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Sueños y espirales

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Regreso (y espacio)

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A las once y media de la noche llegué, por primera vez, para no irme una semana después como hasta entonces había hecho. No tenía ya billete de vuelta, a ninguna ciudad, ni pueblo. Sin más, regresaba de Francia, y de España. Regresaba, además, de un último mes que había sido de otro año, de varios de los anteriores, de mi vida y de otras.

Tendido sobre aquel colchón de matrimonio ahora heredado, el balcón abierto, algunos gatos furiosos en la oscuridad peleando como leones, yo aún escuchaba la radio a las 5 de la madrugada, o la mañana, según quién perfile. De la emisora musical andaluza se podía esperar flamenco, oldies, rumba, muchos éxitos veraniegos… Pero no a Carla, Bruni. Un mes antes, hubiese cambiado de emisoria inmediatamente. En tierras vecinas no tienen a bien considerar a esta modelo convertida en cantante y ahora señora del presidente de la República. Por política, por cansancio o por integrarme, Carla ya no me gustaba más. Pero me pilló a traición, cuando mi mente, en pleno vuelo hacia los mundos de Oniria, ya no utilizaba la extenuante razón sino que sólo manejaba los frágiles sentimientos. Mi respiración se detuvo un instante. Me desperté levemente. Aquella canción me trasladaba a un pasado, a un momento donde buena parte de lo que soy y quise ser, comenzó a forjarse. Carla Bruni fue, sin duda, la banda sonora de aquellos días, catalizados por el descubrimiento de una película entonces desconocida que, de tanto verla, memoricé casi fotograma por fotograma: Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. Y recordé que hubo unos tiempos, luego llegaron otros, y más… Fui consciente de la fugacidad de la vida, de sus altibajos, de sus curvas y, sobre todo, de las diferentes influencias que uno recibe y conforman el carácter propio.

Últimamente, con curiosidad, me preguntaba cómo había podido yo tener un carácter que muy poco tiene que ver con mi entorno más inmediato. Realmente, me resultaba de lo más extraño y muy desconcertante. Mis amigos resaltaban a veces ese carácter dual mío casi con espanto: “Joder, ¡estás hablando de Platón como si fuese el Marca!”. Porque desinhibirse del medio es difícil, muy difícil; así que todo se mezcla, Platón y el Marca; como si perteneciesen a la misma categoría. Yo creo que lo son, de hecho, pero eso ya es tema aparte. Así, comencé en aquella noche a sumergirme en mis propios recuerdos casi con actitud arqueológica. Buscando imágenes por aquí, y por allá. Y encontraba momentos, situaciones donde creía ver una línea coherente, lógica señalando a alguna parte. Me preguntaba si crecer, madurar es un proceso de barroquismo, donde se añaden gustos, se adquieren conocimientos, etcétera. O, si en cambio, es un ejercicio de limpieza, de filtro entre lo que nos pertenece genuinamente y lo que nos ha sido impuesto desde fuera. No lo sé.

Así, he dedicado las últimas semanas a charlar con antiguos mejores amigos, antiguos vecinos, antiguos familiares de aquellas tierras de la España profunda. Abrazos, miradas, confesiones. He preguntado sobre abuelos, bisabuelos, la vida de mis padres antes de mi nacimiento. Y ha sido curioso observar como rasgos particulares, pelín extravagantes, de mi personalidad, acaban siempre por aparecer en algún punto del árbol genealógico o hábitos de cuando yo era muy pequeño. Mi abuelo paterno, al que nunca conocí y del que la familia no conserva muy buena opinión, agotó todos sus últimos ahorros durante los años 70. Lo hizo viajando a Las Islas Canarias, Estados Unidos, Filipinas, India, China…¡En aquella época donde casi no había turismo! Él quería dar la vuelta al mundo, ése era su sueño, según le contó el encargado de la agencia de viajes del pueblo a mi padre, pero éste se lo desaconsejó por su estado de salud y acordaron hacerlo en varios vuelos. Mi abuelo moriría pocos años después de realizar esos viajes. Como digo, nunca le conocí. Así, después años de mitología creyendo que era, por méritos propios, un rara avis de un barrio y una familia más bien sedentaria; descubro que todo es mucho más simple; que en realidad no son más que unos genes gastados y circunstancias fortuitas casi olvidadas las que cargan con la mayor parte del mérito de una vida humana.

Llego a la habitación a las once y media; después de un año lleno de presuntas lecciones de humildad. Tras batallas contínuas por aquello que yo considero básico: como unas cortinas, una cocinita para calentar comida, un pequeño frigorífico, una conexión a Internet que nunca llegó a funcionar… Llego tras los meses donde renuncié oficialmente a un falso sueño, convertido en pesadilla, y terminar por aceptar una vocación que yo y otros siempre me habían negado. Tras abandonar la creencia de omnipotencia, de creer poder tocar la perfección con la punta de los dedos, y reconocer mi propia debilidad, mi propia imperfección. Un año deshaciéndome de creencias, mentiras, falsas necesidades que perennes, silenciosas, invisibles habían arraigado en mí…

Y; descubro una habitación abarrotada. Barroca, como ese pasado en el que excavo. Densa. Demasiadas cosas, demasiadas que no necesito. Demasiadas cosas que solo están ahí para ocupar, mostrar, tranquilizar. Indirectamente, me preocupaba tanto de la imagen externa, de la aprobación ajena; que uno se olvida a sí, de lo que uno es de verdad, lo que uno desea y anhela en lo más profundo. Se abandona bajo la ilusión de que la imagen proyectada en el teatro corresponde a la naturaleza íntima del ser. Cree que en realidad es lo que enseña y muestras a los demás y así, oculta y reprime la esencia verdadera. Tenía que vaciar esa habitación. Tenía que sacarlo todo. Tenía que borrar esas mentiras decorativas.

