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Sueños y espirales

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Al otro lado del río

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“Satán está en mí” me dijo no sin tener que repetirme la palabra “Satán” una segunda vez, era la primera vez que la escuchaba en francés y quizás también la primera en cualquier idioma dentro de semejante contexto. “Nosotros, los árabes, no podemos beber alcohol. Perdemos la cabeza, hacemos cosas que no deberíamos”.

Había llegado tarde, por encima de la medianoche, algo poco habitual en él. Salí al pasillo y enseguida me saludó, más efusivo de lo habitual. Yo me iba, pero me retuvo. ¿No has ido a la fiesta? La que había abajo. Oh, mierda, lo había olvidado, contesté. Normalmente, cuando nos cruzamos, él siempre me saluda serio, indiferente, con ojos neutros y a veces con mirada algo huraña. No en aquel momento. Su aliento desprendía los aromas de la noche. Fue entonces, cuando la prueba llegó a mi nariz, que entendí que todo era distinto.

“Ven, ven, ¿quieres un plato marroquí que he preparado?” Dudé. “Sí, he hecho demasiado y si no lo tendré que tirar.” Me convenció. Entré sin descalzarme y algo titubeante a su habitación por primera vez en medio año. Y entonces, llegó la confesión: “Esta noche he bebido demasiado… Yo soy una persona tímida y no tengo muchos amigos. Por eso también muchas veces a penas si te saludo. Normalmente soltaría un “Salut! Ça va?” y sería todo. Pero cuando bebo… Es diferente. Voy a ir al infierno por esto, los musulmanes no podemos beber alcohol”. Sin embargo, yo siempre había sospechado que él lo hacía habitualmente.”No, la última vez fue hace un mes. Cuando el porno”. Lo del porno fue un extraño episodio. Otra noche rara, en la que él llegó sobre las dos de la madrugada, entró a su habitación dejando la puerta abierta. Cinco minutos después, comencé a escuchar fuertes gemidos desde mi habitación que venían de la suya, inconfundiblemente se trataba de una película porno, estadounidense me atrevería a decir. El sonido era fuerte y yo estaba a punto de irme a dormir. Salí al pasillo y me planté frente a la puerta abierta de su habitación. Él estaba a oscuras, sentado a medias con los pantalones subidos y las manos sobre la mesa, frente al ordenador portátil, viendo la película X. “Mohamed, ¿puedes bajar el volumen, por favor?” Y entonces él respondió de la forma más extraña posible en una situación como esa. Tranquilamente y con voz clara, “Sí, por supuesto”. Unas palabras que, en ese contexto, resultaban del todo chocantes. Ahora sabía que estaba borracho y que él también era consciente de que la situación no era normal, prueba de ello es que aún se acordaba. Y quizás avergonzaba.

“Pero Mohamed, ¿tú de verdad crees que vas a ir al infierno?” Sí, claro. “¿Y entonces por qué bebes si sabes seguro que arderás entre llamas?”. Se quedó pensativo, mirando la cacerola y el extraño cocido con trocitos de carne de oveja halal, hirviendo. Lo miró fijamente hasta que volvió a mí y comenzó a sonreír, casi riendo. “Si te digo la verdad… ¡no lo sé! Soy muy tímido, y si no bebo me cuesta mucho hablar con la gente. Tu ya lo sabes, normalmente no soy demasiado amable”. Su sinceridad resultaba sorprendente. Cuando sobrio, era presuntuoso, chulesco, renegaba a medias de sus orígenes y aceptaba también a medias el país que le acogía. Él era marroquí o francés según lo que conviniese a cada momento, lo que le engrandeciese más a ojos de los demás en cada situación. Nunca, así, aceptaría su timidez ni su fracaso. Ahora lo hacía, asumía sus miserias y se ganaba mi respeto. Sentenció: “Pero ahora, por beber, Satán está en mí”. Pues yo me quedo con Satán, le contesté acordándome de alguien que dijo una vez que uno de sus mayores miedos era que Dios pudiera existir. Propuso que cenásemos juntos, lógico si me estaba invitando pero no tan evidente por la distribución de nuestras habitaciones. Como tendríamos que reorganizar el mobiliario, era tarde, yo estaba cansado y no borracho, dije que mejor lo dejásemos para otro día. Cerré la puerta no sin algún remordimiento. Al poco rato, tocó otra vez sobre mi puerta. Abrí. “¿Tú crees que debo afeitarme la barba?” Estás bien así, le contesté algo inseguro. “Vale, sólo era eso”. Y volvió a marcharse satisfecho.

Algo perturbado por la idea de que Satán fuese un tipo amable y simpático, recordando que lo que él consideraba normal era el Mohamed prepotente, asustado y huraño, tenía la sensación de haber recibido una lección en treinta minutos. Yo, que ya difícilmente podía ocultarle mi aversión por una infinidad de desencuentros, me daba cuenta de que en el fondo, tras las capas culturales, bajo las reglas sociales, bajo chándals Adidas y zapatillas Nike, había un hombre bueno que parecía sólo ser capaz de salir la luz cuando esas capas se mojaban de alcohol.

