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#85 Amor consumista

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– ¡Maestro! ¿Pero me dice que paciente, que no desfallezca, que siga mi camino, que persiga un ideal? ¡Pero maestro! Sabe usted bien que el mundo no funciona así. No sé maestro si con razón o sin ella, pero el mundo de las grandes ciudades y los grandes edificios recluye en pequeños departamentos. El mundo del miedo, inclina a la desconfianza permamente. Nadie puede vivir así y esperar eternamente sin nadie a su lado.

– Esperar, ¿qué?

– Pues es eso, maestro, un angelito, una media naranja, como quiera usted llamarlo; algo que endulce un poquito la urbe gris.

– Pero pupilo, ¿no te das cuenta de que ellos no buscan amor verdadero? Ellos buscan lo que buscan en todo. Consumir. ¿Y por qué consumen? Por lo que has dicho: Por el miedo, la desconfianza, el aislamiento, la competitividad silenciada que nos vuelve a todos locos, el vacío interior, la debilidad. Tú criticas ese consumismo, lo atacas sin descanso cuando alguien hace uso de él, pero no te das cuenta de que va mucho más allá de las meras transacciones económicas de un supermercado o unos grandes almacenes. Consumismo es una filosofía de vida que lo impregna todo, cada parcela. Consumismo es la permanente búsqueda de tener mucho, tener lo mejor, lo más caro, lo más codiciado, pertenecer a la clase. Que nadie te pueda mirar por encima del hombro. ¿Crees que eso sólo se aplica a un coche o un reloj? ¡Tonterías! ¿Acaso no está codiciada una rubia resultona? Pues todos irán a por ella, porque así mandan los tiempos, sin importar el qué ni el por qué. Todo sea por acallar la angustia de un destino prefijado a base de reglas no escritas. ¿Quieres ser libre? Pues reacciona antes de que lo “normal” acabe con tu vida.

– ¿Y cómo?

– No respetes una sola regla no escrita. No respetes nada excepto tu propia ley.

– ¿Pero maestro? Si todo el mundo hiciese lo mismo, ¡todo sería caótico! ¡anarquía! ¡la ley de la selva!

– Eso es lo que te han hecho creer. ¿Pero no es ya la ley de la selva? ¿No hay constantemente asesinatos y robos impunes?

– Sí, pero van a la cárcel.

– ¡No los grandes, pupilo! Va a la cárcel quien mata a uno, pero no el que mata a miles. Va a la cárcel el que roba un bolso, pero no el que roba millones. A veces hay algún cabeza de turco. Pantomima.

– Maestro, en todo caso, así lo ha decidido la sociedad. Vivimos en democracia.

– Pupilo, ¿te has dado cuenta de que todo gira entorno a dos partidos políticos? ¿de que tú no decides nada del programa de esos partidos? ¿de que la economía es siempre igual de injusta? ¡Alfonso XIII ya tenía un sistema parecido! Jugaban a pelearse entonces, decía mi profesor de historia. Pues a mi me parece que muy poco ha cambiado.

– Puede usted, maestro, integrarse en un partido y cambiar cosas. Puede, igualmente, crear su propio partido.

– Pero pupilo, no seas tan cándido. ¿Has visto las exigencias que hay para formar un partido? ¿Y que conseguir algún diputado en el Parlamento requiere una cantidad de votos desproporcionada respecto a los partidos grandes? Pupilo, el sistema te deja, pero te lo pone tan difícil, que es como si no te dejase. ¿E integrarse en un partido? ¿Crees que es la meritocracia la que impera en los partidos grandes? Nada. Todo es apariencia. El poder, y el amor, están bien cogidos para que los grandes ladrones y asesinos salgan siempre impunes. Mientras unos se enriquecen enormemementes, otros pierden sus casas aquí y sus vidas en rincones lejanos de los que nadie quiere acordarse. Pupilo, no respetes nada excepto a tu propia moral. Esa es la verdadera democracia. No hay otra, por ahora. No estás obligado a respetar un sistema estúpido.

– Pero maestro, no entiendo; le he preguntado por amor y usted me responde con política.

