fugi tivos

Sueños y espirales

Posts Tagged ‘relaciones

Las horas bajas

with 3 comments

Mis labios no estaban a más que unos centrimetos de los suyos. ¿La excusa? Una foto juntos. Le dije que se acercase. “Mírame”. Yo hice lo mismo. Unos centímetros. Un ligero gesto de cabeza, un roce de labios, y ahí estaría la respuesta, en forma de reacción, a la pregunta que desde hacía media hora, o una entera, me rondaba por la cabeza. Me apetecía besarla. Me apetecía como a veces me apetece tomar una coca-cola, que otras odio. Mi mano le cogía por la cintura. Mi cuerpo reclinado sobre el de ella en la noche. Me miraba. Yo también. Ardía yo entre brasas. Había poco que perder. Probablemente no la vería muchas veces más. Habíamos pasado todo el día juntos. Un centímetro. Pulsé el botón de la cámara. El obturador abrió y cerró en el mismo instante que yo decidí separar mi cuerpo del suyo.

– Mira la foto. Es perfecta – le dije.

– ¿Por qué?

– No he fotografiado una pose sino un instante, he capturado un pedazo de realidad.

Su cara, ahora vista desde otro ángulo, sonreía con cierta incredulidad en el momento congelado. Pero era una sonrisa pétrea. Extraña. Era la sonrisa de los quince días después. Era la sonrisa de la complicidad tranquila. Pero antes, quince días antes, ¿era un sí? ¿un no?

Caminamos. Caminamos en la noche. Igualmente, me sentía rechazado. No sabía si por ella o por el mundo. Me habló de un novio anterior, otro más de la lista. La observé caminar con sus tacones. Con su cabello fino, negro, muy negro. Con su bolso. Con su abrigo ancho. Y pensé que si mis labios hubiesen tocados los suyos, y estos no hubiesen huído, seguramente me habría encadenado al más-de-lo-mismo otra vez. La misma puta historia repetida sin fin. Los mismos malditos paseos abrazados. Las mismas conversaciones absurdas. Los mismos por-favores. Las mismas voces a bajo tono, o silenciadas. La misma eterna normalidad. La misma línea del amor de cartón. Eso sí, besos con lengua, polvos y compañía incluídos. Pero el precio a pagar volvía a resultarme excesivo.

Maldita sea. Caminaba yo despacio. Pensativo. Algo enojado. Como cuando otra chica, de orígenes vecinos, si que apartó sus labios meses atrás. Sentía el mismo resquemor interior. Esta vez, sin embago, el rechazo ahora no lo sentía de ella sino de algo que se encontraba un paso por delante. Esta vez, era el derecho a una vida normal el que me daba un portazo en las narices. Porque con pocas personas había mantenido últimamente un contacto tan agradable como con ella. Pero, a mis ojos, sobrepasar esa línea significaba la muerte de una parte de mí. Incluso con el fin único de la búsqueda del placer sexual.

Llegué a mi cochambrosa habitación. Encendí el ordenador. Descargué las fotos de la cámara. Puse la última, la del pedazo de realidad, a pantalla completa. Me masturbé mientras un vídeo suyo se reproducía en una esquina, una película porno en otra y la foto a tamaño completo, que estaba centrada en sus pechos, visibles en su escote y con el relieve de uno de sus pezones en la tela. Me masturbé durante diez o quince minutos. Intentando alargar el placer. Mis ojos saltaban de sus pechos, al porno, y del porno a su vídeo. En el audio, su voz superpuesta a los gemidos de la actriz.

Me corrí. Y el semen salió disparado con una fuerza temenda. Durante unos ocho segundos, en tres o cuatro tandas.

Miré al suelo. Con ese sentimiento que siempre tengo después de una paja, que es mezcla de libertad, claridad, descanso y, en un rincón, un latigo de la vergüenza. Como un yonki que recurre invariablemente a sus drogas en busca de redención, una rendención envuelta de pecado. No pecado católico. Pecado ético. Decepción.

Cerré el enjambre de imágenes y sonidos, tan insoportable en ese momento y me limpié. Esuché a Brahms y gocé de mis dos minutos de claridad mental. Disfruté de mi única verdadera droga. La que no te juzga, pero también la que no te abraza, para bien, o para mal.

Written by ertziano

19 marzo 2009 at 10:07 PM

Publicado en paisajes

Tagged with , , ,

Compañeros de viaje

with 2 comments

Sólo hablábamos para calmar el tedio del viaje. Chachareábamos como quien juega al fútbol, toma una siesta o ve la televisión. Sería una insensatez pensar que el televisor se jugaría la vida por nosotros, pero no por ello dejamos de pasar horas ante él, escuchándolo, observándolo. Al calor de sus imágenes . Ellos estaban allí. En el autocar, el avión o el tren. En el asiento de al lado, de enfrente o de atrás. Eran simpáticos, y comenzamos a hablar. Así llegaríamos antes a nuestro destino. No hablaríamos de nada importante, como la televisión tampoco lo hace, pero se haría de noche sin darnos cuenta, al menos. Al final del viaje quizás intercambiaríamos nuestros teléfonos, o nuestros correos, pero, seamos honestos, nunca volveremos a hablar. Y si sucede, muy probablemente será por cortesía.

No son amigos.Son compañeros de viaje. Accidentales. Prefieren estar al calor de unas palabras conocidas que permanecer en el frío del silencio entre la multitud. Pero no son amigos. Porque este es un término grande. Utilizado en balde, a menudo. Amistad y amor son gemelos confundidos con compañía. Novios que son compañeros. Amigos que son compañeros. Compañeros de viaje.

Cometía él a menudo el error de confundir también. Así primero descubrió que el amor no es una pareja que se besa, ni camina de la mano, o abrazada. No. Luego que la amistad no son dos personas que cada viernes por la noche quedan para salir, o la persona con la que comes cada día. No. Son compañeros, compañeros de viaje.

Cuando comprendió, la herida ya no sangró más.

Written by ertziano

14 marzo 2009 at 6:13 PM

Publicado en pensamientos

Tagged with , , ,