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Sueños y espirales

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El puente de Austerlitz

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– ¡Te dije que no lo hicieses! – le grité

Y me enseñaba sus dientes, burlones, riendo, mientras se alejaba de mí temiendo falsamente mi reacción. Yo ladeaba la cabeza, acariciándome el mentón, con una sonrisa tímida y gigantesca al mismo tiempo. Sin saber bien qué hacer. Comencé a correr, a perseguirla por la orilla del río. Ella se dio la vuelta, rauda, y salió por patas mientras reía a borbotones, histriónica. Los que a aquellas horas paseaban por allí, nos miraban a lo lejos, incrédulos. La alcancé cuando sus carcajadas ya apenas si le dejaban caminar, hablar siquiera.

– Así que eso es lo que habías tramado durante toda la noche…

La cogí entre mis brazos al alcanzarla y le abracé. Como princesa en torre, se resistió un instante, uno solo, para después girarse y apretar su pecho contra el mío. Me agarró por la camisa del cuello. Me besó, un segundo, como la picadura de un mosquito y dejó la huella de su pintalabios Lady Bug sobre los míos. Declaré mi rendición y me convertí en su prisionero. Cogió de mi mano y tiró de mí. Lo sentí como un rescate pirata.

Fue horas antes en aquel minúsculo pub de música francesa donde la encontré. Todos bailábamos, frenéticos, golpeando el suelo, ese arenal, alrededor de las columnas y bajo las vigas de madera. La cerveza, el calor. Poca sangre arribaba a la masa cerebral y cuando una canción de la mujer cantante del presidente francés sonó por los altavoces, la veintena de metros cuadrados del pub se convirtieron en un caótico silbido. Me sentía en el salvaje oeste, y en el caos, la vi a ella. Sentada con una expresión oscilante entre el aburrimiento y la angustia. Benditos sean los descarriados que se nos aparecen en las discotecas. Le invité a bailar y aceptó. Lo hacía yo tan mal, o estaba tan borracho, no sé, que le parecí muy gracioso.

Seguía tirando ella de mi mano sin yo saber a dónde me llevaba. Paró frente a una moto, una Vespa clásica.

– ¿Es tuya?

Situó su índice frente a sus labios, indicándome silencio. Acercó su mano a mi cintura y la introdujo en mi bolsillo izquierdo, sacó el pañuelo que, junto con la cartera, el móvil y el reloj, llevo siempre encima para limpiar mis gafas. Me tapó los ojos con él, atándolo a mi nunca. Me ayudó a subirme a la Vespa, tras ella, y tomando mis brazos, los situó alrededor de su cintura: “Agárrame bien fuerte”. ¡Cómo no hacerlo! Arrancó la moto y salimos.

– ¡¿A dónde vamos?! ; grité yo, batiéndome contra el viento

– ¡Tú me salvaste antes! ¡Ahora te voy a salvar yo!

Me acordé de aquella novela titulada “Dios vuelve en una Harley Davidson”, sólo que lo nuestro era una Vespa. ¿Qué demonios quería decir con que me iba a salvar? ¿Era todo aquello real? Demonios, ¡si no sabía ni cómo se llamaba!

– Oye, ¡no sé tu nombre!

– ¡Sí que lo sabes! ¡En realidad!, ¡ya nos conocemos!

– Mí no entender – respondí perplejo, atónito, algo asustado.

– ¡Me llamo Oniria!

– ¿¡Oniria!? ¿¡De entre las 12 y las 13?!

– ¡Sí! ¡La misma!

No pude reprimirme e inmediatamente tiré del nudo del pañuelo . Contemplé su larga melena castaña durante diez segundos, sin entender, sin comprender. Vi la luz roja de un semáforo; paramos. Puso ella y después yo el pie izquierdo en el asfalto. Se giró, me miró, sonrió y me besó por tercera vez en aquella noche. Algo había de familiar en aquel beso. Sí, quizás… Pero, no, no podía ser. El semáforo cambió a verde. Cogió el pañuelo de mi mano y volvió a colocármelo.Se había convertido en mi marionetista, pero yo me revolvía entre sus hilos.

– ¡Pero eso es imposible! ¡Oniria fue un sueño! ¡Ni siquiera recuerdo su apariencia!

– ¡Es normal! ¡Hay detalles de los sueños que siempre se nos escapan!

– ¡Pero! ¡Si es un sueño! ¿¡ Qué haces aquí?!

– ¡Espera un momento!

