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Sueños y espirales

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Empezar de nuevo

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– ¿Has estado alguna vez en África, Sergio? ; me preguntó mi vecino seis meses atrás, mientras señalaba un mapamundi que tenía colgado en la pared.

– Nunca. No he salido aún de Europa.

– En África hay la miseria ; me dijo serio, con ojos sinceros.

– Tío, tengo la semana próxima libre. ¿Hacemos algún viaje? ; hace quince días en una llamada desde Madrid, de un viejo amigo que conocí en tierras francesas.

– ¡Claro! ¿Adónde quieres ir?

– No lo sé. ¿ A ti dónde te gustaría?

– Vamos a Marruecos.

—-

– No hacía más de 72 horas desde que me habían puesto el sello de salida en mi recién estrenado pasaporte. De vuelta a los limpios metros de Barcelona, a los relucientes autobuses urbanos, a la sociedad laica y sin velos. Pero mi mente no olvidaba las barracas a los lados de las vías del tren. La basura desparramada. Los mendigos. Lo mucho que importaban 10 céntimos de euro. La verdad y la mentira. Los buenos. Hassan, Abdul y compañeros de viajes. El japonés y la inglesa. Los inocentes y los pícaros. Las advertencias. El fin del ayuno de Ramadán a las seis y media de la tarde, hora local. El silencio en las calles. El bullicio en las medinas. La playa de Rabat. Los cantos del alminar. Las mezquitas prohibidas. Los libreros, los pintores y los camareros. Los bares y el te. El ajedrez. Los taxistas que no hablabán francés y todo lo decían con miradas y un boli. Los otros extranjeros, tan distintos entre ellos. Los engreídos y los simpáticos. Los chulos y los humildes. Muchos esperando escribir el relato del viaje espiritual de sus vidas en sus Moleskines recién compradas. La espiritualidad “cool”.

Y aún con las heridas abiertas que los recuerdos dejan en la mente, me encontraba sentado en una clase distinta a la de siempre. Rodeado de humanistas, de filólogos, de historiadores, de polítologos, de economistas. Y yo polizón del otro lado del río. El bromista profesor de Manchester que habla catalán, puso el primer ejercicio del curso:

– Son las diez y veinte. Tienen cada uno hasta las once y veinte para salir a la calle, encontrar una noticia publicable, volver aquí para escribirla y entregármela antes de las doce menos cuarto. Get out of here and knock on the doors, que dicen los americanos.

Y deambulando en solitario por el asfalto gris topé con la sede de una importante productora de cine y televisión. Pregunté en recepción, hice unas llamadas, insistí, tenía prisa y no podía esperar una cita, volví a llamar, pacienté, me dieron un pase, me preparé las preguntas y entrevisté al responsable de comunicación. Entré en el aula, triunfal, a y media, con diez minutos de retraso que el profesor me perdonaba en esta ocasión, con un titular en la cabeza y una reluciente carpeta merchandising repleta de supuesta información confidencial. “Por diez minutos un artículo puede no publicarse. ¡Las máquinas no esperan!”. Qué duro, pero que adrenalínico.

Cada década, cada año, cada curso, cada día; la misma batalla en tonalidad diferente. Empezar de nuevo, una vez tras otra. Perfilando infinitamente la sombra de un esbozo en el que uno pueda llegar a reconocerse algún día. Remarcándose y borrándose sin cesar. Buscando y perdiendo. Pero al fin, al fin, si miramos desde muy cerca, no hay nada. Todo es fantasía, todo es blanco y sombra, que mirado desde lejos produce ilusión de conocimiento. Ilusión.

