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Sueños y espirales

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Amor fast-food

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– ¿Y a ti te gusta ir de mujeres?

– ¿Cómo?

Sencillo y de buen corazón. Su forma algo tosca de hablar, muy del pueblo, por su acento y expresiones que utilizaba, muchas veces me dificultaba bastante entenderle a la primera. Él era uno de los mejores amigos de mi padre. Uno de los dos. Fue él quién le compró los últimos caballos. Tenía casi 70 años, todos ellos vividos en soltería, algo que irremediablemente había marcado su carácter.

– Muchacho, que si vas de putas por ahí.

La pregunta me golpeó como un puñetazo. Tardé unos instantes en recuperarme y reaccioné como todo un caballero al que hubiesen mancillado su honor.

– ¿Yo de putas? Por Dios, ¡nunca, jamás!

Parecía haberme cogido por sorpresa, pero la pregunta, la cuestión, el dilema, ya me había encontrado varias veces en las esquinas de los últimos meses y yo siempre tenía la sensación de salir herido de todos los duelos.

Recuerdo aquella noche de mayo, ya de madrugada, caminando por la Rue Saint-Denis acompañado del jesuita. Cuando alcanzábamos el arco de triunfo del boulevard, una chica, bajita de piel negra apareció de entre las brumas de un soportal y nos agarró a ambos por el brazo. Yo cogí su mano cuidadosamente y la devolví a su posición de gravidez, negando cualquier posiblidad de negocio. Aunque no llegase a sentirme incómodo, la situación me desagradaba ligeramente. El jesuita, sin embargo, continuó con el juego de caricias y palabras que, en esta situación, no necesitaban de doble sentido. Mis ojos no daban crédito. El chico, el hombre de la misa ineludible de los domingos, de la COPE, del pecado, del bien y el mal, de Dios, parecía estar comprando sexo en la calle. Me opuse a cualquier mínima posiblidad que pudiese navegar por los pensamientos nocturnos de mi amigo. Viendo la chica que no había negocio posible, nos dejó y nosotros continuamos nuestro camino. Acto seguido vino una de esas conversaciones donde yo inundaba todo el aire con mi voz y él todos los silencios con sus miradas y sus sonrisas que decían más que todas mis palabras juntas, ataqué el comercio del sexo por todos los flancos posibles, desde la mercantilización de la carne humana hasta el propio significado de la palabra sexo. Mis razonamientos, aunque quizás válidos, no eran más que un disfraz. Mi posición íntima no estaba tan sustentada en ningún argumento racional como en la sola repugnancia que me producía la imagen de un teatro de caricias y falso amor con un completo desconocido. Mi amigo no era de la misma opinión o eso, al menos, parecía decirme con uno de sus silencios. Unos silencios que confesaban ya haber jugado algún papel en esas obras.

Fue ése, ese mismo sentimiento de repugnancia, el que sentí en la ciudad con otro viejo amigo, que también alguna vez me había hablado de putas, pero no en esta ocasión. Éramos él, un conocido suyo y yo. Vagábamos por las calles en la madrugada de la ciudad. De chupito en cerveza y de cerveza en cubata. La gente bebe para tener más facilidad en la palabra, y yo también. Pero ellos utilizaban esa palabra para camelar, engatusar, engañar, exagerar y acabar con alguna de aquellas, sí, atractivas chicas del bar en la cama. No era el sexo lo que me molestaba, o no tanto, sino el prólogo que acompañaba. Porque en todo aquello, en aquellos diálogos, en aquellas risas, en aquellas bromas, en aquellos roces, había también una gruesa capa de mentira, de falsedad. Apenas conocían su nombre y ya se creían en el derecho de cogerlas de la cintura o entrometer sus manos entre sus cabellos, con licencia para susurros y caricias de mejillas. Estaba cansado de verlo repetido noche tras noche; mismo Romeo, diferente Julieta. En mi iluso sistema planetario eso sólo podía ocurrir cuando destino y fortuna se conjuraban para traer ante nosotros, de entre la improbabilidad más absoluta, a un imposible, a un sueño que creíamos irreal, inexistente y que de repente sentimos que se encuentra a dos metros de nosotros y ya puede el bar y el mundo desaparecer en ese instante, que no nos damos cuenta mientras estamos sumergidos en la mística de sus pupilas negras. Y entonces, y sólo entonces, a uno le importan un pimiento las licencias y los tiempos. Pero para ellos; los sueños no eran más que rumores lejanos que estaban dispuestos a ser suplantados con la prima bella ragazza que encontrasen el sábado por la noche. Me producía arcadas.

