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Sueños y espirales

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Ella

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La aleatoriedad de las redes me condujo a sus palabras.

Sentí un pálpito al leer el texto. Veía definido cada milímetro de mí en él. Mi propio retrato. Hablaba de mí. Yo era cada una de sus palabras.

¿Dónde estaba esa persona? Tenía que encontrarla. Tenía que decirle que era yo a quién ella buscaba. Ella; porque ya sabía que era en femenino.

Apuntaba a Londres, vivía allí, pero sus orígenes en España. Había una foto. La abrí.

Quedé sin respiración, sin oxígeno, sin nada. No podía ser. Me había encontrado. O yo la había encontrado. No sé. Era ella. Allí estaba. Tan guapa, tan alegórica con su corazón de Los Amantes. Aparecida de la nada. Entrando en mi vida cuando yo ya me disponía a otras cosas. Y allí de vuelta. Ella. La de siempre. Su aliento, un eco que nunca me abandona y del que yo, a excepción de un paréntesis, siempre he rehuído. Me levanté, frenético, nervioso, caminando en círculos por la habitación vacía. Ella. Otra vez. Otra vez.

Ella.

Maldita sea. La descubro días después de abrir por casualidad una foto suya perdida en mi disco duro, y dudar, una vez más. Si no me había equivocado. Que lo que tenía que encontrar, lo encontré hace tiempo. Que ella lo tenía todo y que yo me lo había negado todo.

Apareció la nostalgia.

Seguí buscando. Los vídeos. Las cartas. Más fotos. Más e-mails.

No me reconocía en aquellas fotos, en aquellos vídeos, en aquellas palabras. Nunca he podido reconocerme lo que fui en ella. ¿Cómo pudo así convertirme? ¿Cómo lo hizo?

Ella.

Recuerdo el primer día, hace ya demasiados años.

Recuerdo el último, no hace tanto.

Recuerdo los medios.

Me enamoré cuando ella no lo sabía.

Desapareció.

Se enamoró cuando yo ya no quería.

La fortuna cruzó nuestros caminos, y vivimos en el cruce, y nos fuimos otra vez cada uno por su lado.

Pero ella nunca desapareció. Nunca guardó rencor y logró colocar su sombra tras la mía.

¿Por qué a mí? Ella lo tiene todo. Lo ha vivido todo. Y aún así, allá donde voy, allá donde el tiempo me manda, siempre me encuentra, siempre hay una palabra suya para decirme que aún me recuerda.

Me pregunto a veces si es la locura del genio lo que la conduce.

Me idealiza, quizás. No me conoce bien, pienso a veces, me conoce demasiado, pienso otras. Siempre sospeché de que no mirase nunca hacia atrás en las despedidas. Como queriendo retener a mi doble imaginado y no al real, que a su espalda la observaba un poco triste. Me desconcertaba con sus llantos inesperados. Me desesperaba con sus cartas perfectamente escritas que tanto me impedían descubrir sus emociones verdaderas. Sin exclamaciones, sin faltas, sin tacos. Me decía “cari”, y yo paciente, me quejaba una vez tras otra que no me gustaba que me llamase así; y no me hacía caso. Nos llevábamos a matar. Nuestros idealismos chocaban. Pero nos unían, precisamente, idealismos en extinción.

¡Está loca! Me han dicho alguna vez al comentar las locuras que llegó a perpetrar por mí. Y yo a veces lo dudo. A veces pienso que es posible, que es la única explicación que encuentro a la abnegación absoluta en alguien que nada necesita, que todo tiene.

Y le temo. Le temo porque sé que es de las pocas personas que han conseguido manejarme, que saben como lidiar conmigo. Porque una vez la encuentre, no le costará mucho abrazarme y hacerme suya. Lo sé, porque siempre lo consigue. Porque lleva mucho tiempo esperando y no se dará por vencida. Porque soy carne débil y podrá dominarme con habilidad.

Y creo que ella es un espejismo. Y no lo sé. Y pienso que ella es la mía, la verdadera, y que acabará por escaparse. Y no lo sé. Y yo sigo soñando en una nube que sólo es vapor. Y de viejo, le llamaré, y me odiará por haber tardado una vida en hacerlo, y me colgará.

Y no lo sé. Sólo que ahora está en Londres, y continúa esperándome. Eso es lo que sé.

y que siento un escalofrío inmenso al escuchar esta canción, en Madrid, aquella misma noche.

