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#84 La vida es arte

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Caminaba con muletas, y no ocultaba su torpeza. Eran muchos los años que atesoraba pero ya desde su juventud le acompañó el bastón. A pesar, vestía bien y parecía coqueta. No compartía vida con pareja alguna, quizás por viuda, quizás por soltería madurada. Se sentó a mi lado porque esa era la butaca que le habían asignado, “La número sis”, aunque la sala estaba medio vacía. Se dirigió a mí en catalán, y yo hice lo mismo después de un año sin hablarlo .

Cuando acabó la obra, me dijo que le había gustado mucho. Que la había escrito el jefe del teatro.

– Yo es que veo todas las obras. Vengo siempre a este teatro, ¡con lo lejos que vivo!

Le ayudé a subir al bus y me senté a su lado, a escucharle.

– Si me quedase en casa, moriría. Viendo la televisión o haciendo cualquier otra cosa que no me enriqueciese. Casi no puedo caminar pero yo siempre busco donde ir, qué hacer. Aún recuerdo el año pasado cuando subí una de las pirámides de Egipto. Cogí al moro, le dejé las muletas y me dijo así con la mano que yo no podía hacer eso. No le hice caso, me fui y agarradita a la cuerda de las escaleras llegué hasta arriba. Aunque menuda estupidez después. Una tumba y poco más. Pero subí.

Me di cuenta de que en su catalán de muy buen acento intercalaba muchas expresiones castellanas. Es común; pero me parecía que ella lo hacía más de lo habitual.

– Es que yo, hijo, pienso en castellano y luego traduzco. Si, sí; soy castellana; mis padres eran castellanoparlantes y yo aprendí el catalán muy tarde. Pero un día, décadas ya hace, me lancé con el catalán. Desde entonces es con la lengua que hablo, y siempre escucho y veo Catalunya Radio y TV3; aunque pensar, sigo pensando en castellano.

Resultaba fascinante su filosofía. Sus hábitos activos y su vestimenta muy cuidada contrastaban fuertemente con su paso torpe al arrastrar su pierna. Su mirada, su rostro, reflejaba también algo de ese mal físico. Pero no se rendía ante nada.

– No tengo miedo a la muerte. Ya desde joven lo pensaba. Sí, en cambio, tengo miedo al sufrimiento, al dolor, pero no a la muerte. Cuando uno muere, ya no siente nada, ya no hay nada. Por eso no me dan pena los muertos sino los familiares, los que soportan ese vacío nuevo. Esos sí me dan pena.

– Tiene usted una postura muy epicúrea / dije yo al recordar un texto de Epicuro que precisamente hablaba de la muerte en un tono parecido.

– ¿Epicúrea? La primera vez que alguien me dice algo así. Me habían llamado vitalista, por ejemplo, pero nunca epicúrea. Me ha gustado. Me lo voy a apuntar, chico.

Y se bajó del bus, se apoyó en sus muletas y me dijo adiós con la mano a través del cristal; sonriente, feliz.

Written by ertziano

12 agosto 2009 at 12:42 AM

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La italiana llevaba esperando treinta minutos (se adelantó, yo me retrasé diez) y, cuando le dije que aún había alguien que venía, su rostro no reflejó excesivo entusiasmo. Llegó entonces ella, la sempiterna irregular y fantasmal eslovena, con su compatriota amiga visitante. En un solo instante me di cuenta de que aquello no iba a funcionar. Se saludaron entre ellas, fríamente. A penas un escaso hola en idioma indefinido. Con cierta ironía, les volví a presentar, intentando distender y que fuesen algo más efusivas. En vano. Como si ambas partes se declarasen mutuamente, en dos o tres miradas, que hubiesen preferido que la otra no estuviese allí.

Entramos a la galería. La eslovena y su compatriota avanzaban independientes, adelantadas. La italiana junto a mí. De todas formas, todas marcaban paso rápido. A penas si se detenían a observar las fotografías y a mí, que había propuesto la visita, no me gustaba aquel ritmo. La fotografía es un arte tan digno como la pintura, y como éste, merece cierta contemplación, cierto sumergimiento. Nada. Dejé a todas a su libre paso y yo continué con el mío. En pocos minutos las perdí de vista. Cuando acabé con la primera parte de la exposición, me dí cuenta de que ni siquiera estábamos en la misma planta del edificio.

