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Sueños y espirales

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Kapuscinski, el Congo y una bombona de gas

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…es que hay algunos que se creen Balzac, presumen de leer a Kapuscinski y piensan que cuando tienen que cubrir la explosión de una bombona de gas están haciendo un reportaje sobre la guerra del Congo…

El profe de Público.

Written by ertziano

29 septiembre 2009 at 9:33 PM

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Machado, Espada y “Lo que pasa en la calle”

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– Señor Pérez, salga usted al encerado y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe sin error lo que se le dicta.

– Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”

Espada citando a Antonio Machado en Juan de Mairena.

[copy del texto]

Written by ertziano

24 septiembre 2009 at 1:33 PM

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Empezar de nuevo

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– ¿Has estado alguna vez en África, Sergio? ; me preguntó mi vecino seis meses atrás, mientras señalaba un mapamundi que tenía colgado en la pared.

– Nunca. No he salido aún de Europa.

– En África hay la miseria ; me dijo serio, con ojos sinceros.

– Tío, tengo la semana próxima libre. ¿Hacemos algún viaje? ; hace quince días en una llamada desde Madrid, de un viejo amigo que conocí en tierras francesas.

– ¡Claro! ¿Adónde quieres ir?

– No lo sé. ¿ A ti dónde te gustaría?

– Vamos a Marruecos.

—-

– No hacía más de 72 horas desde que me habían puesto el sello de salida en mi recién estrenado pasaporte. De vuelta a los limpios metros de Barcelona, a los relucientes autobuses urbanos, a la sociedad laica y sin velos. Pero mi mente no olvidaba las barracas a los lados de las vías del tren. La basura desparramada. Los mendigos. Lo mucho que importaban 10 céntimos de euro. La verdad y la mentira. Los buenos. Hassan, Abdul y compañeros de viajes. El japonés y la inglesa. Los inocentes y los pícaros. Las advertencias. El fin del ayuno de Ramadán a las seis y media de la tarde, hora local. El silencio en las calles. El bullicio en las medinas. La playa de Rabat. Los cantos del alminar. Las mezquitas prohibidas. Los libreros, los pintores y los camareros. Los bares y el te. El ajedrez. Los taxistas que no hablabán francés y todo lo decían con miradas y un boli. Los otros extranjeros, tan distintos entre ellos. Los engreídos y los simpáticos. Los chulos y los humildes. Muchos esperando escribir el relato del viaje espiritual de sus vidas en sus Moleskines recién compradas. La espiritualidad “cool”.

Y aún con las heridas abiertas que los recuerdos dejan en la mente, me encontraba sentado en una clase distinta a la de siempre. Rodeado de humanistas, de filólogos, de historiadores, de polítologos, de economistas. Y yo polizón del otro lado del río. El bromista profesor de Manchester que habla catalán, puso el primer ejercicio del curso:

– Son las diez y veinte. Tienen cada uno hasta las once y veinte para salir a la calle, encontrar una noticia publicable, volver aquí para escribirla y entregármela antes de las doce menos cuarto. Get out of here and knock on the doors, que dicen los americanos.

Y deambulando en solitario por el asfalto gris topé con la sede de una importante productora de cine y televisión. Pregunté en recepción, hice unas llamadas, insistí, tenía prisa y no podía esperar una cita, volví a llamar, pacienté, me dieron un pase, me preparé las preguntas y entrevisté al responsable de comunicación. Entré en el aula, triunfal, a y media, con diez minutos de retraso que el profesor me perdonaba en esta ocasión, con un titular en la cabeza y una reluciente carpeta merchandising repleta de supuesta información confidencial. “Por diez minutos un artículo puede no publicarse. ¡Las máquinas no esperan!”. Qué duro, pero que adrenalínico.

Cada década, cada año, cada curso, cada día; la misma batalla en tonalidad diferente. Empezar de nuevo, una vez tras otra. Perfilando infinitamente la sombra de un esbozo en el que uno pueda llegar a reconocerse algún día. Remarcándose y borrándose sin cesar. Buscando y perdiendo. Pero al fin, al fin, si miramos desde muy cerca, no hay nada. Todo es fantasía, todo es blanco y sombra, que mirado desde lejos produce ilusión de conocimiento. Ilusión.

Written by ertziano

23 septiembre 2009 at 11:36 PM

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La luna llena sobre París

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Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Qué extraña y curiosa es la vida.