Encuentro libretas antiguas no robadas. Con cinco o más años en sus hojas. Llenas de dolor, barrocas; como la habitación, y el pasado. Llenas de lágrimas, vanidosas y desgarradas. Me doy cuenta del tormento que me ha supuesto vivir por intentar amar a quién no se quiere en realidad, sólo por cobardía y miedo hacia los espectadores del teatro. Sólo por afán estético, perfeccionista. Me manipulaba a mí mismo como un personaje novelesco sin tener en cuenta quién era yo en realidad, qué quería, por qué suspiraba. Yo era mi propio titiritero. Obsesionado por trazar el argumento perfecto y escribir el best-seller de mi vida. Poco importaban los verdaderos sentimientos del personaje.

Vacío la habitación. Quito estanterías. Saco todo hasta encontrar lo que considero imprescidindible y comienzo a ordenar de nuevo. Quedan estantes vacíos. No me importa. Están bien así, vacíos, esperando ser ocupados cuando de verdad llegue el momento.

Written by ertziano

8 agosto 2009 at 3:24 AM

Publicado en pensamientos, pentagrama

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Desarraigos turbados

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Recorro las calles con una gota de angustia. Mis pies no pisan una tierra desconocida sino las calles de otra vida, de otro pasado, de otro mundo.

Siento sus miradas hurañas clavadas en mi espalda. Para ellos no soy más que un “forastero”. Mi acento, mis gestos, mis maneras; éste no es de aquí. Pero sí lo fui, aunque ellos no lo sepan, o no lo reconozcan.

No importa, aún teniendo un mote heredado, yo ahora soy un forastero. El hijo De. Acompaño a mi padre con la vergüenza humillante de ser poco menos que un turista mal bienvenido. El hijo del tartalla.

En la fachada de “mi casa” alguien ha escrito “TARTA”, así, en letras mayúsculas. Y cuando paseo con él, cazo risas y susurros indiscretos.

Siento vergüenza cuando los del tunning comentan socarronamente las copas de más de mi padre, y como les acompañó “aquella vez” a unas fiestas. Mi padre cree que son buena gente, yo creo que todos, o casi todos, se ríen de él. Yo creo que mi padre es “el loco del pueblo”. Él no lo sabe.

Mis pies pesan. Aunque mi carácter es más de esta tierra que de cualquier otro sitio, yo no soy de aquí. Y cada paso me recuerda al principio del fin, y al final del principio.

Siento más que nunca mis pasos huidizos. No puedo estar aquí porque es mirar a mis pies de barro desde demasiado cerca. Aquí vuelvo a ser nada. Vuelvo a ser un pasado oscuro. Vuelvo a ser el niño decepcionado. El niño frustrado. El niño impotente. El niño torpe. El hijo De.

Aquí, vuelvo a mis raíces, y mis raíces se retuercen. Me oculto, me escondo a veces, olvidando los últimos quinces años, temeroso ante la imagen de lo que aquí dejé. La imagen ma aterroriza, porque la percibo como una incertidumbre, una frustración disfrazada de bienestar lineal. Y me asusto. Ahora, mi discurso serio se entrecorta con mi voz quebrada. Cuando alguien me pregunta, apenas si alcanzo a responder con coherencia. Les tengo un miedo irracional. Y entonces, con voz ahogada, leo tartalla en sus ojos, como si el pasado, como si la historia y las leyendas de los pueblos se transmitiese en el ADN.

No soy de esta tierra ni de ninguna otra. Crecí en todas partes y en ninguna. Fui hijo De e hijo de Nadie.
Fue aquí donde todo empezó. Y fue aquí también donde una vida se truncó para dar nacimiento a otra.

Recorro las calles y lo siento todo sin entender nada. Y me siento extranjero. Y cuando pienso de dónde soy, algo me dice que tampoco soy de allí. Y me quiero ir, aunque no sé a dónde. A la patria de los sin patria.

Sigo caminando y me doy cuenta de que piso las huellas que quince años atrás dejé. Me pregunto si puedo dibujar otro camino por estas mismas tierras, diferente a los anteriores. O si, por lo contrario, un actor está condenado a interpretar un solo papel por escenario. Y que entonces para cambiar de personaje, no hay más remedio que cambiar también de escenario.

Y siento otra vez miedo, al pensar que eso podría ser verdad.

Written by ertziano

18 julio 2009 at 7:10 AM

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