– Piénsalo bien, pupilo. Hablas tú de amor y de fondo ya resuenan contratos y reparticiones de bienes. De fondo suena el cacareo de un supuesto trofeo. Resuena Hollywood y su pop-rock. Y todo, todo eso, lleva siempre la idea de un solo tipo de amor. De una sola idea. Siempre hay una gota de rebeldía al principio, pero el mazo del ideal acaba por imponerse en una família bien. Y comieron perdices, y no un bocata cualquiera. Pupilo, el amor es mucho más que un contrato entre dos personas, el amor que ellos te venden es el contrato entre dos seres y el sistema entero. Se comprometen a servir fielmente, a las duras y a las maduras, porque no han conocido la verdadera libertad, no han conocido el verdadero amor y se rinden ante lo único que les ofrecen.

– Maestro, olvida usted que el amor también tiene mucho de naturaleza.

– Y la naturaleza tiene mucho de carnívora y de egoísta.

– ¿Niega usted la naturaleza o el sistema?

– Pupilo, negar, no niego nada. Sólo te empujo a que seas más libre de lo que te condenaron al nacer. Si deseas encerrarte entre los garrotes de un falso amor, sometido quedarás. Si en cambio decides romper esos barrotes, esas reglas y perseguir tu propio destino, el destino te respetará y te esperará, lejos de sometimientos y servilismos.

– ¿Y si fracaso?

– Fracaso, anarquía… son palabras que el sistema tergiversa y acuña a su manera para atemorizarte, para que ninguna oveja escape del rebaño. No hay mayor fracaso que el de perder tu propia libertad y pisotear tus propios ideales. Empieza a diferenciar qué hay de ti y qué hay de sistema en tu cabeza, empieza a no respetar las reglas sólo porque vienen así, ya que nacen de una democracia que es absurda. Empieza a perseguir tu propio destino y vivir bajo tu propia ley. Todo lo demás te convertirá en un siervo fácilmente manejable. Sé libre y ama con libertad, ama de verdad; tanto a un ideal como a un alma descarriada.

Written by ertziano

19 agosto 2009 at 5:39 PM

Al otro lado del río

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“Satán está en mí” me dijo no sin tener que repetirme la palabra “Satán” una segunda vez, era la primera vez que la escuchaba en francés y quizás también la primera en cualquier idioma dentro de semejante contexto. “Nosotros, los árabes, no podemos beber alcohol. Perdemos la cabeza, hacemos cosas que no deberíamos”.

Había llegado tarde, por encima de la medianoche, algo poco habitual en él. Salí al pasillo y enseguida me saludó, más efusivo de lo habitual. Yo me iba, pero me retuvo. ¿No has ido a la fiesta? La que había abajo. Oh, mierda, lo había olvidado, contesté. Normalmente, cuando nos cruzamos, él siempre me saluda serio, indiferente, con ojos neutros y a veces con mirada algo huraña. No en aquel momento. Su aliento desprendía los aromas de la noche. Fue entonces, cuando la prueba llegó a mi nariz, que entendí que todo era distinto.

“Ven, ven, ¿quieres un plato marroquí que he preparado?” Dudé. “Sí, he hecho demasiado y si no lo tendré que tirar.” Me convenció. Entré sin descalzarme y algo titubeante a su habitación por primera vez en medio año. Y entonces, llegó la confesión: “Esta noche he bebido demasiado… Yo soy una persona tímida y no tengo muchos amigos. Por eso también muchas veces a penas si te saludo. Normalmente soltaría un “Salut! Ça va?” y sería todo. Pero cuando bebo… Es diferente. Voy a ir al infierno por esto, los musulmanes no podemos beber alcohol”. Sin embargo, yo siempre había sospechado que él lo hacía habitualmente.”No, la última vez fue hace un mes. Cuando el porno”. Lo del porno fue un extraño episodio. Otra noche rara, en la que él llegó sobre las dos de la madrugada, entró a su habitación dejando la puerta abierta. Cinco minutos después, comencé a escuchar fuertes gemidos desde mi habitación que venían de la suya, inconfundiblemente se trataba de una película porno, estadounidense me atrevería a decir. El sonido era fuerte y yo estaba a punto de irme a dormir. Salí al pasillo y me planté frente a la puerta abierta de su habitación. Él estaba a oscuras, sentado a medias con los pantalones subidos y las manos sobre la mesa, frente al ordenador portátil, viendo la película X. “Mohamed, ¿puedes bajar el volumen, por favor?” Y entonces él respondió de la forma más extraña posible en una situación como esa. Tranquilamente y con voz clara, “Sí, por supuesto”. Unas palabras que, en ese contexto, resultaban del todo chocantes. Ahora sabía que estaba borracho y que él también era consciente de que la situación no era normal, prueba de ello es que aún se acordaba. Y quizás avergonzaba.

