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Sueños y espirales

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El viejo y el mar

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En la estación de Lucciana bajamos de aquel pequeño tren, viejo, como de otra época. No iba a vapor pero casi. Funcionaba con gasolina y el estruendo del motor lo inundaba todo. Parecíamos transportarnos en una máquina del tiempo cada vez que nos subíamos a él. De hecho, una de sus vías principales, la que conectaba el norte con el sur de la isla, fue destruída durante la segunda guerra mundial, y aún continuaba en el mismo estado. En los largos viajes que en realidad no eran más que de unos pocos kilómetros, recorriamos el pefil de aquellas montañas enormes y sólo asormarse por la ventanilla producía vértigo, especialmente cuando un rebaño de cabras, o vacas incluso, ocupaban las vías y el tren tenía que detenerse hasta que la salvaje naturaleza decidiese aclarar el camino. Si no fuese porque Napoleón nació en aquella isla, y cuando llegó a París sólo hablaba corso, los corsos encontraban pocas razones para albergar en ellos algún sentimiento francés. A duras penas podía reconocer a Europa en la isla, mucho menos a Francia. Sólo imaginar el contrastre que habría entonces en los “Département d’outre-mer (DOM)”, lad diminutas islas del caribe y del sur de África que, oficialmente también eran Francia, me hacía pensar de lo absurdo de algunas fronteras.

Desde la estación caminamos unos diez kilómetros hasta el aeropuerto, con su altisonante nombre de Aeropuerto Internacional Bastia-Poretta. Habían un máximo de tres o cuatro vuelos diarios y el nuestro no saldría hasta la tarde del día siguiente. Una placa, empero, señalaba que el autor del Principito, Antoine de Saint-Exupéry, había volado desde aquel aeropuerto en uno de sus últimos viajes. Comenzaba a tener la sensación de que la sombra de Saint-Exupéry me preseguía. Llegamos con un día de antelación porque, como digo, los trenes eran muy poco confiables y tomar el único que llegaba antes de nuestro vuelo en el mismo día resultaba demasiado arriesgado. Nos esperaban unas veinte horas en aquel lugar.

En las primeras decidimos preparar bien nuestras mochilas. No íbamos a facturar nada y todo sería equipaje de mano. Todo lo necesario para vivir una semana en una isla, fuera de hoteles y circuitos, iba en aquellas mochilas y parecía imposible que pudiesen caber en dos bultos de 50x40x25 cm. Además, ¿y las navajas? ¿y los clavos larguísimos de la tienda de campaña? En barco, que es como habíamos llegado días antes a la isla, no había problema alguno pero en avión, ya se sabe, todo es distinto. Suerte que, cuando pasé la mochila por el scanner, la vigilante reía mientras flirteaba con su compañero, y no se dio cuenta de nada… Al jesuíta le quitaron la bolsa de los champús -la llevaba en la mano-. Cuando vi que tiraron también mi carísimo dentrífico Bio robado del Carrefour, fui inmediatamente a la papelera y logré salvarlo de la quema.

Sin embargo, fue en la noche anterior cuando lo más interesante sucedió. Desde que llegamos, teníamos claro que, con todas las horas que teníamos por delante, lo mejor sería entablar conversación con algunos de los caminantes del GR20, un bello pero duro sendero de 200kms que atraviesa la isla de arriba a abajo. Sus pieles quemadas les delataban. El primero de ellos fue un alemán de unos 30 años, fanático de los deportes de aventura y que durante la semana trabajaba en una empresa como diseñador de pegatinas publicitarias. Leía un libro sobre un hombre que intentaba enamorar a mujeres con formas estúpidas y absurdas. Parecía divertido. Le ofrecimos unas galletas, que era, en fin, lo único de comida que nos quedaba hasta el día siguiente por la tarde, cuando llegásemos a París. Aceptó y, sabiendo por experiencia propia de la escasez de alimentos en estos viajes, cogió una, la partió por la mitad y nos dio la otra. Nosotros, a su vez, cogimos esa mitad, la volvimos a divir, y nos comimos un cuarto de galleta cada uno. Seguimos hablando un rato más y se fue, estaba muy cansado.