Written by ertziano

20 agosto 2009 at 2:35 AM

Publicado en paisajes, personajes

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La luna llena sobre París

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Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Qué extraña y curiosa es la vida.

Aún recuerdo el momento donde empezó todo. Era invierno. Eso es seguro porque no serían más de las seis de la tarde y la más oscura de las noches recubría los tejados parisinos. Conservo nítida esa imagen en mi memoria. Sería la séptima hora de clase de la jornada y la tercera de la asignatura de tarde. Insoportable. Mi interés serpenteaba por los suelos, arrastrándose, miserable, por alcanzar el fin del camino. No podía. Transitaba un punto de no retorno. Me ahogaba en aquellas lecciones que otrora, al alba, fueron mi pasión, el sentido de todas las cosas; de mi vida. La respuesta a todo. Pero ya no.

En los pasillos de la corte, donde los más grandes habían sentado cátedra, donde algunos secretos del cosmos habían creído ser descubiertos, donde la élite conjuraba, en la Meca por la que siendo más joven suspiré; yo dejé, al fin, cuatro años después, caer mi boli Bic sobre hojas cuadriculadas. “No aguanto más”. Mis ojos, abrumados, elevaron el vuelo en busca de luz por entre la sombría ventana, cual mariposa tímida. Y sumergido en la noche de alquitrán tracé el primero de los axiomas. “Lo dejo”. Y lo dije, lo pensé, con tal aplomo que no podía ya dudar de mi propia palabra, no había marcha atrás, eso era claro. Así, lo sentí como si mi carcelero hubiese venido en aquel mismo instante a liberarme de mis grilletes, de mi celda. “Tú, ¡fuera!” Y justo después el latigazo frío de la libertad; un escalofrío al hacerme la pregunta de todo esclavo recién liberado, de todo nuevo liberto, ¿y ahora qué? Escuché y no oí nada. Mierda. El precio de la libertad es la incertidumbre.

La imagen de la confusión lo inundaba todo. Y las caras y las decepciones de los que me conocían o conocieron alguna vez; atónitos, incrédulos, patidifusos. “¿Tú también, Brutus?”, dirían quizás al ver su fe traicionada. “Yo también”, contestaba solemne en mis delirios.

Paseé por aquella ciudad enblanquecida por la fina capa de nieve que en aquel atípico mes de febrero la recubría. Sentía a París como una buena amiga que caminaba silenciosa a mi lado. Sin decirme nada, esperando a que yo encontrase la respuesta de mi vida.

Llegué al chabolo y saqué de debajo de la cama el viejo baúl de sueños. Removiendo entre ilusiones incompletas ahora raídas y llenas de polvo. Navegando entre anhelos y esperanzas abandonadas. Sueños sacrificados por un futuro que ahora me traicionaba. “Comenzar de nuevo”, ¡qué dulce y amargo a un mismo tiempo! Busqué infatigable en un triángulo que unas veces me llevaba a Madrid, otras a París y algunas a Barcelona. Dispuesto a todo; a todo sacrifico, a todo obstáculo que apareciese. Nada importaba con tal de volver a volar como tiempo atrás.

Eran las cuatro de la madrugada de aquel miércoles cuando encontré la pócima que me devolvería al punto cero. Lo haría con elegancia, con dignidad, sin mandar del todo al garete los últimos años de trabajo. Bebí de ella y, en el silencio de la noche, escribí excitado una línea en este mismo diario. Envié también en aquel instante de madrugada un correo electrónico a la secretaria del centro; para preguntar el qué, el cómo, el dónde y el cuándo. Había un requisito, pero. Un examen de selección. Superar a dos tercios de los candidatos. Tanto o mejor preparados y de estudios más relacionados que los míos. Porque, a decir verdad, mi mundo estaba en las antípodas del planeta por el que suspiraba ahora. O eso decían, al menos; aunque yo, secretamente, en herejía, creía que tampoco había tanta diferencia, creando puentes entre universos siempre creídos enemistados.

En España pocos me apoyaban. A excepción de mi madre, casi nadie sabía de mis últimos años de decadencia y desorientación. Mi dolor y mi angustia. Todos veíanme echando a perder un futuro prometedor. Muchos, en realidad, veían torcerse sus propios sueños. Ya no tendrían un sobrino o un hijo con el que presumir con esos estudios tan altisonantes. Algunos, sintiendo cerca mi fracaso, hasta parecían alegrarse, como si secretamente lo hubiesen deseado durante largo tiempo. Se burlaban. El listo se había convertido en tonto. En el viejo camino; muchas miradas de desprecio. Pero mi madre, en cuanto lo supo en la tarde después de la madrugada, me dijo, por teléfono, en la larga y fría distancia: “Sé feliz”. Mi mejor amiga, semanas después, me diría que hacía lo correcto, que aquello iba realmente conmigo. Mi mejor amigo, que no podía abandonar.

