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Sueños y espirales

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Víspera de una fuga

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De los viajeros imaginarios:

– ¿Preparado? ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

– No

– Pero los vas a hacer

– Sí, claro.

– ¿Por qué?

– Porque la libertad ya no se compra con plata, ahora se hace con valor. Porque estoy cansado de temer, de temer a la vida, a los demás, a caminar en direcciones fueras de plano. Porque viajar no puede ser sólo convertir el mundo en un museo gigantesco, vuelos directos de cincuenta euros tasas excluídas. Eso es turismo de masas, una industria como cualquier otra, una visita al parque temático en el que han convertido el mundo. Pero ahora no tengo ganas de subirme a la montaña rusa de los monumentos y los buses sightseeing. A la seguridad del hotel y el guía turístico con su ridícula banderita señalizadora. Ahora quiero viajar en el sentido más primario de la palabra. Yo solo, entregado a la incertidumbre y a la sorpresa. Con la mirada inocente del que descubre y aún se asombra. Con la curiosidad que siempre he luchado ferozmente por conservar y que por poco me la roban los anuncios y los cursos de adiestramiento. Oh, Dios. Viajar es ver una mujer en burka y no parar hasta saber como luce su sonrisa. No es hacerse una foto con ella e irse.

– Sin embargo, creo que hay algo más que me escondes. Que no es sólo el sentido del viaje lo que te empuja a la carretera. Creo que también es un viaje hacia ti mismo. Creo que buscas tu propio reflejo en rostros ajenos. Tu viaje es, por encima de todo, un viaje al más inaccesible de los lugares. A ti mismo.

El viajero calló. No sabía nada. No podía aceptar ni negar. Estaba confuso.

– No lo sé.

Terminó de hacer la maleta, abrazó al compañero, cerró la puerta y se fue. Sin entender aún por qué hacía lo que hacía, sin saber a dónde se dirigía.

Written by ertziano

12 abril 2009 at 8:16 PM

El sentido último de la libertad

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El pensamiento me abordó a traición en un descuido. Me encontraba recorriendo la perifiera parisina en un tranvía, dirigiéndome a un mercado de libros de ocasión. En estos lugares vedados al turismo me sentía verdaderamente como un intruso. ¿Qué hacía un norteamericano caminando por las calles de Hospitalet de Llobregat? ¿Y un español en los suburbios que no aparecían ni en el callejero? Una vez abandoné el mercado, recuerdo que me pasee entre edificios de alta densidad. Tomé unas fotos y después, sobre una de ellas, escribí “París”. Aquello también era la “ciudad del amor” pero vista desde otras calles menos románticas, menos bohemias, menos burguesas.

Así, mirando a la gente normal. Al señor Manolo, a la señora Carmen, a los andaluces y a los latinos en su vertiente francesa, un “¿Qué hago yo aquí?” me sacudió. Sentía tener el derecho a pisar aquellas calles grises y opacas a la cámara. Yo vivía en aquella ciudad y eso me otorgaba el derecho a símplemente pasear por no importa donde.

Y así, en este flujo de sentires y palabras, me di cuenta que me encontraba en mitad de ninguna parte, en otro país, solo, sin nadie a quien asir en búsqueda de auxilio . Me daba cuenta que sólo había una persona que me había empujado a ello y que en el camino hasta aquí nadie más celebró mi peregrinación. No sabiendo otra cosa más que no acababa de encontrar mi lugar en el mundo, decidí por propia voluntad aprender un idioma más desde cero y salir del agujero en el que siempre me había cobijado. Vagaba ahora por otros asfaltos extraños y familiares a un mismo tiempo. Sin nadie más a quien poder mirar diez segundos a los ojos sin pestañear ni sonreir. Pero a diferencia de hace un año, cuando salté al vacío sin confiar verdaderamente en nadie, esta vez, en ese tranvía encontré a una persona con quien sentirme seguro. Yo mismo. El sentimiento de que, sin depender de nada más, podía hacer lo que me apeteciese. En mejores o peores condiciones. A las cuatro de la tarde de un domingo, sentí el Sol secar mi piel.

Written by ertziano

16 febrero 2009 at 4:09 PM

Ética periodística

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Me había dado la información que quería. Sin embargo el precio que yo había tenido que pagar había sido demasiado alto. Mentir y hacerme pasar por lo que yo no era. El instante determinante de toda la conversación fue una pregunta que, en principio, resultaba absurda en la situación donde nos encontrábamos. ¿Eres creyente? Sí, claro, le contesté. Y en ese momento una punzada recorrió mi cuerpo. Fue el colmo de todas las mentiras que nadie me había obligado a decir. Símplemente me hice pasar por un español de la España profunda católica y de derechas, con lo que plagué mis comentarios y opiniones de clichés que desde los periódicos progresistas nos hacen creer que caracterizan a esa otra España.