Paramos al fin, y apagó el motor. Me ayudó a bajar de la moto, aún con los ojos vendados,y me condujo por algo que parecía ser una pequeña cuesta. Nos detuvimos. Noté el calor de su presencia frente a mí, me abrazó y acto seguido deshizo el nudo muy suavemente, quitó el pañuelo y me lo entregó. Estaba frente a ella, a muy escasos centímetros. Sus ojos oscuros, los míos, su mirada, la mía, parecían el reflejo infinito de una sola mirada, de unos solos ojos. Me cogió de la cintura y giró mi cuerpo entre sus brazos, dándole yo mi espalda. Y allí estábamos en el más bello de los puentes sobre el río, que diviidía la ciudad en dos partes, y frente a nosotros, la isla, que conectaba ambos lados, ambos mundos.

– ¡El puente d’Austerlitz!

Me giré. Ella sonreía como si me observara abrir un regalo, como si hubiese esperado este momento durante meses.

– Oniria, Oniria… No, no puede ser. No puedes ser tú.

Ella, impasible, continuaba observándome fíjamente, sonriente, como esperando que lo inevitable acabase por convencerme.

– La realidad, Oniria, yo vivo en la realidad, y tú vives en los sueños. Yo nací en la realidad, y tú naciste en un sueño. ¡Si hasta escribí un post sobre ti!

– Tú y tu blog… ¿Y ahora, dónde estamos, en un sueño o en tu querida re-a-li-dad?

Mierda. Esa era una maldita buena pregunta, ¿qué demonios era todo aquello? ¿había tomado algo raro aquella noche? ¡No!.

– Mira allí, en donde aquellos edificios, eso es a lo que tú llamas realidad. Mira al otro lado, a aquello le llamas sueños, de ahí vengo yo. Pero ahora ahora no estamos ni allí, ni tampoco al otro lado. ¿Así, que venga, valiente, dime dónde estamos?

La chiquilla ésta me retaba, y se reía porque ella sabía que yo estaba perdido del todo. En toda mi vida, sólo había conocido a una sola persona que pudiese manejar mis hilos de aquella manera, que pudiese contagiarme la risa de esa forma.

– Oniria… ¡No entiendo nada!; espeté en una carcajada, echándome las manos a la cabeza.

– Cariño, los sueños y la realidad nos son más que las dos orillas del mismo río. ¿Sueño y realidad? ¿Realidad y sueño? Nunca puedes estar seguro de si caminas por una orilla o por la otra. Cuando estás a un lado, lo otro es una visión lejana, ¿pero cuál de ellas?

– Hay continuación en la realidad. Si hoy me das un beso, dejarás tu Lady Bug marcado en mi mejilla hasta mañana, y quizás pasado.

– ¿No planeas lavarte? – pregunta pícara.

– Un beso tuyo, ¡jamás!

– No vale querido, recuerda que no estamos del todo en tu realidad, aunque tampoco en la mía. Así que aquí las cosas no funcinan necesariamente cómo tú crees. Touché. – y me sacó la lengua.

– Yo no me resisto. Dame uno, uno fuerte en la mejilla y déjalo bien grabado.

– Ya está -satisfecha, trás fundir sus labios sobre mi mejilla izquierda.

– Dame un espejo, quiero verlo ahora mismo.

Y sacó de su bolsito uno pequeño, lo cogí y me miré. Cuando observé el cristal, la manó me tembló ante una imagen que no esperaba. Había el reflejo del río, del lado izquierdo de la ciudad y de la isla. Pero el puente y mi cara se confundían con el fondo. Apenas si atisbaba las líneas de mis rostro en el reflejo. El espejo se deslizó por entre mís dedos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.

– ¡Mi espejo! – se quejó en un lloriqueo ahogado.

– Oniria, no aparecía el reflejo de mi cara en el espejo -le dije serio, aún en trance.

– ¿Qué? – su ruiseño rostro cambió por otro confuso, preocupado – ¿Qué hora es? – me preguntó nerviosa-

Miré el reloj, pero me sentía incapaz de leer la hora.

– ¿Qué está pasando Oniria? No sé qué hora es, la agujas, el reloj parece deshacerse sobre mi muñeca.