– Pero tío, la vida, la sociedad, funciona así. Si no, no follas.

-¡Que le jodan al sexo joder! ¡Que le jodan también a la sociedad! Lo estás confundiendo todo, los estáis confundiendo todo. Usurpáis las formas de enamorados y no es más que una mentira. Cuando llegue el día de algo verdadero, de algo puro, si logras reconocerlo, no podrás más que repetir las mentiras y artimañas que perpetraste anteriormente. Te condenas a una farsa perpetua. No es más que la cultura del fast-food aplicada al amor. Sacia rápido, pero te deja un sabor de boca de mierda.

Mendigar migajas de falso amor y después mostrarlas en la vitrina de los recuerdos, como trofeos de caza. Entendió bien lo que le dije aunque, otra vez, yo actuaba más por instinto al defender mis ideas que por razonamiento lógico. Pero sé que me entendió porque comenzó a ponerse cada vez más nervioso y tuvimos que dejar de hablar del tema. En verdad, llevábamos más de seis horas bebiendo y deambulando; el alcohol ya pesaba en nuestras cabezas y yo tampoco tenía muchas ganas de discutir. Sólo quería que me dejasen volar entre mis nubes, aunque la vejez o la fatiga me hiciesen, algún día, doblegarme y estamparme contra alguna farola gris anclada en la realidad.

Written by ertziano

24 julio 2009 at 3:51 AM

Publicado en paisajes, pensamientos, pentagrama

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Las horas bajas

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Mis labios no estaban a más que unos centrimetos de los suyos. ¿La excusa? Una foto juntos. Le dije que se acercase. “Mírame”. Yo hice lo mismo. Unos centímetros. Un ligero gesto de cabeza, un roce de labios, y ahí estaría la respuesta, en forma de reacción, a la pregunta que desde hacía media hora, o una entera, me rondaba por la cabeza. Me apetecía besarla. Me apetecía como a veces me apetece tomar una coca-cola, que otras odio. Mi mano le cogía por la cintura. Mi cuerpo reclinado sobre el de ella en la noche. Me miraba. Yo también. Ardía yo entre brasas. Había poco que perder. Probablemente no la vería muchas veces más. Habíamos pasado todo el día juntos. Un centímetro. Pulsé el botón de la cámara. El obturador abrió y cerró en el mismo instante que yo decidí separar mi cuerpo del suyo.

– Mira la foto. Es perfecta – le dije.

– ¿Por qué?

– No he fotografiado una pose sino un instante, he capturado un pedazo de realidad.

Su cara, ahora vista desde otro ángulo, sonreía con cierta incredulidad en el momento congelado. Pero era una sonrisa pétrea. Extraña. Era la sonrisa de los quince días después. Era la sonrisa de la complicidad tranquila. Pero antes, quince días antes, ¿era un sí? ¿un no?

Caminamos. Caminamos en la noche. Igualmente, me sentía rechazado. No sabía si por ella o por el mundo. Me habló de un novio anterior, otro más de la lista. La observé caminar con sus tacones. Con su cabello fino, negro, muy negro. Con su bolso. Con su abrigo ancho. Y pensé que si mis labios hubiesen tocados los suyos, y estos no hubiesen huído, seguramente me habría encadenado al más-de-lo-mismo otra vez. La misma puta historia repetida sin fin. Los mismos malditos paseos abrazados. Las mismas conversaciones absurdas. Los mismos por-favores. Las mismas voces a bajo tono, o silenciadas. La misma eterna normalidad. La misma línea del amor de cartón. Eso sí, besos con lengua, polvos y compañía incluídos. Pero el precio a pagar volvía a resultarme excesivo.

Maldita sea. Caminaba yo despacio. Pensativo. Algo enojado. Como cuando otra chica, de orígenes vecinos, si que apartó sus labios meses atrás. Sentía el mismo resquemor interior. Esta vez, sin embago, el rechazo ahora no lo sentía de ella sino de algo que se encontraba un paso por delante. Esta vez, era el derecho a una vida normal el que me daba un portazo en las narices. Porque con pocas personas había mantenido últimamente un contacto tan agradable como con ella. Pero, a mis ojos, sobrepasar esa línea significaba la muerte de una parte de mí. Incluso con el fin único de la búsqueda del placer sexual.

