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Sueños y espirales

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Amistad y Amor se sacrifican por compañia, sexo y seguridad. Pero yo no quiero falsificar más la realidad.

Vuelve a ser como empezar desde cero. Como si tras un año, hubiese dejado un castillo de papel que el más ligero soplo del tiempo no dudó en hacerlo desparecer.

De repente no hay nadie. El que fue mi mejor, anda lejos para quedarse. Un hermitaño obsesionado con el sexo y el materialismo que se refugia en tierras nórdicas. Una obsesión que acabó por resultarme vomitiva en las últimas madrugadas juntos y decidiese yo sellar mi cansancio en silencio y ausencia.

Con mi compañera, a la que conocí en casualidad y después el destino nos situó codo con codo durante años, ya siento tener poco en común. Las conversaciones se tornan livianas y cuantitativas, mesurables, recursivas, estandarizadas. Ella quiere formar parte de la masa, de lo normalizado, de la corriente. Y yo no. Ella se burla, y yo no lo soporto. Ella quiere cenas de bien, quiere hablar en modo profesional. Y yo aún quiere ser aprendiz y experimentar sin fin.

Lo poco que tenía, se ha perdido.

Fui en metro a la playa. Nunca había tomado el metro para ir a la playa; yo siempre a pedal. Me tendí en la noche, a escuchar música y ver las olas romper.

– ¿Cerveza, amigo?

– No, gracias – respondí automático a la repetitiva pregunta.

– Espera. ¿Me la das por un euro?

– Sí

El logo de la famosa marca era de los antiguos. Qué extraño pensé. La abrí y probé. Sabía añeja. Da igual. Subió rápido, y muy rápido. Y comencé a bailar sobre la arena.

“¡Sí! Como en París, cuando no aguanté más y también rompí círculos para volar libre, esperando a que la diosa fortuna acabara por fijarse en mí. Y lo hizo. Porque la fortuna siempre sonríe a los que buscan de verdad.”

Qué hermosa la libertad. Sin el rún-rún de la razón ni la consciencia, la arena en mis pies, y la calma y las risas entremezcladas en el fondo del susurro mediterráneo. Con las notas emepetrés del alma a mis oídos. Bailando, tendido, despreocupado, feliz sin adjetivo.

– ¿Crees en el destino? me preguntaron dos noches atrás.

– Te diría que la idea del destino es una ilusión. Te diría que esas casualidades que ponen la piel de gallina no son tan extrañas . Te diría que la probabilidad y la estadística obligan a que ocurran cosas así, cada cierto tiempo y que no hay otra magia que la del puro accidente. Te diría todo eso. Pero te digo que sí, que aún con dudas, en mi inconsciente sé que creo en el destino. No sé definírtelo, no sé si es mucha o poca mi creencia, pero en ocasiones me doy cuenta de que algunos hechos no pueden ser sólo casualidad, sólo accidente, sólo estadística. Quizás sea esa la única de las místicas que aún conservo.

Y le dije a ella, a mi compañera, que sí, que soy un idealista, que soy un iluso, y que no sé si el idealismo puede cambiar algo, no lo sé, de verdad. De lo que no tengo ninguna duda es que sin idealismos es seguro que nada cambia.

Written by ertziano

24 agosto 2009 at 6:39 PM

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Corresponsales de guerra

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Otro día sin esperanza. Dicen que los amigos son los que aparecen cuando se les necesita y envié un mensaje a lo más cercano a la amistad que conocía en esta ciudad. Me respondió que iba a una exposicón con una chica. “¿Qué exposición?” contesté yo a las nueve de la noche de un viernes. No hubo respuesta. El segundo mensaje del día que no recibía contestación, la segunda persona. No podía confiarme en nadie ya. “Otra vez solo”, pensé.

Saqué la guía de conciertos, pero realmente nada me apetecía más que encerrarme en un cuarto oscuro, huir, alejarme una vez más de mí mismo. Volví a la habitación de cien euros al mes. La música estridente de mi vecino salía de su puerta como si no hubiese puerta. Al entrar en mi cuarto, sentía la vibración de sus saltos, sus golpes, sus gritos y sus altavoces. La vibración llegaba a mí a través de mis pies, mis manos y mis oídos.

