fugi tivos

Sueños y espirales

Posts Tagged ‘islam

Los sueños de Badreddin

with 4 comments

Y entonces Jafar le explicó la historia de Badreddin y Sett El-Hosn. Esta bellísima mujer, que vivía en el Cairo, fue condenada a casarse con un criado jorobado. Pero Badreddin, que se había enamorado de la chica y espantó al jorobado con la impagable ayuda de un genio, entró en la habitación nupcial y vivió una maravillosa noche de amor con ella. Durante la madrugada, dos genios se llevaron a Badreddin dormido y lo dejaron, desnudo, delante de la puerta principal de la ciudad de Damasco. Cuando el joven se despertó, se encontró rodeado de curiosos que le observaban. Badreddin les explicó que había pasado la noche en el Cairo con la chica más bella del mundo, pero nadie le creía, y el joven acabó dudando de si todo no había sido más que un sueño. Durante cerca de diez años, Badreddin vivió humildemente en Damasco, y en su interior se hacía más y más intensa la nostalgia por aquella mujer que creía haber querido durante una larga noche de verano. Mientras tanto, Sett El-Hosn no podía dejar de pensar en Badreddin, de manera que acabó pidiendo a su padre que lo buscasen por todas las ciudades del mundo. Después de un largo viaje, encontraron a Badreddin en Damasco, le encadenaron, lo metieron dentro de un baúl y lo llevaron a Egipto después de avisarle de que sería condenado a muerte. Badreddin estaba desconcertado y no sabía de qué le acusaban. Cuando llegaron al Cairo, viendo que se había dormido, lo llevaron directamente a la habitación de Sett El-Hosn, que previamente la había dejado tal y como estaba la noche de bodas, lo desnudaron y lo metieron en la cama. Cuando, al día siguiente, Badreddin se despertó y vio a su lado la mujer de sus sueños, pensó que acababa de despertarse después de la larga noche de amor que habían pasado juntos y se convenció que los años pasados en Damasco no habían sido más que una pesadilla.

Las mil y una noches. Noche 38 . Extracto de la adaptación y selección de Brian Alderson, en la edición en catalán de Anaya, “Les mil i una nits”.

Written by ertziano

27 agosto 2009 at 3:18 PM

Pensamientos de seda

leave a comment »

Eran las 8 de la mañana. Lo sé porque hacía unos minutos, a las siete y media, me había despertado sin previo aviso. Unos picores insoportables por todo el cuerpo unidos al calor sofocante habían obligado a mi cerebro a enviar la orden de abrir párpados. Mierda. Tenía ganas de levantarme porque de ninguna manera podía volver a recuperar el sueño en aquel horror de mañana. Pero el sueño que aún tenía me impedía cualquier movimiento con el fin de iniciar la jornada. Me fui al sofá, desterrado de mi propia habitación por un ejército de insectos voladores. Raudo, en un entorno más fresco y lejos de seres chupasangres, cerré los ojos y volví a un país nuevo de la otra realidad.

Qué extraño me resultaba encontrarla allí. Estábamos en un tren; yo, ella y su madre. No sé por qué. Cuando hablaban entre ellas, yo no comprendía nada; del árabe no había podido aprender más que a escribir y leer unas pocas letras. En cambio, ella se dirigía a mí en francés, a través de su velo y una pudorosa distancia, y entonces era su madre la que no comprendía.

La situación era rara. La conocí en aquel pasadizo universitario, buscando un aula. Ajeno a diferencias culturales, le pregunté rápidamente, sin dudar, pelín hechizado, que de dónde era. Ella pareció sentirse ofendida y un eco a mi espalda dio una explicación. La voz, una mezcla de francés, inglés y mucho árabe, amigablemente me indicaba que aquella joven doncella que rondaba mi edad era su mujer. Pero no lo dijo de una forma agresiva en absoluto, era símplemente una indicación, como la de la presión atmosférica del día. Fue aquella primera reacción la que hizo que yo la desconsiderase desde entonces, por su extrema sumisión que yo casi despreciaba. La relación con la pareja y otro chico, éste de orígen sirio de mi edad y también casado, fue haciéndose cada vez más estrecha. Ella me trataba y hablaba cada vez con más normalidad, como un amigo de la “pandilla”, pero yo no olvidaba aún aquella primera reacción tan desagradable. También en alguna ocsasión, cuando él, su marido, me dejaba solo con ella, algo que yo interpretaba como muestra de la confianza que él tenía en mí; yo, por inercia, tendía a acercarme, y ella siempre reculaba manteniendo exactamente la distancia a la que su marido nos había dejado, si no mayor. Y cuando nos encontrábamos por azar solos en la calle, yo la notaba siempre nerviosa aunque tan radiante como de costumbre.

Y allí estábamos: Ella, su madre y yo, en un compartimento particular de un tren. ¿Por qué? ¿Qué hacían una chica palestina y su madre con un español atravesando tierras desconocidas? ¿Adónde íbamos? ¿De dónde veníamos? ¿Por qué hacíamos aquel viaje? No lo sé; todo formaba parte de esa otra realidad que obedece lógicas diferentes. Sólo sé que ella mantenía la vieja distancia, frente a la atenta mirada de su madre, pero su rostro, sus ojos radiaban un sentimiento diferente que yo no me atrevía a interpretar en aquel momento. Sé que hablábamos de un viaje anterior, también en tren, en el que nos acompañaba su madre como entonces y quizás su marido. Ella se acercaba cada vez más, siempre con mucho recato. Yo le decía, con toda la delicadeza y el cariño que podía demostrarle, que no me gustaba esa sumisión que había observado en ella, que se había casado demasiado joven, que tenía aún una vida por vivir y transgredir, que fuese muy consciente de que ella no era menos digna que un hombre, que nadie tenía ningún derecho sobre ella y que debía luchar. Que si legalmente quizás no era posible, que fuese consciente de que el sistema era injusto, en la intimidad al menos. Ella me escuchaba sin, a decir verdad, hacerme mucho caso. Conocía ya muy bien mis ideas, las había rumiado, se notaba… Pero necesitaba tiempo y yo quizás no me daba cuenta de ello. Ambos veníamos de mundos muy distintos y ambos teníamos que aprender cosas el uno del otro. Ambos.

Su madre salió un instante del departamente por una urgencia. Ella inmediatamente tomó mis dos manos en el aire y me miró directamente a los ojos como nunca antes se había atrevido.

– “Me gustó mucho hacer contigo el otro viaje”.

E interpreté entonces su mirada, su sonrisa, el calor de sus manos. Sentí todo lo que ella no podía decirme en palabras o con otras formas que violasen su ley. Lo supe, estaba seguro, no había duda, y para hacérselo saber, que había entendido su mensaje, cubrí yo entonces sus manos y el gesto en mi mirada intentó decírselo todo sin decir nada, sin rozar nada.

Y me vino la idea, la extravangante idea ahora mientras lo recuerdo, de que si era necesario convertirse al Islam y rezar mirando a la Meca todos los días; yo lo haría, si por estar con ella había de hacerlo.

Acompañado de este última promesa, me desperté entonces en el sofá; en la cocina que también era comedor. Había ya cierto ajetreo en aquel instante pero conseguí retener las imágenes en mi cabeza, en mitad de la confusión inicial que conlleva despertarse en un sofá. Y me pregunté si Oniria se había colado en mis sueños a través de una picadura y que, oculta tras un velo, había querido probarme en aquella noche de calor.

04/08

Written by ertziano

5 agosto 2009 at 3:38 AM