“Pero Mohamed, ¿tú de verdad crees que vas a ir al infierno?” Sí, claro. “¿Y entonces por qué bebes si sabes seguro que arderás entre llamas?”. Se quedó pensativo, mirando la cacerola y el extraño cocido con trocitos de carne de oveja halal, hirviendo. Lo miró fijamente hasta que volvió a mí y comenzó a sonreír, casi riendo. “Si te digo la verdad… ¡no lo sé! Soy muy tímido, y si no bebo me cuesta mucho hablar con la gente. Tu ya lo sabes, normalmente no soy demasiado amable”. Su sinceridad resultaba sorprendente. Cuando sobrio, era presuntuoso, chulesco, renegaba a medias de sus orígenes y aceptaba también a medias el país que le acogía. Él era marroquí o francés según lo que conviniese a cada momento, lo que le engrandeciese más a ojos de los demás en cada situación. Nunca, así, aceptaría su timidez ni su fracaso. Ahora lo hacía, asumía sus miserias y se ganaba mi respeto. Sentenció: “Pero ahora, por beber, Satán está en mí”. Pues yo me quedo con Satán, le contesté acordándome de alguien que dijo una vez que uno de sus mayores miedos era que Dios pudiera existir. Propuso que cenásemos juntos, lógico si me estaba invitando pero no tan evidente por la distribución de nuestras habitaciones. Como tendríamos que reorganizar el mobiliario, era tarde, yo estaba cansado y no borracho, dije que mejor lo dejásemos para otro día. Cerré la puerta no sin algún remordimiento. Al poco rato, tocó otra vez sobre mi puerta. Abrí. “¿Tú crees que debo afeitarme la barba?” Estás bien así, le contesté algo inseguro. “Vale, sólo era eso”. Y volvió a marcharse satisfecho.

Algo perturbado por la idea de que Satán fuese un tipo amable y simpático, recordando que lo que él consideraba normal era el Mohamed prepotente, asustado y huraño, tenía la sensación de haber recibido una lección en treinta minutos. Yo, que ya difícilmente podía ocultarle mi aversión por una infinidad de desencuentros, me daba cuenta de que en el fondo, tras las capas culturales, bajo las reglas sociales, bajo chándals Adidas y zapatillas Nike, había un hombre bueno que parecía sólo ser capaz de salir la luz cuando esas capas se mojaban de alcohol.

En la tarde siguiente, en el supermercado, tres chavales jóvenes, que gritaban, que jaleaban, tres chavales de peinados engominados y chándal de salir los domingos, se situaron en el final de la cola al mismo tiempo que yo lo hacía. Aunque, para que negarlo, se intentaban colar. Uno de ellos se preguntaba en voz alta si no había una cola menos “descargada”. Una incoherencia semántica que, tal y como la dijo, yo no pude reprimir una carcajada. Me miraron sorprendidos. La cola avanzó y uno de ellos me hizo un amable gesto de brazo acompañado de un “adelante”. No, no, respondí yo viendo que sólo llevaban una bolsa de patatas. “Merci”, ellos. Pagaron la bolsa de patatas y tres pequeños zumos de naranja que no había visto. Unas semanas antes, chavales de aspecto parecido intentaron robarme infructuosamente. Estoy seguro de que, borrachos, ellos también me hubiesen invitado a cocido marroquí. Reglas, apariencias, pieles de lobo, talones de Aquiles…

Written by ertziano

5 abril 2009 at 2:42 AM