Written by ertziano

23 septiembre 2009 at 11:36 PM

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El viejo y el mar

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En la estación de Lucciana bajamos de aquel pequeño tren, viejo, como de otra época. No iba a vapor pero casi. Funcionaba con gasolina y el estruendo del motor lo inundaba todo. Parecíamos transportarnos en una máquina del tiempo cada vez que nos subíamos a él. De hecho, una de sus vías principales, la que conectaba el norte con el sur de la isla, fue destruída durante la segunda guerra mundial, y aún continuaba en el mismo estado. En los largos viajes que en realidad no eran más que de unos pocos kilómetros, recorriamos el pefil de aquellas montañas enormes y sólo asormarse por la ventanilla producía vértigo, especialmente cuando un rebaño de cabras, o vacas incluso, ocupaban las vías y el tren tenía que detenerse hasta que la salvaje naturaleza decidiese aclarar el camino. Si no fuese porque Napoleón nació en aquella isla, y cuando llegó a París sólo hablaba corso, los corsos encontraban pocas razones para albergar en ellos algún sentimiento francés. A duras penas podía reconocer a Europa en la isla, mucho menos a Francia. Sólo imaginar el contrastre que habría entonces en los “Département d’outre-mer (DOM)”, lad diminutas islas del caribe y del sur de África que, oficialmente también eran Francia, me hacía pensar de lo absurdo de algunas fronteras.

Desde la estación caminamos unos diez kilómetros hasta el aeropuerto, con su altisonante nombre de Aeropuerto Internacional Bastia-Poretta. Habían un máximo de tres o cuatro vuelos diarios y el nuestro no saldría hasta la tarde del día siguiente. Una placa, empero, señalaba que el autor del Principito, Antoine de Saint-Exupéry, había volado desde aquel aeropuerto en uno de sus últimos viajes. Comenzaba a tener la sensación de que la sombra de Saint-Exupéry me preseguía. Llegamos con un día de antelación porque, como digo, los trenes eran muy poco confiables y tomar el único que llegaba antes de nuestro vuelo en el mismo día resultaba demasiado arriesgado. Nos esperaban unas veinte horas en aquel lugar.

En las primeras decidimos preparar bien nuestras mochilas. No íbamos a facturar nada y todo sería equipaje de mano. Todo lo necesario para vivir una semana en una isla, fuera de hoteles y circuitos, iba en aquellas mochilas y parecía imposible que pudiesen caber en dos bultos de 50x40x25 cm. Además, ¿y las navajas? ¿y los clavos larguísimos de la tienda de campaña? En barco, que es como habíamos llegado días antes a la isla, no había problema alguno pero en avión, ya se sabe, todo es distinto. Suerte que, cuando pasé la mochila por el scanner, la vigilante reía mientras flirteaba con su compañero, y no se dio cuenta de nada… Al jesuíta le quitaron la bolsa de los champús -la llevaba en la mano-. Cuando vi que tiraron también mi carísimo dentrífico Bio robado del Carrefour, fui inmediatamente a la papelera y logré salvarlo de la quema.

Sin embargo, fue en la noche anterior cuando lo más interesante sucedió. Desde que llegamos, teníamos claro que, con todas las horas que teníamos por delante, lo mejor sería entablar conversación con algunos de los caminantes del GR20, un bello pero duro sendero de 200kms que atraviesa la isla de arriba a abajo. Sus pieles quemadas les delataban. El primero de ellos fue un alemán de unos 30 años, fanático de los deportes de aventura y que durante la semana trabajaba en una empresa como diseñador de pegatinas publicitarias. Leía un libro sobre un hombre que intentaba enamorar a mujeres con formas estúpidas y absurdas. Parecía divertido. Le ofrecimos unas galletas, que era, en fin, lo único de comida que nos quedaba hasta el día siguiente por la tarde, cuando llegásemos a París. Aceptó y, sabiendo por experiencia propia de la escasez de alimentos en estos viajes, cogió una, la partió por la mitad y nos dio la otra. Nosotros, a su vez, cogimos esa mitad, la volvimos a divir, y nos comimos un cuarto de galleta cada uno. Seguimos hablando un rato más y se fue, estaba muy cansado.