– Recuerda- y comenzó a hablarme muy seriamente- recuerda bien. Esta noche, en el puente de Austerlitz. Recuerda, esta noche en el puente de Austerlitz. Me besó una carta y última vez, con cariño, con mucha delicadeza, como si fuese una despedida y quisiese que le recordase mañana. Era ella, era Oniria, ya no tenía ninguna duda. Esta noche en el puente de Austerlitz, continuó repitiendo. Esta noche en el puente de Austerlitz. Esta noche en el puente de Austerlitz… Yo le miraba, sin entender…

El móvil sonó, y me despertó brúscamente. Ya eran las ocho de la mañana, debía levantarme. Desactivé la alarma. Tenía un terrible dolor de cabeza. Ayer había bebido demasiado, me dolía también el estómago. Me levanté y fui al lávabo a refrescarme la cara. Encendí la luz y entonces lo vi. En mi mejilla, en mi mejilla izquierda había la marca de unos labios, aún en letargo pensé: “Parece que he tenido una buena noche”, fanfarrón, orgulloso. ¿Sería guapa la chica? Me fijé más y me di cuenta de que era una marca extraña. Era una sola mitad, la marca de medio beso. Qué extraño. Y entonces, como si fuese el eco de un sueño, lo recordé: “Esta noche en el puente de Austerlitz”.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 7:06 AM

Publicado en pornografías

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Oniria – De un sueño entre las 12 y las 13

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Era un niño de unos diez años. Francés. No recuerdo muy bien como le conocí; simplemente apareció un día en mi habitación. Tirado sobre mi cama, hablaba con una mota de displicencia, en un castellano fluido y casi sin acento. Yo le repetía, sin cansarme, que lo hacía como un verdadero español, como todo un Quijote, gritando con firmeza en plena batalla contra molinos de viento. Él asentía orgulloso. Su conversación era interesante, profunda, libre pero sin llegar a petulante. Era un sabio precoz. Él se sentía también a gusto a mi lado y poco a poco nos fuimos haciendo amigos. Él hablándome espatarrado sobre mi colchón y yo escuchándole tranquilo desde la silla de mi escritorio. El último recuerdo que tuve de él es de cuando me invitó a su habitación. Las paredes sufrían de los mismos defectos que la mía, pero todo estaba impecable, y allí charlábamos otra vez mientras nos entreteníamos alrededor de alguno de sus juegos de mesa, desparramados nosotros por el suelo. Después me dijo que me iba a presentar a alguien, y ya no le vi más el pelo.

Por la puerta volvió a aparecer un desconocido. Una chica de una veintena que al parecer también mantenía una amistad con el pequeño de cuerpo y grande de alma. De cabello largo y ondulado muy oscuro, como alquitrán recién hecho, en contraste con su piel blanca como la nieve en el atardecer; como una metáfora de ella misma, viviendo en el filo, en el extremo, en el blanco o negro. Reía y hablaba al mismo tiempo. Pero sus palabras no las dejaba al azar sino que cada frase apuntaba a una diana, banal unas y otras no. Me contaba y explicaba con viveza. Hablaba y hablaba. Y yo no podía parar de preguntarle, porque toda su mente era una mansión barroca, en la que cada detalle estaba cuidado con esmero, con una mezcla de belleza y genialidad que era ella misma. Contestaba a mis preguntas con pasión, como si la vida le fuese en ello. Gritaba y susurraba, todo al mismo tiempo. A ella le faltaban algunos años para alcanzar a los míos y ya enfrentaba algunos de los problemas que yo soportaba desde hacía tiempo, pero los asumía con una tranquilidad confucia, aceptaba que eso tenía que ocurrirle si no quería caer en las redes de lo mediocre y aburrido, y no se preocupaba de más. Y lo envíaba a un punto y aparte; algo saldría. Reía y reía sin parar aunque estuviese hablándome de la mismísima muerte mientras mi admiración y preguntas que quería hacerle se agolpaban en cada rincón de mi cuerpo a punto de explotar por ella, observándola deleitado. Embelesado. Incrédulo de que esa persona existiese de verdad.

