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Ética periodística

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Me había dado la información que quería. Sin embargo el precio que yo había tenido que pagar había sido demasiado alto. Mentir y hacerme pasar por lo que yo no era. El instante determinante de toda la conversación fue una pregunta que, en principio, resultaba absurda en la situación donde nos encontrábamos. ¿Eres creyente? Sí, claro, le contesté. Y en ese momento una punzada recorrió mi cuerpo. Fue el colmo de todas las mentiras que nadie me había obligado a decir. Símplemente me hice pasar por un español de la España profunda católica y de derechas, con lo que plagué mis comentarios y opiniones de clichés que desde los periódicos progresistas nos hacen creer que caracterizan a esa otra España.

Nos dio las gracias por venir, yo le dije que de nada y el me correspondió diciéndome que en la próxima manifestación me traería una bandera francesa con la insignia del sagrado corazón sobre ella. Para las grandes y espectaculares manifestaciones españolas. Entonces fue cuando mi compañero dejó caer el comentario que, en tres palabras, desmontó toda mi comedia. “No, si pasábamos de casualidad”. Su conciencia, la suya sí de verdad, católica no daba crédito al discurso que salía de mis labios. Aquel comentario me apuntaba directamente a mí. Al francés le cambió el rictus en un instante, como si de repente no comprendiese nada o creyese que durante un cuarto de hora le habían estado tomando el pelo. Algo que, en el fondo, era cierto. Entonces yo retrocedí en mis posiciones, casi avergonzado de mí mismo. Mis palabras se volvieron más cautelosas y graves. Ya no sentí más interés en seguir preguntando porque la farsa había salido parcialmente a la superficie y yo me había visto a mí mismo como un verdadero miserable. Como uno de esos periodistas rastreros que yo detesto.

Volvía en el metro solo, después de despedir a mi amigo. Me di cuenta en ese instante que la de periodista no iba a ser una profesión tan liviana y entretenida como yo creía. Tendría que enfrentarme al peor de mis dilemas en una decisión en la que corría el riesgo de acabar con algo que yo había siempre creído como la mayor de mis fortalezas. Ser consecuente con mis valores. De repente me di cuenta que, asumir también ese principio, en la profesión con la que ahora soñaba, iba a requerir un sacrificio del que, por primera vez, dudaba. Porque sin camaleonismo nadie compartiría sus pecados conmigo. Sin embargo, al mismo tiempo, eso me convertiría a mí, ante mis propios ojos, en un ser rastrero y despreciable.

Sentí ganas de vomitar. En las últimas horas me habían robado y yo, a la vez, había sentido el impulso de robar. Había entrado en una librería judía con un tono burlesco y, finalmente, me había visto tomando el pelo a varias personas. Maldita sea. Qué estás haciendo. Sabía que algo verdaderamente podrido se escondía en el trasfondo de mi comportamiento. Sin embargo, me sentía incapaz de encontrar una frontera, un límite, en la intersección entre mi mundo y el de los demás.

Se ha de saber encontrar el camino más allá del “sálvese quien pueda”, si no, nunca se abandonan las cavernas de lo moral.

“Esto también es Francia”

Written by ertziano

25 enero 2009 at 7:17 PM

Mezquindades en una cola

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Chica bajita, metro sesenta, mona, vestía con cierto estilo parisino. Sus ojos ya parecían delatarle. En su boca no reposaba en una sonrisa sino más bien una conspiración. Su ceño reflejaba cierto enfado, cabreo con el mundo.

Cola para entrar en la biblioteca. Es un punto geográfico claro para dividir al mundo entre buenas y malas personas. Resulta que hay unas vallas que indican como deben situarse los que esperan mientras hacen cola. Normalmente, la hilera de personas no llega hasta el punto inicial del recorrido que indican las vallas. Esto produce un conflicto sutil cuando los recién llegados quieren situarse en la última posición de la cola. Si no hay nadie en los alrededores que parezca dirigirse a la entrada de la biblioteca, parece claro que importa poco como uno alcance la última posición de la cola. Sin embargo, el problema se produce cuando hay quienes están ya o están a punto de comenzar el recorrido de vallas pero aún no han alcanzado la última posición, la última persona. Parece razonable, y así he observado que muchas personas lo asumen tácitamente, que para evitar conflictos cuando varios se dirigen al final de la cola, lo más práctico y educado es siempre alcanzar este punto realizando el recorrido desde el principio del camino que indican las vallas. Sin embargo, hay otro tipo de personas, ajenas a las reglas de convivencia que, a pesar de que algunos estén ya a punto de alcanzar la última posición de la cola, estos miserables prefieren atajar saltando vallas delante de sus narices para así tener una posición más avanzada que las personas honradas. Todo se basa en que la regla, la del modo de llegar a la última posición de la cola, no es escrita y asumirla depende del corte moral de cada uno.