Volvimos al campamento base que conformaban una de aquellas hileras de cuatro o cinco asientos del interior del aeropuerto. Sobre ellos teníamos nuestras mochilas, botellas de agua, ropa sucia, algunos libros. Me senté y volví a mi italiano, repasando la primera lección. Por encima del libro observé que un hombre, de entre 40 y 50, pelo blanco y largo recogido con una coleta y con aspecto eminentemente alemán me miraba fijamente. Quería hablar. Me producía curiosidad pero yo, en ese momento, necesitaba un descanso y bajé la mirada. Una pareja que estaba frente a nosotros ya dormía sobre otra hilera de asientos. Yo, rendido, hice lo mismo y me tendí sobre la mía. Unos diez minutos después alguien se dirigió a mí con un “mesier” y sentí unos golpecitos sobre mi hombro. Abrí los ojos. “¿Habla usted francés?” “Oui, ¿por qué?” El señor, uniformado en negro, pareció suspirar cuando respondí que sí hablaba su lengua. “Disculpe señor, buenas noches. El aeropuerto cierra a medianoche y deben desalojar la sala. Por favor, ¿podría comunicárselo a las otras personas?”. Me quedé pensativo, insistí en alguna excepción, alguna posibilidad para no tener que dormir otra vez a la intemperie. No había manera. El jesuita fue a hablar con el alemán de antes y yo me dirigí al señor de enfrente. Quizás por cansancio o quizás porque dormir en los alrededores de un aeropuerto es muy diferente a hacerlo en mitad del monte, pocos fueron los que no respondieron con aspereza al guardia del aeropuerto.

Aquel hombre de coleta blanca, sin embargo, sonreía con inmensa tranquilidad. Yo incluso creía que no había entendido bien la situación. Se la volví a explicar y sólo alcanzaba a decir “¿y qué podríamos hacer?” Barajamos varias posibilidades. Desde caminar algunas decenas de kilómetros y encontrar alguna playa o adentrarnos en algún bosque para plantar nuestra tienda, hasta la posibilidad de pasarnos por un hostal que nos cruzamos en la carretera. Pero no lo habíamos hecho en una semana así que tampoco lo haríamos en el último día.

Casi todo el mundo pareció decidir que lo más sensato era pasar la noche en el parking del aeropuerto. Así, los bancos que estaban fuera, se fueron ocupando paulatinamente con alemanes embutidos en sacos de dormir . Me di una vuelta y encontré dos más algo alejados de la puerta principal, frente a una entrada que parecía ser de personal. El hombre satisfecho se sentó en uno y el jesuita en el otro. Yo dormiría en el suelo sobre una colchoneta inflable. Todos contentos. Fue entonces cuando entablamos conversación con aquel maestro de la paz interior mientras intercambiábamos nuestros últimos restos de comida. Nos ofreció, además, una Corsica Cola, la competencia directísima de Coca-Cola en la isla. Él estaba casado y trabajaba con un grupo de chicos con Síndrome de Down. Les ayudaba a tratar con situaciones normales de la vida diaria. Caímos en el tópico de comentar que a veces la inocencia y la pureza de estas personas son verdaderas lecciones para los “normales”. Observé que, cada vez que preguntábamos o comentábamos algo, él callaba unos segundos, unos largos segundos, como masticando bien la pregunta o esperando a encontrar la respuesta adecuada. A veces, incluso, creía que no me había escuchado o que estaba, sencillamente, desconectado. Pero entonces, comenzaba a hablar con una voz muy baja, como un murmullo, con una calma absoluta, sin querer llamar la atención de ningún modo posible. “Puede ser, pero lo cierto es que en ocasiones te gritan sin tú entender por qué y parecen convertirse en completos desconocidos”. ¿Pero crees que les entiendes de una forma especial y por eso trabajas con ellos? . Silencio. “No lo sé, creo que no, pero disfruto haciéndolo. Antes me dedicaba a algo totalmente distinto, a la finanzas, pero estaba cansado de la vida que llevaba. Mi mujer me animó a imprimir un cambio en mi vida y encontramos este empleo. Ahora me siento bien.”

Me gustaba porque el hombre decía lo que pensaba él de verdad, su discurso era sincero, no se guiaba por pautas, era su propia voz la que oíamos, no la de lo que le debía a su posición. Quizás por eso tardaba tanto en responder, porque tenía que navegar entre un mar de respuestas prefabricadas para encontrar la suya, la verdadera, la buena.

Hablamos más sobre sus viajes. Resultaba extraño que, estando casado y con hijos, la mayoría de ellos los hacía solo. Además, llevaba únicamente lo más estrictamente necesario; ropa y algún útil. Ni siquiera un móvil. Ésto me llamó mucho la atención cuando lo comentó y le pregunté sobre ello.

– ¿Pero ni siquiera un libro, música? ¡¿un teléfono?!

– No, nada – decía tranquilo, sin inmutarse.