Aún recuerdo el momento donde empezó todo. Era invierno. Eso es seguro porque no serían más de las seis de la tarde y la más oscura de las noches recubría los tejados parisinos. Conservo nítida esa imagen en mi memoria. Sería la séptima hora de clase de la jornada y la tercera de la asignatura de tarde. Insoportable. Mi interés serpenteaba por los suelos, arrastrándose, miserable, por alcanzar el fin del camino. No podía. Transitaba un punto de no retorno. Me ahogaba en aquellas lecciones que otrora, al alba, fueron mi pasión, el sentido de todas las cosas; de mi vida. La respuesta a todo. Pero ya no.

En los pasillos de la corte, donde los más grandes habían sentado cátedra, donde algunos secretos del cosmos habían creído ser descubiertos, donde la élite conjuraba, en la Meca por la que siendo más joven suspiré; yo dejé, al fin, cuatro años después, caer mi boli Bic sobre hojas cuadriculadas. “No aguanto más”. Mis ojos, abrumados, elevaron el vuelo en busca de luz por entre la sombría ventana, cual mariposa tímida. Y sumergido en la noche de alquitrán tracé el primero de los axiomas. “Lo dejo”. Y lo dije, lo pensé, con tal aplomo que no podía ya dudar de mi propia palabra, no había marcha atrás, eso era claro. Así, lo sentí como si mi carcelero hubiese venido en aquel mismo instante a liberarme de mis grilletes, de mi celda. “Tú, ¡fuera!” Y justo después el latigazo frío de la libertad; un escalofrío al hacerme la pregunta de todo esclavo recién liberado, de todo nuevo liberto, ¿y ahora qué? Escuché y no oí nada. Mierda. El precio de la libertad es la incertidumbre.

La imagen de la confusión lo inundaba todo. Y las caras y las decepciones de los que me conocían o conocieron alguna vez; atónitos, incrédulos, patidifusos. “¿Tú también, Brutus?”, dirían quizás al ver su fe traicionada. “Yo también”, contestaba solemne en mis delirios.

Paseé por aquella ciudad enblanquecida por la fina capa de nieve que en aquel atípico mes de febrero la recubría. Sentía a París como una buena amiga que caminaba silenciosa a mi lado. Sin decirme nada, esperando a que yo encontrase la respuesta de mi vida.

Llegué al chabolo y saqué de debajo de la cama el viejo baúl de sueños. Removiendo entre ilusiones incompletas ahora raídas y llenas de polvo. Navegando entre anhelos y esperanzas abandonadas. Sueños sacrificados por un futuro que ahora me traicionaba. “Comenzar de nuevo”, ¡qué dulce y amargo a un mismo tiempo! Busqué infatigable en un triángulo que unas veces me llevaba a Madrid, otras a París y algunas a Barcelona. Dispuesto a todo; a todo sacrifico, a todo obstáculo que apareciese. Nada importaba con tal de volver a volar como tiempo atrás.

Eran las cuatro de la madrugada de aquel miércoles cuando encontré la pócima que me devolvería al punto cero. Lo haría con elegancia, con dignidad, sin mandar del todo al garete los últimos años de trabajo. Bebí de ella y, en el silencio de la noche, escribí excitado una línea en este mismo diario. Envié también en aquel instante de madrugada un correo electrónico a la secretaria del centro; para preguntar el qué, el cómo, el dónde y el cuándo. Había un requisito, pero. Un examen de selección. Superar a dos tercios de los candidatos. Tanto o mejor preparados y de estudios más relacionados que los míos. Porque, a decir verdad, mi mundo estaba en las antípodas del planeta por el que suspiraba ahora. O eso decían, al menos; aunque yo, secretamente, en herejía, creía que tampoco había tanta diferencia, creando puentes entre universos siempre creídos enemistados.

En España pocos me apoyaban. A excepción de mi madre, casi nadie sabía de mis últimos años de decadencia y desorientación. Mi dolor y mi angustia. Todos veíanme echando a perder un futuro prometedor. Muchos, en realidad, veían torcerse sus propios sueños. Ya no tendrían un sobrino o un hijo con el que presumir con esos estudios tan altisonantes. Algunos, sintiendo cerca mi fracaso, hasta parecían alegrarse, como si secretamente lo hubiesen deseado durante largo tiempo. Se burlaban. El listo se había convertido en tonto. En el viejo camino; muchas miradas de desprecio. Pero mi madre, en cuanto lo supo en la tarde después de la madrugada, me dijo, por teléfono, en la larga y fría distancia: “Sé feliz”. Mi mejor amiga, semanas después, me diría que hacía lo correcto, que aquello iba realmente conmigo. Mi mejor amigo, que no podía abandonar.