Volvimos al campamento base que conformaban una de aquellas hileras de cuatro o cinco asientos del interior del aeropuerto. Sobre ellos teníamos nuestras mochilas, botellas de agua, ropa sucia, algunos libros. Me senté y volví a mi italiano, repasando la primera lección. Por encima del libro observé que un hombre, de entre 40 y 50, pelo blanco y largo recogido con una coleta y con aspecto eminentemente alemán me miraba fijamente. Quería hablar. Me producía curiosidad pero yo, en ese momento, necesitaba un descanso y bajé la mirada. Una pareja que estaba frente a nosotros ya dormía sobre otra hilera de asientos. Yo, rendido, hice lo mismo y me tendí sobre la mía. Unos diez minutos después alguien se dirigió a mí con un “mesier” y sentí unos golpecitos sobre mi hombro. Abrí los ojos. “¿Habla usted francés?” “Oui, ¿por qué?” El señor, uniformado en negro, pareció suspirar cuando respondí que sí hablaba su lengua. “Disculpe señor, buenas noches. El aeropuerto cierra a medianoche y deben desalojar la sala. Por favor, ¿podría comunicárselo a las otras personas?”. Me quedé pensativo, insistí en alguna excepción, alguna posibilidad para no tener que dormir otra vez a la intemperie. No había manera. El jesuita fue a hablar con el alemán de antes y yo me dirigí al señor de enfrente. Quizás por cansancio o quizás porque dormir en los alrededores de un aeropuerto es muy diferente a hacerlo en mitad del monte, pocos fueron los que no respondieron con aspereza al guardia del aeropuerto.

Aquel hombre de coleta blanca, sin embargo, sonreía con inmensa tranquilidad. Yo incluso creía que no había entendido bien la situación. Se la volví a explicar y sólo alcanzaba a decir “¿y qué podríamos hacer?” Barajamos varias posibilidades. Desde caminar algunas decenas de kilómetros y encontrar alguna playa o adentrarnos en algún bosque para plantar nuestra tienda, hasta la posibilidad de pasarnos por un hostal que nos cruzamos en la carretera. Pero no lo habíamos hecho en una semana así que tampoco lo haríamos en el último día.

Casi todo el mundo pareció decidir que lo más sensato era pasar la noche en el parking del aeropuerto. Así, los bancos que estaban fuera, se fueron ocupando paulatinamente con alemanes embutidos en sacos de dormir . Me di una vuelta y encontré dos más algo alejados de la puerta principal, frente a una entrada que parecía ser de personal. El hombre satisfecho se sentó en uno y el jesuita en el otro. Yo dormiría en el suelo sobre una colchoneta inflable. Todos contentos. Fue entonces cuando entablamos conversación con aquel maestro de la paz interior mientras intercambiábamos nuestros últimos restos de comida. Nos ofreció, además, una Corsica Cola, la competencia directísima de Coca-Cola en la isla. Él estaba casado y trabajaba con un grupo de chicos con Síndrome de Down. Les ayudaba a tratar con situaciones normales de la vida diaria. Caímos en el tópico de comentar que a veces la inocencia y la pureza de estas personas son verdaderas lecciones para los “normales”. Observé que, cada vez que preguntábamos o comentábamos algo, él callaba unos segundos, unos largos segundos, como masticando bien la pregunta o esperando a encontrar la respuesta adecuada. A veces, incluso, creía que no me había escuchado o que estaba, sencillamente, desconectado. Pero entonces, comenzaba a hablar con una voz muy baja, como un murmullo, con una calma absoluta, sin querer llamar la atención de ningún modo posible. “Puede ser, pero lo cierto es que en ocasiones te gritan sin tú entender por qué y parecen convertirse en completos desconocidos”. ¿Pero crees que les entiendes de una forma especial y por eso trabajas con ellos? . Silencio. “No lo sé, creo que no, pero disfruto haciéndolo. Antes me dedicaba a algo totalmente distinto, a la finanzas, pero estaba cansado de la vida que llevaba. Mi mujer me animó a imprimir un cambio en mi vida y encontramos este empleo. Ahora me siento bien.”

Me gustaba porque el hombre decía lo que pensaba él de verdad, su discurso era sincero, no se guiaba por pautas, era su propia voz la que oíamos, no la de lo que le debía a su posición. Quizás por eso tardaba tanto en responder, porque tenía que navegar entre un mar de respuestas prefabricadas para encontrar la suya, la verdadera, la buena.

Hablamos más sobre sus viajes. Resultaba extraño que, estando casado y con hijos, la mayoría de ellos los hacía solo. Además, llevaba únicamente lo más estrictamente necesario; ropa y algún útil. Ni siquiera un móvil. Ésto me llamó mucho la atención cuando lo comentó y le pregunté sobre ello.

