero también la que no te abraza, para bien, o para mal.

Written by ertziano

19 marzo 2009 at 10:07 PM

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Compañeros de viaje

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Sólo hablábamos para calmar el tedio del viaje. Chachareábamos como quien juega al fútbol, toma una siesta o ve la televisión. Sería una insensatez pensar que el televisor se jugaría la vida por nosotros, pero no por ello dejamos de pasar horas ante él, escuchándolo, observándolo. Al calor de sus imágenes . Ellos estaban allí. En el autocar, el avión o el tren. En el asiento de al lado, de enfrente o de atrás. Eran simpáticos, y comenzamos a hablar. Así llegaríamos antes a nuestro destino. No hablaríamos de nada importante, como la televisión tampoco lo hace, pero se haría de noche sin darnos cuenta, al menos. Al final del viaje quizás intercambiaríamos nuestros teléfonos, o nuestros correos, pero, seamos honestos, nunca volveremos a hablar. Y si sucede, muy probablemente será por cortesía.

No son amigos.Son compañeros de viaje. Accidentales. Prefieren estar al calor de unas palabras conocidas que permanecer en el frío del silencio entre la multitud. Pero no son amigos. Porque este es un término grande. Utilizado en balde, a menudo. Amistad y amor son gemelos confundidos con compañía. Novios que son compañeros. Amigos que son compañeros. Compañeros de viaje.

Cometía él a menudo el error de confundir también. Así primero descubrió que el amor no es una pareja que se besa, ni camina de la mano, o abrazada. No. Luego que la amistad no son dos personas que cada viernes por la noche quedan para salir, o la persona con la que comes cada día. No. Son compañeros, compañeros de viaje.

Cuando comprendió, la herida ya no sangró más.

Written by ertziano

14 marzo 2009 at 6:13 PM

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