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Sueños y espirales

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Un rinconcito

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Me había cansado de bailar. Lo hacía porque todos lo hacían pero ni siquiera la música me gustaba. Después de quince minutos parecía una solo ritmo repetido en bucle. Abandoné a unos y a otros con la excusa de ir al lavabo. ¿Otra vez? Me preguntaban. Sí, sonreía y me iba. Después de beber un poco de agua y hacer verdaderos esfuerzos por orinar con una ristra de tíos a cada lado mirándome la polla y una hilera de chicas a mi espalda, volví a la pista con desánimo, sin alcanzar el lugar donde estaba antes. Me quedé de pie justo antes de cruzar las cuerdas del cuadrilátero. Observaba la fauna y me preguntaba que qué demonios hacía yo allí, que qué hacía todo el mundo allí.

Veía chicas jóvenes, muy jóvenes -incluso diría que menores- acercarse a los machos más llamativos, éstos a toda hembra viviente, e intentar besarles unas, tocarles las tetas otros… Las veía pasar ante mí con indiferencia. El objeto de los actores era follar, eso nadie lo duda. Sin música, en la calle y a plena luz del día, cada una de las escenas rozarían seguramente el delito. Sin embargo, eran las tres o cuatro de la madrugada, y aquel garito se encontraba bajo tierra y por encima de todo código.

Yo no, sin embargo. Por muchas ganas que tuviese de violar a una chica, no podía ni dejar caer la sombra de un roce o una mirada agresiva. Una fuerza, quizás llamada dignidad, me impedía degradar o degradarme. Ante semejante situación, no quedaba otra que sentarme. Lo hice en el reborde de la pista y observé. Pensé que sería buen momento para escribir, pero recordé que había dejado la libreta en la otra chaqueta.

Por mi cabeza se volvía a cruzar un antiguo miedo. Que me tomen por aburrido. Que a todas las personas del mundo les resulte amable, simpático pero, al mismo tiempo, gris y neutro, sin atractivo alguno. Pensaba, indagándome, en cual era mi idea de fiesta y a la cabeza se me venían cosas como una revolución del proletariado, un debate filosófico con algunas copas de más -por aquello de aflojar la lengua y el pensamiento con mayor facilidad- o un teatro improvisado en plena calle. Ideas de fiesta improbables, porque una fiesta no puede hacerse con una sola persona. En tal caso, le tacharían de loco.

Me maldije cien veces. Por vivir siempre entre dos aguas, por ser siempre mezcla indefinida. Sin cabida en unos círculos ni en otros. Para unos demasiado inculto y vulgar, para otros demasiado reflexivo y estudioso. Ni uno ni otro. Diferente, en todo caso. Diferente en el sentido inatractivo del palabro.

Abandoné el antro, subí al bus nocturno entre gritos y empujones y me acosté aún sin saber donde carajo está mi sitio en el mundo y cagándome en todos los seres del mundo, por ser unos a la luz del día, y otros en las madrugadas de las bodegas.

Written by ertziano

15 febrero 2009 at 6:21 AM

Publicado en paisajes

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Un lugar en el mundo

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Mi pasado es el eje de mi vida. He logrado un imposible viniendo de donde vengo, pero no he podido soportar el vértigo y he terminado por caer. Siempre he vivido en los suburbios, un lugar donde violencia y lealtad se mezclaban de una manera sutil. Entre ellos, tenía un hueco. Quizás no el más cómodo, pero era una posición de desprecio aliñada con respeto que me daban un lugar en aquel ninguna parte. Me sentía cómodo porque, a pesar de todo, yo jugaba un rol en aquel tablero que todos habíamos asumido. Por eso, nunca tuve demasiados problemas y pude, mejor o peor, relacionarme como un camarada más.

Sin embargo, llevo ya unos años fuera de aquella selva y cada vez sé menos cual es mi lugar en la corte. Ahora ya no suscito ni desprecio ni respeto, tan solo indiferencia, y eso me desquicia. Soy uno más en la carrera por un empleo o una nota. Uno más que cada vez se vuelve más débil. Para colmo, los paraísos soñados, como la universidad o el extranjero, eran mitos que con el tiempo se han demostrado falsos.

Hay algo que me perturba. La fauna que dejé atrás vuelve a atraerme porque la corte se demuestra apática ante la vida. La ofuscación con sus trofeos siempre de papel les veda el paso hacia la realidad de los sentimientos puros. Algo, que en aquella fauna, aún sobrevivía. Yo, no sé cual es mi lugar.

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En me demandant si je croyais en Dieu, j’ai répondu que non. Il s’est assis avec indignation. Il m’a dit que c’était impossible, que tous les hommes croyaient en Dieu, même ceux qui se détournaient de son visage. C’était là sa conviction et, s’il devait jamais en douter, sa vie n’aurait plus de sens. «Voulez-vous, s’est-il exclamé, que ma vie n’ait pas de sens?»

Camus – L’étranger

Written by ertziano

23 enero 2009 at 2:23 AM