– ¿Pero ni siquiera un libro, música? ¡¿un teléfono?!

– No, nada – decía tranquilo, sin inmutarse.

– Pero yo no podría. Hay momentos en los que te sientes muy solo, o muy lejos de todo y necesitas un refugio, ya sea un libro, una canción on una libreta que te transporte a algún hogar imaginario por algunos minutos.

– [silencio] A mí me parecen distracciones. [silencio]. Cuando voy a otro sitio, quiero olvidar todo lo que dejo atrás y sumergirme allá donde estoy. Quiero estar solamente ahí. [silencio]. [fin].

– Pero entonces, a veces puedes pasarlo bastante mal. Solo, en mitad de un lugar desconocido, sin nada en lo que refugiarte.

– [silencio] [silencio] … yo ya no viajo para pasármelo bien (literalmente, enjoy). [silencio]. Para mí viajar es una forma de ver, descubrir, aprender y eso, a veces, está muy reñido con lo de pasárselo bien. Hay que gente que viaja para confirmar sus prejuicios. Yo quiero evitar, precisamente, que eso me ocurra a mí. Quiero observar, mirar, sin pensar nada más, sin juzgar. Por curiosidad.

Abrí los ojos a las seis de la mañana y le vi sentado en el banco, sin la mochila, que él ya había facturado mientras dormíamos a pleno sol. “Sólo quería deciros good morning and… goodbye”. Le di la mano, intentando expresarle con aquel gesto que había merecido la pena conocerle, que le estaba agradecido al destino por ello.

En aquella mañana, hasta que cogimos el avión, pasaron aún cosas interesantes (¡incluso conocimos a un miembo del Frente Nacional de Liberación Corso -FNLC-, una especie de ETA corsa en pequeño!). Pero las últimas palabras de aquel hombre se me habían quedado grabadas en la memoria y no podía dejar de pensar en ellas: Maldita sea, acuñamos con tanta facilidad expresiones como “viaje de placer” que hasta ahora no había sido consciente de que, en su sentido más puro, la expresión podría ser hasta contradictoria en sí misma. Y es que pretendemos llevar nuestra burbuja a todas partes, nuestros prejuicios, nuestras lecciones viejas y observar la realidad a través de esos clichés. Filtrando y seleccionando, incluso, para encontrar ejemplos aislados de aquello que nos hacemos creer a nosotros mismos que lo es todo. ¡Cuántos científicos han falseado insconscientemente experimentos porque no se ajustaban a sus cálculcos! ¡Han negado la realidad porque no se ajustaba a la idea que tenían de ella! Pues imaginemos entonces la distorsión que debe sufrir en nuestras mentes, en nuestras percepciones acientíficas.

En cierto modo, la idea del hombre, de aquel sabio alemán, podría aplicarse más allá del sentido estricto del viaje, y estoy seguro de que él ya lo sabía. Podría tratar la relación misma del hombre con el mundo. De como nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros gustos conforman diariamente una idea de realidad que poco puede tener que ver con la verdadera. De como, a veces, tomamos la foto antes incluso de observar el cuadro o de deleitarnos con el paisaje. Impacientes por llegar a la meta sin saborear el camino, sin conocerlo en realidad.

William Blake – Auguries of Innocence

To see a world in a grain of sand,
And a heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand,
And eternity in an hour.

[…]

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el cielo en una flor silvestre,
Sostener el infinito en la palma de tu mano,
Y la eternidad en una hora.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 8:34 PM

Quemar la hoja

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No quiero que seas lo que esperan de ti.
Ni tu camisa color beige estampado de flores, ni tus medidos movimientos de manos, ni tus gafas de varilla fina, ni tu labio estricto.
Ni tu boli bic naranja, ni tu hoja cuadriculada.
Por favor, dime que no eres eso sino tu gesto a veces dubitante, tu mirada al infinito y tu meñique estirado.
Déjame magnificarte en las fronteras confusas de tu apariencia.
Dime que vives allí porque te ahoga la cuadrícula de tu papel. Dime que muerdes el tapón porque te abruma el resultado de una operación. Porque las ecuaciones te dejan sin incógnitas ni misterios y que mientras elevas y descargas logaritmos, tu mente vuela más allá de los ceros y los infinitos.

Written by ertziano

8 abril 2009 at 9:11 PM

Publicado en paisajes

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