Caminé por la habitación de paredes deshechas, llena de papel pintado a medio caer, a medio pegar, o arrancado. Dejé mi bufanda y mis llaves sobre la mesa. Solo y sometido al bombardeo vecinal que se alargaría hasta las cuatro de la madrugada. Pensé en un corresponsal de guerra. En como me gustaría saber comportarme como uno de ellos. Porque así podría quitarme la bufanda y dejar las llaves indiferente al caos y a la soledad. Complaciente con la idea de que la jornada ha sido dura y que la próxima no lo sería menos. Satisfecho de sí mismo. Capaz de encontrar a voluntad el reposo, el silencio, dentro de sí aunque el infierno arda fuera. Él, símplemente, no confía más que en él mismo y todo lo que quebrante el egoísmo y la apariencia no será más que la improbable excepción que confirme la regla. Ahora, humanidad y espontaneidad son términos revolucionarios.

Written by ertziano

28 febrero 2009 at 1:43 AM

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El sentido último de la libertad

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El pensamiento me abordó a traición en un descuido. Me encontraba recorriendo la perifiera parisina en un tranvía, dirigiéndome a un mercado de libros de ocasión. En estos lugares vedados al turismo me sentía verdaderamente como un intruso. ¿Qué hacía un norteamericano caminando por las calles de Hospitalet de Llobregat? ¿Y un español en los suburbios que no aparecían ni en el callejero? Una vez abandoné el mercado, recuerdo que me pasee entre edificios de alta densidad. Tomé unas fotos y después, sobre una de ellas, escribí “París”. Aquello también era la “ciudad del amor” pero vista desde otras calles menos románticas, menos bohemias, menos burguesas.

Así, mirando a la gente normal. Al señor Manolo, a la señora Carmen, a los andaluces y a los latinos en su vertiente francesa, un “¿Qué hago yo aquí?” me sacudió. Sentía tener el derecho a pisar aquellas calles grises y opacas a la cámara. Yo vivía en aquella ciudad y eso me otorgaba el derecho a símplemente pasear por no importa donde.

Y así, en este flujo de sentires y palabras, me di cuenta que me encontraba en mitad de ninguna parte, en otro país, solo, sin nadie a quien asir en búsqueda de auxilio . Me daba cuenta que sólo había una persona que me había empujado a ello y que en el camino hasta aquí nadie más celebró mi peregrinación. No sabiendo otra cosa más que no acababa de encontrar mi lugar en el mundo, decidí por propia voluntad aprender un idioma más desde cero y salir del agujero en el que siempre me había cobijado. Vagaba ahora por otros asfaltos extraños y familiares a un mismo tiempo. Sin nadie más a quien poder mirar diez segundos a los ojos sin pestañear ni sonreir. Pero a diferencia de hace un año, cuando salté al vacío sin confiar verdaderamente en nadie, esta vez, en ese tranvía encontré a una persona con quien sentirme seguro. Yo mismo. El sentimiento de que, sin depender de nada más, podía hacer lo que me apeteciese. En mejores o peores condiciones. A las cuatro de la tarde de un domingo, sentí el Sol secar mi piel.

Written by ertziano

16 febrero 2009 at 4:09 PM

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La italiana llevaba esperando treinta minutos (se adelantó, yo me retrasé diez) y, cuando le dije que aún había alguien que venía, su rostro no reflejó excesivo entusiasmo. Llegó entonces ella, la sempiterna irregular y fantasmal eslovena, con su compatriota amiga visitante. En un solo instante me di cuenta de que aquello no iba a funcionar. Se saludaron entre ellas, fríamente. A penas un escaso hola en idioma indefinido. Con cierta ironía, les volví a presentar, intentando distender y que fuesen algo más efusivas. En vano. Como si ambas partes se declarasen mutuamente, en dos o tres miradas, que hubiesen preferido que la otra no estuviese allí.

