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Sueños y espirales

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Corresponsales de guerra

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Otro día sin esperanza. Dicen que los amigos son los que aparecen cuando se les necesita y envié un mensaje a lo más cercano a la amistad que conocía en esta ciudad. Me respondió que iba a una exposicón con una chica. “¿Qué exposición?” contesté yo a las nueve de la noche de un viernes. No hubo respuesta. El segundo mensaje del día que no recibía contestación, la segunda persona. No podía confiarme en nadie ya. “Otra vez solo”, pensé.

Saqué la guía de conciertos, pero realmente nada me apetecía más que encerrarme en un cuarto oscuro, huir, alejarme una vez más de mí mismo. Volví a la habitación de cien euros al mes. La música estridente de mi vecino salía de su puerta como si no hubiese puerta. Al entrar en mi cuarto, sentía la vibración de sus saltos, sus golpes, sus gritos y sus altavoces. La vibración llegaba a mí a través de mis pies, mis manos y mis oídos.

Caminé por la habitación de paredes deshechas, llena de papel pintado a medio caer, a medio pegar, o arrancado. Dejé mi bufanda y mis llaves sobre la mesa. Solo y sometido al bombardeo vecinal que se alargaría hasta las cuatro de la madrugada. Pensé en un corresponsal de guerra. En como me gustaría saber comportarme como uno de ellos. Porque así podría quitarme la bufanda y dejar las llaves indiferente al caos y a la soledad. Complaciente con la idea de que la jornada ha sido dura y que la próxima no lo sería menos. Satisfecho de sí mismo. Capaz de encontrar a voluntad el reposo, el silencio, dentro de sí aunque el infierno arda fuera. Él, símplemente, no confía más que en él mismo y todo lo que quebrante el egoísmo y la apariencia no será más que la improbable excepción que confirme la regla. Ahora, humanidad y espontaneidad son términos revolucionarios.

Written by ertziano

28 febrero 2009 at 1:43 AM

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Breves

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No dormía. No reía. No veía la luz. No caminaba. No leía. No aprendía. No disfrutaba. No comía. No respiraba. No pensaba. Y, además, estaba cansado. Mis piernas flaqueaban. Mi ánimo desfallecía.

Written by ertziano

22 febrero 2009 at 2:11 AM

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Sobre sexo y odios

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No podía reprimir ese ácido sentimiento que como un volcán explosionaba en mi mirada. No aguantaba el balanceo de su cabeza al son de su aipod. Tampco podía contener mi repulsión al ver a aquel ser bajito, con un gran gorro de lana multicolor, reír carcojasamente y bailar obtusamente una melodía hip-hop. Mi piel llameabea cuando escuchaba el claquear de sus tacones y veía su cuerpo caminar, estirada como una alfombra. Le hubiese escupido en la cara cuando él la observaba fijamente, como desnudándola sin reparos ante todos los transeúntes. También cuando el otro giró su cabeza y miró a su compañero al pasar ella entre los dos. Hubiese envíado un SMS bomba cuando no me respondieron el mail, ni el mensaje, ni la llamada. Cuando dejó caer mis comentarios en saco roto. Cuando no supo decir nada, ni siquiera la verdad. O porque cuando al fin contestó, ni pensó la respuesta, pulsó el plei del contestador automático. Le odié por reírse de otro al caerse, o por girar la mirada al cojo, o por juzgar sin conocer, por no dudar de sí, de todo. Por ser un ser que no quiere ser más que cartón, piedra o tijera.

Odié a todos por actuar en esa magnífica tragicomedia sobre sobre sexo y odio, dos caras de una misma. Por las escenas de brutalidad invisible y las personalidades desbordadas de imitaciones. Quería decirles a todos que les odiaba, mucho. Que no aguantaba más el monotono y que yo me cambiaba de mundo. Pero no pude.

Porque soy la misma mierda que ellos. Porque mi carne no es mucho menos débil que la de ellos.. Porque desnudé a otros en público. Porque yo alguna vez también moví la cabeza. Porque yo alguna vez no respondí o puse el piloto automático. Porque también contesté sin pensar. Porqué alguna vez afirmé con rotundidad y alcé la voz. Porque giré la mirada al cojo y al pobre. Porque alguna vez también me reí de ellos.

Les odiaba profundamente pero no menos a mí mismo.

Eran las ocho de la mañana, lunes. Hora punta. Tenía clase. Los rezagados corrían por el andén. Vino el tren y cuando estaba a un metro de mí, salté a la vía. Morí al instante. Ese día la línea B del cercanías parisino se paralizó durante treinta minutos.

A las siete del martes, los rezagados corrieron, los pasajeros subieron, las cabezas se movieron, las voces se alzaron, los tacones sonaron, los ombros se levantaron, los ojos se cerraron, las palabras se vaciaron. Otra vez.

Written by ertziano

22 febrero 2009 at 2:02 AM

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