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Sueños y espirales

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Triángulo miratorio

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Ella era francesa y panki, lo demostaba en su peinado, sus piercings y sus botas imponentes. La otra era estadounidense, delicada y fina. Turista, lo más probable. Ambas parecían quererse decir que procedían de mundos distintos. En sus colores y sus formas. Pero la americana miraba a la panki. Algo había entre ellas dos. La americana era ajena a la conversación que sus amigas mantenían, sentadas una frente a la otra. Ella estaba a un lado y parecía no tener motivos para desear una mayor ortogonalidad con sus amigas. De vez en cuando sorprendía hablando como un robot, para recordar a sus compatriotas que aún existía, pero después retrocedía al standby.

Yo, libretilla en mano y boli en boca, las observaba atentamente cuando me di cuenta de que el observador estaba siendo observado. De espaldas a la panki, había una buena doncella, quizás rozando la cuarentena, que me miraba sonriente. No la apercibí al entrar, o quizás es que símplemente la ignoré. Sus gafas y su traje me la hacían una buena obrera del tejido empresarial, a años luz de un paria como yo. Pero me miraba sin flaquear. Continué observando a la panki y a la americana, dejando a un lado a la hormiguita. Bajo los asientos de la conversación gringa, un vaso acartonado de Coca-Cola estilo McDonald’s derramaba las últimas gotas de un batido sintético importado del imperio. Las americanas continuaban hablabando ajenas al derrame.

Hotel de Ville, penúltima parada de la línea. La buena doncella se levanta y se sitúa frente a la puerta, a un paso de mí, sentado yo en los abatibles Me mira otra vez mientras espera el frenazo final. La miro y compungido le sonrío. Responde de igual manera aunque nos separen diez años o más. El tren para, las puertas abren y ella baja. Da dos pasos y gira la cabeza y me vuelve a mirar, a mí, a un paria de libretilla en mano y boli en boca. Y me vuelve a sonreír. Como dudando un instante, sus pies basculan. Las puertas se cierran y la estación desaparece.

La panki y la americana callada siguen inmersas en el zumbido de sus miradas.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 3:43 AM

Publicado en paisajes

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Ética periodística

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Me había dado la información que quería. Sin embargo el precio que yo había tenido que pagar había sido demasiado alto. Mentir y hacerme pasar por lo que yo no era. El instante determinante de toda la conversación fue una pregunta que, en principio, resultaba absurda en la situación donde nos encontrábamos. ¿Eres creyente? Sí, claro, le contesté. Y en ese momento una punzada recorrió mi cuerpo. Fue el colmo de todas las mentiras que nadie me había obligado a decir. Símplemente me hice pasar por un español de la España profunda católica y de derechas, con lo que plagué mis comentarios y opiniones de clichés que desde los periódicos progresistas nos hacen creer que caracterizan a esa otra España.

Nos dio las gracias por venir, yo le dije que de nada y el me correspondió diciéndome que en la próxima manifestación me traería una bandera francesa con la insignia del sagrado corazón sobre ella. Para las grandes y espectaculares manifestaciones españolas. Entonces fue cuando mi compañero dejó caer el comentario que, en tres palabras, desmontó toda mi comedia. “No, si pasábamos de casualidad”. Su conciencia, la suya sí de verdad, católica no daba crédito al discurso que salía de mis labios. Aquel comentario me apuntaba directamente a mí. Al francés le cambió el rictus en un instante, como si de repente no comprendiese nada o creyese que durante un cuarto de hora le habían estado tomando el pelo. Algo que, en el fondo, era cierto. Entonces yo retrocedí en mis posiciones, casi avergonzado de mí mismo. Mis palabras se volvieron más cautelosas y graves. Ya no sentí más interés en seguir preguntando porque la farsa había salido parcialmente a la superficie y yo me había visto a mí mismo como un verdadero miserable. Como uno de esos periodistas rastreros que yo detesto.

Volvía en el metro solo, después de despedir a mi amigo. Me di cuenta en ese instante que la de periodista no iba a ser una profesión tan liviana y entretenida como yo creía. Tendría que enfrentarme al peor de mis dilemas en una decisión en la que corría el riesgo de acabar con algo que yo había siempre creído como la mayor de mis fortalezas. Ser consecuente con mis valores. De repente me di cuenta que, asumir también ese principio, en la profesión con la que ahora soñaba, iba a requerir un sacrificio del que, por primera vez, dudaba. Porque sin camaleonismo nadie compartiría sus pecados conmigo. Sin embargo, al mismo tiempo, eso me convertiría a mí, ante mis propios ojos, en un ser rastrero y despreciable.

Sentí ganas de vomitar. En las últimas horas me habían robado y yo, a la vez, había sentido el impulso de robar. Había entrado en una librería judía con un tono burlesco y, finalmente, me había visto tomando el pelo a varias personas. Maldita sea. Qué estás haciendo. Sabía que algo verdaderamente podrido se escondía en el trasfondo de mi comportamiento. Sin embargo, me sentía incapaz de encontrar una frontera, un límite, en la intersección entre mi mundo y el de los demás.

Se ha de saber encontrar el camino más allá del “sálvese quien pueda”, si no, nunca se abandonan las cavernas de lo moral.

“Esto también es Francia”

Written by ertziano

25 enero 2009 at 7:17 PM

Silencio en la biblioteca?

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Written by ertziano

19 enero 2009 at 11:14 PM

Publicado en pictures

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