Con un punto de desasosiego, continué mi visita. Observé que habían otros, quizás los menos, que recorrían solos también la exposición. Muchos de ellos llevaban un cuaderno (Moleskine casi siempre) con el que hacían algunos esbozos a lápiz de algunas de las fotos. No pocos. Me pregunté por qué lo hacían. Si no sería más interesante acudir a la propia fuente, a la calle, y dejar que sus propios ojos y su cerebro fuesen los que interpretasen la realidad. Y no reinterpretar la muy subjetiva de otro con su cámara. Y digo que me preguntaba, no juzgaba, ya que al mismo tiempo me parecía interesante y no me faltaron ganas de ponerme a hacer lo mismo, si no fuese por el sentido del absurdo antes mencionado. También me apetecía tener una Moleskine y no una de mis libretas robadas.

La encontré a ella, a la italiana. Ya había visitado todas las salas, me acompañó igualmente a las que a mí me faltaban. La comunicación era, en ocasiones, bien complicada, ya que a ella le costaba enormemente construir una frase y a mí no siempre me entendía (culpa mía muchas veces también, claro). Sin embargo, después de haber yo vivido episodios similares cuando llegué aquí (ella había aterrizado hacía no más de una semana), sabía que lo peor respuesta era un rictus extraño de incomprensión. La sonrisa es un gran sofá sobre el que sentarse, descansar, y hablar sin tapujos. Y yo sonreía cuando veía que la comunicación no avanzaba. Y ella entonces encadenaba, y continuaba.

Recibí un SMS. La eslovena y su compatriota ya estaban fuera. Me preguntaba ella en el mensaje si quería que nos esperasen. Sí, le contesté. Salimos y le pregunté a la sempiterna sobre la exposición. “Esperaba más para la reputación de esta galería. Sólo había uno o dos fotografías que me gustaban de verdad”. Su respuesta no me cogía por sopresa. Intransigente y cerrada sobre sí misma, bien podía haber dicho eso como todo lo contrario. Poco importaba. En el fondo siempre sería una respuesta con objeto de llamar la atención, de resaltarse, de subrayarse, de automarginarse voluntariamente. Que no pareciese preguionizada. Y estaba bien. Pero a veces se echaba en falta cierto grado de normalidad, o humanidad, o humildad. Sin embargo, su amiga parecía más de mi opinión. A ella también le gustó mucho la fotografía que, como de casualidad, parecía evocar una famosa pintura de Monet en un charco vulgar.

Fuimos a una tienda de ropa de segunda mano que querían visitar la irregular y su amiga. La italiana fue algo reticente pero finalmente acabó por ceder. Una decepción, caro y antiestético. Un timo, como todo lo que tiende al alternativisimo. Después de esperarlas cuarenta y cinco minutos, decidí por probarme unas camisas de cinco euros. La italiana se ofreció para cogerme el abrigo mientras lo hacía. En medio de todo esto, la eslovena y su amiga, desde la calle, dijeron, a bote pronto, que se iban, sin más. Pues adiós, hija mía.

¿Qué te han parecido las chicas estas? Le pregunté a ella. “Pues… Muy frías. No son como los italianos, o los españoles. El carácter latino”. No sé por qué pero noté que a la chica estaba le estaba cayendo bien, a pesar de saber yo que vivíamos en las antípodas intelectuales. Pero qué poco importa el intelecto a veces… Me dijo ella que mañana iría a la discoteca y, sin yo negarme en rotundo, dejé ver que probablemente no iría. Ella me dijo que ya había comprado la entrada. Pero yo igualmente no iría porque no me apetecía en absoluto acostarme más a las seis de la mañana y levantarme a las tres del mediodía y, además, resultaba un poco cara.

Así acabó el día a las siete y media de la tarde, como una suave brisa que no deja huella, y si la deja, el regusto amargo vendría después, al tener la certeza de que, al día siguiente, no me quedaría otro remedio que ir solo a visitar la exposición que quería ver. Joder, qué malditamente antagonista es la gente. Parece uno siempre obligado a pertenecer a un solo bando infranqueable, asumiendo siempre sus ritos y sus enemigos.

Written by ertziano

12 febrero 2009 at 1:44 AM