Llegué a mi cochambrosa habitación. Encendí el ordenador. Descargué las fotos de la cámara. Puse la última, la del pedazo de realidad, a pantalla completa. Me masturbé mientras un vídeo suyo se reproducía en una esquina, una película porno en otra y la foto a tamaño completo, que estaba centrada en sus pechos, visibles en su escote y con el relieve de uno de sus pezones en la tela. Me masturbé durante diez o quince minutos. Intentando alargar el placer. Mis ojos saltaban de sus pechos, al porno, y del porno a su vídeo. En el audio, su voz superpuesta a los gemidos de la actriz.

Me corrí. Y el semen salió disparado con una fuerza temenda. Durante unos ocho segundos, en tres o cuatro tandas.

Miré al suelo. Con ese sentimiento que siempre tengo después de una paja, que es mezcla de libertad, claridad, descanso y, en un rincón, un latigo de la vergüenza. Como un yonki que recurre invariablemente a sus drogas en busca de redención, una rendención envuelta de pecado. No pecado católico. Pecado ético. Decepción.

Cerré el enjambre de imágenes y sonidos, tan insoportable en ese momento y me limpié. Esuché a Brahms y gocé de mis dos minutos de claridad mental. Disfruté de mi única verdadera droga. La que no te juzga, pero también la que no te abraza, para bien, o para mal.

Written by ertziano

19 marzo 2009 at 10:07 PM

Publicado en paisajes

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Un rinconcito

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Me había cansado de bailar. Lo hacía porque todos lo hacían pero ni siquiera la música me gustaba. Después de quince minutos parecía una solo ritmo repetido en bucle. Abandoné a unos y a otros con la excusa de ir al lavabo. ¿Otra vez? Me preguntaban. Sí, sonreía y me iba. Después de beber un poco de agua y hacer verdaderos esfuerzos por orinar con una ristra de tíos a cada lado mirándome la polla y una hilera de chicas a mi espalda, volví a la pista con desánimo, sin alcanzar el lugar donde estaba antes. Me quedé de pie justo antes de cruzar las cuerdas del cuadrilátero. Observaba la fauna y me preguntaba que qué demonios hacía yo allí, que qué hacía todo el mundo allí.

Veía chicas jóvenes, muy jóvenes -incluso diría que menores- acercarse a los machos más llamativos, éstos a toda hembra viviente, e intentar besarles unas, tocarles las tetas otros… Las veía pasar ante mí con indiferencia. El objeto de los actores era follar, eso nadie lo duda. Sin música, en la calle y a plena luz del día, cada una de las escenas rozarían seguramente el delito. Sin embargo, eran las tres o cuatro de la madrugada, y aquel garito se encontraba bajo tierra y por encima de todo código.

Yo no, sin embargo. Por muchas ganas que tuviese de violar a una chica, no podía ni dejar caer la sombra de un roce o una mirada agresiva. Una fuerza, quizás llamada dignidad, me impedía degradar o degradarme. Ante semejante situación, no quedaba otra que sentarme. Lo hice en el reborde de la pista y observé. Pensé que sería buen momento para escribir, pero recordé que había dejado la libreta en la otra chaqueta.

Por mi cabeza se volvía a cruzar un antiguo miedo. Que me tomen por aburrido. Que a todas las personas del mundo les resulte amable, simpático pero, al mismo tiempo, gris y neutro, sin atractivo alguno. Pensaba, indagándome, en cual era mi idea de fiesta y a la cabeza se me venían cosas como una revolución del proletariado, un debate filosófico con algunas copas de más -por aquello de aflojar la lengua y el pensamiento con mayor facilidad- o un teatro improvisado en plena calle. Ideas de fiesta improbables, porque una fiesta no puede hacerse con una sola persona. En tal caso, le tacharían de loco.

Me maldije cien veces. Por vivir siempre entre dos aguas, por ser siempre mezcla indefinida. Sin cabida en unos círculos ni en otros. Para unos demasiado inculto y vulgar, para otros demasiado reflexivo y estudioso. Ni uno ni otro. Diferente, en todo caso. Diferente en el sentido inatractivo del palabro.

Abandoné el antro, subí al bus nocturno entre gritos y empujones y me acosté aún sin saber donde carajo está mi sitio en el mundo y cagándome en todos los seres del mundo, por ser unos a la luz del día, y otros en las madrugadas de las bodegas.

Written by ertziano

15 febrero 2009 at 6:21 AM

Publicado en paisajes

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