Volé a Barcelona sólo por aquel examen. En aquellos días no estudié especialmente; abrumado por la trascendencia del momento. Los últimos años habían sido, empero, una preparación constante; sin yo saber que aquello se convertiría en futuro.

Llegó el día y lo sentí como una nueva selectividad. Las plazas eran muy limitadas y había mucha gente, algunos incluso ya ejerciendo en ilustres casas. Con entusiasmo me batí en tres asaltos, enamorándome aún más del aire de aquel cielo al que aspiraba. El rumor de los teclados, incesantes, febriles, rabiosos. Olía a romántico, a revolucionario, a conservador, a político, a transgresor, a raccionario, a desafío, a progreso. Pero hubo también preguntas a las que no supe responder. Ojos como platos se me quedaron al leer “Alahurín de la Torre” en una de ellas. Salí cabizbajo, en realidad. Todos llevaban hojas llenas de nombres, fechas, datos con las que se habían preparado para las pruebas, yo sólo tenía un boli Bic entre mis dedos. Todos comentaban cuestiones, algunas de las cuales yo había dejado en blanco.

Mantuve alguna esperanza mientras, al mismo tiempo, ya preparaba, por si acaso, otro destino alternativo, lejos de casa: Madrid. El mes de rigor pasó y en un aeropuerto en mitad de la nada, esperando un vuelo con retraso, consulté la nota del examen aprovechándome del wifi gratuito. Cuatro con ocho, 4’8. ¡Ni siquiera llegaba al aprobado! Catástrofe. A la mierda. El tío del Frente de Liberación Nacional de Córcega que en ese momento me hablaba ya me daba igual. Ya me daba igual todo. El jesuita, qué cabrón, sonreía al verme desembarcando en su ciudad, en la capital del Reino. Le envié un sms a mi madre: “Me voy a Madrid”. En Madrid me esperaban cinco años de sacrificios, trabajando para mantenerme, estudiando para sacar una doble licenciatura.

Llegamos a París y pasé dos o tres días fuera del chabolo, en uno de esos aterrizajes raros que a veces tengo. Durmiendo en casas ajenas. Apareció las lista de candidatos ordenados por nota. No veía mi nombre en ninguna parte, ¡terror! Ah, sí, sí, ahí estaba, lo encontré, je. Puesto treinta y ocho, 38. Hmm… ¿Cuántas plazas había? Le pedí a mi madre que se pusiese en contacto con la universidad, que preguntase en qué posición había que quedar. La respuesta vino poco después. Cuarenta y tres plazas, 43. ¡Ostras! ¡Estaba dentro! Pero, espera, espera, no nos emocionemos antes de tiempo; que aún quedaba la revisión del examen y las notas estaban muy, muy ajustadas. Podía quedarme fuera en la revisión. Empecé a preocuparme otra vez, ¡terror! El plazo de revisión terminaba en dos horas. Pedí entonces una revisión de las pruebas donde creía que me habían puntuado demasiado bajo. Otro mes de rigor después y apareció la lista final. Puesto veinticinco, ¡25!.

Aún quedaba, sin embargo, el último de los flecos. El viernes pasado, hace cuatro días, apareció la lista completamente definitiva, la de los admitidos después de verificar que los candidatos cumpliesen todos los requisitos burocráticos, además de la prueba. Sí, yo estaba admitido… Pero la matrícula era el martes, es decir, hoy, y no asistir implicaba perder la plaza. ¡Pero yo no estoy ahora en Barcelona! Llamé, insistí. Nada, había que ir. Mi madre no se atrevía a abandonar el puesto de trabajo, temía un despido fácil en época de crisis, y la responsabilidad era demasiado grande como para delegarla en otra persona. “Llama el lunes, insiste más y, si no hay manera, coge un vuelo, prefiero perder 200 euros al trabajo”. Por fortuna, no fue necesario. Al final fue mi madre, esa mujer que, por su abnegación, a pesar de los pesares, bien merece un monumento.

Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Written by ertziano

28 julio 2009 at 2:57 PM