En la tarde siguiente, en el supermercado, tres chavales jóvenes, que gritaban, que jaleaban, tres chavales de peinados engominados y chándal de salir los domingos, se situaron en el final de la cola al mismo tiempo que yo lo hacía. Aunque, para que negarlo, se intentaban colar. Uno de ellos se preguntaba en voz alta si no había una cola menos “descargada”. Una incoherencia semántica que, tal y como la dijo, yo no pude reprimir una carcajada. Me miraron sorprendidos. La cola avanzó y uno de ellos me hizo un amable gesto de brazo acompañado de un “adelante”. No, no, respondí yo viendo que sólo llevaban una bolsa de patatas. “Merci”, ellos. Pagaron la bolsa de patatas y tres pequeños zumos de naranja que no había visto. Unas semanas antes, chavales de aspecto parecido intentaron robarme infructuosamente. Estoy seguro de que, borrachos, ellos también me hubiesen invitado a cocido marroquí. Reglas, apariencias, pieles de lobo, talones de Aquiles…

Written by ertziano

5 abril 2009 at 2:42 AM

Requiem por una libreta

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La otra ya estaba llena. No le cabía una sola palabra más. Creo que acabó con una lista de la compra o algo así. A una libreta hay que tratarla con desprecio. El mismo papel debe servir para escribir un poema venido en un momento de excelsa inspiración como para anotar la agenda del día. Si al papel se le tiene respeto, uno nunca es verdaderamente capaz de sincerarse con él.

Sabía un sitio donde podía encontrar el tipo de modelo que quería. Básicamente, uno suficientemente pequeño como para que cupiese en el bolsillo de mi pantalón, sin llegar a ser incómodo, pero suficientemente grande como para poder escribir, al menos, una oración completa en cada línea. Buscaba la misma que acababa de completar. En sus últimos días, sus rojas y finas cubiertas de cartón estaban ya muy raídas. Me sentía orgulloso de ella al verla con aquel deplorable aspecto: “Ésta es una libreta con mundo”, le decía mirándola cuando la sacaba de algún rincón de mi pantalón, o de mi abrigo, en pleno viaje interurbano. Como yo, ella también tenía orígenes humildes. La vi en un Carrefour lyonnais. Entre las más pequeñas ella era la más barata. Sin embargo, al mismo tiempo, también me parecía algo cara. Mentalmente, no la valoraba en más de 50 centímos de euros, pero su precio marcaba un euro entero. El mismo precio que las libretas grandes y vanidosas. La necesitaba pero no estaba dispuesto a pagar el euro, porque me parecía injusto por poco que fuese. Miré al amigo que acompañaba en aquel momento, le miré fijamente a los ojos mientras mis labios dibujaban una sonrisa cada vez más profunda. Él no comprendía, y yo, aún sosteniéndole la mirada, dejé que mi brazo derecho introdujese 76 páginas de papel Carrefour en el bolsillo derecho también de mi tejano. Sutil. Mi corazón palpitó como un martillo al cruzar la salida pero, una vez estuvimos fuera, casi nos abrazamos de alegría por ese miserable euro que me ahorré. “¿Contento?” me preguntó él con algo de rentintín, “Contentísimo… No ha sido un robo, ha sido un acto de justicia romántica”.

Pues bien, otra vez me encontraba en la misma tesitura. La maldita libreta de 76 páginas volvía a costar un euro, bueno, coma cero seis céntimos en esta ocasión. El caso es que era de marca “Clairefontaine” y no “Carrefour”, por lo que el papel parecía de mejor calidad, eso le daba cierto valor añadido que acallaba mis roñosos remordimientos . La cogí, decidido a pagarla pero, al dar el paso definitivo hacia la caja, vi otra ligeramente más ancha pero no más grande, lomo de tela y con unas cubiertas preciosas. Aclaremos que mi definición de “precioso” no es más que algo sin colores llamativos, ni publicidad, ni numeros ni cosas raras en las cubiertas. Igualmente despreciable, pero sintiéndome menos estúpido al sostenerla. Miré el precio, tres euros treinta y tres. Oh, mierda. Por ese dinero puedo comprarme una super libreta de las grandes. Dudé. Dudé mucho. Entonces se me ocurrió la idea. Cogí dos. Mientras continuaba mirando las estanterías, guardé una en el bolsillo de mi pantalón, otra vez. La otra, al mismo tiempo, la volví a colocar en el estante. Ilusionismo, desviar la atención del espectador de la trama principal, si es que había alguno. Comencé a caminar pero, súbitamente, me desbordó la esquizofrenia. Creí ver como los empleados de la tienda miraban, con gesto de sospecha, directamente a mi bolsillo. El objetivo de alguna cámara se clavaba en mi pantalón. Los clientes me declaraban su desprecio al cruzarme con ellos. Intenté apaciguar la oleada de percepciones yendo a comprar otra cosa. Cogí un tipex (o “liquido blanco”) y, ya sí, fui directo a la caja. Mientras esperaba, el corazón se me salía. Soy un chorizo. Soy un chorizo. Mis manos sudaban, las piernas me temblaban. Mi cara, un poema. Quería mantener la compostura pero, al hacerlo, no hacía más que empeorarlo, porque entonces tomaba conciencia de todas las articulaciones de mi cuerpo, de todos mis músculos, de todos mis tics, y eso es mucho a controlar. Un euro veinte. Pagué. Me dirigí hacia la salida, donde se encontraba el guardia de seguridad. “Ahora es cuando me paran”. Al pasar por delante del guardián, éste miró un instante el ticket que llevaba en mi mano, después su mirada voló hacia alguna otra parte. Salí de la tienda, inseguro. Pensando que los empleados que miraron hacia mi pantalón aún tenían tiempo de salir corriendo tras de mí. No pasó nadá. Palpé con la mano el sitio donde se encontraba el botín, en el bolsillo derecho y me di cuenta que sobresalían, visiblimente, dos dedos de botín…

IMAGE_00482libreta.jpg

Entonces pensé que esto de robar la libreta donde escribo se estaba ya convirtiendo en un ritual. Aunque, con un punto de preocupación, observé que cada vez eran más caras. ¿Sería la siguiente una Moleskine? No, porque dificilmente podría escribir la cesta de la compra en una Moleskine, y eso, claro, acaba con la gracia del asunto.

Written by ertziano

15 enero 2009 at 7:56 PM

Publicado en paisajes

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