Estirados sobre el colchón, mirábamos los dibujos en el techo y su imaginación poderosa convertía mi cuartucho en un escenario más propio de la guerra de las galaxias que de un triste chabolo suburbial. Cada vocal, cada sílaba que ella pronunciaba era un golpe de vida. Y en esas, la lámpara se estropeó como de costumbre, y nos quedamos a oscuras. Y ella reía y reía inundándolo todo con su sonrisa grande y sonora, como una fuente de pociones mágicas. Y situándose ligeramente sobre mi cuerpo, en mitad de la oscuridad, despreocupada, quizás sin ninguna intención; me agarró con fuerza de la camisa, por el cuello, y me dijo “Ya verás, cada día vamos a ir a correr los dos por ahí, a respirar a lo grande, hasta dar la vuelta al mundo como Forrest Gump” Lo de ir a correr, por el parque mismo, era una proposición que ya me habían hecho un millón de veces pero que ahora sonaba como agua de manantial, como maná del cielo de una diosa como ella era, como para comerse el aire a bocados en vez de respirarlo insípidamente. “Pero antes -decía en tono serio de señorita Pepis, con su dedo índice marcando bien los tiempos, pero ocultando malamente su mejilla pícara-, quiero que hagamos juntos ese viaje alocado que planeas, en autostop, andando o como sea”. Y yo ya no cabía en mí de gozo, y le abracé, y la cogí de la cintura y la besé. Pero no lo hice por besarla, eso hubiese enviado todo al garete, lo hice porque realmente quería que supiese que en treinta minutos le había querido más que a nada en toda mi vida, que no encontraba otro modo de decírselo. Que no había palabra alguna para expresarle lo feliz que me sentía teniéndola estirada, allí a mi lado y escuchándole hablar sin parar y yo ya con dolor en las mejillas, de tanto reír. Porque yo sonrío mucho, pero en el fondo soy un ser trágico y hacerme reír a mí, reír de verdad, no es nada sencillo. Y ella lo conseguía con una facilidad de maga, a voluntad, con su varita mágica, y me hechizaba, y moría de risa con ella. Y yo sabía que ya nada nunca nos separaría; a excepción de una cosa que ignoraba en ese momento…

…Cuando abrí los ojos, me inundó el vacío del grisáceo techo suburbial. Las manchas de humedad en el techo volvían derrotadas a las posiciones de lo que siempre fueron. Pero me sentía extrañamente feliz. “Existen; los dos existen en alguna parte, no hay duda, lo sé, no ha sido un sueño cualquiera”, me dije, tranquilizándome, seguro de mí mismo, con voz áspera, mientras palpaba mi pulso acelerado, estirando los brazos en el vano intento de alcanzar la nube del sueño que en ese momento se disipaba. Respiré y sentí el aire recorrer lentamente mis pulmones, como si fuese el último de sus suspiros, de un hasta siempre, y con una lagrima cobarde pensé; “Ahora ya sé a quién busco”.

Written by ertziano

10 abril 2009 at 10:44 PM

Publicado en penículas

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Vivir en círculos

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El viaje comienza exactamente en el momento en el que la idea aparece repentinamente en nuestra cabeza por primera vez. Puede ser una idea idea robada de alguien que en ese momento nos habla o puede ser una semilla enterrada tiempo atrás que ahora aparece en forma de pequeño tallo sobre la superficie de nuestra vida. No importa. Si está de verdad en nosotros, se quedará allí para siempre, aún cuando en ocasiones creamos olvidarla. Y aunque no la miremos, ella, ajena a nosotros, se hará más y más grande hasta que un día se cuele detrás de nuestro nombre, o de nuestros apellidos. Nos toparemos con ella en mitad de un bosque cuando el perfume de las margaritas nos transporta a nuestra infancia. Cuando sentados en la silla de un McDonald’s, percibimos el particular aroma del lugar y recordamos lo que ya desde muy jóvenes empezábamos a aborrecer. De repente un día llega para quedarse, silenciosa, sin hacerse notar. No importa que un mes después ya ni sepamos como se llamaba, veinte años más tarde, sentados en el banco verde de un parque cualquiera, giraremos la cabeza y nos la encontraremos allí, a nuestro lado.

Por eso es tan difícil saber lo que realmente uno es, porque la mayor parte de lo que nos hace, nos moldea, permanece invisible incluso a nuestros propios ojos, como la materia en el universo, y luego quizás en un día al azar, caminando por un pasillo cualquiera de metro, reconocemos, entre el tumulto, unos ojos familiares, y allí en la nada nos vemos reflejados en un pasado que nunca nos llegó a abandonar.

¿Qué me trajo a Francia? ¿Un viaje? ¿Una película? ¿Una canción? ¿Un cuadro? ¿Un filósofo convertido a científico? Todo y nada, y es que hace un año yo me imaginaba a mí mismo vagando por Finlandia, por su nombre y por otra película. Pero un sueño añejo me dio un golpe brusco en el timón y hasta aquí me condujo. Y ahora escribo esto, en el asiento de un vagón que cruza el corazón de París.

En una película muy mala dicen que los sueños nacen de los traumas. No lo sé, podría, ¿pero y qué importa, mientras soñemos?

Written by ertziano

6 abril 2009 at 9:59 PM

Publicado en pensamientos

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No es lo que tengas, es lo que eres, hombre

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Written by ertziano

20 marzo 2009 at 1:55 AM

Publicado en parafraseando

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