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Rues para imbéciles

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Written by ertziano

17 enero 2009 at 3:06 AM

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…estoy “freaking out”, Michael…

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No tenía ningún plan para aquel viernes noche pero la rueda de la fortuna tiene un don para aparecer en el momento más adecuado, bien o mal, aún cuando no lo parezca. En mi desolación, escuché sorprendido el vibrar del teléfono sobre la mesa. Excitado, lo cogí y leí. ¿Quieres quedar para cenar? . Sí. Esta noche a las 21:30, en la fuente de Saint Michel. Me puse a recoger el burdel de mi habitación cuando, ahora ya con menos interés, el móvil volvió a traquetear. ¿Qué haces esta noche? Me preguntaba un interesante chico que había conocido hacía unos días. Justo estaba pensando en escribirte pero he quedado con unos españoles para cenar, ¿te vienes?. Sin conocerles, ¿tú crees? ¿son majos? pregunto porque no me fío mucho de los españoles… Sí hombre, sí. Son, sobre todo, buenas personas.

Puntual me planté en la fuente. Allí ya estaba él, alto, media melena y piel palída, con su amigo australiano de origenes en Hong Kong. Qué tal. Vaya, pensaba que llegaba tarde pero, con los españoles ya se sabe… Unos minutos después llegó el grupo de la cena. Extrañado, le pregunté al que más confianza le tenía: ¿Y Manuel, y Carla? . Se han quedado en casa porque decían que tenían que estudiar. Hice las pertinentes presentaciones. Poco tiempo después, el muchacho que desconfiaba de los españoles me dijo: No parecen muy simpáticos. Y tenía razón. Es que, si te digo la verdad, han venido los que peor me caen. Es más, estos, me caen bastante mal, son los que no han venido quienes realmente me parecen buena gente. Se sentía incómodo. Se quería ir. Deambulamos por aquellas calles pensadas para turistas o para imbéciles. Los camareros, como vendedores ambulantes, prometiendo en las puertas el oro y el moro. Se peleaban entre ellos y casi llegaban a insultar a los clientes que escogían el restaurante de la competencia.

Luego, una vez ya dentro de uno de aquellos antros, “bebida gratis” quería decir “aperitivo incluído” y aperitivo, a su vez, “3 cl. de sangría por persona”. Me sentía estafado y comencé a discutir con el camarero. Los otros, mucho más acomodados en el consumismo, les importaba poco los trajimenejes que yo me traía con el empleado y bien me hubiesen pagado la bebida con tal de que me callase. Si por mí fuese, me hubiese marchado. El menú ofertado también era menos interesante de lo que parecía en principio. Nos quedamos, pero.

A él la situación no le gustó y, como aún no era de los que habían decidido dar suficiente valor a la palabra y la honradez, resolvió abandonar con una excusa que, en principio, era temporal. Pero se marchó definitivamente sin aviso. El australiano, extrañado, me pedía a mí, que es con quién más confianza tenía, constantemente el teléfono para poder localizar al huído. Ya que éste se había marchado, además, con su teléfono. Ni rastro. Permanecimos la noche aguantando los comentarios, los prejuicios, los tics de aquellos que vivían en la ola de sus propias superficies. Cualquier conversación que requiriese la mínima argumentación era juzgada como inapropiada. Llegó la hora de pagar y me enzarcé en otra discusión con el camarero por dieciocho euros que nos querían cobrar de más. No tuvimos que pagarlos finalmente.

Salimos; el australiano y yo con la ebriedad de los que se sienten algo estúpidos. Los otros, con la que proporciona una botella de vino. Ellos se adelantaron en el camino y, sin nada decir, desaparecieron entre las luces y las sombras de los restaurantes y pubs para imbéciles. Cuando nos percatamos, no pude reprimirme. Michael, la vida es una mierda. Estoy, realmente, flipando. ¿Cómo? ¿No entiendo? Que estoy… freaking out, Michael. Aaah. Creo que lo mejor es que nos vayamos a casa. Sí, tienes razón. Gracias por prestarme tu teléfono tantas veces.

Subí al tren con la sensación de ser el tío más estúpido del mundo y con la misma llegué a la estación suburbial. Cuando caminaba por el andén, escuché español. Es muy extraño oir castellano en esa estación así que me giré inmeditamente. Ah, si era la chica aquella de Barcelona que conocí en el restaurante univesitario. Recordaba que era un poco seca. Qué, qué tal, como estás. Bien, y tú. De donde venís. De Bastilla, y tú. También, de tomar algo, hoy he tenido una noche muy extraña. Por qué. No sé. Pero antes de que tuviese tiempo para construir una explicación coherente de lo que me había ocurrido hacía unas horas, la chica comenzó a cruzar la autovía una veintena de metros antes del paso de cebra. Venga-hasta-luego. Hasta…

Realmente estúpido.

Written by ertziano

17 enero 2009 at 2:58 AM