Volé a Barcelona sólo por aquel examen. En aquellos días no estudié especialmente; abrumado por la trascendencia del momento. Los últimos años habían sido, empero, una preparación constante; sin yo saber que aquello se convertiría en futuro.

Llegó el día y lo sentí como una nueva selectividad. Las plazas eran muy limitadas y había mucha gente, algunos incluso ya ejerciendo en ilustres casas. Con entusiasmo me batí en tres asaltos, enamorándome aún más del aire de aquel cielo al que aspiraba. El rumor de los teclados, incesantes, febriles, rabiosos. Olía a romántico, a revolucionario, a conservador, a político, a transgresor, a raccionario, a desafío, a progreso. Pero hubo también preguntas a las que no supe responder. Ojos como platos se me quedaron al leer “Alahurín de la Torre” en una de ellas. Salí cabizbajo, en realidad. Todos llevaban hojas llenas de nombres, fechas, datos con las que se habían preparado para las pruebas, yo sólo tenía un boli Bic entre mis dedos. Todos comentaban cuestiones, algunas de las cuales yo había dejado en blanco.

Mantuve alguna esperanza mientras, al mismo tiempo, ya preparaba, por si acaso, otro destino alternativo, lejos de casa: Madrid. El mes de rigor pasó y en un aeropuerto en mitad de la nada, esperando un vuelo con retraso, consulté la nota del examen aprovechándome del wifi gratuito. Cuatro con ocho, 4’8. ¡Ni siquiera llegaba al aprobado! Catástrofe. A la mierda. El tío del Frente de Liberación Nacional de Córcega que en ese momento me hablaba ya me daba igual. Ya me daba igual todo. El jesuita, qué cabrón, sonreía al verme desembarcando en su ciudad, en la capital del Reino. Le envié un sms a mi madre: “Me voy a Madrid”. En Madrid me esperaban cinco años de sacrificios, trabajando para mantenerme, estudiando para sacar una doble licenciatura.

Llegamos a París y pasé dos o tres días fuera del chabolo, en uno de esos aterrizajes raros que a veces tengo. Durmiendo en casas ajenas. Apareció las lista de candidatos ordenados por nota. No veía mi nombre en ninguna parte, ¡terror! Ah, sí, sí, ahí estaba, lo encontré, je. Puesto treinta y ocho, 38. Hmm… ¿Cuántas plazas había? Le pedí a mi madre que se pusiese en contacto con la universidad, que preguntase en qué posición había que quedar. La respuesta vino poco después. Cuarenta y tres plazas, 43. ¡Ostras! ¡Estaba dentro! Pero, espera, espera, no nos emocionemos antes de tiempo; que aún quedaba la revisión del examen y las notas estaban muy, muy ajustadas. Podía quedarme fuera en la revisión. Empecé a preocuparme otra vez, ¡terror! El plazo de revisión terminaba en dos horas. Pedí entonces una revisión de las pruebas donde creía que me habían puntuado demasiado bajo. Otro mes de rigor después y apareció la lista final. Puesto veinticinco, ¡25!.

Aún quedaba, sin embargo, el último de los flecos. El viernes pasado, hace cuatro días, apareció la lista completamente definitiva, la de los admitidos después de verificar que los candidatos cumpliesen todos los requisitos burocráticos, además de la prueba. Sí, yo estaba admitido… Pero la matrícula era el martes, es decir, hoy, y no asistir implicaba perder la plaza. ¡Pero yo no estoy ahora en Barcelona! Llamé, insistí. Nada, había que ir. Mi madre no se atrevía a abandonar el puesto de trabajo, temía un despido fácil en época de crisis, y la responsabilidad era demasiado grande como para delegarla en otra persona. “Llama el lunes, insiste más y, si no hay manera, coge un vuelo, prefiero perder 200 euros al trabajo”. Por fortuna, no fue necesario. Al final fue mi madre, esa mujer que, por su abnegación, a pesar de los pesares, bien merece un monumento.

Acaba de llamarme mi madre. Ya está hecho.

Written by ertziano

28 julio 2009 at 2:57 PM

Se acabaron las vacaciones

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Mi vida cambia de aguas y vuelve a comenzar hoy en vísperas de una nueva travesía.

Vamos allá!

Written by ertziano

12 febrero 2009 at 3:55 AM

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