– Pero yo no podría. Hay momentos en los que te sientes muy solo, o muy lejos de todo y necesitas un refugio, ya sea un libro, una canción on una libreta que te transporte a algún hogar imaginario por algunos minutos.

– [silencio] A mí me parecen distracciones. [silencio]. Cuando voy a otro sitio, quiero olvidar todo lo que dejo atrás y sumergirme allá donde estoy. Quiero estar solamente ahí. [silencio]. [fin].

– Pero entonces, a veces puedes pasarlo bastante mal. Solo, en mitad de un lugar desconocido, sin nada en lo que refugiarte.

– [silencio] [silencio] … yo ya no viajo para pasármelo bien (literalmente, enjoy). [silencio]. Para mí viajar es una forma de ver, descubrir, aprender y eso, a veces, está muy reñido con lo de pasárselo bien. Hay que gente que viaja para confirmar sus prejuicios. Yo quiero evitar, precisamente, que eso me ocurra a mí. Quiero observar, mirar, sin pensar nada más, sin juzgar. Por curiosidad.

Abrí los ojos a las seis de la mañana y le vi sentado en el banco, sin la mochila, que él ya había facturado mientras dormíamos a pleno sol. “Sólo quería deciros good morning and… goodbye”. Le di la mano, intentando expresarle con aquel gesto que había merecido la pena conocerle, que le estaba agradecido al destino por ello.

En aquella mañana, hasta que cogimos el avión, pasaron aún cosas interesantes (¡incluso conocimos a un miembo del Frente Nacional de Liberación Corso -FNLC-, una especie de ETA corsa en pequeño!). Pero las últimas palabras de aquel hombre se me habían quedado grabadas en la memoria y no podía dejar de pensar en ellas: Maldita sea, acuñamos con tanta facilidad expresiones como “viaje de placer” que hasta ahora no había sido consciente de que, en su sentido más puro, la expresión podría ser hasta contradictoria en sí misma. Y es que pretendemos llevar nuestra burbuja a todas partes, nuestros prejuicios, nuestras lecciones viejas y observar la realidad a través de esos clichés. Filtrando y seleccionando, incluso, para encontrar ejemplos aislados de aquello que nos hacemos creer a nosotros mismos que lo es todo. ¡Cuántos científicos han falseado insconscientemente experimentos porque no se ajustaban a sus cálculcos! ¡Han negado la realidad porque no se ajustaba a la idea que tenían de ella! Pues imaginemos entonces la distorsión que debe sufrir en nuestras mentes, en nuestras percepciones acientíficas.

En cierto modo, la idea del hombre, de aquel sabio alemán, podría aplicarse más allá del sentido estricto del viaje, y estoy seguro de que él ya lo sabía. Podría tratar la relación misma del hombre con el mundo. De como nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestros gustos conforman diariamente una idea de realidad que poco puede tener que ver con la verdadera. De como, a veces, tomamos la foto antes incluso de observar el cuadro o de deleitarnos con el paisaje. Impacientes por llegar a la meta sin saborear el camino, sin conocerlo en realidad.

William Blake – Auguries of Innocence

To see a world in a grain of sand,
And a heaven in a wild flower,
Hold infinity in the palm of your hand,
And eternity in an hour.

[…]

Ver el mundo en un grano de arena,
Y el cielo en una flor silvestre,
Sostener el infinito en la palma de tu mano,
Y la eternidad en una hora.

Written by ertziano

25 julio 2009 at 8:34 PM

Víspera de una fuga

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De los viajeros imaginarios:

– ¿Preparado? ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?

– No

– Pero los vas a hacer

– Sí, claro.

– ¿Por qué?

– Porque la libertad ya no se compra con plata, ahora se hace con valor. Porque estoy cansado de temer, de temer a la vida, a los demás, a caminar en direcciones fueras de plano. Porque viajar no puede ser sólo convertir el mundo en un museo gigantesco, vuelos directos de cincuenta euros tasas excluídas. Eso es turismo de masas, una industria como cualquier otra, una visita al parque temático en el que han convertido el mundo. Pero ahora no tengo ganas de subirme a la montaña rusa de los monumentos y los buses sightseeing. A la seguridad del hotel y el guía turístico con su ridícula banderita señalizadora. Ahora quiero viajar en el sentido más primario de la palabra. Yo solo, entregado a la incertidumbre y a la sorpresa. Con la mirada inocente del que descubre y aún se asombra. Con la curiosidad que siempre he luchado ferozmente por conservar y que por poco me la roban los anuncios y los cursos de adiestramiento. Oh, Dios. Viajar es ver una mujer en burka y no parar hasta saber como luce su sonrisa. No es hacerse una foto con ella e irse.