Entramos a la galería. La eslovena y su compatriota avanzaban independientes, adelantadas. La italiana junto a mí. De todas formas, todas marcaban paso rápido. A penas si se detenían a observar las fotografías y a mí, que había propuesto la visita, no me gustaba aquel ritmo. La fotografía es un arte tan digno como la pintura, y como éste, merece cierta contemplación, cierto sumergimiento. Nada. Dejé a todas a su libre paso y yo continué con el mío. En pocos minutos las perdí de vista. Cuando acabé con la primera parte de la exposición, me dí cuenta de que ni siquiera estábamos en la misma planta del edificio.

Con un punto de desasosiego, continué mi visita. Observé que habían otros, quizás los menos, que recorrían solos también la exposición. Muchos de ellos llevaban un cuaderno (Moleskine casi siempre) con el que hacían algunos esbozos a lápiz de algunas de las fotos. No pocos. Me pregunté por qué lo hacían. Si no sería más interesante acudir a la propia fuente, a la calle, y dejar que sus propios ojos y su cerebro fuesen los que interpretasen la realidad. Y no reinterpretar la muy subjetiva de otro con su cámara. Y digo que me preguntaba, no juzgaba, ya que al mismo tiempo me parecía interesante y no me faltaron ganas de ponerme a hacer lo mismo, si no fuese por el sentido del absurdo antes mencionado. También me apetecía tener una Moleskine y no una de mis libretas robadas.

La encontré a ella, a la italiana. Ya había visitado todas las salas, me acompañó igualmente a las que a mí me faltaban. La comunicación era, en ocasiones, bien complicada, ya que a ella le costaba enormemente construir una frase y a mí no siempre me entendía (culpa mía muchas veces también, claro). Sin embargo, después de haber yo vivido episodios similares cuando llegué aquí (ella había aterrizado hacía no más de una semana), sabía que lo peor respuesta era un rictus extraño de incomprensión. La sonrisa es un gran sofá sobre el que sentarse, descansar, y hablar sin tapujos. Y yo sonreía cuando veía que la comunicación no avanzaba. Y ella entonces encadenaba, y continuaba.

Recibí un SMS. La eslovena y su compatriota ya estaban fuera. Me preguntaba ella en el mensaje si quería que nos esperasen. Sí, le contesté. Salimos y le pregunté a la sempiterna sobre la exposición. “Esperaba más para la reputación de esta galería. Sólo había uno o dos fotografías que me gustaban de verdad”. Su respuesta no me cogía por sopresa. Intransigente y cerrada sobre sí misma, bien podía haber dicho eso como todo lo contrario. Poco importaba. En el fondo siempre sería una respuesta con objeto de llamar la atención, de resaltarse, de subrayarse, de automarginarse voluntariamente. Que no pareciese preguionizada. Y estaba bien. Pero a veces se echaba en falta cierto grado de normalidad, o humanidad, o humildad. Sin embargo, su amiga parecía más de mi opinión. A ella también le gustó mucho la fotografía que, como de casualidad, parecía evocar una famosa pintura de Monet en un charco vulgar.

Fuimos a una tienda de ropa de segunda mano que querían visitar la irregular y su amiga. La italiana fue algo reticente pero finalmente acabó por ceder. Una decepción, caro y antiestético. Un timo, como todo lo que tiende al alternativisimo. Después de esperarlas cuarenta y cinco minutos, decidí por probarme unas camisas de cinco euros. La italiana se ofreció para cogerme el abrigo mientras lo hacía. En medio de todo esto, la eslovena y su amiga, desde la calle, dijeron, a bote pronto, que se iban, sin más. Pues adiós, hija mía.

¿Qué te han parecido las chicas estas? Le pregunté a ella. “Pues… Muy frías. No son como los italianos, o los españoles. El carácter latino”. No sé por qué pero noté que a la chica estaba le estaba cayendo bien, a pesar de saber yo que vivíamos en las antípodas intelectuales. Pero qué poco importa el intelecto a veces… Me dijo ella que mañana iría a la discoteca y, sin yo negarme en rotundo, dejé ver que probablemente no iría. Ella me dijo que ya había comprado la entrada. Pero yo igualmente no iría porque no me apetecía en absoluto acostarme más a las seis de la mañana y levantarme a las tres del mediodía y, además, resultaba un poco cara.

