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Sueños y espirales

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Luz fluorescente

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Dicen que tengo un corazón de hielo, y es verdad. Soy frío. Siempre he sido muy reticente al contacto y a las muestras excesivas de afecto. Son pocos, muy pocos, los que han podido escuchar de mís labios un “te quiero”. Al contrario que la mayoría, no suelo desconfíar normalmente de nadie, pero en cambio soy muy cauto a la hora de tejer una relación sólida.

Ella me dijo que mi padre de pequeño no quería que me mezclase con otros niños. Ni siquiera fui a la guardería. “Yo le enseño, no quiero que le contaminen”, pensaba él. A decir verdad, no me viene a la memoria una sola imagen de infancia compartienda una mañana de domingo con alguien que no fuese mi padre. Pero, un día, descubrí en el cuarto de baño una maleta llena de revistas pornográficas. Me sentí de algún modo traicionado, por ocultarme todo aquello. Además, mi relación con el sexo se volvió turbia desde entonces. Después, años después, me insultó con profundo desprecio, se burló y llegó a amenazarme con darme un puñetazo en la cara mientras me cogía del cuello. Vi el odio en sus ojos.

De ella era fácil escuchar “te quieros” y “mi niños”, que no eran más que superficie. Yo a ella la recuerdo con terror. De pequeño yo tenía un pelo largo, lacio y rubio, muy bonito. Ahora es corto y muy seco. Ella solía agarrarme y tirarme del pelo, y darme en la cara, fuerte, muy fuerte. Yo me escondía, aterrorizado. Lloraba mucho, y suplicaba a gritos que no me pegase.

Me solía insultar con facilidad. Tonto, idiota, imbécil, gilipollas. Puede que bromease en ocasiones, pero de tanto oírlo me acostumbré a aquellas palabras. A la condición gilipollas, y me volví gordo además. Yo trataba a los otros como ella me trataba a mí. Hasta que un día un amigo me dijo que no le insultase tanto, y me di cuenta entonces de que algo fallaba.

No soporto todo lo que me recuerde a aquellos días gilipollas. La luz fluorescente, el silencio con olor a lejía, la televisión encendida por las tardes.

Lo pienso ahora casi extrañado de pensarlo. Sólo porque una canción me parece una nana, y nadie me cantó una nana de pequeño. Supongo que eso quizás explique por qué soy tan frío, por qué trato tan mal a la gente. A mí me gustaría poder hacer feliz a todo el mundo, pero no puedo demostrarlo, porque entonces pienso que soy gilipollas, que se ríen de mí, que no soy nada y que mi buena intención será mal interpretada, o no se entenderá, o no le importará, o me equivocaré, o me traicionarán tarde o temprano. Que haga lo que haga, saldré perdiendo. Por eso me callo, o digo alguna gilipollez, o alguna mala palabra. Porque así no dejo que nadie me hiera; ya lo hago yo mismo.

A mí gusta como hacen en Marruecos. Los hombres -y las mujeres- cogiéndose entre ellos de la mano, amistosamente. Incluso pasean así agarrados por la calle. Como si se cantasen una nana en silencio. Porque una nana es luz, es calor, es entendimiento. Una bofetada, o un insulto, en cambio, es ignorancia, frío, oscuridad.

Written by ertziano

12 octubre 2009 at 1:59 AM

Vivir en círculos

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El viaje comienza exactamente en el momento en el que la idea aparece repentinamente en nuestra cabeza por primera vez. Puede ser una idea idea robada de alguien que en ese momento nos habla o puede ser una semilla enterrada tiempo atrás que ahora aparece en forma de pequeño tallo sobre la superficie de nuestra vida. No importa. Si está de verdad en nosotros, se quedará allí para siempre, aún cuando en ocasiones creamos olvidarla. Y aunque no la miremos, ella, ajena a nosotros, se hará más y más grande hasta que un día se cuele detrás de nuestro nombre, o de nuestros apellidos. Nos toparemos con ella en mitad de un bosque cuando el perfume de las margaritas nos transporta a nuestra infancia. Cuando sentados en la silla de un McDonald’s, percibimos el particular aroma del lugar y recordamos lo que ya desde muy jóvenes empezábamos a aborrecer. De repente un día llega para quedarse, silenciosa, sin hacerse notar. No importa que un mes después ya ni sepamos como se llamaba, veinte años más tarde, sentados en el banco verde de un parque cualquiera, giraremos la cabeza y nos la encontraremos allí, a nuestro lado.

Por eso es tan difícil saber lo que realmente uno es, porque la mayor parte de lo que nos hace, nos moldea, permanece invisible incluso a nuestros propios ojos, como la materia en el universo, y luego quizás en un día al azar, caminando por un pasillo cualquiera de metro, reconocemos, entre el tumulto, unos ojos familiares, y allí en la nada nos vemos reflejados en un pasado que nunca nos llegó a abandonar.

¿Qué me trajo a Francia? ¿Un viaje? ¿Una película? ¿Una canción? ¿Un cuadro? ¿Un filósofo convertido a científico? Todo y nada, y es que hace un año yo me imaginaba a mí mismo vagando por Finlandia, por su nombre y por otra película. Pero un sueño añejo me dio un golpe brusco en el timón y hasta aquí me condujo. Y ahora escribo esto, en el asiento de un vagón que cruza el corazón de París.

En una película muy mala dicen que los sueños nacen de los traumas. No lo sé, podría, ¿pero y qué importa, mientras soñemos?

Written by ertziano

6 abril 2009 at 9:59 PM

Publicado en pensamientos

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