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Sueños y espirales

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Tex-Mex

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De un mexicano que fue a Londres a casarse con una mujer:
“A la felicidad no hay que esperarla sino que hay que ir a por ella”

De otro mexicano, éste escritor:
“Yo escribo para tener una mayor percepción del mundo, de la vida”.

Y cuando escuché esta segunda frase me di cuenta de que precisamente fue esa la razón que me empujó a inciar unos estudios que, tras cuatro años, y contrariando por completo mis expectativas, habían acabado por ahogar la percepción, la sensibilidad que tenía en el momento de comenzarlos. Por eso mismo, esa misma razón es otra vez la que me empuja a abandonarlos por otros, aunque no me quede ya mucho en esa carrera y mis notas no hayan sido malas. No me importa. Hay que ir a por ella.

La guindilla:

“Todo el mundo tiene sus agujeros negros. Unos los tienen más grandes, otros más pequeños. Es una cuestión de alimentación”.

Written by ertziano

17 marzo 2009 at 12:53 AM

Publicado en palabras

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El sentido último de la libertad

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El pensamiento me abordó a traición en un descuido. Me encontraba recorriendo la perifiera parisina en un tranvía, dirigiéndome a un mercado de libros de ocasión. En estos lugares vedados al turismo me sentía verdaderamente como un intruso. ¿Qué hacía un norteamericano caminando por las calles de Hospitalet de Llobregat? ¿Y un español en los suburbios que no aparecían ni en el callejero? Una vez abandoné el mercado, recuerdo que me pasee entre edificios de alta densidad. Tomé unas fotos y después, sobre una de ellas, escribí “París”. Aquello también era la “ciudad del amor” pero vista desde otras calles menos románticas, menos bohemias, menos burguesas.

Así, mirando a la gente normal. Al señor Manolo, a la señora Carmen, a los andaluces y a los latinos en su vertiente francesa, un “¿Qué hago yo aquí?” me sacudió. Sentía tener el derecho a pisar aquellas calles grises y opacas a la cámara. Yo vivía en aquella ciudad y eso me otorgaba el derecho a símplemente pasear por no importa donde.

Y así, en este flujo de sentires y palabras, me di cuenta que me encontraba en mitad de ninguna parte, en otro país, solo, sin nadie a quien asir en búsqueda de auxilio . Me daba cuenta que sólo había una persona que me había empujado a ello y que en el camino hasta aquí nadie más celebró mi peregrinación. No sabiendo otra cosa más que no acababa de encontrar mi lugar en el mundo, decidí por propia voluntad aprender un idioma más desde cero y salir del agujero en el que siempre me había cobijado. Vagaba ahora por otros asfaltos extraños y familiares a un mismo tiempo. Sin nadie más a quien poder mirar diez segundos a los ojos sin pestañear ni sonreir. Pero a diferencia de hace un año, cuando salté al vacío sin confiar verdaderamente en nadie, esta vez, en ese tranvía encontré a una persona con quien sentirme seguro. Yo mismo. El sentimiento de que, sin depender de nada más, podía hacer lo que me apeteciese. En mejores o peores condiciones. A las cuatro de la tarde de un domingo, sentí el Sol secar mi piel.

Written by ertziano

16 febrero 2009 at 4:09 PM