Así acabó el día a las siete y media de la tarde, como una suave brisa que no deja huella, y si la deja, el regusto amargo vendría después, al tener la certeza de que, al día siguiente, no me quedaría otro remedio que ir solo a visitar la exposición que quería ver. Joder, qué malditamente antagonista es la gente. Parece uno siempre obligado a pertenecer a un solo bando infranqueable, asumiendo siempre sus ritos y sus enemigos.

Written by ertziano

12 febrero 2009 at 1:44 AM

Miserias

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Ojalá pudiese evitarlo y así brillar como el Sol en la mañana. Pero por más que en pensamiento y alma me oponga a ello, la apisonadora de los ineludible aplasta mis días, mis segundos y mis respiros. Creí vivir pero no fue más que un sueño.

Desnudo, tirado sobre un viejo colchón, mientras mi cuerpo malherido se deshace de sí mismo. A través de mis párpados entrecerrados observo los rayos atravesar, primero, el nebuloso cielo y después mis maltrechas cortinas. Pestañeo y ya es noche. El hambre acecha y yo rebusco en una nevera vacía y putrefacta restos de comida con los que llenar mi estómago.

Salgo de mi cuarto cubierto con la tela de un calzoncillo. Mi vecino me observa con pena y desconfianza. Me preguna algo que no logro comprender y, sin atender a su voz, vuelvo a entrar en mi infierno.

————

Quizás sospeches que te considero bella entre las más bellas. Lo que quizás nunca sepas es que, por no mirarme, tus ojos no pueden acallar la soberbia que desbordas.

Written by ertziano

19 enero 2009 at 3:56 AM

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El figurante

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Hay gente que constantemente se empeña en demostrar a los demás lo que a ellos les gustaría ser y no son. Aquí a mi derecha, el compañero, que ha pasado la mayor parte del tiempo mirando a las musarañas, ahora se esfuerza en hacer el máximo ruido posible mientras cierra y abre carpetas, reordena sus bolis y escribe con fuerza garabatillos. También, por supuesto, menea la cabeza y realiza constantes movimientos. Vaya a ser que alguien piense que es un infeliz. Incluso, ya alcanzando la vis cómica, se estira en su silla, cantando con voz muda, gesticulando su entrecejo y sus manos como si estuviese a punto de descubrir la fórmula de la bomba atómica.

Otro que tal baila. Mi vecino. Recuerdo que al llegar de mis vacaciones le descubrí, sorprendentemente, con la televisión a bajo volumen y la puerta de su habitación cerrada a cal y canto. Fue llegar yo, saberlo él, y una hora después la puerta ya estaría abierta con una película en inglés a toda pastilla. Que sea vea bien claro que él es un chico culto y refinado. Ojalá fuese cierto, y así no me daría la paliza a todas horas con sus cánticos ancestrales intentando demostrar que es un tío “que se lo pasa de puta madre”. Algo que cuesta creer cuando alguien está la mayor parte del día viendo la televisión. O como aquello de repetir hasta la saciedad que él es francés-francés “de toa la vía” si es evidente que viene de Marruecos.

Casos hay infinitos. Yo mismo admito haber comido solo en el restaurante universitario y haber pretendido demostrar a “no se sabe quién” que no tener nadie a quién decir lo asquerosa que está la comida no me afectaba. Claro que fastidia.

No, amigo mío. No te empeñes en demostrar ni engañarte creyendo ser lo que no eres. Corres el peligro de estancarte en el barrizal y acabar hundiéndote. Si no tienes nadie con quién comer o no sabes estudiar, pues acéptalo y busca remedio. Y mientras encuentras una solución, haz algo más interesante que aparentar. Escucha música, lee un libro o ponte a hacer algo verdaderamente útil para ti.

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Written by ertziano

13 enero 2009 at 7:39 PM

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