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Capote y el hombre del metro

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Hay una raza de hombres inadaptados
una raza que no puede detenerse
hombres que destrozan el corazón a quien se les acerca
y vagan por el mundo a su antojo…
Recorren los campos y remontan los ríos
escalan las cimas más altas de las montañas;
Llevan en sí la maldición de la sangre gitana
y no saben cómo descansar.
Si siguieran siempre en el mismo camino
llegarían muy lejos;
son fuertes, valientes y sinceros.
Pero siempre se cansan de las cosas que ya están,
y quieren lo extraño, lo nuevo, siempre.

En A sangre fría, de Truman Capote.

———

La gente del vagón se apartaba, se alejaba de él. Hablaba, comentaba con todo el mundo sin que nadie le hiciese caso. Estaba solo y era viejo, más de setenta. Vestía con elegancia. Los que hablan abiertamente producen siempre recelos. Alguien se levantó y él, raudo, acudió a ocupar el asiento que se vaciaba. “Esto es como en las películas del oeste”, me dijo mirándome por primera vez, buscando complicidad, “hay que ser el más rápido en sacar el revolver” y rió para sí mismo, fuerte. Sonreí sin decir nada, tanteando la situación. Él volvió a la carga. “Brother”, dijo señalando la caja de la impresora que tenía yo apoyada en el suelo. “Hermano en inglés”. “Sí”, contesté yo, alegre. “De joven me gustaba mucho un grupo de swing, las sisters no-sé-qué. Me gusta mucho la música, mucho. Tocaba antes el piano, ahora ya lo hago poco. La música y las mujeres guapas de mi edad” Se le iluminó el rostro pero se apagó rápido de una forma extraña cuando fijó su mirada en los asientos del otro lado del vagón, a un par de metros. Una chica joven, guapa, escuchaba su mp3.

– Mira, esas son las cosas que no me gustan / dijo en voz alta.

No entendía lo que me quería decir.

– La gente apagada, los que siempre están cansados, caídos.

Me fijé mejor. Era verdad. La guapa estropeaba su belleza apoyando su mejilla exhausta en su puño seco. Escuchaba absorta su mp3, con el cable blanco desde la oreja hasta el bolso, intentando eludir la realidad inevitable. Olvidar que dentro de unos minutos tendría que hacer la cena, preparar las cosas, ver la televisón para no sentirse a sí misma, acostarse pronto y madrugar para mañana empezar otra vez, lo mismo. Como cada día, como los últimos diez años. Era guapa y triste, muy triste..

– Hoy en día todo el mundo va así. Todo el mundo está triste, cansado, irritado. Vivir se ha convertido en un drama, en una tortura. Eso no me gusta.

Me bajé justo después, pensando en los que huían de aquel viejo hombre en el vagón de metro. No le temían a él, en realidad, sino a su mirada.

Written by ertziano

1 octubre 2009 at 9:46 PM