Entré, claro, por el principio del camino de vallas. Aunque, en esta ocasión, no tenía mérito alguno porque, según la dirección en la que venía, era ya de por sí el camino más corto. Ella, claro, decidió saltar sobre la valla cuando yo estaba a poco más de dos metros. No fue suficientemente rápida y quedó tras de mí. Cogí el libro fotocopiado que guardaba en el bolsillo y comencé a audioleer, ya que preveía al menos media hora de espera. Noté como ella apareció de repente a mi costado derecho. Pensé que quizás tenía curiosidad por saber lo que leía o, incluso, que aburrida quería entretenerse también con la lectura. No le dí demasiada importancia. Pero, cuanto más ensimismado estaba yo en mi audiolectura, notaba que más intentaba ella adelantar sin llegar a conseguirlo. Llegó la curva, una de las dos donde los miserables intentan ganar posiciones. Ella lo intentó. De hecho, se avanzó unos centímetros. Dudé si decirle que si tan desesperada estaba por ganar una posición en la cola, que se la cedía, que mi vida ni mi dignidad dependían de treinta segundos y menos con un libro entre mis manos. Pero podría ser extranjera y quizás no comprendía bien la situación o si era francesa podría comenzar con que no me entendía y acabar yo más humillado que ella, contrariamente a mi intención. Así que, cuando la cola avanzó tras la curva, estiré mi codo sutilmente para frenarla y yo volver a situarme en mi posición. La mantuve hasta la segunda curva. Allí, otra vez, intentó adelantar, seria como una madera, ojos entrecerrados ocultando la mezquindad que guardaba. Intentó avanzar también al chico de delante. Éste se percató e intento también frenarle los pies con su cuerpo. Sin embargo, las ratas son demasiado ratas, y cuando el guardia dejó pasar al siguiente grupo, ésta corrió como para apagar fuego. Casi estaba deseando que justo a mí no me dejasen pasar y a ella sí, para así poder decir ante todos, y apoyado con el chico de delante, que aquella miserable se había colado. Pero me dejaron a mí también pasar y ya la perdí de vista una vez dentro.

Pensé que si alguien puede rebajarse tanto por ganar unos minutos o unos segundos de tiempo, de qué sería capaz cuando su vida realmente estuviese en juego. Sin duda alguna, por detalles tan nimos, se descubren a quienes en otras épocas y otras condiciones habrían apoyado holocaustos a costa de salvar el propio pellejo o, símplemente, conservar su clase social. Después me preguntaba que quién podría querer a alguien tan ruin, que si tendría amigos. Después pensé que seguro, porque era mona y parecía tener dinero y, por ende, pertenecía a una clase. Y qué eso es lo que muchos buscan en una amistad o una pareja.

El problema es que, los que tienen razón, nunca levantan la voz.

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Le soir, Marie est venue me chercher et m’a demandé si je voulais me marier avec elle. J’ai dit que cela m’était égal et que nous pourrions le faire si elle le voulait. Elle a voulu savoir alors si je l’aimais. J’ai répondu comme je l’avais déjà fait une fois, que cela ne signifiait rien mais que sans doute je ne l’aimais pas. «Pourquoi m’épouser alors?» a-telle dit. Je lui ai expliqué que cela n’avait aucune importance et que si elle le désirait, nous pouvions nous marier. D’ailleurs, c’était elle qui le demandait et moi je me contentais de dire oui. Elle a observé alors que le mariage était une chose grave. J’ai répondu : «Non.» Elle s’est tue un moment et elle m’a regardé en silence. Puis elle a parlé. Elle voulait simplement savoir si j’aurais accepté la même proposition venant d’une autre femme, à qui je serais attaché de la même façon. J’ai dit: «Naturellement.» Elle s’est demandé alors si elle m’aimait et moi, je ne pouvais rien savoir sur ce point. Après un autre moment de silence, elle a murmuré que j’étais bizarre, qu’elle m’aimait sans doute à cause de cela mais que peut-être un jour je la dégoûterais pour les mêmes raisons.

Camus – L’étranger.

Written by ertziano

19 enero 2009 at 7:20 PM