– Sin embargo, creo que hay algo más que me escondes. Que no es sólo el sentido del viaje lo que te empuja a la carretera. Creo que también es un viaje hacia ti mismo. Creo que buscas tu propio reflejo en rostros ajenos. Tu viaje es, por encima de todo, un viaje al más inaccesible de los lugares. A ti mismo.

El viajero calló. No sabía nada. No podía aceptar ni negar. Estaba confuso.

– No lo sé.

Terminó de hacer la maleta, abrazó al compañero, cerró la puerta y se fue. Sin entender aún por qué hacía lo que hacía, sin saber a dónde se dirigía.

Written by ertziano

12 abril 2009 at 8:16 PM

Una casa de tortuga sin hipotécas

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En dos bolsas grandes de plástico toda una casa cabía. Crear un hogar me había costado ochenta y cinco euros: Una mochila de cincuenta litros, un impermeable, una tienda de campaña para dos personas (hay que estar preparado para todo, me dice el costado pervertido de mi cerebro) y un colchón hinchable que aún no sabía cómo iba a inflar. El chico me recomendó un saco de dormir con una esterilla debajo; pero yo, cabezón como nadie, aún siendo vagamundo, no estaba dispuesto a renunciar a despertarme por la mañana a pierna suelta y bien soñado. Las estrecheces de un saco de dormir no son para mí. Le contaba al dependiente lo que quería y para qué y éste me miraba y reía como yo lo haría si mi mejor amigo me dijese repentinamente que se iba a tirar de un puente atado a una cuerda.

No quería recorrer carreteras, pueblos y ciudades llamando la atención. Sólo la justa para que un coche se parase y me subiese. Pero sin que nadie en la ciudad supiese de inmediato que vengo de lejos, a dedo y sin un lugar donde dormir esta noche. Discreto, anónimo, sin crear raras sospechas al entrar en un bar o un supermercado. Que no me prejuzgasen, ya daría yo las explicaciones que fuesen necesarias en el momento oportuno, en la lengua que buenamente pudiese utilizar en cada lugar. Quería desplazarme por el mundo sin gritarlo a los cuatro vientos. Quería sólo caminar tranquilo, mirar las gentes, hablar con ellas, sentir el lugar y las lunas por la noche acampando en la nada. Y quería hacerlo con una palabra vieja; dignidad.

Podía haberme ido al Tibet, pero dicen que está lleno de turistas autobuscándose. Yo me voy a la carretera, a la caverna, a pie. A autobuscarme, a sentirme más libre o no sé muy bien aún a qué.

————

De un viajero imaginario:

– Yo, de los monumentos, no hago fotos sino dibujos. No es que dibuje bien, qué va, todo lo contrario, lo hago muy mal. Pero son más personales, porque postales hay en todas partes; si lo dibujo, me obligo a fijarme más en los detalles, tengo que mirarlos más de dos segundos, y sin pestañear. Además, así también me puedo pintar a mí mismo con los ojos abiertos y sonriente. Yo -dice el viajero, honestamente, sin predicar- las fotos las dejo para lo importante. El plato de arroz de los jueves; la cocinera que me sonríe al mediodía y me gasta bromas; la de la chica joven que friega los platos, a la que le guiño siempre un ojo; el buen hombre de la recepción, que me da los buenos días cada mañana; la del eterno pasillo en el transbordo de los viernes y los sábados por la noche; la del examen que aprobé; del que suspendí; del contrato de trabajo; la de la chica que me visita todos los días; la del chico de nombre inpronunciable; la de la ducha, como siempre, atascada… Ahí, en esos momentos, hay detalles que son un instante; y hay que capturarlos rápido como un obturador.