Nos dio las gracias por venir, yo le dije que de nada y el me correspondió diciéndome que en la próxima manifestación me traería una bandera francesa con la insignia del sagrado corazón sobre ella. Para las grandes y espectaculares manifestaciones españolas. Entonces fue cuando mi compañero dejó caer el comentario que, en tres palabras, desmontó toda mi comedia. “No, si pasábamos de casualidad”. Su conciencia, la suya sí de verdad, católica no daba crédito al discurso que salía de mis labios. Aquel comentario me apuntaba directamente a mí. Al francés le cambió el rictus en un instante, como si de repente no comprendiese nada o creyese que durante un cuarto de hora le habían estado tomando el pelo. Algo que, en el fondo, era cierto. Entonces yo retrocedí en mis posiciones, casi avergonzado de mí mismo. Mis palabras se volvieron más cautelosas y graves. Ya no sentí más interés en seguir preguntando porque la farsa había salido parcialmente a la superficie y yo me había visto a mí mismo como un verdadero miserable. Como uno de esos periodistas rastreros que yo detesto.

Volvía en el metro solo, después de despedir a mi amigo. Me di cuenta en ese instante que la de periodista no iba a ser una profesión tan liviana y entretenida como yo creía. Tendría que enfrentarme al peor de mis dilemas en una decisión en la que corría el riesgo de acabar con algo que yo había siempre creído como la mayor de mis fortalezas. Ser consecuente con mis valores. De repente me di cuenta que, asumir también ese principio, en la profesión con la que ahora soñaba, iba a requerir un sacrificio del que, por primera vez, dudaba. Porque sin camaleonismo nadie compartiría sus pecados conmigo. Sin embargo, al mismo tiempo, eso me convertiría a mí, ante mis propios ojos, en un ser rastrero y despreciable.

Sentí ganas de vomitar. En las últimas horas me habían robado y yo, a la vez, había sentido el impulso de robar. Había entrado en una librería judía con un tono burlesco y, finalmente, me había visto tomando el pelo a varias personas. Maldita sea. Qué estás haciendo. Sabía que algo verdaderamente podrido se escondía en el trasfondo de mi comportamiento. Sin embargo, me sentía incapaz de encontrar una frontera, un límite, en la intersección entre mi mundo y el de los demás.

Se ha de saber encontrar el camino más allá del “sálvese quien pueda”, si no, nunca se abandonan las cavernas de lo moral.

“Esto también es Francia”

Written by ertziano

25 enero 2009 at 7:17 PM

Un lugar en el mundo

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Mi pasado es el eje de mi vida. He logrado un imposible viniendo de donde vengo, pero no he podido soportar el vértigo y he terminado por caer. Siempre he vivido en los suburbios, un lugar donde violencia y lealtad se mezclaban de una manera sutil. Entre ellos, tenía un hueco. Quizás no el más cómodo, pero era una posición de desprecio aliñada con respeto que me daban un lugar en aquel ninguna parte. Me sentía cómodo porque, a pesar de todo, yo jugaba un rol en aquel tablero que todos habíamos asumido. Por eso, nunca tuve demasiados problemas y pude, mejor o peor, relacionarme como un camarada más.

Sin embargo, llevo ya unos años fuera de aquella selva y cada vez sé menos cual es mi lugar en la corte. Ahora ya no suscito ni desprecio ni respeto, tan solo indiferencia, y eso me desquicia. Soy uno más en la carrera por un empleo o una nota. Uno más que cada vez se vuelve más débil. Para colmo, los paraísos soñados, como la universidad o el extranjero, eran mitos que con el tiempo se han demostrado falsos.

Hay algo que me perturba. La fauna que dejé atrás vuelve a atraerme porque la corte se demuestra apática ante la vida. La ofuscación con sus trofeos siempre de papel les veda el paso hacia la realidad de los sentimientos puros. Algo, que en aquella fauna, aún sobrevivía. Yo, no sé cual es mi lugar.

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En me demandant si je croyais en Dieu, j’ai répondu que non. Il s’est assis avec indignation. Il m’a dit que c’était impossible, que tous les hommes croyaient en Dieu, même ceux qui se détournaient de son visage. C’était là sa conviction et, s’il devait jamais en douter, sa vie n’aurait plus de sens. «Voulez-vous, s’est-il exclamé, que ma vie n’ait pas de sens?»

Camus – L’étranger

Written by ertziano

23 enero 2009 at 2:23 AM

Filosofía urbana

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Written by ertziano

19 enero 2009 at 11:24 PM

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