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Written by ertziano

9 abril 2009 at 10:45 PM

Vivir en círculos

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El viaje comienza exactamente en el momento en el que la idea aparece repentinamente en nuestra cabeza por primera vez. Puede ser una idea idea robada de alguien que en ese momento nos habla o puede ser una semilla enterrada tiempo atrás que ahora aparece en forma de pequeño tallo sobre la superficie de nuestra vida. No importa. Si está de verdad en nosotros, se quedará allí para siempre, aún cuando en ocasiones creamos olvidarla. Y aunque no la miremos, ella, ajena a nosotros, se hará más y más grande hasta que un día se cuele detrás de nuestro nombre, o de nuestros apellidos. Nos toparemos con ella en mitad de un bosque cuando el perfume de las margaritas nos transporta a nuestra infancia. Cuando sentados en la silla de un McDonald’s, percibimos el particular aroma del lugar y recordamos lo que ya desde muy jóvenes empezábamos a aborrecer. De repente un día llega para quedarse, silenciosa, sin hacerse notar. No importa que un mes después ya ni sepamos como se llamaba, veinte años más tarde, sentados en el banco verde de un parque cualquiera, giraremos la cabeza y nos la encontraremos allí, a nuestro lado.

Por eso es tan difícil saber lo que realmente uno es, porque la mayor parte de lo que nos hace, nos moldea, permanece invisible incluso a nuestros propios ojos, como la materia en el universo, y luego quizás en un día al azar, caminando por un pasillo cualquiera de metro, reconocemos, entre el tumulto, unos ojos familiares, y allí en la nada nos vemos reflejados en un pasado que nunca nos llegó a abandonar.

¿Qué me trajo a Francia? ¿Un viaje? ¿Una película? ¿Una canción? ¿Un cuadro? ¿Un filósofo convertido a científico? Todo y nada, y es que hace un año yo me imaginaba a mí mismo vagando por Finlandia, por su nombre y por otra película. Pero un sueño añejo me dio un golpe brusco en el timón y hasta aquí me condujo. Y ahora escribo esto, en el asiento de un vagón que cruza el corazón de París.

En una película muy mala dicen que los sueños nacen de los traumas. No lo sé, podría, ¿pero y qué importa, mientras soñemos?

Written by ertziano

6 abril 2009 at 9:59 PM

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Aquel tipo gris

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Para S.

El otro día estaba en un bar, donde se había hecho una reunión “internacional” para practicar idiomas, y conocí a un tipo curioso. Un inglés de Londres, de unos 40 años. En un principio, no me pareció una persona demasiado interesante. Todo lo contrario, más bien neutra y gris. Vestía enteramente con ropa marca “Quechua/Decathlon” y parecía no tener mucho que decir. Quería él aprender español, así que cuando yo abrí la boca se puso instantáneamente a hablar conmigo. Ja! Menudo sorpresón. De entrada empezó a contarme que trabajaba para una empresa de la Unión Europea y que tenía que hacer un proyecto en Santo Domingo, por eso lo del español. Él había estudiado economía en Oxford. Después me habló de alguna de las peripecias que había hecho en su vida. Hacía no mucho, me contó, que había ido, atención, a Panamá, de “vacaciones”, y recorrió por medios cero euros (andando, autostop de coches, barcos, avionetas…) parte de centroamérica/El caribe y sudamérica. Y lo más increíble, solo. Aunque a medio camino se encontró a un australiano que estaba haciendo algo parecido. Después me contó su estancia en Somalia, como voluntario para una empresa (le daban la casa, pero no le pagaban). Más tarde vinieron Bosnia y otros países. Hubo un momento en el que yo ya comencé a pensar que este tipo era un loco y que me estaba contando un cuento. Acabó la noche, y me dio la tarjeta de la empresa para la que trabajaba. Bajo su nombre aparecía la palabra “Director”. Cuando llegué a mi chabolo entré inmediatamente en la web que había escrita en la tarjeta. Encontré su nombre y entré en su perfil. Había un enlace a un documento de word que era su CV. Lo abrí. Y sí. Lo que me había contado aparecía allí y muchísimo más. El tipo parecía haber estado viajando durante toda su vida por todos los países del mundo. Y sin embargo, a pesar de esa vida increíble, no podía dejar de verlo como al principio, como una persona gris y neutra. Porque así se comportaba.

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Written by ertziano

11 enero 2009 at 6:22 PM

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